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Homenaje al Cine Usera

    martes 25.jun.2013    por Raúl Alda    27 Comentarios

Las vueltas que da la vida, como bien cuenta Raúl Alda, el hace mucho tiempo desaparecido Cine Usera, resultó ser algo más que un punto en común en la redacción de Días de Cine.

Leo la evocación de Raúl y me parto de risa. Todo me es reconocible. Yo vivía en la Calle Nicolás Sánchez, a escasos 150 metros del Cine Usera, y a otros tantos del Cine Niza. Por algo que se me escapa, al Cine Niza fui relativamente pocas veces. Recuerdo eso sí, que era un cine con mejor presencia. Estaba al lado de un “Night Club” que para la época era algo impactante. Recuerdo bien los olores que salían de ambos lugares, que la butacas del cine Niza eran mejores que las del Cine Usera, y que las fotos de mujeres imponentes (en blanco y negro) que había en la entrada de aquel Night Club siempre me intrigaban.

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El caso es que paseé mi infancia (hasta los 13 años) en aquel barrio cañí, como bien dice Raúl, con amigos que pertenecían (o decían pertenecer) a la “Banda del Triángulo”, jugando al fútbol en el descampado que había al lado del campo del Moscardó, y pasando el verano en la piscina de mismo nombre y yendo a un colegio con apenas 5 aulas y que estaba en un piso. No sé que diría hoy el ministro de educación de mi “excelencia” educativa, pero aquí estoy.

Lo bueno venía los miércoles, que para mí era el día del espectador (años más tarde lo sería de verdad). Para mí y para mis hermanos, desde luego lo era, porque mi abuela Teresa, nos llevaba el miércoles al Cine. Al Cine Usera. Todo lo que pueda decir de aquel cine ya lo cuenta Raúl de forma inmejorable. Pero lo mío tiene truco, porque según llegábamos a la puerta del cine, y mientras veía las fotos y los carteles, (y percibiendo ya aquel inequívoco olor a “cine”) mi abuela llamaba al “Señor Montero”, que no era otro que el acomodador, que, vaya usted a saber porqué, era conocido de mi abuela. Y el buen señor Montero, a quien hoy podría identificar sin ningún problema, nos colaba en el cine.

Y entonces veíamos la sesión continua que tocase. Ya se sabe, entrabas, y si la película estaba empezada, la veías, luego la siguiente, y veías lo que no habías visto de la primera. Si te había gustado mucho, te quedabas a verla entera…  Y así, semana tras semana.

Yo tengo el recuerdo imborrable de haber visto allí varias películas que forman parte de mi educación sentimental pero voy a dejarlo en 2 (bueno, en 3): Una de ellas fue “El Oro de Mckenna”, que me tenía fascinado por su color, por su scope y por la canción de los créditos. Y por la imagen de las alforjas de Gregory Peck a reventar de Oro… bueno, y por tantas y tantas cosas de la peli.

ORO

La otra fue “20.000 leguas de viaje submarino”. Decir que en aquellos tiempos decíamos “la de Kirk Douglas”, no como diríamos ahora, “la de Richard Fleisher”. Divertidisima, maravillosa, inolvidable. Hoy puedo seguir diciendo lo mismo de ella.

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Y me reconcome mi memoria una película que vi en aquel cine y que no he vuelto ni a ver ni a saber de ella. Pero me impactó profundamente y recuerdo a la perfección su título: “Asfalto húmero”. Durante años no supe ni quiénes eran los actores, ni quien fue su director, por supuesto, pero juraría que era europea, y desde luego, en Blanco y Negro. Hoy Internet lo pone todo más fácil, pero le quita magia a los recuerdos. Y se por Filmaffinity que la película es de 1959, y que es alemana. No todo ha de ser malo, ahora ya puedo buscar un remoto recuerdo de mi infancia en amazon y conseguir aquella película de la que aún tengo imágenes grabadas en mi memoria.

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Nada más, os dejo con la evocación de Raúl. Sé que la vais a disfrutar tanto como yo la he disfrutado.

@Gerardo_DDC

 

HOMENAJE AL CINE USERA

Por Raúl Alda:

  Para nuestro asombro descubrimos en nuestras charlas de comedor, despacho y aseo que buena parte del núcleo duro del actual “Días de Cine” forjó su cinefilia en el legendario cine Usera, sito en el popular barrio madrileño fundado por la familia de traperos que le da nombre con Marcelo, el patriarca, a la cabeza y patria chica del gran Tony Leblanc.

