El tabaco en Italia

Sí, es cierto. Me lo habéis propuesto uno de vosotros en los comentarios. Recojo el guante: es una de las entrañables paradojas de este territorio. Allá donde se jactan de driblar la ley con más cintura que Messi, han pasado por el aro ahumado de no fumar en lugar cerrado.

Hace un par de días lo comentaba con una amiga española: los hosteleros de nuestro país se ven en la bancarrota si el gobierno prohíbe fumar en los bares. ¿Qué será del cafecito sin la fumarada del cigarrillo expandiéndose por el local? ¿ Qué hacer con los dedos índice y corazón de la mano derecha mientras la izquierda sujeta el txikito en compañía de la cuadrilla? ¿Cómo se sellará una paz de tasca tras enfebrecida discusión por el último penalti no pitado el pasado domingo?

Hay parejas que si se separan parecen seres amputados. Lo piensan muchos dueños de bares y restaurantes en España. Los italianos, maestros de la picaresca hasta tal punto que hay aquí antecedentes de la corriente del Lazarillo de Tormes, lo han solucionado sin drama: nadie fuma en un bar, cafetería o restaurante. Y sigo viendo, como no he visto en ningún sitio del mundo, largas colas en la calle a la espera de una mesa libre para comer en el restaurante elegido. La gente entra a comer y sale a fumar. Sólo las terrazas permiten que compartan ambiente humo y bebida.

Aquí, donde se circula por el arcén en la autopista; donde se da un giro de 180 grados en mitad de una avenida sin tener en cuenta la doble raya continua que lo impide; donde un camarero te puede cobrar 10 euros por un café sencillamente porque te ha visto cara de pardillo y, además, se va a jactar ante el resto de la clientela de lo listo que es; donde las terrazas abusivas se enmascaran con detalles y gratificaciones sin IVA a los inspectores; donde los progresistas se maravillan del sorpaso mental español, nadie entiende cómo aún se puede fumar en bares y restaurantes. También a nosotros nos quedan paradojas...

Piano piano

No sé cómo fue 1929. Pero nuestros bisabuelos no recibieron tal cantidad de noticias pesimistas antes de abrir la ventana y saltar al vacío porque no veían perspectiva alguna en su futuro.

Irlanda se hunde; qué pasará con Portugal y España es una incógnita; hay amenaza de atentado en Alemania; Los coreanos se zurran; los estudiantes se movilizan en Inglaterra...

Si explota la tierra que sea en confeti: piensan los italianos con esa sabiduría relativista suya. El gobierno está en la cuerda floja. La ministra de la Par Oportunidad amenaza con dimitir porque otra parlamentaria de su grupo la presiona. La ministra la llama “puta” y la otra (que es la Mussolini) responde que como no pida perdón en público no apoyará a Berlusconi en la censura. La Mussolini admite se ha dado un beso con un compañero en el parlamento. “Pero fue cariñoso y no hubo lengua de por medio” ( lo ha dicho textualmente).

Los estudiantes también están en pie de guerra en Italia. Protestan contra la reforma que empezó a gestarse hace dos años. Ocupan colegios e impiden que se den las clases. Eso sí, llega el fin de semana y desmantelan la Okupacion. Vuelven a casa. El ocio es sagrado. Lo han aprendido de sus mayores que hacen las huelgas en viernes. Si la vena reivindicativa no convence, siempre queda por delante la perspectiva de un largo fin de semana. También la cultura protesta. El lunes cerraron cines y teatros. Otro ejemplo de huelga práctica: casi todos los teatros cierran en lunes. Con estas actitudes, los italianos tienen menos sensación de caos que nosotros. Berlusconi, el hombre que a golpes de chistes conquistó un país, está espalda contra espalda con su destino. Camina con la pistola alzada. El14 se girará para apuntar directo a su enemigo. Puede caer él. Sería una lástima morir porque nadie quiere elecciones. Por eso, el chistoso está convencido de que vencerá la censura... Pero, vamos piano- piano

Los tiempos en Italia

Transcurren de otra manera. La filosofía del italiano se infiltra hasta en el lenguaje. Florido, altisonante, perifrástico... Con esta experiencia italiana estoy intuyendo una teoría social que empieza en la lengua y termina en los hechos.


