« Huelga de soluciones | Portada del Blog | El mundial de Prandelli »

El perro que habló por teléfono

Franca no puede callar. Lo comprobé en un trayecto de tren que estuvo a punto de abrasar los matojos de mi paciencia. Franca no tendrá más de 10 años, una media melena rubia que se ensortija en su desembocadura, unos ojos abiertos como radares, unos mofletes laxos tapizados de rojo y una voz que antecede su presencia.

Los trenes rápidos italianos acostumbran a ser un vergel silente dentro del frutal de expresiones verbales y físicas que enriquecen la comunicación en Italia. Yo sólo quería viajar cuatro horas leyendo, mirando el paisaje y echando una ojeada a las peculiaridades de mis aleatorios compañeros de viaje. Pretensiones vulgares para un viaje sin historia. Faltaban cinco minutos para que partiera el tren de la estación central de Milán...

-Mira mamá. Ahí está el 45. ¿Y el nuestro?- Aulló una voz aguda que resultó ser su tarjeta de presentación.

-¡Es allí! Es allí! ¡Lo he visto yo mami!

La voz amenazaba por la espalda. Me conjuré ante todos los espíritus buenos (que debe haberlos) para que no señalara ningún asiento próximo al mío. Pero ya era tarde: delante de mis ojos se presentó con una expresión de júbilo acompañada de un grito de victoria. Me miró. Pese a su sonrisa, entendí que me estaba desafiando.

Desde el asiento que comunica con el pasillo, la niña no desaprovechó una oportunidad para muscular sus cuerdas vocales en una ejemplar muestra de su vigorexia.

-Hola, ¿Adónde vas? A mí me gusta el tren. Mi papá me espera en Nápoles. Tengo un hermanito y un perro que se llama Bond.

Desde el principio entendí que debía sumergirme en el libro como una escafandra que me protegiera del océano de sus palabras. Afortunadamente eso me salvó de ser el destinatario de sus voces. Pero no de escucharlas.

Sentada frente a mí había una señora. Al principio sonrió ante la locuacidad de la criatura e incluso le formuló algunas preguntas. Luego ella se calló. Alzando los ojos por encima de la trinchera de mi libro, pude adivinar su cara de martirio media hora después. Yo volví a sumergirme bajo el grueso volumen. Pese a que casi no podía avanzar en la lectura, el libro abierto era un parapeto del que no estaba dispuesto a sacar la cabeza. Afuera las balas verbales abatían a los insensatos.

Entre tanto, la madre compartía algunas de las observaciones de su hija luciendo retoño verborréico con el orgullo del agricultor a quien la tierra le ha regalado la sandía más hermosa del mundo.

Maldije mi negligencia por no llevar un dispositivo para escuchar música durante el viaje. Jamás lo volvería a hacer si tuviera una oportunidad de regresar al futuro.

Llegó el momento en que la señora sentada frente a mí no pudo más. Se levantó excusándose con ir al baño.

-Yo sé donde está, señora. Si quiere la acompaño-. Afortunadamente, en esta ocasión la madre pidió a la moza que dejara ir tranquila a aquella mujer.

Nunca volvió. No sé si se encerró en el escusado hasta que llegara a su destino, si se dedicó a beber en el bar o decidió poner fin a aquel suplicio dejándose arrastrar por el agua del retrete. La última imagen que conservo de aquella mujer es caminando de espaldas con los hombros vencidos del cansancio ante tanta palabra, con el paso cansado pero, seguramente, feliz por poder librarse de los grilletes de aquel verbo hecho niña.

-Mamá, ¿papa nos estará esperando en la estación? ¿Vendrá Bond? ¡Quiero que venga Bond! ¡Quiero que venga Bond!

Siempre sus requerimientos los hacía por duplicado para replicar el martirio de cuantos estábamos en el vagón.

-Quiero preguntar a Bond si va a venir a esperarme. Mami, dame el teléfono.

Si la perrita Laica fue la primera en llegar a la luna, quizás yo fuera testigo de la existencia del primer perro capaz de hablar por teléfono. En aquel momento dudé de si aquello no sería un sueño. Salí un instante de mi trinchera buscando una cámara oculta, la sonrisa perversa de todos los cómplices de Lucifer que me habían gastado una broma en todo el viaje, la filmadora que me hiciera famoso en un video de cámara oculta... Pero no: Franca cogió el teléfono y digitó una secuencia de números.

-Rosa, soy Franca. Dile a Bond que se ponga...

Mi mirada se cruzó con gestos de incredulidad y, al menos, una docena de pasajeros que miraban con gesto ingenuo o estiraban el cuello para escuchar el fin de aquel despropósito.

Ahora estaba seguro. Saqué los ojos de la trinchera. Aparté el libro y pude ver cómo Franca jugueteaba con sus tirabuzones y balanceaba una pierna mientras esperaba la llegada del can. ¿Sería capaz de hablar con el perro?, me preguntaba a mí mismo.

-Bond, quiero que me vengas a buscar a la estación. ¿Hace calor en Nápoles? Ven con papa. Que no ponga el aire acondicionado fuerte en el coche que luego te resfrías, ¿Tienes ganas de verme? Yo también.

Por los altavoces anuncian que el tren llega a Roma. Me levanto de un salto. Cojo el equipaje y huyo mientras me parece escuchar los aullidos Bond desde el otro lado del auricular, protesta porque prefiere quedarse en casa. Quiero salir rápido de aquel tren antes de que me vengan a esperar con una camisa de fuerza

8 Comentarios

La escena me es familiar..... La ventaja en este tipo de situaciones es hablar otro idioma, en el momento en el que esa mirada con interrogación de propuesta de diálogo se cruza, hacerse el sueco, el español o el chino, suele tener su efecto, a no ser que el parlanchín pasajero haya visitado uno de esos destinos junto a su perro.... :)

NO se me escapa de la historia que solo has escrito lo que dijo la niña. Parece como si el mundo hubiera quedado mudo ante su presencia, jajajajajaj

Hablar otra lengua no te libra de la pesadez del ruido, Taccuino pequeño. Al fin y al cabo, el problema de la niña no eran las palabras, sino que su voz se convirtiera en ruido molesto por insistente

Una bonita favola al telefono digna del mejor Rodari. Gracias por la historia.

J.H.

que sea pura realidad italiana o no, da igual, ante una historia tan bien escrita, se respiran las sonrisas de estar inmerso en la mejor de las ficciones, gracias.

Cómo te entiendo!!!! Acabo de vivir, casi, esa misma situación. En tierra firme y en un restaurante. Cuando me disponía a cenar con dos amigos de visita en mi ciudad y , de repente, me anunciaron que habría un nuevo comensal. Y el nuevo comensal era... (banda sonora de Psicosis, por favor) ELLA. ¡¡¡La incontinencia verbal hecha mujer!!!.
A partir de ese instante fueron horas de oirla, que no escucharla, hablar de su retoño. No, no lo conozco pero, aun a riesgo de que me califiquéis de persona con prejuicios, creo que a su lado, tu Franca, sería como la Belinda de Hollywood..... muda.
Salud y tapones.

Muy bueno Iñaki!!!!!!. Esa vena de pequeño relato que tanto he disfrutado vuelve a la carga. Me ha encantado y lo bueno esque como a parte de mis compañeros de comentario también viví una situación parecida. En concreto en mi caso en el metro de Bilbao y he de reconocer que yo fui como la señlora que se fue al baño desaparecí antes de mi esatación a buscar otro lugar más cómodo en otra parte del vagón. Un saludo.

Estaba buscando una informacio'n y encontré este post, Inaki!. Me gusto' mucho! Saludos, Irene

Esto es solo una previsualización.Su comentario aun no ha sido aprobado.

Ocupado...
Your comment could not be posted. Error type:
Su comentario ha sido publicado. Haga click aquí si desea publicar otro comentario

Las letras y números que has introducido no coinciden con los de la imagen. Por favor, inténtalo de nuevo.

Como paso final antes de publicar el comentario, introduce las letras y números que se ven en la imagen de abajo. Esto es necesario para impedir comentarios de programas automáticos.

¿No puedes leer bien esta imagen? Ver una alternativa.

Ocupado...

Mi comentario

Iñaki Díez


Iñaki Díez es el corresponsal de Radio Nacional en Italia, un país que conoce perfectamente y que analiza con gran habilidad.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios