11 posts de octubre 2009

Cautelas

No quise comentar el jueves el dato de PIB porque faltaba una clave: el comportamiento del consumo después de que finalizara la ayuda del Gobierno a la compra de coches. Y la prudencia se ha demostrado válida. Este viernes, el departamento de Comercio ha publicado que el consumo cayó un 0,5% en septiembre, la primera contracción en cinco meses y la mayor desde diciembre, cuando la recesión hacía estragos.

El dato es relevante porque casi la mitad del crecimiento del PIB en el tercer trimestre -1,66 de los 3,5 puntos- se debió a la compra de coches. El programa "Cash for clunkers", efectivo por chatarra, el estímulo federal para resucitar la industria automovilística, terminó a finales de agosto. Tan pronto se agotó, el consumo ha vuelto a reflejar la dura realidad. El paro, en el 9,8% y subiendo, ahoga la demanda y deja los salarios planos. La sequía de crédito, especialmente en la banca comercial, frena en seco las alegrías prenavideñas y estimula el ahorro entre las familias, que sigue creciendo y ya supone el 3,3% de su renta.

Lo que ha sucedido con el consumo es un buen preludio de lo que puede pasar con la vivienda. El crédito fiscal de 8.000 dólares para comprarla termina en noviembre. Eso pone en cuarentena el repunte del 23.4% que se refleja en el PIB. Pero también es un aviso a los congresistas para que decidan extender la ayuda.

Técnicamente, la recesión acaba cuando la economía vuelve a crecer, lo que ya ha sucedido, e incia un nuevo ciclo expansivo, que está por ver. Queda la posibilidad de recaídas y que la recesión sea en W. En Camelot dejan al National Bureau of Economic Research que marque el fin oficial de la crisis. Es más que probable que ratifiquen el diagnóstico optimista. Algunos de sus miembros, como Robert Gordon, creen que la recesión terminó en junio. En todo caso, su análisis es más elaborado que la definición de manual. Toman en cuenta cinco puntos: PIB, renta real, empleo, producción industrial y ventas mayoristas y minoristas. Tanto el paro como los ingresos están en negativo. Estos últimos llevan cayendo una década. El desempleo, que es el indicador que usan los ciudadanos para saber que se ha salido del túnel, empezará a remitir el año que viene. De ahí la prudencia de Obama en su valoración del PIB .

Uno de los nuestros


Fotografía de Monica Szczupider, National Geographic

Conmovedora la foto de portada de la revista National Geographic. La chimpancé que aparece en primer plano se llamaba Dorothy. Falleció de un ataque al corazón. Estuvo confinada en un parque de atracciones de Camerún durante la mayor parte de su vida. Objeto de burlas y abusos, le enseñaron a fumar y beber cerveza. El trato pasó factura y Dorothy acabó con la salud hecha cisco en el centro de acogida de chimpancés de Sanaga-Yong.

Allí se recuperó. Aprendió que no todos los humanos son cafres demenciados. Descubrió que no era un bicho raro, un huérfano perdido entre extraños. Y estrechó relaciones con sus congéneres. Son los que guardan duelo en la foto. Eran su familia adoptiva y la instantánea es de un entierro. La dirección del refugio decidió que los chimpancés pudieran presenciarlo. Creían que les ayudaría a entender que Dorothy se había ido para siempre. Algunos gritan de dolor, otros se muestran agresivos como si maldijeran, pero la mayoría calla, algo insólito en esta especie. Recuerdan a uno de los suyos. Como nosotros.

Un paso al frente

Es la primera dimisión de calado dentro de la administración Obama a cuenta de la guerra de Afganistán. Con suficiente recorrido como para ir en portada del Washington Post. Matthew Hoh ha sido capitán de marines, combatió en Irak y es miembro del cuerpo diplomático de Estados Unidos en Afganistán. La combinación perfecta para la nueva estrategia del Presidente contra los talibanes y Al Qaeda: militar y civil. Hoh tiene el perfil ideal para reconstruir el país, impulsar el desarrollo económico, fortalecer el gobierno local y proteger a la población.

Pero Matthew Hoh ha perdido la fe a sus 36 años. "He perdido la comprensión y la confianza en el propósito estratégico de la presencia de EE.UU. en Afganistán", ha escrito en su carta de dimisión. "Tengo dudas y reservas sobre nuestra estrategia actual y futura, pero mi decisión no se basa en cómo llevamos esta guerra sino en el porqué y con qué fin".