Hay lenguajes directos como el inglés. Parcos en artificios y pragmáticos. Prima la acción sobre la expresión. El italiano es una dulce armonía de resonancias que baten durante largo tiempo aunque el mensaje sea muy sencillo.”Non posso non fare...” y la frase continua. Y sólo quieren decir que “haré...”.

En política sucede lo mismo. La crisis larvada antes del verano ha explotado ahora. Pero eso no quiere decir que todo salte por los aires en este instante. Ocurriría en un país más pragmático, como el nuestro. Aquí, no. El gobierno está descompuesto. El olor a inmundicia impregna el Parlamento. Pero la crisis como la entendemos debe esperar. Y nos deparará sucesos originales y divertidos.

Una gran originalidad es que Gianfranco Fini haya hecho que todos sus hombres en el gobierno abandonen el ejecutivo. Los secuaces cumplen órdenes, pero el jefe no abandona la poltrona. Es curioso: rompe con el gobierno, hace que los suyos renuncien a sus responsabilidades, pero él sigue presidiendo la cámara. El italiano también tiene cantidad de vocablos para explicarlo de manera convincente. En castellano se resume con una palabra: caradura.

¡Qué Papada!

Eso debe decir la gente cuando ve arribar a la pléyade de periodistas que estamos cerca de Benedicto XVI. Llegamos como una gran ola que arrasa el territorio. Pero cada viaje tiene su singularidades entre camerinos. Éstas son las del segundo viaje de Benedicto XVI a España...

El trayecto a Santiago se realizó bajo un espléndido sol que fue tragado por la niebla al llegar a la capital administrativa gallega. Ningún avión atravesó aquel muro. Sólo para el Papa se abrió una rendija en Lavacolla. Mientras el Santo Padre era recibido por las autoridades, a su séquito informativo nos confinaban en un redil custodiado por agentes de seguridad. Seguimos desde allí el acto. Partió el Papa y seguimos allí. Se marcharon las autoridades y allí seguíamos. La niebla, como Judas, nos hablaba al oído y su rumor empezaba a hacer mella en la piel. Sacaron al público que había acudido a dar la bienvenida al pontífice.¿Y nosotros? Sí, allí seguíamos. Con programas en directo que nos esperaban y los informadores dentro de nuestro particular Guantánamo.

Una hora y media después, llegó el momento y pudimos hacer aquello para lo que nos pagan y para lo que nos llevan dentro del avión. ¿Quién dijo que vivimos tiempos de inmediatez informativa?

El viaje a Barcelona fue plácido pero, una vez más, tras bajar del avión nos esperaba otra sorpresa: la organización había dispuesto dos autobuses urbanos para trasladar a los informadores. Dentro de los viajes papales, en ningún sitio del mundo me han brindado un autobús urbano. Hasta los negritos de Camerún se esforzaron por poner unos pequeños autobuses para realizar el traslado con cierta tranquilidad, pensando también que en esos trayectos seguimos escribiendo y participando en emisiones en directo.

Por la noche, visité los exteriores de la Sagrada Familia. Fue un momento para mí entre un montón de gente que hacía lo mismo. El ambiente era festivo horas antes de la consagración.

En la vuelta, se redoblaron las estrecheces. Ninguna ciudad, antes de Barcelona, había dispuesto autobuses urbanos para los traslados. Pero, como la organización debió ver que en dos autobuses íbamos cómodos, retiró uno. Y así, a primera hora de la tarde, todos los periodistas nos apelotonamos en torno a un autobús urbano. Viajamos con las maletas rodando por el piso. En pie, por la autopista, agarrándonos al pasamanos y conteniendo la inercia del equipaje que cedía ante la velocidad del autobús en las curvas. Nunca había visto antes escolta policial para un autobús urbano. En esta ocasión lo sufrí. Afortunadamente, nadie se dejó la dentadura en uno de los bruscos giros en la alocada carrera tras el coche policial que nos abría paso. Así llegamos al avión de vuelta.