   Era la época, años 60, en que Madrid era una ciudad plagada literalmente de cines de barrio que a precios populares ofrecían un programa doble en sesión continua. Aunque la televisión ya empezaba a ser la reina del ocio en los hogares no podía competir aún con la pantalla grande. Entre otras cosas porque el blanco y negro con más o menos ruido según se movieran adecuadamente las antenas en forma de cuernos jamás podría hacer sombra a la espectacularidad del technicolor y cinemascope.

   Toda una generación de chavales crecimos asistiendo a razón de una o dos veces por semana a estos programas dobles que se renovaban cada jueves. La España que despegaba, aunque aún notablemente desvencijada, olvidaba temporalmente sus miserias en esas salas donde el cine americano seducía sin remisión.

  Evocar aquellos espacios y en particular el del cine Usera situado en la calle Gabino Jimeno resulta un prometedor ejercicio nostálgico a pesar de que hoy en día sería insoportable visionar películas en las condiciones de  aquel tiempo.

  Para empezar hay que remarcar el enorme trasiego que esos cines registraba. En otras palabras, al mismo tiempo que se exhibía una película en la pantalla había otras que tenían lugar en los distintos rincones de la sala. No voy a mencionar a las parejas que se refugiaban en la última fila, yo no tenía edad aún para adentrarme en ese mundo y por otro lado puedo manifestar con orgullo que lo que realmente me importaba transcurría sobre esa enorme tela blanca a menudo con lamparones y manchas sinuosas quizá precursoras, muy a su pesar, de las exitosas formas futuras del gran Antoni Tapies.

   Decididamente el cine Usera era un escenario emblemático de la España profunda, dicharachera e irresponsable de entonces. El lema que no tardaría mucho en imponer la televisión: “piense en los demás” carecía completamente de sentido en aquel recinto. Frente a las grandes estrellas de Hollywood que cautivaban al personal, personajes de la más pura estirpe nacional competían por alzarse con el protagonismo del momento, compitiendo nada más ni nada menos que con Burt Lancaster o Gary Cooper por poner sendos ejemplos. Macarras, cuasi delincuentes, chulos de verbena no dudaban en hacerse notar a veces, debo reconocerlo, con verdadera gracia y una pizca de fundado temor. Al grito de “¡acomodador, acomódeme un huevo!” seguían otra lista de improperios que me hacen reflexionar con cierta pena del durísimo oficio de llevar a la gente a sus asientos con aquellas linternas que parecían casi lámparas de gas. Hago un inciso para rendir homenaje a esta profesión ya que mi abuelo paterno al cual no conocí trabajó además de empleado de Renfe como acomodador en el Teatro Alcázar sito en la calle Alcalá. Murió de un cáncer de pulmón a pesar de no haber fumado en su vida y es que la humareda del vestíbulo del Alcázar según escuché era legendaria. Esta seguramente es la razón de que siempre haya dado propina a los acomodadores. Otro servicio impagable que nos prestaban aquellos profesionales de uniforme gastado era recorrer a paso firme la sala con un zumbido de fondo. Inmediatamente después del ruido llegaba la otra percepción del sentido olfativo, el precursor remoto del “Ambipur” hacía acto de presencia mediante las ondas expansivas de un chorro a granel. La verdad es que a pesar de la rotundidad de aquellas esencias básicas, tan penetrantes, se agradecía el gesto de enmascarar la gama de olores de aquella España en fase de despegue.

   Hablando de olores una particularidad del cine Usera que sin duda garantizaba movimientos de todo tipo, incluso de naturaleza inconfesable, era que el acceso a los aseos estaba no en el vestíbulo como viene siendo habitual sino dentro de la propia sala. El reflejo intermitente de la luz, el chasquido de la puerta y el sonido de fondo de las goteras anunciaban la presencia ineludible de aquel centro de evacuación. Vi hace unos años una obra de teatro de Sanchís Sinisterra protagonizada por Pastora Vega, una limpiadora que monologaba sobre unos desgarros que ni el aguarrás podía hacer desaparecer y detrás tenía aquellos aseos típicos de azulejos cuadrados y blancos. Como fondo un sonido regular, infinito, de goteras con el eco que un espacio grande añade. Esos incesantes golpecitos acuosos me recordaron inmediatamente al cine Usera. Me pareció un hallazgo soberbio por cuanto define a la perfección aquel tiempo de sueños imposibles y fugas irremediables. Las cisternas siempre estaban arriba y de ahí la expresión que ha perdurado de “tirar de la cadena” a pesar de que hoy en día lo que hacemos es apretar un botón que suele estar por debajo de nuestra cintura. De aquellas elevaciones pendían unas cadenas que según cuentan las crónicas a veces eran objeto de apropiaciones indebidas, probablemente, imagino, para hacer de esas tiras metálicas atrevidos adornos que lucían los emperifollados de la época, mayormente miembros de bandas como la mítica “Ojos Negros” cuyo epicentro delictivo se situaba en la madrileña plaza de Legazpi. Por cierto si algún atrevido productor quisiera ofrecerme dirigir o escribir un “West Side Story” cañí con mucho deleite pergeñaría una historia sobre aquella mítica banda de presunta estética rockabilly más bien cutre y chicas con aquellas sinuosas permanentes llenas de curvas abombadas. Cruzando el río en dirección al barrio de Usera te adentrabas en los dominios de la banda del Triángulo. Nunca pude satisfacer mi curiosidad del porqué de ese nombre a no ser que, imagino, un geómetra frustrado convencido de que la vida siempre tendría tres lados comandara aquel grupo de macarras de buen corazón.

Volviendo a las cadenas de los lavabos del cine Usera no era difícil saber cuáles habían sido sustraídas pues normalmente el apaño sustitutivo consistía en una cuerda estropajosa reconocible al momento.

  Yo tenía que ir al Cine Usera desde las inmediaciones de la Plaza Elíptica donde vivía y aquel viaje que parecía un auténtico desplazamiento lleno de peligros, atravesando descampados y ruinas, era a menudo una aventura inquietante cuya recompensa era disfrutar de otra aventura más segura y  lúdica, la filmada.

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  Y ahora hablo y evoco las películas que vi en el cine Usera con algunas anécdotas francamente irrepetibles. Como contaba en la introducción del libro que escribí sobre “2001: una odisea del espacio” que un editor mediocre y sinvergüenza me publicó hubo una coincidencia de esas para la historia. En aquel momento a las radios portátiles con pilas se las llamaba transistores. No era infrecuente que se escuchara el sonido de fondo de  algún transistor. Sospecho que esas melodías de canciones o de partidos de fútbol procedían de la cabina de proyección. No es descabellado ponerse en el lugar del proyeccionista, probablemente un pluriempleado de la época al que el cine le importaría relativamente poco con tal de llegar a fin de mes. Pues bien, el momento mágico, vuelvo a decir único e irrepetible, se produjo cuando “Moon-Watcher”, el eslabón perdido de la humanidad futura mira extasiado el monolito objeto de tantas interpretaciones, en ese instante la luz del sol empieza a colarse por el lateral del monolito mientras en el transistor ilocalizable del cine Usera suena la canción del verano de los Diablos “Un rayo de sol” cuyo estribillo, si recuerdan los más mayores rezaba así: “un rayo de sol, oh, oh, oh”. Las risas de la sala no hacían otra cosa que certificar la apropiación indebida de un mito universal por la España de pandereta. Un “Moon-Watcher” incuestionablemente castizo de repente adquiría una dimensión completamente inesperada. Me pregunto qué diría mi admiradísimo Stanley Kubrick de aquella contingencia. Un hombre, como sabemos, obsesionado por controlar hasta el último detalle. Espero y supongo que de tener conocimiento de este hecho el gran perfeccionista que era hubiera tirado la toalla al admitir sin fisuras que la vida es realmente incontrolable.

 MONOLITO

  Más allá de esta sustanciosa anécdota debo reconocer que el visionado de “2001: una odisea del espacio” en el cine Usera marcó un antes y un después en mi percepción del cine y de hecho a partir de esa experiencia tuve claro que de un modo u otro mi vida tendría una relación directa con el cine, algo más que un entretenimiento, un arte capaz de transmitir emociones y pensamientos de altura. Y desde luego el tiempo se encargó de hacer evidente la enorme osadía que suponía programar “2001” nada más ni nada menos que en el cine Usera. Pensándolo bien, sería un ejercicio inútil siquiera imaginar la figura del programador en un cine de aquellas características.

