15 posts de enero 2010

Un PIB engañoso

Cuando se hunde la demanda, las empresas se encuentran con los almacenes llenos de productos que no pueden vender. Por eso, dejan de comprar a los proveedores y van tirando de inventario para capear el temporal. Lo que ha ocurrido en el cuarto trimestre -el PIB de EE.UU. ha crecido un 5,7%- se debe en buena parte a que las empresas ya no recurren tanto a liquidar existencias. Los inventarios se han reducido en "sólo" 33.500 millones de dólares. Mucho mejor que entre julio y septiembre: el tajo fue entonces de casi 140.000 millones. Y esa mejora supone un buen empujón al PIB: da cuenta de 3,39 puntos del crecimiento.

John Sherffius

Esperanzador, aunque pone en su sitio el aumento del 5,7% en la riqueza nacional que se acaba de publicar. Es casi un punto más de lo que esperaban los analistas y en otras circunstancias, sería para tirar cohetes. Pero los inventarios enmascaran el hecho de que el verdadero motor económico, el consumo, ha crecido un mediocre 2%. Insuficiente para generar empleo neto y peor que el dato del trimestre anterior, un 2,8%. La desaceleración se debe sobre todo al fin del estímulo fiscal a la compra de coches, el programa "cash for clunkers". Tres cuartas partes de lo mismo ocurre con otro componente esencial de la recuperación económica, la inversión en vivienda. Entre octubre y diciembre, creció un 5,7%, mucho menos que el 18,9% del tercer trimestre. Todavía no se ha salido del agujero.

Hay datos más positivos. El gasto empresarial aumentó casi el 3%, después de caer el doble entre julio y septiembre. Además, las exportaciones se dispararon dos dígitos y duplican las importaciones, entre otras cosas, por la debilidad del dólar. En conjunto, la tendencia es positiva, ya van dos trimestres seguidos al alza y es el mayor repunte en seis años. Pero hay que tomar con muchas reservas ese crecimiento del 5,7% en el PIB del cuarto trimestre.

"No me rindo"

Es su carácter, es su estilo, curtido en Chicago. Después de todos los varapalos que ha recibido desde que comenzó el año, Obama no se achanta: "yo no me rindo". Ha sido la clave de bóveda de su discurso sobre el estado de la Unión. El Presidente no renuncia a ninguna de sus reformas. El programa sigue intacto, incluso se amplía. Cambia, eso sí, el orden de prioridades. La primera es la creación de empleo. Tal como le pedían los votantes. Pero no abandona la reforma sanitaria. Ni la reforma financiera, ni la apuesta por la educación, ni el control de emisiones de gases de efecto invernadero. Ni siquiera lo de meter en cintura a los bancos, "no me interesa castigarles sino proteger nuestra economía". Y recuerda que la disciplina fiscal no empieza ahora sino en octubre, "así funcionan los presupuestos".

To cope: enfrentarse, lidiar, arreglárselas, dar abasto. Jeff Stahler, The Columbus Dispatch, Ohio

En suma, Obama dice a Camelot que su agenda estaba bien pergeñada, que las recetas para solucionar el desastre que heredó eran y son las correctas. Otra cosa es que en Massachusetts le hayan limado las garras, que no tenga la misma palanca que hace un año para llevar a cabo su proyecto. Por eso ha puesto el foco sobre el Congreso. Sobre el Senado, para ser exactos. Le pide, urge en algunos casos, que apruebe las reformas pendientes. Está en su mano. Así lo establece la Constitución. El poder del Ejecutivo está bien acotado. A los legisladores de su partido les ha dicho que basta de lamentos. Cuentan con la mayoría más sólida en décadas y la gente espera de ellos que resuelvan los problemas. A los republicanos les reconoce que ahora tienen la llave en el Senado; pero si quieren usarla, deben compartir entonces la responsabilidad de gobernar.

Una pieza maestra de retórica. Es eso, sólo un discurso. La realidad retoma su curso este jueves. Obama ganó la Casa Blanca con la promesa de cambio. Muchos, yo el primero, hemos dudado de él, de si era posible lograrlo en este mundo. Respuesta del Presidente: "nunca sugerí que fuera a ser fácil, o que pudiera hacerlo solo". Así es cómo funciona.