Mis aitas siempre me lo han dicho:“ desde pequeño tienes que llegar el último a los sitios”. ( Por cierto debe ser genético: mi hijo, que juega al fútbol, siempre es el último en la fila de jugadores que saltan al campo. Él dice que le gusta ver a todos delante y tener la perspectiva. Yo no sé por qué lo hago). Quizás sea porque no me gusta abrirme paso a codazos... Así, en la escalerilla del avión, me encontré el último. Como en los vuelos de bajo coste, en la aeronave Papal nadie tiene sitio asignado. Me acomodé en uno de los últimos sitios y vi que todos mis compañeros tenían unas espléndidas cajas. Yo no. Iberia nos había realizado un obsequio dejándolo sobre el asiento pero el mío estaba huérfano como un niño olvidado a la puerta del colegio. Los comentarios de quienes me acompañaban alertaron al personal de Iberia.

-¿Qué le ocurre señor?- acudió solicita una azafata.

-Nada. Pero veo que, por ser el último, no me ha llegado la cajita?

-Es imposible. Hay una para cada uno de ustedes...

Dejé el silencio como respuesta flotando ante el embarazo de la azafata. Algún querido colega, había pasado por mi asiento y enganchó la caja al grito de “ que se joda el último”. Y ése suelo ser yo. El personal de Iberia estaba ruborizado. Ingenuos: pensaban que por tratarse de un avión tan cercano a Dios, estaba vacunado contra la rapiña. Durante el viaje me trajeron una caja. Lo agradecí. Y aquí podría terminar este largo anecdotario de un corto viaje, de no ser porque, al salir, una compañera con dificultades para moverse me pidió que llevara su caja. En la despedida, desfilé delante de las azafatas con dos de aquellas malditas cajas. Las miré a la cara para decirles. Me llevo una, la otra es la de una compañera- me justifique ruborizado. Espero que me creyeran. Era el final del trayecto pero todavía quedaban pequeños sucesos que ir sorteando que, pronto, me hicieron olvidar el sonrojo.

No sería justo finalizar esta referencia sin agradecer a todo el personal de Galicia, de Cataluña y de Madrid que han participado en este conglomerado informativo de Radio Nacional. Todos me ayudaron más de lo imaginable. Sin ellos, no hubiera podido realizar mi empeño. Llegué como caído del cielo y me fui en un soplo. Pero, ellos me hicieron fácil el trabajo. Imagino que descansaron cuando partimos. Aliviados, posiblemente dijeran: “ ¡Qué Papada!”

Todos santos, alguno menos

Para festejar este día y honrar a los antepasados, algunos más que beatos se convierten en ángeles del infierno dentro de un camposanto. Ogni Santi se denomina, en Italia, la fiesta del 1 de noviembre. La ocasión de llevar a los cementerios las formas de convivencia provoca situaciones embarazosas y que pueden terminar en una trifulca en la necrópolis. Para evitarlo, desde diversos medios de comunicación se lanzan recomendaciones al público en general. Las he recogido porque me han hecho sonreír. Algunas podríamos suscribirlas. Otras son genuinamente italianas...

Quizás la más legítimamente italiana es la que pide que se tenga recato a la hora de hablar por teléfono dentro del cementerio. No es de rigor la imagen de alguien hablando animadamente por el celular, apoyado en un nicho. Y si es una recomendación, ha pasado: la persona está tan absorta que no repara en que delante de la lápida sobre la que se recuesta hay familiares rezando al difunto y que sus estridencias alteran la oración.

Otra de las recomendaciones, indica que las familias tengan controlados a los niños porque no es de recibo que el campo santo se convierta en un estadio de fútbol y los pequeños se monten un partido entre las tumbas.

En esta época todos quieren adecentar la eterna morada de sus familiares. Ahí llegan las últimas encomiendas a los italianos. Es fantástico que se limpie la tumba del familiar. Pero toda la suciedad debe depositarse en el lugar adecuado: no es de recibo dejársela en herencia al difunto vecino de nuestro familiar. Y, finalmente, en este vademécum de las buenas maneras en el cementerio aparece la recomendación de comprar las flores, no robar las que se muestran hermosas en una tumba desprovista de parientes.

Y es que este día hay mucho santo pero también demasiado ahorrador desmedido hasta el límite del sonrojo, ajeno, por supuesto

Crimen, circo y excursión al teatro de la culpa

El caso de las niñas de Alcasser fue un punto y aparte en la exhibición del dolor en España. La falta de pudor y el escaso tacto con que se trató aquellos escabrosos crímenes, despertó muchas conciencias sobre la ética además de alertar escrúpulos sobre la mancebía a la que puede llegar la televisión por un puñado de audiencia.

Italia tiene su Alcasser de manera periódica. Son crímenes horrendos que se van desentrañando como una piojosa madeja ante los espectadores en todas las cadenas de televisión ( en este juego entran tanto las públicas como las privadas). El último es el asesinato de Sarah Scazzi.

La joven desapareció en un lugar del profundo sur durante una tórrida tarde de agosto. Desde entonces, su pueblo, Avetrana tiene un lugar en todos los informativos y todas las conversaciones. Tras semanas de búsqueda, el tío confesó la autoría del crimen. Reveló que había abusado del cadáver de su sobrina antes de esconderlo dentro de una cisterna. Pero como en los culebrones, nunca llega el capítulo final. El siguiente golpe de escena fue la detención de la prima. ¿Quién asesino a Sarah?


¿El tío con ayuda de la prima o la prima con ayuda del tío? Ambos siguen en la cárcel. La policía continúa con la investigación mientras todas las televisiones conectan en directo con la casa y el informador de turno inicia su crónica con el típico “estamos aquí. Éste es el teatro del horror donde fue asesinada Sarah. En ese garaje su tío la estranguló o, ¿fue en la habitación que tenemos aquí arriba donde su prima terminó con su vida?”. El morbo no sabe de confines del pudor.

En las últimas semanas, familias enteras se han acercado hasta ese punto perdido en el mapa. Padres, madres, niños y abuelos, miran a través de la verja buscando el espíritu errante de la niña muerta o la cuerda asesina que terminó con su vida. Elucubran y se empapan del crimen antes de ir a degustar un buen “pranzo”, que el domingo es día del señor y la comida debe tener un rango exclusivo. No les quita el hambre pensar que, quizás, puedan haber inspirado el último hálito de Sarah. No queda un soplo de recato en esa gente que ha llegado, incluso, a organizar viajes en autobús desde regiones vecinas para visitar el pueblo y la casa donde murió Sarah Scazzi

Pese a llevar semanas invadiendo páginas de periódicos y largas horas de televisión en Italia y tener conmovido al país, la prensa extranjera apenas se ha hecho eco del execrable asesinato.

La disección del dolor que vimos con el caso de Alcasser fue repugnante, pero nadie tuvo la ocurrencia de organizar viajes en autobús para hollar en el teatro del horror..

Chismes en la consulta médica

Mi médico de cabecera en Roma es un tipo afable, mediana edad y aspecto de que no morirá de estrés. Acudo poco a él pero cada vez que lo hago vuelvo a casa cargado, como Papa Noel, con un montón de anécdotas. La consulta y la sala de espera brotan del metamundo neorrealista que nunca abandonará este país.

Cuando llego, la enfermera me saluda como si estuviera allí todos los días.

-Señor Diesss, buenas tardes.

Respondo y busco acomodo en una sala de 30 metros cuadrados. Ante mis ojos, anacrónicos sofás y sillas de diferentes camadas dispuestos en anárquico orden. Es un colmena y la enfermera la reina. Su silla está dispuesta en un ángulo de tal manera que no se le escape ni un detalle de los pacientes. Se encuentran en plena conversación. Deduzco pronto que se ven en la consulta con la asiduidad de quien queda con un amigo para beber unas cervezas: hay complicidad entre ellas.

-Ahora vengo- suelta de repente la enfermera levantándose de su trono.

En ese momento, en que la colmena no tiene reina, irrumpe en escena un nuevo personaje: Un anciano que entra arrastrando los pies, con los hombros vencidos por los años y una mirada bonachona que le vale el eterno salvoconducto de San Pedro. Coincide su llegada con la salida del paciente dentro de la consulta. ¡Qué oportunidad!

-Señoras- dice dirigiéndose al grupo que parlotea-. ¿Me dejan pasar, por favor? Vengo sólo a que el doctor me ponga un timbre.

No hace falta insistir más. Las señoras se lo permiten. En esta escena he quedado relegado al lugar de los cuadros y las macetas. Nadie ha contado conmigo para dejar pasar al venerable octogenario para que le pongan el sello. No importa: tengo un buen libro a mano y una sucesión de chismes prometedores a mi alrededor.

Pasan los minutos. Vuelve la enfermera. El señor del sello sigue dentro.

-¿Cómo es que no ha entrado ninguna de vosotras? ¿No ha salido ya el paciente anterior?- pregunta la enfermera.

-Sí, pero ha venido un señor para que el doctor le pusiera un sello y nos ha pedido si le dejábamos pasar- responde una de las tertulianas.

-¿Sello?- pregunta la enfermera-. Ha venido para que el doctor le renueve el carné de conducir.

Me espantó al imaginar conduciendo a ese pobre hombre que lleva la vista puesta en los zapatos mientras arrastra torpemente los pies. Han pasado 15 minutos. A lo mejor es que el señor se ha quedado tieso delante del doctor, pienso. Ellas, ajenas a mi luctuosa reflexión, siguen, entre risas, su amena charla.

-¿Te puedes imaginar a ese señor conduciendo?- dice una.

-A mi marido, que tiene 80 años, le acaban de renovar el permiso. Yo he ido donde el médico a quejarme porque, después del ictus del año pasado, no puede conducir. Pero el doctor, me ha dicho que el hombre ha pagado y que a su juicio está bien. Cualquier día, mi marido me va a dar un disgusto porque se empeña en coger el coche y casi le tengo que ayudar a caminar.

-¡Cómo está el mundo!

-Y a éste, ¿se lo darán?

-Tarda mucho- asegura la enfermera-. Creo que trata de convencer al doctor.

Las elucubraciones se cortan cuando se abre la puerta de la consulta. El anciano concita todas las miradas. Hasta yo abandono el libro para comprobar qué ha pasado con el hombre que apenas camina con la mirada perdida en sus propios zapatos.

El señor da las gracias por la deferencia de esos 20 minutos que le hemos cedido las señoras y yo. Enfila hacia la puerta con una amplia sonrisa de satisfacción por la misión cumplida. En su mano lleva unos papeles. Con su lento, escueto y torpe paso abandona la consulta. Seguramente tendrá el coche aparcado a la puerta. En doble fila, por supuesto.

El Papa probeta

Desde que el mundo es mundo y supimos que Dios creó al hombre, ciencia y ética caminan por riscos afilados ulcerándose la piel y arriesgando con despeñarse en el vacío.

La designación del Nobel de Medicina a Robert Edwards despierta uno de los fantasmas del clero: ¿qué ocurre con los embriones? Millones de ellos están condenados a la muerte, al olvido..., argumenta el presidente de la Pontificia Academia de la Vida, Ignacio Carrasco, para calificar como premio “ fuera de lugar” el galardón otorgado al científico británico. El monseñor catalán ha colocado una carga de trinitrotolueno en las ásperas relaciones. La explicación de que con la fecundación “in vitro” se trata a la persona como animal, es poco convincente. Los hallazgos de la medicina, en fase inicial, se prueban en laboratorios, con animales. Interrogantes morales sobre el ser que nace y dignidad de la procreación, son también cuestiones del debate.

La Iglesia tiene unos cimientos sólidos, pétreos y casi inamovibles. El paso de los siglos ha visto condenar a Galileo por una teoría revolucionaria que sólo el tiempo y un Papa sabio rectificaron. El perdón de Vaticano llegó 300 años después. Quizás haya servido para que el padre de la astronomía descanse ahora entre las estrellas de todo lo que le persiguió la Iglesia en la tierra.

Las afirmaciones de Ignacio Carrasco han resultado tan extemporáneas que el mismo portavoz del Vaticano, Federico Lombardi, ha salido a decir que se trata de pensamientos propios y no la reflexión de la Santa Sede. Pero tampoco ha dicho el padre Lombardi que se alegra de que el hombre que devolvió la ilusión a parejas infértiles haya obtenido el reconocimiento de la Academia Sueca.

Millones de personas existen hoy gracias a este científico. Empiezan a ser padres. Pronto serán abuelos. Algunos tomarán los hábitos y quizás vivan atormentados porque su credo lacera su propia existencia. Puede que todo cambie el día en que desde el Balcón de la Gloria de San Pedro salude un pontífice que nunca lo hubiera sido sin el descubrimiento de Edwards.

Contador nuestro que vas al infierno

Cuatro ciclistas españoles acusados de dopaje en unos días. La fibra de carbono se ha convertido en un pesado plomo que lastra el deporte a la ciénaga más turbia. Marga Fullana es la única pecadora confesa que lanza un esputo sobre su gran carrera.

De todos ellos, Contador es quien más dolor ha esparcido entre el aficionado: son días azarosos para ese que nos devolvió el dorado deseo del triunfo en julio. Las tertulias se llenan de entendidos en el tema, de expertos y pastores del deporte limpio.


Me acuerdo de Jarmila Kratochvilova y de Marita Koch. Invencibles de ayer que hoy, seguramente, estarían en la cárcel. Recuerdo aquellas deportistas de la RDA embarazadas meses antes de una competición y obligadas a abortar cuando ésta había pasado.

Me acuerdo de Pantani que subía como los ángeles y, de repente, se convirtió también en un contrarrelojista. Pantani y Chava seguirán escalando los Tourmalets del cielo porque para ellos todo fue cuesta arriba en la tierra e hicieron de la pendiente su manera para que todos disfrutáramos. Ahora, los ángeles aplaudiran sus gestas.


El tramposo no va siempre por delante de la ley. Es la investigación la que avanza y emplea a los deportistas como cobayas. El deportista limpio de ayer hoy podría ser un sucio tramposo. Algún invencible de hoy sería un estafador con las reglas de mañana. Pocos, como Marga, se la juegan de manera voluntaria.


Ben Jonson resultó más torpe que Carl Lewis y fue linchado. Los ilusos piensan que sólo con un buen entrenamiento y una físico portentoso Lewis pudiera lograr todo lo que hizo.

Indurain se retiró muy pronto, en plena madurez, cuando aún anhelábamos ver la segunda edición de la contrarreloj de Luxemburgo. Su “adiós” coincidió con el de Martín Fiz. Los éxitos de ambos llegaron simultáneamente. Compartían médico

La gacela, Florence Griffith, nos enamoró en Los Angeles. Muchos de los que la endiosaban, hoy la arañarían con sus propias uñas por tramposa.

¿Y qué pasó con la escuadra del Inter de Helenio Herrera? ¿Y con la Fiorentina de los años 80.?Varios de aquellos jugadores han muerto en extrañas circunstancias y otros están gravemente enfermos. Y, y, y...

Las excusas que han dado muchos de esos llamados “tramposos” componen un inventario de curiosidades: Cuando pillaron a Rumsas lleno de sustancias dopantes, dijo que eran para su suegra. Vandenbrouke que las llevaba para el perro. Ullrich lo achacó a un beso en una discoteca, el mediofondista alemán, Bauman, a la pasta dentífrica. Otros que nos son más cercanos, a una noche loca de sexo oral.

La cantidad encontrada en la sangre de Contador es mínima. No altera su rendimiento. Pero los organismos internacionales buscan castigos ejemplificadores. Y alguien ha apuntado a Contador como ejemplo de su firmeza aunque la traza de clembuterol, sea tan pequeña que hasta pueda deberse a la ingesta de una carne. ¡Mecagüen la ternera! Y encima es vasca. Yo que siempre creí que comer carne con label era un seguro de ingesta sana.

Oda a eso que perdemos

LA CNN abandona la pretendida senda de la imparcialidad. Frente al rigor y a la narración del suceso, vence el grito, el espectáculo. Triunfan los apóstoles del titular hechicero y los discípulos de la noticia voluntariamente orientada. Son los tiempos modernos. En pocos días he aspirado de primera mano la fragancia de estos nuevos perfumes: cinco barrenderos hacen una parada en su quehacer. Van a tomar el té: muy apropiado. Están en Londres. Cinco argelinos tirando de escoba adoptando poses del primer mundo.

Alterados por la teína y ante la visita del Papa se enzarzan en una conversación de dudosa gracia:

-Tiene que ser fácil matar al Papa.

-Yo lo haría con una pistola

-¡Anda ya! Es imposible acercarse para poderle pegar un tiro

-Lo mejor sería una bomba tirada con un lanzagranadas.

El resto aplaude la idea.

-Sí. Así, si se podría terminar con él.

Apenas habían terminado su elucubración y un contingente de hombres armados los rodeó, esposó y llevó a comisaría. “Conspiración para cometer actos terroristas. Los detenidos podrían estar planeando un atentado contra el Papa”. Los caza- fantasmas de Scotland Yard, con su particular Bill Murray al frente ,justificaban así la inmensa bolsa que sufraga la seguridad de la vista papal. Nosotros, evangelistas del hecho, paramos máquinas. Saltan las alarmas y surgen los titulares del tipo “Abortado un atentado contra el Papa” “Detenidos cuando iban a atentar contra el Papa”. El mundo se pone alerta. Cinco hijos del Magreb querían asesinar al Papa. ¡A escobazos!, no te jode...

Se hicieron grandes titulares aunque los cazafantasmas ponían su propia heroicidad entre verbos conjeturados. Pero los periodistas no hicimos caso. La CNN no está de moda y por un puñado de audiencia se puede prostituir el mensaje. Todo parece lícito.

Días después la Fiscalía de Roma filtra a la prensa que está investigando al Banco Vaticano por posible omisión de información tal y como exige la norma europea contra la limpieza de capitales. La noticia llega con todas las puntualizaciones. El ministerio público sabe que en esta loca carrera, seremos los propios periodistas quien agrandaremos el presunto delito y por un puñado de audiencia diremos lo que creíamos o querríamos haber leído en la nota. Desde el momento en que los hechos son contados por una persona adquieren su puñado de subjetividad. Sazonarla con el deseo del mensajero es peligroso. Se altera voluntariamente el hecho. La CNN ha muerto. Nunca creí en su imparcialidad, pero es inquietante la expiración de su idea. La carnaza y filosofía de las telemamachicho se impone en los informativos.

Iñaki Díez


Iñaki Díez es el corresponsal de Radio Nacional en Italia, un país que conoce perfectamente y que analiza con gran habilidad.
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