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Orson Welles y los Ambersons: ¿Todo es verdad o todo es mentira?

    viernes 8.may.2015    por Gerardo Sánchez    0 Comentarios

Hace poco me medían que escribiera sobre una película de Orson Welles para un libro que se publicaría con motivo de su centenario. El libro se llama "El Universo de Orson Welles", y ha participado mucha gente con cosas muy interesantes que contar, entre los que humildemente me incluyo. Elegí "Touch of evil", pero estaba ya cogida. Entonces escogí "F For Fake"", pero tambien lo estaba. Y entonces escogí la segunda película de Orson Welles: "The Magnificent Ambersons". Lo que sigue es lo publicado en ese libro que ha editado muy bellamente la editorial Notorius, con prólogo de Juan Cobos y Jose Luis Garcí.

El universo de orson welles

Siempre ha estado ahí, de forma nítida y clara, pero tardé un tiempo en darme cuenta de todo lo que significaba, para entender a Orson Welles, lo que había entre los títulos "It´s all true" y "F for Fake".: La verdad y la mentira, todo ese universo de imposturas, proyectos frustrados, inconclusos, o como en el caso de "El Cuarto Mandamiento", aunque a mi siempre me gustan más los títulos originales: "The Magnificent Ambeson" (o "Touch of evil", por  poner otro ejemplo ejemplo), retocados, desvirtuados, o simplemente cambiados más o menos drásticamente, por la mano de la productora.

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 Si reflexiono sobre esa idea que oscila entre esos opuestos, es por la historia, o leyenda si se quiere, que rodea a la que fue su segunda película como director, a saber, "The Magnificent Ambersons" (aclaración:  la traducción literal "El esplendor de los Amberson" siempre me ha gustado  siempre más que el más bíblico, podríamos decir, "El Cuarto Mandamiento".

 Contaba Orson Welles a Peter Bogdanovich que "The Magnificent Ambersons" fue la única de sus películas que volvió a ver después de terminadas. Que fue estando en París (la película se estrenó en Francia en 1946) con André Gidé, y que quedó absolutamente horrorizado de lo que se había hecho con ella. Presumía Welles de que aquella  habría de ser sin duda mejor película que "Citizen Kane" y que lo que vio en aquella  proyección fue una amputación tremenda de su trabajo original (¿45 minutos?) con algunos añadidos bastardos. Según sus propias palabras, "hubiera sido más feliz sabiendo de oídas, sin conocer personalmente lo que habían hecho con ella".

 Es curioso el mundo del cine, de los directores y productores. Desde hace mucho le aplico yo el famoso "Print the legend" de Ford:  ¿Hasta qué punto es cierto el resentimiento de Welles y hasta qué punto es cierto lo que él mismo dice? Eso,  probablemente, permanecerá siempre en el terreno de la leyenda: ¿Realmente estaba tan enfrascado Welles en el rodaje de "It´s all true" en Brasil que se despreocupó totalmente del montaje de la película? ¿Es cierto que desatendió todas las peticiones por parte de la RKO por hacer los cambios que los pases previos ante público parecían indicar como convenientes? Lo que sí parece cierto al fin es que fueron Joseph Cotten y Robert Wise (por aquel entonces aun montador, tiempo después estupendo director) quienes hicieron el trabajo sucio. No nos consta que Welles le retirara el saludo a su amigo Cotten. Como mucho le miraría con sorna y cinismo años después, ambos ante la cámara de Carol Reed, en "El tercer hombre".

 Tras una película rompedora en lo formal, atrevida, y provocadora, como fue "Citizen Kane", Wells volvía la mirada al pasado, adaptando una novela de Booth Tarkington (que había sido amigo de su padre) que el mismo Welles había llevado a la radio con su "troupe" del Teatro Mercury en 1939, y que George Schaefer, presidente de la RKO accedió a llevar a la pantalla tras escuchar una grabación de aquella adaptación que el mismo Welles le facilitó. Ray Collins, por cierto, fue el único de los actores que participó en aquella adaptación radiofónica que participaría en la versión cinematográfica.

 Tras terminar Kane y toda la controversia que había ocasionado, con mil proyectos en su cabeza, teatro, radio, sueños y quimeras quijotescas,  Welles escribió en solitario  el guión de "The Magnificent Ambersons" en un lugar tan apetecible como el yate de King Vidor, otro heterodoxo cineasta de fuerte carácter. Nada de controversias sobre la autoría del guión, como en Kane. Ningún Mankiewicz pues. Y a falta de Gregg Toland, fue Stanley Cortez el encargado de recrear con luces y sombras el universo de fín de una época que quería retratar Welles. La falta de Toland siempre fue echada en falta por Welles, quien se quejaba de la lentitud del, por otro lado extraordinario, director de fotografía.