"Llama a Washington y mira a ver si queda alguno de esos rescates"

Hoh considera que el conflicto es esencialmente una guerra civil en el otro extremo del mundo. Piensa que muchos afganos combaten porque las tropas estadounidenses están en su país. No les gustan los extranjeros, una categoría que incluye a todos los que vienen de fuera, sean occidentales o del "gobierno corrupto que respalda Washington". Un ejemplo. El Jefe de Estado Mayor, Mike Mullen, envió a Hoh al valle de Korengal, cerca de la frontera con Pakistán. Quería saber porqué seguían muriendo soldados después de años de ocupación. La respuesta de Hoh es que la gente de Korengal simplemente no les quiere, la insurgencia cobró fuerza después de que llegaran las tropas y la situación actual es de tablas bañadas en sangre. En su opinión, cientos de grupos afganos, sin conexión entre ellos y con poca ideología, aceptan el dinero de los talibanes para expulsar a los intrusos y mantener su poder local.

La dimisión de Matthew Hoh ha disparado las alarmas en la administración, justo cuando Obama tiene que decidir si envía más tropas, como le pide su comandante, el general Stanley McChrystal. El embajador en Afganistán, Karl Eikenberry, trató de que Hoh se quedara en Kabul, dentro de su propio equipo. Tras fracasar en el intento, el enviado especial de Obama a la zona, Richard Holbrooke, tomó el relevo y casi lo consigue. Aceptó gran parte del análisis del capitán y le ofreció quedarse dentro de la casa, donde sus dudas tendrían más impacto político. Hoh finalmente declinó la oferta. Y ha decidido dar la cara. Quiere que "la gente de Iowa, Arkansas, Arizona, llame a sus representantes en el Congreso y les digan que esto no está bien".

"Alguien debería emperzar a recoger miles de firmas para oponerse a la escalada en Afganistán. ¿Algo como esto?".

El muro de la viñeta es el monumento a los caídos en Vietnam. Está muy cerca del monumento a Lincoln, en el Mall, y en su piedra están grabados los nombres de los 58.159 soldados norteamericanos que murieron en aquel conflcto.

No tengo palabras


Una libra de carne

Una libra de carne de tu propio cuerpo es la garantía que exigía el judío Shylock para prestar dinero a Antonio, en "El mercader de Venecia", del maestro Shakespeare. 2.600 libras de uranio es el aval que exige Occidente a Irán para que demuestre su buena fe. Es la cantidad que marca el borrador que ha salido de las negociaciones en Viena, bajo los auspicios del director general de la OIEA, Mohamed El Baradei. Es un sólo un principio de acuerdo y debe ser refrendado por Teherán, Washington, Moscú y París. Quizás antes del viernes.

2.600 libras de uranio 235, el que vale para el armamento nuclear, representan tres cuartas partes de las reservas declaradas por Irán. La garantía sobrepasa además las 2.205 libras necesarias para construir una bomba atómica. Si el acuerdo se pone negro sobre blanco, Teherán enviaría todo este material, en estado gaseoso y con una pureza del 3,5%, a Rusia. Allí, el uranio se enriquecería aún más, hasta el 20%. Francia actuaría de subcontrata, depositando el combustible en barras de aleación de aluminio. La forma más apropiada para alimentar el pequeño reactor experimental de Irán. La forma menos indicada para construir un arma nuclear. Para eso, hace falta además que la pureza de uranio 235 supere el 90%.

Nate Beeler, Washington Examiner

Antes de lanzar las campanas históricas al vuelo, conviene saber cómo trasladará Irán su uranio a Rusia. Si lo hace de una tacada, se quedaría sin combustible para la bomba durante al menos un año. Si lo hace en lotes, podría reemplazar el uranio tan rápido como salga del país. Además, queda la duda de cuántas libras tiene realmente Irán en estos momentos.

No son cuestiones menores. El tiempo en esta historia es crucial. Si el reloj atómico iraní se frena en plazo, Obama ganaría dos bazas. Primero, podría contener con argumentos sólidos a Israel, que ha dado a entender que lanzaría un ataque preventivo como muy tarde el año que viene. Ya lo hizo con Siria. Dos: abriría la puerta a la segunda fase de la negociación con Teherán, la más importante. Conseguir que renuncie definitivamente a su programa nuclear. Y eso pasa por dejar de enriquecer uranio. Si sus intenciones son realmente pacíficas, podría comprarlo en el extranjero. Ya procesado y listo para alimentar las centrales.

