7 posts de diciembre 2008

Dejar de fumar

No voy a hacerlo. Pero hablar de ello es una manera tan buena como cualquier otra de conjurar los males del año que acaba. A ver si así nos quitamos el mal sabor de boca.

No voy a dejar de fumar. No entra en mi lista de buenos propósitos de Año Nuevo. Y eso que en este país te lo ponen fácil. A la fuerza ahorcan a ese 27% de americanos enganchados. No se puede fumar en ningún local, ni público ni privado. Ni siquiera en tu propia casa. Lo prohibe el contrato. Por eso no te queda más remedio que echar el pitillo fuera. Y hace un frío que pela. Pero el vicio es más fuerte. Y además, no está el horno para bollos.

Por eso mismo, espero que Obama siga fumando. Le prometió a su mujer que lo dejaría. Era la condición para que le apoyara en la carrera presidencial. Pero en esto, Obama es un mortal cualquiera. Ha seguido fumando de gorra. Robando un pitillo por aquí y otro por allá. A ver quién se los niega.

Mejor así. Los ex fumadores somos insoportables durante un tiempo. El nivel de dopamina se hunde y dispara la irritabilidad. Por eso mismo, prefiero que Obama siga fumando. Necesitará toda la calma para afrontar los problemas. Y son tan enormes, que no creo que el espíritu Aloha, la versión hawaiana del Zen, baste. Lo importante es que saque al país de la crisis, zanje las guerras, imponga la paz en Oriente Próximo... Si el precio es machacarse los bronquios, me parece barato.

Feliz Año Nuevo a todos.

La Guerra como Solución

Vaya por delante que detesto las guerras. Lo he dicho otras veces. Sacan lo peor de nosotros mismos, son el fracaso absoluto de nuestra inteligencia, nos descalifican como especie. Pero tengo que reconocer que no siempre son inútiles o inevitables. De hecho, a veces, tienen toda una lógica detrás de sí. Y aunque sea perversa, funciona.

No me refiero a lo que está sucediendo en Gaza . No pienso en razones de medio pelo como minar la posición de Hamas de cara a un futuro acuerdo de paz, ganar tantos para las próximas elecciones en Israel o hundir aún más en la miseria a la población para hacerla más proclive al sacrificio y la guerra santa.

Tampoco me refiero a argumentos más razonables. Difíciles de dirimir. Como el que recoge la frase de Obama el pasado verano en Sderat, dispuesto a hacer lo que sea para defender la vida de sus hijas si llueven cohetes sobre su casa. Eso vale para los dos bandos. Y creo, en mi ingenuidad, que aún así es posible evitar el conflicto y encontrar una salida pacífica. Porque al fin y al cabo, en eso coinciden las dos partes. Todos quieren proteger a sus hijos y legarles un futuro. Aunque parezca lejano.

No. Estoy pensando en cómo desembocó la Gran Depresión . En la segunda Guerra Mundial. Mal que nos pese, el New Deal de Roosevelt no sirvió para salir del pozo. Keynes tenía razón, desde luego, pero sólo si se aplicaba la medicina con dosis de caballo.

Los programas de inversión pública para recuperar empleo no fueron suficientes. Primero fueron lentos, la burocracia siempre lo es, y el retraso condenó a más gente al paro. Pero las infraestructuras sólo sirvieron para paliar la crisis durante unos pocos años. En una situación deflacionista, su impulso se agota cuando se completan. De hecho, en cuanto Roosevelt aflojó la inyección, pensando que las empresas se habían recuperado y podían marchar solas, la economía se volvió a hundir.

La solución no pasa tampoco por la compra de activos tóxicos. También se intentó entonces con la Corporación Financiera para la Reconstrucción . No funcionó porque, al igual que ahora, el Tesoro tiene que pedir prestado para comprar esos activos. No hay por tanto incremento de liquidez, sólo se cambian títulos públicos por privados. Tampoco sirven los recortes fiscales si nos atenemos a la experiencia del 74, 2001 ó 2008. La gente los utiliza para ahorrar o pagar sus deudas.