Obama se pone a dieta en su segundo año

Obama se enfrenta esta noche a su primer discurso sobre el estado de la Unión. El del año pasado no fue tal dado que apenas llevaba un mes en la Casa Blanca. Una ocasión solemne que se remonta a George Washington. El Presidente, en persona, expone su visión sobre el presente y el futuro del país, lo hace en el Capitolio, en sesión conjunta de las dos cámaras, y suele recomendar el programa legislativo inmediato. La oposición tiene la oportunidad de dar la réplica. En esta ocasión, correrá a cargo del flamante gobernador de Virginia , el republicano Bob McDonnell.

No es casual. Virginia fue el primer aviso de lo que se avecinaba. Y la derrota en Massachusetts ha sido la puntilla. De ahí que Obama centre su primer gran debate parlamentario en dos cuestiones: el empleo y el control del déficit público. Es el mensaje que han dado los votantes independientes, irritados porque creen que se han dedicado más esfuerzos a salvar el sistema financiero que a solucionar sus problemas: una tasa de paro del 17%, una sangría de hipotecas, una sequía de crédito. Y no notan en su vida pero sí que sentirán en su bolsillo el agujero de 1,35 billones de dólares en las cuentas públicas.

Nate Beeler, The Washington Examiner.

El problema es que el margen de maniobra de Obama para hacer guiños a la clase media es mucho más reducido que hace un año. Ya no tiene la mayoría a prueba de oposición en el Senado y sufre el desconcierto en sus propias filas. El calibre para medirlo estará precisamente en el tono de Obama esta noche y el enfoque que dé a la reforma sanitaria. Probablemente será mucho más modesto y pragmático, capaz de conseguir el respaldo de los republicanos. En la reforma de la Sanidad implica centrarse en dos cuestiones: que las aseguradoras no puedan rechazar a los clientes por su historial médico y atajar los disparatados costes del sistema. Tres cuartas partes de lo mismo ocurre con el paro y el déficit. En lo primero, Obama pedirá al Congreso que apruebe los incentivos a las pymes para contratar e invertir. Son la cantera de empleo.

Pero la piedra de toque más clara de este segundo año es el control del déficit público. La Casa Blanca ya ha filtrado su propuesta para el próximo ejercicio fiscal, que empieza el uno de octubre. Quieren congelar el gasto "discrecional". Es decir, una pequeña parte -no llega al medio billón de los 3 billones y medio del presupuesto- que no incluye el gasto militar, el sanitario o la Seguridad Social. Más simbólico que efectivo: el ahorro supone un 3% del agujero de 9 billones que se acumulará en 10 años. Ilustra a las claras cuáles son los límites del poder presidencial. Son pequeños gestos de una política que se pone a dieta. Y que tienen la virtud de irritar a los liberales e indignar a los congresistas que pierdan sus pequeños proyectos particulares. Está por ver si los electores compran el régimen.

Cameron Cardow, The Ottawa Citizen.

Haití como espejo

Estoy a 3.000 km. de Puerto Príncipe, 35 grados Celsius de diferencia y un abismo infranqueable de riqueza. Me he venido a Montreal, Canadá, para la conferencia internacional sobre Haití. Asisten organismos internacionales y dos docenas de países, entre ellos el nuestro, con la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega, en representación de la UE. Es una de esas cumbres de "sherpas", en las que se prepara el terreno para las más lucidas, las de jefes de Estado y de Gobierno, que en este caso se prevé para el próximo mes de abril en Santo Domingo.

No me ha dado tiempo a más. Montreal une lo clásico y los rascacielos. Francés e inglés. Mejor el primero.