Queda pues mucho trabajo por delante. Pero el resultado de este miércoles en Viena demuestra al menos tres cosas. Que dialogar siempre es más productivo que no hacerlo. Dos, que desmantelar el escudo antimisiles en Centroeuropa fue un acierto: ha sido la clave para que Estados Unidos consiga la colaboración de Rusia en Oriente Medio. Es difícil lograr eso mismo con amenazas. Y tres, que Irán tiene problemas más importantes que jugar a ser actor nuclear. Ya hay demasiados. Aunque el precio a pagar sea arrancarse una libra de tu propia carne. De orgullo nacional.

Obama gana tiempo con Karzai

Hamid Karzai ha tenido que dar su brazo a torcer, aceptar que le quiten un tercio de los supuestos votos que había ganado y enfrentarse a una segunda vuelta para repetir como presidente de Afganistán. No ha sido plato de gusto: no se ha arrepentido ni un ápice del fraude electoral. La decisión ha venido impuesta por Estados Unidos y sus aliados.

De hecho, Karzai ha comparecido en rueda de prensa flanqueado por el senador por Massachusetts, John Kerry, que preside el muy influyente comité de Relaciones Exteriores del Senado, y el representante de Naciones Unidas en Afganistán, Kai Eide. Ambos son la punta de lanza de las innumerables presiones que ha recibido Karzai estos últimos días. Desde la secretaria de Estado, Hillary Clinton, que le conminó a comportarse como un hombre de Estado, hasta el premier británico, Gordon Brown, que le apretó las tuercas por teléfono este mismo lunes.

El fraude en las elecciones del pasado agosto era de escándalo. Propio de un país a la cola en cualquier clasificación. Sus principales exportaciones son la corrupción generalizada y el opio. Una tierra donde la sharia sigue siendo ley; donde la mujer continúa sometida al capricho del varón; donde los señores de la guerra, las etnias y las tribus se comen cualquier intento de construir un estado digno de tal nombre. Y todo ello echa por tierra la estrategia de Occidente para ganar la guerra contra Al Qaeda y sus socios. Un fracaso que pone en evidencia el enfoque que firmó Obama el pasado mes de marzo para resolver el conflicto. ¿Cómo transferir el poder y el esfuerzo militar a un gobierno que es ilegítimo de partida?

El fantasma de Lyndon B. Johnson y Vietnam según Daryl Cagle, MSNBC

El fraude electoral y el nuevo gobierno es uno de los elementos que baraja Obama estas semanas para revisar la estrategia en Afganistán. Su comandante en jefe de la ISAF, el general Stanley McChrystal, le ha pedido 40.000 hombres más. O eso, o el fracaso. Es el problema de enviar tropas a una guerra. Una vez que se da el visto bueno, los generales siempre piden más. Estados Unidos ya tiene 68.000 efectivos en Afganistán. Sus aliados han puesto otros 40.000. España cuenta con un millar. Del otro lado y con el vicepresidente Joe Biden a la cabeza, un sector de la administración Obama se opone a mandar más tropas. El argumento es sencillo: si el objetivo es derrotar a Al Qaeda, ¿qué diablos hacemos enterrando dinero y vidas en un país donde sólo actúan un centenar de sus terroristas? El conflicto en Afganistán se sustenta más bien en la lucha contra los talibanes, que quieren recuperar lo que fue suyo. Al Qaeda se refugia en sus santuarios del vecino Pakistán, que recibe de Occidente 30 veces menos recursos y que cuenta con armas nucleares.

La marcha atrás de Karzai permite al menos desbloquear uno de los principales obstáculos para que Obama tome su decisión. Dice el secretario de Defensa, Robert Gates, que todo esto no paralizará la revisión de la estrategia ni ralentizará las operaciones militares. Conviene interpretarlo en su contexto. "Es preciso un socio creíble" en Afganistán, ha señalado el jefe de gabinete de Obama, Rahm Emanuel, "antes de tomar la decisión de enviar más tropas". Un socio digno de pasarle el testigo, y con suficiente respaldo interno para, llegado el momento, pedirle a Estados Unidos que se marche. Esa era la estrategia de Kennedy para salir del avispero de Vietnam.