Es lo malo de la espiral deflacionista que se cierne sobre la economía americana. No es nada fácil salir de ella. Los precios bajan tanto que las empresas no cubren los costes de producción y ni siquiera consiguen vender el stock. En esas condiciones, dan carpetazo a la inversión y recortan plantilla. El incremento del paro retrae aún más el consumo y la cadena se realimenta.

La solución de Keynes para romper el círculo vicioso de la deflación requiere mucha más leña. El Estado tiene que tomar el relevo en el consumo. Consumo, no inversión. El Estado tiene que comprar bienes tangibles: coches, ordenadores, televisores, papel o acero. Lo que haga falta y a manos llenas. Si los consumidores no pueden cumplir su papel, debe ser el gobierno quien lo haga. Como ellos, comprando cosas. El problema es que jamás se ha ensayado la receta a esta escala.

Lo que sí se probó con éxito fue la guerra. Por definición, una locura que devora recursos y levanta la demanda interna. La segunda Guerra Mundial fue la aplicación práctica de la teoría de Keynes. Costó cinco billones de dólares, 50 millones de vidas y el mundo roto por todas las costuras. Pero acabó con la Gran Depresión. Es por tanto una solución contrastada, aunque su lógica sea perversa. Hoy hemos esquivado buena parte de los errores del 29. Será apasionante ver si sorteamos el peor de todos.

Fatalidad

La masacre que lleva a cabo Israel en la franja de Gaza coincide con la muerte del politólogo Samuel P. Huntington. Hace años que leí su libro El Choque de Civilizaciones. Recuerdo que me impresionó. Huntington explicaba buena parte de la geopolítica como resultado del conflicto entre culturas. Y para él, cultura era en la práctica un sinónimo de religión. En el caso del Islam, su análisis era espeluznante y esclarecedor. Los musulmanes, decía, siempre están a la greña con sus vecinos cristianos, budistas o judíos. En Israel, en Bosnia, en Pakistán... Y el mapa refleja con precisión el choque. La frontera cultural con el Islam está jalonada de guerras de mayor o menor intensidad.

La idea es potente. Su desarrollo es otra cosa. Y sus conclusiones, más que discutibles. Hay mucho de fatalismo en Huntington. A su juicio, el conflicto cultural era inevitable. Un destino teocrático empuja a los pueblos a aniquilarse. Y eso no puedo aceptarlo. Pero la realidad me lo restriega permanentemente.

Los europeos ponen el énfasis en condenar la brutalidad del ataque de Israel, pero en Estados Unidos el hincapié se hace en su justificación. Es la respuesta a los cohetes que ha lanzado Hamas desde que acabó la última tregua el día 19. Aquí apenas hablan del cerco inhumano que condena a Gaza a la miseria y la desesperación. Es visión de parte. Israel es su aliado.

Obama se mantiene en silencio. Está perfectamente informado de lo que pasa. Por los servicios de Inteligencia y por la secretaria de Estado en funciones, Condoleezza Rice. Pero se atiene al principio de que sólo hay un presidente. Y hasta el 20 de enero, el electo no ejerce. La administración saliente de Bush culpa a Hamas, al que califican como grupo terrorista. Sólo pide que cese la violencia sobre los civiles. De boquilla. No hay amenaza de represalias contra Israel, que es tanto como aceptar los hechos consumados.

Esa es una de las teorías que circula. Israel estaría aprovechando la transición en Estados Unidos para minar el poder de Hamas. Así fortalecería su posición en un futuro acuerdo de paz auspiciado por Obama.