En Montreal, este grupo de trabajo coordinará la ayuda humanitaria después de la emergencia, evaluará los fallos que hubo en los primeros días tras la catástrofe y tratará de introducir racionalidad y previsión. Por ejemplo, en cómo dar cobijo al medio millón de personas que se han quedado sin hogar. La solución más práctica y rápida -tiendas de campaña- plantea enormes problemas logísticos. Y es sólo un parche. Dentro de cinco meses comienza la temporada de huracanes. De ahí la importancia de la ayuda a largo plazo, para reconstruir las infraestructuras, reforestar las colinas o dar alternativas baratas y ecológicas al carbón que utilizan para cocinar en la isla. Y como pide Oxfam, condonar los casi 900 millones de dólares de deuda. Ya veremos. Por lo menos se estudiará.

Este es el lado más luminoso, el que mejor vende titulares. Pero hay otro igual de importante: los asistentes a la cumbre estudiarán cómo frenar el éxodo de millones de haitianos. Estados Unidos, Canadá y la República Dominicana son los destinos obvios para huir del infierno. De antemano, la puerta está cerrada. Se lo ha dejado claro a sus compatriotas el embajador de Haití en Washington, Joseph Raymond: "les interceptarán en el agua y les enviarán de vuelta a casa". En criollo, para evitar malentendidos. La advertencia viene después de que Napolitano haya puesto en marcha el Status de Protección Temporal, un permiso de trabajo para los 200.000 haitianos que estaban sin papeles en Estados Unidos antes del terremoto. Eso les permitirá contribuir a la reconstrucción con sus remesas.

Nate Beeler, The Washington Examiner

Necesitaba además salir de Washington. El aire está irrespirable, ominoso. Quiero tomar distancia y ganar perspectiva. Ahora empieza una larga campaña electoral. El escenario menos adecuado para atajar la crisis. Ahí está la reacción de los mercados al populismo de Obama, al disparate de que el Congreso bloquee la confirmación de Bernanke en estos momentos. Por eso tengo interés en ver cómo lidia la comunidad internacional con la crisis que ha provocado el terremoto en Haití. Sirve de espejo al otro terremoto, el político, cuyo epicentro estuvo en Massachusetts. Son problemas en cierta manera paralelos. Y espero que no tenga que citar a Lampedusa: "algo tendrá que cambiar para que nada cambie". Ya se sabe, de noche, todos los gatos son pardos.

El cambio desencadena cambios

El revolcón de Massachusetts ha trastocado la agenda de Obama. El Presidente ha hecho su propio análisis de lo sucedido. Cree que se debe fundamentalmente a la frustración de la gente con la situación económica. Bien lo sabe; es el mismo impulso que le llevó a la Casa Blanca. Y un año después, Obama no ha conseguido atajar el paro, la sequía de crédito ni la sangría hipotecaria. Lo que sí ha logrado es rescatar al sistema financiero. Se ha evitado la catástrofe, cierto, pero lo que percibe la población es que los bancos vuelven a anunciar beneficios milmillonarios y siguen repartiendo sus primas. Aunque hay algún freno, el contraste es sangrante.

PeterSouza, fotógrafo oficial de la Casa Blanca

Una de las cualidades de Obama es que escucha y reflexiona. De ahí que la semana pasada propusiera gravar a los bancos para recuperar el dinero de los contribuyentes. De ahí que ahora proponga limitar el tamaño de las entidades financieras y las facilidades que tienen para crear activos tóxicos. Ya era hora. El venerable Paul Volcker llevaba meses aparcado, clamando en el desierto contra estas dos semillas de la próxima crisis. La derrota de Massachusetts ha conseguido que suba peldaños frente a Tim Geithner, el pequeño Tim, el secretario del Tesoro, educado en Wall Street, tan sensible y próximo a las cuitas de los banqueros.