"Afrontamos una situación muy grave que exige actuar urgentemente. Me refiero por supuesto al cambio climático". Nate Beeler, Washington Examiner

Moonlight in Vermont

Necesitaba tomar aire. Los dos últimos meses han sido muy duros y la última semana me ha dado la puntilla. Demasiada nimiedad servida como acontecimiento planetario. Así que he cogido el coche y me he hecho mil kilómetros hasta Vermont para ver si el otoño conseguía curarme el alma. He encontrado los rojos:

Los ocres y amarillos:

Y toda la gama completa:

En Vermont están en los thirties, que son los treinta y tantos Fahrenheit. Es decir, que hace un frío que pela. Y acaba de empezar. Al fin y al cabo, hace unos pocos miles de años, estas verdes colinas estaban enterradas bajo kilómetros de hielo. Por eso, el paisaje está salpicado de lagos. Es lo que resta de los glaciares de entonces.

La crisis inmobiliaria apenas les ha tocado. No hubo burbuja y ahora, son los que menos desahucios sufren. Y tienen puentes como los de Madison, Iowa.

Vermont es un estado diminuto, con una extensión similar a la de Galicia. Tienen la capital más pequeña de todo Camelot: Montpelier. Tan pequeña que se compone del Parlamento y una calle y poco más. Poca burocracia, poca delincuencia.

Un pueblo que fue soberano e independiente, antes de unirse a las trece colonias como decimocuarto estado. En el norte de esta tierra, en muchos pueblos ondea la bandera canadiense junto a la estadounidense; sin complejos. Las distancias en las señales también se miden en kilómetros. Tienen raíces francesas e irlandesas, y son mayoritariamente blancos. No muy ricos, pero tampoco pobres, ni mucho menos. Les gusta vivir bien, reír a menudo y amar mucho; como los escandinavos.

En suma, no es extraño que sean felices como niños. Y gracias a Dios, es contagioso.

El Nobel al Hope

La concesión del Nobel de la Paz a Obama nos ha cogido durmiendo en Estados Unidos. La noticia, como el premio, han llegado demasiado pronto. Antes de tiempo, creo. Siempre he pensado que los Nobel de la Paz son el hermano menor y contestado del premio más prestigioso del mundo. Ni siquiera se anuncian en el mismo sitio. Y los méritos de algunos de los galardonados son más que discutibles. Ahí están Kissinger, Al Gore o Arafat.

En este caso, me parece prematuro. Como mínimo. Obama no lleva ni nueve meses en el cargo. Por eso mismo, no es sorprendente que ninguna de sus grandes promesas para lograr la paz mundial se haya materializado. A la cabeza, Oriente Próximo. En Tierra Santa, las cosas no sólo no avanzan sino que retroceden. La cumbre con Netanyahu y Abbas no ha arrancado ningún calendario o compromiso. Al contrario, la administración Obama ha echado tierra sobre su primera exigencia: la paralización de los asentamientos judíos en Cisjordania y Jerusalén.

Taylor Jones

Igualmente intangible es el compromiso con un mundo libre de armas nucleares. Como objetivo, es todo un cambio con respecto a Bush, pero el propio Obama reconoce que quizás no lo vean sus ojos. Cierto es que el desmantelamiento del escudo antimisiles en Centroeuropa ha abierto una nueva etapa con Rusia. Pero también es verdad que de momento no se ha traducido en nada concreto. Ni siquiera se ha renovado el tratado START de reducción de armas estratégicas. Y la propia administración Obama admite que no será posible hacerlo este mismo año.

También hay un giro de actitud con respecto a Irán. Pero eso, actitud, que no resultados tangibles. Obama ha conseguido reanudar el diálogo bilateral con Teherán tras 30 años de silencio. Pero está por ver que consiga paralizar el programa nuclear iraní. Y está por ver que lo logre de forma pacífica y diplomática, sin necesidad de sanciones.

En el caso de las guerras de Irak y Afganistán, el premio es incluso irónico. En Irak, Obama se ha limitado a asumir el calendario de retirada que heredó de Bush. En Afganistán, se encuentra en pleno debate interno sobre si enviar más soldados, tal como le piden sus generales. Nada más lejos de la paz.

Al final, me pregunto qué es lo que premia verdaderamente este Nobel. Tal vez sea el simple contraste con el unilateralismo de Bush. Lo que me parece un argumento endeble para semejante galardón. Debería ser por méritos propios, no ajenos. Tal vez sea por la esperanza que ha levantado Obama. Hope. Puede, pero me llama la atención el desfase que hay entre Estados Unidos y el resto del mundo cuando se valora la imagen de Obama. Fuera, el prestigio se mantiene intacto, o incluso ha crecido.