 Para la música, eso sí, volvió a contar de nuevo con su amigo Bernard Herrmann el músico con el que había empezado a colaborar en el Mercury Theatre y que había compuesto la banda sonora para "CItizen Kane". Aquella sería su tercera composición para el cine (sin acreditar). Una obra maestra de ese género tan querido y poco apreciado por la crítica musical "seria" como es la música para películas. Lo que dio de si el talento de Bernard Herrmann en los años venideros hasta su último trabajo en "Taxi Diver" da para varios libros por separado.

 Welles se sentía atraído por aquella historia del ocaso de la aristocracia y la llegada de la burguesía, representados ambos mundos por los Amberson del título y la figura de Eugene Morgan, Joseph Cotten, un "self made man" que representa la quintaesencia del espíritu genuinamente norteamericano.

 Entre toda la heterodoxa y variada filmografía de Orson Welles podría ser tentador penar que "The Magnificent Ambersons" es su película (o historia) más convencional. Una  mirada al pasado envuelta en una nostalgia no exenta de crítica (benévola y comprensiva) a la vez que una certera radiografía de un mundo que se acaba. Pero Welles podría ser muchas cosas, entre otras, sin duda, Quijote, mentiroso o fabulador, pero desde luego, nunca convencional, por más que retratase un mundo, decididamente "old fashion" lleno de convenciones.

 La película, en la que Welles solo ponía la evocadora voz en off, sin participar como actor, situaba su acción a finales del siglo XIX en Indianápolis, una ciudad en la que destaca el esplendor de los Ambersons representado por su soberbia mansión.

 La película comienza con un prólogo, no exento de una cierta ironía, en la que vemos como Eugene Morgan (Joseph Cotten) el atolondrado (e idealista y emprendedor)  pretendiente a la bella Isabel Amberson (Dolores Costello), comete una involuntaria tropelía en una accidentada serenata, lo que provoca el desaire de la aristócrática dama, quien, por despecho se casa con Wilbur Minafer, un personaje en las antípocas de Eugene. Así, tan feliz como convencionalmente casados, Isabel y Wilbur tendrán a George, un consentido hijo, que representa ya desde niño todo lo peor de una clase social decadente, soberbia y jactanciosa que apura sus días sin preocuparse de adaptarse a los tiempos que han de venir.

 Tim Holt será quien interprete al joven y aún más arrogante George, para quien el mundo cambiante que no ve llegar, como los demás de su clase, se materializará en la figura de la bella e inteligente Lucy, (una jovencísima, Anne Baxter, mucho antes de ser Eva Harrington) a saber, la hija de Eugene Morgan, quien vuelve a la ciudad, viudo, pero en buena posición económica, con un extraño artilugio que cambiará el mundo, y no precisamente de forma metafórica: el automóvil.

 Sin desvelar una trama en la que cuentan más las sensaciones que la historia en sí, de ese fin de una época y la llegada de otra, decir que George se enamorará de Lucy, que Eugene sigue enamorado de Isabel, y que Fanny Minafer, interpretada por la fascinante (y a reivindicar siempre) Agnes Moorehead, está enamorada a su vez de Eugene en lo que será un amor  platónico y por tanto imposible. El tiempo, inexorable, tiende a poner a todos en su sitio. El otrora arrogante George lo aprenderá muy bien.

 Envuelta en unas imágenes que no pueden negar la paternidad de Orson Welles por la luz, por las composiciones, por el montaje o por algún fascinante travelling que siempre nos va a parecer imposible, pero que está ahí, y por la subyugante música de Herrmann, podemos a fecha de hoy seguir preguntándonos que película hubiera podido ser aquella "The magnificent Ambersons" que Welles no vio en el cine en París. Queda lo que nos queda, y la esperanza de que algún día en algún recóndito lugar se encuentren los negativos con los planos, las escenas y las secuencia que nos fueron hurtados, así como anotaciones precisas de Welles sobre la película (según Bogdanovich, el guión de la película era el más cerrado y preciso de las películas de Welles) y que alguna editora de DVD´s Blu Ray´s o lo que esté por llegar nos lo pueda ofrecer. Pero no sé yo si ya sería tarde. La educación sentimental deja profunda huella en la memoria. temo que para mí y para muchos cinéfilos más, ese sería un visionado perturbador.

 Mientras llega ese tan deseado como improbable momento, resuena en mi memoria el final de los maravillosos créditos de la película en los que la voz en off que nos ha ido narrando la película nos presenta al equipo de la misma. Esa imponente voz de ese genio que nunca dejó de ser un niño y que decía: "I wrote the script and directed it, my name is Orson Welles".

@Gerardo_DDC

Gerardo Sánchez    8.may.2015 09:25    

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