El problema es que las propuestas de Obama llegan tarde -ya no tiene cogidas a las entidades por la entrepierna- y son eso, propuestas. Para que se materialicen, deben pasar por el Congreso. Y el partido Demócrata ya no puede aprobar una ley en el Senado sin el apoyo de la oposición. Es la dura realidad. Para la reforma financiera, para limitar las emisiones o para proporcionar cobertura sanitaria a 30 millones. No es sólo que los republicanos tengan 41 senadores y puedan bloquear cualquier proyecto por el sencillo método de hablar largo y tendido, turnándose en la tribuna, hasta el infinito y más allá. Es más grave. El revolcón en Nueva Inglaterra ha hecho ver las orejas al lobo a los propios congresistas demócratas. Los diputados y un tercio de los senadores se juegan su escaño en noviembre. Y temen sufrir la misma suerte que Martha Coakley. Con estos mimbres, lo más probable es que la reforma sanitaria vuelva a la mesa de diseño. A la baja, desde luego. Al menos, los dos partidos coinciden en eliminar el veto de las aseguradoras a los clientes con enfermedades y son conscientes del gasto disparatado en Sanidad. Algo es algo, pero me temo que quedará lejos de las aspiraciones.

PS. Y tan lejos. La decisión de la mayoría conservadora del Tribunal Supremo de acabar con buena parte de las restricciones a la financiación electoral, ventila de un plumazo un siglo de jurisprudencia y 20 años de ley. Y es un aperitivo de lo que se avecina. Como ha señalado Obama, la sentencia beneficia a "aseguradoras, bancos y petroleras". Si ya tenían poder a través de sus lobbies, ahora no hay freno para que impongan su criterio en el Congreso. Decidirán quién hace las leyes. La debacle de Massachusetts ha abierto la guerra. Y pintan bastos para el cambio de Obama.

Cambio

El Pueblo de Massachusetts ha hablado y ha votado a un republicano para el Congreso por primera vez desde 1972. Scott Brown será el senador que sustituya a los Kennedy. Un escaño que estaba en manos de la familia desde 1953. El fin de un largo reinado. Se han cumplido los pronósticos que auguraban este vuelco histórico. De sus consecuencias, ya hablé ayer. La principal e inmediata es que los Demócratas pierden la mayoría antifilibusterismo en el Senado y la reforma sanitaria pende de un hilo. Hoy es la hora de explorar las razones.

Y la verdad es que nadie es capaz de explicar a ciencia cierta qué es lo que ha pasado. Estaban tan seguros de que ganaría la candidata demócrata, Martha Coakley, que ni siquiera se habían contratado encuestas a pie de urna. Y mucho menos análisis sociológicos. Pero para empezar, es evidente que Coakley ha hecho una mala campaña. Distante, salpicada de meteduras de pata y perezosa: desapareció una semana en Navidades. Prefería entrevistarse con los peces gordos a estrechar la mano de los votantes. Se ha quejado de que Washington no le ha prestado ayuda. La mano derecha de Obama, David Axelrod, replicaba que no la había pedido hasta el último momento. Sea como sea, otro signo de la derrota: se tiran los trastos a la cabeza. En cambio, Scott Brown se ha dejado la piel en las carreteras. Ha arremetido contra la reforma sanitaria, contra la soberbia del Gobierno, contra el gasto desmedido, contra el paro. Y ha conectado.

No en balde, Obama ha perdido 20 puntos desde que tomó posesión. Los estadounidenses desaprueban mayoritariamente su gestión, aunque no su encanto personal. Pero no basta. Rechazan la reforma sanitaria: el 48% frente al 35% que la apoya. Creen que el Gobierno crece demasiado y se entromete en sus asuntos, que la factura es muy cara, que puede encarecer las primas de los seguros médicos. Y conviene recordar que Massachusetts goza de una cobertura sanitaria casi universal desde 2006, con lo que no tenían mucho que ganar. Tampoco están contentos precisamente con las medidas para hacer frente a la crisis. El rápido rescate de Wall Street y sus primas levantan ampollas en una población que sufre el 10% de paro, el 17% si contamos a los subempleados y los que han tirado la toalla. La propuesta de Obama de gravar a los bancos llega tarde, aunque apunta por dónde irán los tiros en su discurso del Estado de la Unión, el próximo miércoles: meterse a fondo con el paro, salvar los pequeños negocios, echar una mano al ciudadano de a pie.