No sé que mimbres le quedarán para llevarlo a cabo. Y no me olvido de lo que Obama dijo el pasado verano en la ciudad de Sderot, uno de los objetivos de los ataques de Hamas. "Si alguien lanzara cohetes sobre mi casa, donde duermen mis dos hijas, haría todo lo que estuviera en mi poder para frenarlo. Y esperaría que los israelíes hicieran lo mismo."

Es cierto. Pero falta la otra parte. Gaza es peor que una cárcel. Allí no hay futuro, no tienen literalmente nada que perder. El mejor abono para inmolarse. El diálogo que predica Obama no basta. La paz siempre es cosa de dos, y ambos deben ganar con el acuerdo. Espero que Huntington esté equivocado.

Porque tú lo vales

Vaya, la dueña de L'Oréal estafada por Bernard Madoff. Quién lo iba a decir. Ella, que lo sabe todo sobre cosmética, afeites y postizos, ha caído como cualquier incauto en un engaño tan viejo como el mundo. Ella, maestra en el arte de hacer bello lo ordinario, no supo ver detrás de rendimientos imposibles. Las apariencias engañan sin distingos. La codicia y la lujuria ciegan por igual. Lo valgas o no lo valgas. El gestor de su fondo se ha suicidado.

Al final va a ser verdad eso de que la belleza está en el interior. Mira si no el encanto de Bush pato cojo. Se retrata hasta el último minuto. Incluso en Navidad. Nada de disculpas o de ánimo por la doble herencia que nos deja. No. Regalos de Nochebuena para sus muchachos. Por ejemplo, a su secretaria de Estado, Condoleezza Rice, un sillón en el consejo del Centro John F. Kennedy . Hasta el 2014. No tiene sueldo pero las dietas son magníficas. Eso es premiar la lealtad. Y los nombramientos no necesitan el visto bueno del Senado.

Obama está de vacaciones en Hawai, su isla natal. 13 días para recargar las pilas. A sotavento de las hordas de turistas. En un complejo residencial discreto. Es divertido ver a los colegas periodistas de la Casa Blanca transmitiendo sus crónicas desde la playa. En Washington es de noche pero en Waikiki es de día por la diferencia horaria. Cinco husos. Ellos de traje y corbata; al fondo cocoteros, arena blanca y surfistas. Todo un cambio con el rancho de Crawford, en la Texas de Bush.

Pero el sarao de Honolulu engaña. Obama se refugia a 15 millas. En Kailua. Apenas se le ve. Dice el New York Times que se imbuye del espíritu Aloha, que es como la versión local del Zen. El alma en paz. La actitud positiva y receptiva. Funciona. Es imperturbable el tío. Cada vez que aparece por televisión, le baja diez pulsaciones al ritmo cardiaco de la audiencia, dice el representante demócrata por Hawai. Justo lo que necesita el mundo. Mele Kalikimaka, Feliz Navidad. Porque tú lo vales.

By JEFF ZELENY

Mensajes navideños

El mensaje navideño de Obama no se da por televisión. Se cuelga en internet. Es la marca de la casa. No tiene la solemnidad ni la tradición del discurso del Rey, porque eso se reserva para otra ocasión, el día de Acción de Gracias, que es lo más parecido a nuestra Nochebuena. Además, aquí lo que se celebra es la Navidad, no su víspera. Y eso los cristianos. Hay muchas otras religiones. Hasta el punto que en los colegios no se desea Merry Christmas para no herir susceptibilidades.

Calendarios aparte, las preocupaciones son las mismas. La crisis económica y las malditas guerras. Sean con los talibanes o con ETA. Cambian las imagenes porque las referencias históricas son distintas. Obama utiliza a George Washington cruzando el río Delaware el 25 de diciembre de 1776. Se la jugó porque estaba helado, pero cogió a los británicos desprevenidos en Trenton y Princeton, cambiando el curso de la guerra de Independencia.

Pero otros iconos son universales. Obama recuerda a sus tropas con esa silla vacía que hay en muchas cenas. Y el mensaje final es idéntico. Unidad y sacrificio para salir de esta. Esperanza.