R.J. Matson. The New York Observer

Dentro, lo que crece es el descontento
. Ahí están las encuestas. Y hay razones sobradas para dudar de la efectividad del Presidente en su mandato. En lo económico, el paro va camino del 10% mientras que Wall Street vuelve a las andadas y la reforma del sistema financiero sigue sin aprobarse en el Congreso. En lo social, los liberales están que trinan con la reforma sanitaria. El proyecto del Senado ha renunciado a la opción pública. En lo judicial, Obama no quiere empurar a los torturadores y ya reconoce que será difícil cerrar Guantánamo el próximo mes de enero. En lo militar, volvemos a Afganistán y surge con fuerza el recuerdo de Vietnam. En conjunto, los críticos juegan con que la audacia de la esperanza -hope- se ha trocado en la audacia del no -nope-. En todo caso, pocos mimbres para justificar el Nobel. La esperanza no es suficiente. Tiene que traducirse en hechos.

Lecciones para Afganistán

Una vez que decides enviar tropas, los generales no pararán de pedir refuerzos. Y los efectivos finales superarán con mucho las primeras estimaciones. Es una de las lecciones que ofrece la guerra de Vietnam en "Lessons in Disaster". Un libro escrito por el experto en relaciones internacionales, Gordon Goldstein, a partir del testimonio de todo un personaje: McGeorge Bundy. "Mac" fue el más brillante de los "Best and Brightest" de John F. Kennedy. Ejerció de consejero de Seguridad Nacional para el presidente asesinado y su sucesor, Lyndon B. Johnson. Fue uno de los arquitectos de la guerra de Vietnam y antes de morir, reconoció su error. La soberbia intelectual le cegó la visión de conjunto.

El libro está de moda en Camelot. No quedan copias en las librerías de la capital, aunque todavía es posible hacerse con una online. No en balde es lectura obligada en la Casa Blanca y el Pentágono. Está en la mesilla de noche de Obama y del vicepresidente Biden gracias a la recomendación del jefe de gabinete, Rahm Emanuel, "Rambo". Según cuenta el Wall Street Jounal, Rahm se lo leyó en un fin de semana y se lo pasó al principal asesor de Obama, David Axelrod. El Presidente ya tenía su propio ejemplar. Dado que todavía no ha decidido qué hacer con Afganistán, no es extraño que políticos y militares traten de auscultar el futuro en las entrañas de "Lessons in Disaster".

El libro está dividido en seis lecciones maestras. La quinta os sonará: "Nunca despliegues medios militares para fines indeterminados". Obama la ha parafraseado con "definir la estrategia antes de asignar los recursos". Y es precisamente esa estrategia la que todavía no está clara. El objetivo sí que lo es: "minar el desarrollo, desmantelar y derrotar a Al Qaeda y otras redes extremistas en el mundo". Y en términos más amplios, proteger a EE.UU. y sus aliados de sus ataques. La cuestión es cómo alcanzar esa meta y hasta qué punto es imprescindible mantener las tropas en Afganistán.

Más que nada porque la administración Obama ha asumido que los talibanes afganos son un grupo nativo que pretende volver a ocupar y gobernar el país pero que no ambicionan atacar el territorio estadounidense. Más que nada porque la "alianza" con Al Qaeda es de naturaleza táctica y porque los terroristas de esa red no pasan de un centenar en Afganistán, según fuentes oficiales que recoge el NYT. Más que nada porque el grueso de Al Qaeda se esconde en sus refugios en Pakistán, al otro lado de la frontera. En pocas palabras, si el enemigo a batir no está en Afganistán, ¿para qué mantener 100.000 efectivos de la OTAN en esa tierra? Un territorio inconquistable desde Alejandro Magno, en el que se han estrellado tanto el imperio británico como el soviético.

En términos militares, para derrotar al enemigo en una guerra de guerrillas, es preciso contar con una ventaja de diez a uno. Como mínimo. Teniendo en cuenta que los efectivos talibanes en Afganistán rondan los diez mil, la cuenta es inmediata y se ajusta a las fuerzas que reclama el general Stanley McChrystal en su último informe. Siempre y cuando la cifra en que se basan los cálculos sea correcta. Basta que el equilibrio de poder se desplace, que los señores de la guerra cambien de lealtades, que hagan otra apuesta, para que las tropas necesarias se disparen por encima del millón. Impracticable. Lo dice la Historia, lo dice la experiencia. Ellos están en su país, no tienen otro sitio al que irse. Aguantarán el tiempo que haga falta esta guerra de desgaste. En el caso de Occidente, la canción es bien distinta. El número de bajas aceptables es limitado; el tiempo para quedarse en Afganistán, también. Otra lección de Vietnam.