El panorama se completa con la tradición de este país. No les gusta que la Casa Blanca y el Congreso sean del mismo color político. Prefieren el juego de equilibrios y contrapesos que consagra la Constitución. El poder, mejor repartido. Y ese reparto ya se ha iniciado. La próxima cita es el 4 de noviembre. Elecciones de mitad de mandato. Renovarán toda la Cámara de Representantes y un tercio del Senado. También les molesta la soberbia de los políticos. Que no escuchen su voz. Que pierdan el tiempo en debates interminables. Que las reformas sesteen en el Capitolio. Que se las metan a contrapelo. Más en un Estado harto del monopolio de los Kennedy. "El escaño es del pueblo", le espetó Brown a Coakley en un debate. Hartos también de la corrupción: tres diputados estatales imputados, tres senadores estatales dimitidos. Y por todo eso, han elegido cambio. Depende de Obama escuchar el aviso. Es serio. De momento, está "sorprendido y frustrado".

PS. Recojo este sondeo nocturno elaborado por la empresa Rasmussen que quizás aclare algo las cosas. Una precisión; Rasmussen es sistemáticamente una de las encuestas menos favorables para Obama. Se debe a que sólo entrevista a personas en edad de votar. Eso elimina al segmento más joven de la población, cuyas simpatías están mayoritariamente con Obama.

La reforma sanitaria ha sido uno de los principales factores en el vuelco. El 52% de los votantes de Brown dicen que ha sido lo más importante y el 78% se oponen a ella firmemente. En el caso de los votantes de Coakley, el 63% consideran prioritaria la cuestión sanitaria pero sólo un 52% apoyan firmemente la reforma. En cualquier caso, el 86% creen que es mejor aprobar la ley en el Congreso que nada. El porcentaje es al revés en los republicanos. Y para ambos, parece ser también importante la reducción del déficit público. Más para los republicanos.

Brown ha sido más votado por la clase media -entre 40.000 y 100.000$ de ingresos anuales- mientras que Coakley saca ventaja en los extremos más pobres o más ricos. Brown es más votado por los políticamente moderados -un 13%- y entre los que han decidido su voto en los últimos días. Un 22% de los electores registrados como Demócratas se han inclinado por el Republicano. No ha sido sólo cuestión de independientes.

El Senador 41

Sería una ironía suprema que el escaño del difunto Ted Kennedy diera la puntilla a la reforma sanitaria. Pero eso es precisamente lo que apuntan las encuestas. Este martes hay elecciones extraordinarias en Massachusetts para cubrir la vacante del león. El candidato republicano, Scott Brown, aventaja a la demócrata, Martha Cloakley, en todos los sondeos. Van desde el empate técnico de Research 2000 a los 10 puntos de PajamasMedia.

Durante seis décadas, el escaño ha estado en manos del partido Demócrata. De la familia Kennedy, para ser más exactos: con Jack, con Ted o con alguien de su cuerda. Massachusetts es el corazón Demócrata de la Unión. Toda su delegación en el Congreso es de ese partido. Fue el único Estado que votó por McGovern frente a Nixon en 1972, y desde entonces, no han elegido un senador republicano. Hasta ahora. Justo ahora que las dos cámaras del Congreso tratan de armonizar sus respectivos proyectos sanitarios. En la recta final. Con la miel en los labios.

La victoria de Scott Brown quitaría a los Demócratas los 60 escaños en la Cámara Alta, la cifra mágica, la mayoría antifilibusterismo, la que permite sacar adelante la reforma sanitaria sin el apoyo de la oposición. No tiene por que ser fatal. Hay planes B. La Cámara de Representantes podría envainársela y dar luz verde al proyecto que aprobó el Senado la pasada Nochebuena. Al fin y al cabo, las versiones de las dos cámaras son similares, aunque no idénticas. Los Demócratas también podrían intentar que el Senado votara el texto armonizado antes de que Brown tome posesión. Eso sería un escándalo político y amenaza una batalla legal impresentable con el interino, Paul Kirk Jr. Y por último, cabe la posibilidad de recurrir al procedimiento de "reconciliación presupuestaria". Su aprobación sólo requiere 51 votos, pero probablemente implicaría recortar el alcance de la reforma.