Mucho antes de que naciera Cristo, se conjuraba la luz para ahuyentar las tinieblas del invierno. Con la esperanza de que el sol, en sus horas más bajas, renaciera. La tradición sobrevive. Por eso iluminamos el árbol de Navidad.

Va a hacer falta mucha luz para ahuyentar las tinieblas económicas. Los gobiernos han desplegado toda la artillería conocida pero quizás haga falta algo más. Como que gasten en bienes tangibles. A manos llenas. Mejor eso que hacerlo en una guerra. Pero también depende de nosotros mismos. El optimismo, la esperanza, son imprescindibles para salir del pozo. Así funciona la economía.

Pesadillas americanas

No sé de qué me sorprendo. Hace tiempo que Estados Unidos no es la primera potencia del mundo en muchas cosas. Pero constatar su tercermundismo en carne propia, por las bravas, duele. El último ejemplo es el caso Madoff, la puntilla a un capitalismo que ha perdido el norte. O mejor dicho, que ha extraviado la regulación que lo hace soportable.

¿Desde cuándo es normal un rendimiento del 10% un año tras otro? No es que los diez puntos que Madoff pagaba a sus inversores sean una ganancia disparatadamente alta. Lo que es imposible es que los mantuviera ejercicio tras ejercicio. Una señal tan clara de fraude que hasta un regulador tan incompetente como la SEC debería haber visto hace tiempo. Hasta hay un modelo matemático para detectarlo .

Es curioso. Los bancos que sortearon la trampa de las hipotecas subprime han caído en una estafa piramidal tan vieja como el sistema financiero. Pero al fin y al cabo, el problema de fondo es el mismo. Aquellos que tenían que velar por los ciudadanos, por la limpieza del juego, por que se cumplieran las reglas, miraron para otro lado.

Después de tres semanas en este país, ya no me extraña. Vivo en una zona donde una compañía telefónica tiene monopolio de facto. En un país donde teóricamente están prohibidos. Todavía no tengo teléfono, ni internet, ni televisión. Contratarlo ha sido, es, una pesadilla. He consumido docenas de horas y de millas para intentar solucionarlo. En vano. Te torean, juegan contigo porque estás desprotegido.

Espero que Obama y sus Best and Brightest recuperen esa regulación que Bush y sus muchachos asesinaron. Sin ella estamos perdidos. Aunque hayan dejado la caja vacía.


Tom Toles en el Washington Post . Buzón de preguntas: cuál es la versión puesta al día del dicho "cerrar la puerta del establo después de que el caballo se haya escapado".

Soltar amarras

Qué difícil es. Soltar amarras. Incluso cuando te vas porque quieres. No lo cambiaría por nada. Vuelvo a Camelot para quedarme. Dejo media vida atrás. Mis amigos, mi tierra, mi gente. Ese es el precio.

El cartero también llama a mi puerta. Es la hora de saltar al otro lado del espejo. Te lo recuerda la casa vacía. Llena de ecos. Ni siquiera quedan cajas, van en barco camino de Baltimore, MD. El sueño Zen. Despojarte de todo. Para rehacerlo.

Porque tú lo quieres. Qué distinto es cuando a la fuerza ahorcan. Como Valéntsina. Una mujer recia. Bielorrusa. Hecha al frío. Se gana la vida limpiando casas en España. No es por gusto. No hay día que no lamente estar lejos de los suyos.

Chapurrea apenas y no consigo deshacer su equívoco. Se compadece de mi suerte. Trata de consolarme porque piensa que voy a sufrir lo que a ella le corroe cada hora.

No es así. No de esa manera. Como tantas otras cosas.

La viñeta es de John Serffius . Provocadora.

Gabriel Herrero


Los periodistas tenemos que contestar al menos cinco preguntas: Qué, Quién, Dónde, Cuándo y Por qué. La última es mi favorita.
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