Hatari


  Otra película que descubrí con sumo agrado a pesar de las condiciones de proyección de aquellos cines, vuelvo a decir inasumibles en el mundo de hoy,  recordemos las rayas y chasquidos sonoros que anunciaban el cambio de rollo con supresión de fotogramas que incluso alcanzaban escenas enteras, era el delicioso film de Howard Hawks “Hatari”. Nunca se me olvidarán aquellas impactantes imágenes del rinoceronte embistiendo al jeep de John Wayne.

EL DORADO

 Hablando de John Wayne y de Howard Hawks, otro film memorable de uno de mis géneros favoritos, el western, lo disfruté varias veces en aquella sala, “El Dorado”. Mucho tiempo después en el que fue el cuartel general de “Días de Cine” en el festival de Venecia durante la época de las vacas gordas, el Hotel Villa Mabapa situado en la parte oriental de la isla del Lido bajo la imponente e impredecible presencia del icono del programa durante unos cuantos años Antonio Gasset, Maribel Verdú acompañada de su pareja Pedro Larrañaga nos contaba mientras degustábamos por la noche el famoso “Bellini” en la agradable terraza del hotel que había coincidido con James Caan en un rodaje en Canadá. Caan un tipo agradable que figuraba en uno de los repartos más inolvidables de la historia del cine, el de “El Padrino” y cuyo personaje lo recordamos en “El Dorado” por su impronunciable nombre que tantos quebraderos de cabeza ocasionaba al tratar de verbalizarlo a John Wayne le contaba a Maribel que Robert Mitchum era un auténtico señor, un caballero que ayudó al primerizo Caan mientras que Wayne era un tipo de trato difícil, endiosado y de ideas, como ya sabemos, demasiado conservadoras, que más que una ayuda fue un lastre para el desenvolvimiento del futuro protagonista de “Rollerball”. Sin desmerecer en absoluto a ese gran icono que tanto nos cautivó, el familiarmente llamado “Duke”, esta percepción de la que no dudamos en absoluto plantea un asunto que trasciende este artículo, la correspondencia entre realidad y ficción. Todos los que trabajamos en este medio la hemos sufrido y desde luego sería materia de otra extensa reflexión.

  Este era el cine Usera, probablemente el más popular y entrañable del barrio. Otros como el Niza situado en la misma calle de Marcelo Usera con sofisticadas y fallidas resonancias evocadoras de la Costa Azul, como los que se hallaban muy próximos entre sí, más abajo en la zona de Almendrales, como el Lux, con reminiscencias higiénicas o el Copacabana con pretensiones de samba y nocturnidad, nunca llegarían a alcanzar el carisma del cine Usera, hoy un supermercado de una conocida cadena de tamaño mediano.

 Desde aquí le rendimos homenaje porque aún habita en nuestro recuerdo y a pesar de todo contribuyó decisivamente a que amáramos el cine.

 

Categorías: Actores , Cine , Directores

Raúl Alda   25.jun.2013 12:28    

27 Comentarios

Hola,yo naci en la vivienda del conseje del colegio Marcelo Useras en 1955, pues mi padre, el señor antonio (como yo) era el conserje.la historias de lo los cines era como contais,nos llevavamos la merienda al cine, principalmente Copacabana, Lux y otro que no recuerdo el nombre en la calle Amparo Useras al principio.El Niza y Useras ya nos quedaban un poco lejos.Las peliculas de romanos y del oeste (tambores lejanos) eran nuestras preferidas.Recuerdo la piscina Moscardo pues desde pequeños mi padre nos hacia socios e ibamos todos los dias.En los salones ayacua celebramos mi comunion,y en la zona del cine Copacabana, cafeteria y salas de fiesta, los Domingos iban cantantes como Michel,Antonio Machin y artistas famosos de la epoca.Saludos para todos.

sábado 12 ene 2019, 13:17

Gracias a todos por hacerme recordar mis primeros años de pubertad con amigos del barrio en el que los domingos tocaba película en el Lux, el Copa, el Niza o el Usera donde la rigidez para cumplir las ordenanzas sobre la clasificación de las pelis era más laxa. Todos amigos del barrio aunque no de colegio, algunos de Fatima,otros de Daoíz y Velarde y otros del Latino.
Buenos y sanos tiempos, si señor.

miércoles 11 mar 2020, 13:46

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