Todas las alternativas son malas pero peor es para Obama fracasar en su apuesta doméstica más ambiciosa. Y es sólo el principio del varapalo si Brown se convierte en el senador 41 de los Republicanos. Un hito por los cuatro costados. Prueba de ello es que el Presidente se ha lanzado de lleno a la carrera electoral. En contra del consejo de sus asesores, estuvo el domingo en Boston haciendo campaña en favor de Martha Cloakley. Si ella pierde, él pierde su ascendencia en un Estado en el que le votó el 62% en 2008. Sería la constatación de que los electores independientes -no registrados en ningún partido- le están volviendo la espalda. Como sucedió en Nueva Jersey y Virginia el año pasado. Segundo aviso de cara a las elecciones de mitad de mandato: no nos gusta que el Congreso y la Casa Blanca tengan el mismo color.

Para los Republicanos, el sorpasso en Massachusetts tiene incluso más recorrido. Sus "tea parties" en contra de la -supuesta- subida de impuestos y del -cierto- incremento del gasto público entroncan con la revolución de Boston en 1773. Simbolismos aparte, la victoria impulsaría también el reclutamiento de candidatos en otros estados. Una de las claves del éxito republicano en 1994, cuando recuperaron el Congreso y ataron de manos a Bill Clinton. Y además, Massachusetts demostraría que pueden ganar sin moderarse. Scott Brown es un conservador sin complejos.

Globes in blue

Los Globos de Oro son azules este año. Avatar es la vencedora. Premio y público de la mano. Pero me siento como la inmensa Meryl Streep, cuando agradecía su galardón a la mejor actriz de comedia: "es difícil compaginar esta alegría con el mundo real". Conciso, elegante, sin aspavientos. No hace falta más. Haití ha estado muy presente en la gala. En los gestos, los lazos en la solapa, los incisos en los discursos, la petición discreta de dinero para las víctimas. La vida allí se ha parado, pero sigue en Camelot y hay que hablar de ello. Aunque llueva sobre la alfombra roja, sobre las joyas, el glamour y los armani.

Que Hollywood se rinda a Avatar es de cajón y tal vez se quedan cortos. Tendrían que levantarle un monumento. James Cameron ha revitalizado la industria cinematográfica en lo más duro de la crisis. Bate récords de taquilla con una obra de ciencia ficción, nada más y nada menos. Ha conseguido llevarse a todo el planeta Tierra a más de cuatro años luz de distancia, engancharles con la utopía de Pandora y traerse el 3D al salón de casa. Lo hace con algo más que un remake de "Bailando con Lobos", o "Soldado Azul", o "Un hombre llamado Caballo". El tema es viejo. Tanto como que Todo está conectado, mal que le pese al Vaticano. Pero te lo regala envuelto en una de esas pequeñas cosas, perdidas en un cajón, que mató el tiempo y la ausencia: abrir los ojos de par en par, como un niño, y soñar despiertos en la oscuridad de la sala. El mejor trabajo del mundo, dice Cameron. "Hacer entretenimiento para una audiencia global, eso es lo que significan los Globos de Oro". Se ha llevado los de mejor director y mejor drama. Dicen que son la antesala de los Oscar.

El tributo a Cameron ha sido lo más sensato de la gala del Beverly Hilton. Premiar a "The Hangover" -Resacón en las Vegas 1- como mejor comedia es de guasa. Una broma de pésimo gusto frente a la delicia gastronómica de "Julie & Julia" o el sopapo amargo de "500 días juntos". Negar el galardón a George Clooney que estás en los cielos para dárselo a Jeff Bridges es cerrar los ojos al drama del despido y recrear la vista en la decadencia country. Sin sustancia es el reconocimiento a Robert Downey en Sherlock Holmes. Discutible, el de preferir a la inexpresiva Sandra Bullock frente a Carey Mulligan. Previsible, que hayan ignorado el musical Nine. Como medicina contra la Depresión, pasó de moda hace 70 años. De lo nuestro, Almodóvar ya acumulaba demasiadas candidaturas y hay que abrir el abanico. Me quedo con el más que merecido premio a Scorsese por toda una carrera y la sorpresa que le han dado al austriaco Christoph Waltz, el coronel políglota de las SS en "Malditos Bastardos". Su cinismo y maestría son lo único salvable del último delirio de Tarantino. Pero para gustos se hicieron los colores y los críticos. Hace tiempo que dejé de hacerles caso.