Dos más. La intervención es una elección del Presidente, no es inevitable. Los consejeros y generales asesoran, pero la decisión final es de Obama. Al fin y al cabo, suya es la responsabilidad. De nadie más. Es cierto que es mucho más fácil la escalada militar que la retirada. Aunque los argumentos en contra suenan a la teoría del dominó y la pérdida de credibilidad global, tan cacareados en Vietnam. La victoria del comunismo allí no se extendió como un reguero de pólvora. Indonesia se fue justo al extremo contrario. En cuanto a la credibilidad, conviene recordar la crisis de los misiles cubanos. El precio que pagó Kennedy fue desmantelar los misiles Jupiter en Turquía, pero el prestigio de EE.UU. y su presidente no disminuyeron. Al contrario.

Dary Cagel, MSNBC

Por eso, la última lección: no confíes en la burocracia para terminar el trabajo. El fiasco de las elecciones en Afganistán o el escándalo de la embajada son una buena prueba. Si Obama decide irse, lo tiene mucho más fácil. Basta con poner un gobierno que les pida que se marchen. Era la solución de Kennedy para Vietnam. Y siempre se opuso a enviar tropas de combate.

Una cura de humildad

Una cura de humildad ganada a pulso. Durante toda esta semana, Madrid no ha existido para Camelot. Y de repente, al caerse Chicago en la primera ronda, se han dado cuenta de que el juego era a cuatro. Para los estadounidenses sólo existía Río como rival. Daban por sentado que, al menos, pasarían a la segunda votación. Pero no. Se han apeado a la primera. Y los miles de seguidores en la plaza Daley se han quedado de piedra. No daban crédito. ¿Cómo es posible?, decían. Hasta Tokio ha salido mejor parada.

Pues es posible porque Chicago carecía de lo fundamental para organizar unos Juegos Olímpicos: la ilusión de TODOS sus habitantes. Y no la tenía. La encuesta del Chicago Tribune se ha mostrado acertada, como mi taxista. La candidatura sólo contaba con el 47% del respaldo popular. De nada ha servido el sondeo de última hora de su comité organizador, que elevaba el apoyo al 72%. Sonaba a cortina de humo. Lo cierto es que los chicagüenses están más preocupados por las dentelladas del paro y los problemas cotidianos. Si hay que meter dinero del contribuyente, que sea para construir hospitales, escuelas o tapar los baches de las calles. Y en ese estado de ánimo siguen. Nada que ver con la diversión que se espera en unos Juegos. Nada que ver con el entusiasmo que vivía Chicago hace once meses. Entonces sí que se notaba el cambio en las calles, en las caras, en la ciudad engalanada. Hay cambios y cambios. Y éste ha sido amargo y brutal.

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A bilis le ha tenido que saber a Obama la derrota. Cuando escribo este post, el Presidente vuela de vuelta a Estados Unidos. Ni siquiera se ha dignado esperar a que concluyera la votación. Y quizás el revolcón que le ha dado el COI sea el precio del despecho. El resto de las delegaciones permanecía en Copenhague, para lo bueno y lo malo. Porque hay que saber ganar y perder. Ese es el espíritu olímpico. Y la administración Obama tiene mal perder. No están acostumbrados. Todavía. Tienen tiempo. Dice David Axelrod, el maestro entre bambalinas, que ha habido mucho politiqueo en Dinamarca. Toma, no. Como si ellos no hubieran jugado sus bazas. Que eran muchas. Pero no han surtido efecto. Es la primera colleja que se lleva Obama en política internacional. No ha servido su prestigio, ni el encanto de su esposa, ni el conocido recurso a sus historias familiares para ganar apoyos públicos. Tampoco el peso inmenso de este país.

El entrañable Lula y la pasión, ésta sí, de Brasil se han llevado los Juegos. Lamento lo de Madrid, pero me alegro por el vencedor. Es la estrella emergente. La prueba de que el mundo está cambiando. Que no siempre ganan los mismos. Que la provincia puede derrotar al Imperio.

Gabriel Herrero


Los periodistas tenemos que contestar al menos cinco preguntas: Qué, Quién, Dónde, Cuándo y Por qué. La última es mi favorita.
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