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Sepang, curva 11

El mejor despertador en un país oriental como Malasia no es el móvil, ni tu reloj. Ni tan siquiera el avisador de recepción que solicitas a regañadientes la noche de antes. El mejor imitador de gallo vigoroso y decibélico es el rayo de sol que llama a tu persiana a las cinco de la mañana. Ese rayo siempre llama dos veces. Y no falla. Lo comprobé durante siete años en el mundial, la última vez el 23 de octubre de 2011.

Uno de los días más amargos que recuerdo.

La primera imagen de Marco Simoncelli que me viene a la cabeza es del circuito de Jerez, de una carrera del mundial de 125 de 2005. De hecho, la primera prueba del campeonato del mundo de aquella temporada. Marco consiguió allí el triunfo, el segundo de su palmarés. Quizá tengo muy presente ese recuerdo porque era mi primera carrera cubriendo el mundial; o quizá por lo desgarbado, desarreglado y 'happy' de SIC en lo alto del podio. Son imágenes que te quedan. Y que ya nunca nadie podrá borrar de tu mente.

SIC se pasaba mucho de peso -unos 15 kg- en aquellas miniaturas de solitario cilindro, escuálida envergadura y rebelde aceleración. Por eso nunca fue campeón del mundo. Demasiados elementos en contra en una categoría donde los pequeños -de estatura- jugaban con las fichas blancas. También en 250 tenía desventaja. Con un cuerpo de 1,83 y 76 kg de peso el bicilíndrico se empleaba a fondo cual preso de la Edad Media arrastraba su cadena.

Hotel Pan Pacific en el aeropuerto internacional de Kuala Lumpur. 7:30 de la mañana del 23 de octubre de 2011.

No tengo datos exactos pero calculo que el 70 por ciento del paddock se alojaba en ese hotel. Así que las mismas personas que veías durante el día en el circuito te las encontrabas en la cena y el desayuno a la mañana siguiente.

Marco Simoncelli acostumbraba a rodearse siempre de las mismas personas: su padre Paolo, su novia Kate y su fiel ingeniero Gigi Deganello. Y muy cerca, siempre cerca, Carlo Pernat, amigo, confidente, representante y percha de anchas camisas de a color por día de la semana.

Y después del desayuno, al circuito. Mochila a la espalda, vaqueros desgastados a medio caer, calzoncillos asomando la cinta elástica, camisa llena de bordados multicolor, gafas de sol, barba a medio salir... y su tesoro estético más preciado: sus rizos. Eso le daba una personalidad intransferible. Y a su lado, su padre. Melena de otro tipo pero melena, al fin y al cabo. Papá Simoncelli siempre me resultó agradable, llano, sencillo, modesto, discreto. Accesible. Tanto el día en que su hijo se proclamó campeón del mundo de 250 centímetros cúbicos como poco después de que su primogénito chocara con Dani Pedrosa en una apresurada y alocada frenada en Le Mans. No huían de responsabilidades. Ese mismo día en el que Simoncelli desató la ira de muchos que le tacharon de villano, el propio Marco me atendió dentro de su camión-vivienda. No tuvo problemas en responder a las preguntas sobre Pedrosa. Daba la cara sin medias tintas.

Circuito de Sepang (Malasia). Domingo 23 de octubre de 2011. Dos de la tarde hora local.

Cuando los pilotos daban la vuelta de calentamiento antes de volver a situarse en sus marcas de salida mi protocolo era regresar al pit lane desde la parrilla y controlar si algún piloto entraba por el carril de los boxes por algún motivo.

La salida fue atronadora, como siempre en MotoGP. Pero más aún en la infinita recta de Sepang, donde su faraónica y envolvente tribuna podía amplificar hasta límites casi dañinos para el oído humano el rugir de los motores de 800 centímetros cúbicos y cuatro cilindros de las máquinas más radicales de la competición motociclista.

A partir de ahí todo pasó muy rápido.

Un grito de Ernest mientras tomo posiciones ente muro y muro. La angustiosa búsqueda de un monitor para ver qué había pasado. Y una única imagen: un casco despedido rodando por el suelo. Tardé unos segundos en reaccionar, en saber de quién era el casco; por qué ese casco no estaba cumpliendo la función para la que se había fabricado y estaba dando tumbos sin sentido ya por la hierba del exterior de aquella curva.

Mi reacción llegó de repente y en forma de un manotazo a la mesa de aluminio negra que me servía de apoyo para anotar el paso de los pilotos vuelta a vuelta.

Algo me dijo que aquello iba a ser irreversible. Pero inmediatamente afloró el sentimiento de esperanza, de negación de algo demasiado real, de ir contracorriente. Pero la fuerza de la evidencia fue implacable.

Igual que me pasó en Misano 2010, en Sepang no pude articular ni una sola palabra por el micrófono. Ernest se cargó a cuestas la difícil -creedme, difícil- responsabilidad de sacar adelante una transmisión que siempre quedará etiquetada como "una muerte en directo".

Mientras el cuerpo ya sin vida de SIC lo trasladaban en ambulancia al hospital del circuito, en el pit lane unos nos parábamos a otros esperando que el otro te dijera que todo había quedado en un susto. Qué cruel es la mente humana cuando te niega ver la realidad, cuando manipula sin tu autorización tus pensamientos para llevarlos a un engaño permanente como supuesto mecanismo de autodefensa psicológica.

Carmelo Ezpelta, el jefe de MotoGP, fue de box en box para comunicar, uno a uno a todos los pilotos, lo mismo que les dijo a los tres pilotos oficiales de Honda: "No hay nada que hacer". No hay nada que hacer es lo que alcancé a escuchar. Antonio Jiménez, ingeniero de pista del japonés Hiroshi Aoyama, compañero de equipo de SIC, me lo confirmó.

Gemma Rodés, responsable de comunicación de HRC se me acercó para saber la última hora. Justo en ese momento Izaskun lo dijo por línea interna. Ya no había posibilidad de seguir engañándonos. Miré a Gemma, apreté con fuerza los labios y solo pude decirle que no con la cabeza. Echó a llorar. La abracé y... solo podía intentar tranquilizarla. Nada más. Yo quería llorar pero no me salía ni una lágrima. Estaba como anestesiado. Supongo que el hecho de llevar los cascos y empuñar un micrófono te hace de parapeto ante ciertas reacciones. No sé.

Luego Ezpeleta buscó el apoyo de los pilotos para llevar adelante la decisión que tenía que adoptar en esas circunstancias: "La carrera queda anulada. No me importa lo que digan, la carrera no se hace".

Cuando la megafonía anunció la cancelación del GP la gente en la tribuna de recta comenzó a silbar, gritar y quejarse. Arrojaban latas de bebida al asfalto. Hasta que una voz por megafonía dio la noticia del fatal desenlace. Entonces las gradas enmudecieron. Todos enmudecimos.

En esos momentos la responsabilidad de tu trabajo no permite que afloren todos los sentimientos. Había que buscar reacciones, preparar noticias para enviar a los telediarios, atender llamadas desde España...

Pero al final no hay quien aguante sin dejarse llevar.

En mi camino hacia el área de televisiones en el circuito me crucé con mi compañera Fe. Solo al verla la abracé y me eché a llorar como un niño. Recuerdo todavía hoy, un año después, que sus brazos estrecharon con fuerza los míos para hacerme sentir su cercanía y cariño. Entonces sí. Fue a partir de aquel momento cuando me di cuenta de la dimensión y trascendencia de lo que había pasado solo unos pocos minutos antes.

Las horas pasaron en el circuito, que para siempre jamás resultará maldito.

Camino del aparcamiento a lo largo del infinito paddock malayo me detuve casi sin querer ante su box, a la izquierda. De su interior salieron Fausto Gresini, jefe del equipo de Marco y su padre, Paolo. Recuerdo que Gresini estaba escribiendo algo en su móvil. Paolo aguardaba a su lado, inmóvil. Dudé pero lo hice. Me acerqué. Les di un abrazo. Estaban como si nada de aquello fuera verdad. Me alejé. Sabía que dejaba tras de mí un dolor que a medida que pasaran los días iba a crecer en intensidad.

Luego llegó el funeral en Coriano. Los aplausos de la gente al cielo. La interminable cola para ver la capilla ardiente. Y toda la emoción.

Así recuerdo aquellos días.

Así le recuerdo a él.

Un demonio hecho ángel.

Grande SIC.

Categorías: Deportes

Marc Martín   22.oct.2012 13:58    

Marc Martín

Bio Diario de Carrera

Soy Marc Martín, enviado especial de TVE a los grandes premios del Mundial de Motociclismo. En 2005 debuté como comentarista en MotoGP. Le pedí a Rossi una entrevista en directo y me soltó: “NO”. "Empezamos bien", pensé… Anécdota aparte, siempre soñé trabajar en esto.
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