Rescatar, reconstruir, desarrollar

Uno de los principales problemas en la catástrofe de Haití es cómo distribuir la ayuda humanitaria. Las infraestructuras del país ya eran penosas y el terremoto ha agravado aún más la situación. El aeropuerto, y especialmente el puerto, han sufrido daños considerables. El obstáculo pone de relieve la magnitud del desastre y la necesidad de soluciones a largo plazo. La ayuda inmediata es vital. Toda contribución, por pequeña que sea, marca la diferencia entre la vida y la muerte. Hay que rescatar a las personas sepultadas entre los escombros. Hay que curar, alimentar, vestir y dar cobijo a los tres millones de afectados. Eso es lo primero, pero también es imperativo que la solidaridad no sea flor de un día, que no se olvide cuando desaparezca de los titulares, que se prolongue en el tiempo.

R.J. Matson, The New York Observer.

Me ha impresionado la reacción de Estados Unidos. La rapidez con que se ha movilizado la población. Sin distinción de color político o credo. Con Obama a la cabeza. Desde el primer minuto. Su administración no es ajena a Haití. Tiene a los Clinton. Pasaron la luna de miel en la isla. Ella, visiblemente afectada, ha cancelado el viaje a Australia para coordinar los esfuerzos. Él, como 42 presidente, contribuyó a acabar con una dictadura infernal y es enviado especial de Naciones Unidas a Haití desde el pasado mes de junio.

Bill Clinton ha subrayado la necesidad de que la ayuda se prolongue en el tiempo. Cree que es posible tener éxito y sacar al país de la miseria endémica. Primero rescatar, luego reconstruir. El compromiso ha de ser durante años. Y ya hay señales en esa dirección. Además de los fondos comprometidos por Naciones Unidas -10 millones-, el Banco Mundial -100 millones- o particulares como Ted Turner -1 millón de su bolsillo-, la administración Obama ha paralizado la deportación de 30.000 inmigrantes haitianos. El siguiente paso sería darles un permiso especial de trabajo. Sus remesas contribuirían al desarrollo de una nación vapuleada. Nunca estaremos a salvo de los azotes de la Naturaleza, pero sí que está en nuestra mano impedir nuestras propias plagas: la pobreza, la violencia y los abusos.

La cólera de Dios es ciega

Por partida doble. El terremoto que ha devastado Haití se ceba en el país más pobre de América. La catástrofe es la gota que colma una copa a rebosar. El año pasado, cuatro huracanes arrasaron el 70% de la cosecha, en una nación incapaz de alimentarse a sí misma. Ahora la tierra tiembla -es probable que se sucedan las réplicas- bajo una zona densamente poblada, construida sobre una falla, donde los edificios a prueba de terremotos ni siquiera son imaginables.

Y la ira de Dios se esconde a la vista. Cuando saltó la noticia, no había imágenes. No las hubo durante horas. Sólo contábamos con la magnitud del seísmo, la proximidad a la capital, la violencia de las réplicas. Dicen que una foto vale más que mil palabras. Salvo en el horror. Estremece más lo que no ves, lo que sólo intuyes. Y las contadas informaciones que llegaban de Puerto Príncipe encogían el alma: "una nube de polvo cubre la capital", relataba el corresponsal de AP, "un hospital se ha derrumbado y se oyen gritos pidiendo ayuda". Ayuda inmediata es lo que necesita este pueblo olvidado de la mano de Dios, pero no de Su cólera.

Gabriel Herrero


Los periodistas tenemos que contestar al menos cinco preguntas: Qué, Quién, Dónde, Cuándo y Por qué. La última es mi favorita.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios