La iguana Juanita

[Foto: Jose Ángel González]

Si de mí dependiera dejaría que esta entrada fuera escrita por Juanita, la iguana.

Juanita, como todas las iguanas, tiene tres ojos —el parietal, en la parte media de la cabeza, es un óvalo pálido como una luna— y puede navegar visualmente distinguiendo formas, sombras, colores y movimientos a grandes distancias.

Esta entrada merece la vista de un lagarto herbívoro de ánimo paciente, escamas sedosas como la falda de la reina de una rave y una retina extra para tramitar el significado de los impulsos circundantes.

Esta entrada es la última de Distrito Latino. El blog cierra por mandato de la empresa que lo acoge en sus servidores y ha pagado mis servicios —textos, fotos y vídeos— desde agosto de 2011. No hace falta un ojo parietal para vislumbrar el motivo: recorte de colaboradores.

Quisiera ser Juanita, que pasea sobre el hombro de su dueño por el barrio de la Misión sabiendo que es admirada y saludada con dulces piropos mientras el hombre que la lleva encima, uno de esos centroamericanos algo pasados de kilos pero con la piel como una corteza de ceiba, muestra su orgullo por estar dónde está tapándose la cabeza con la gorra del equipo local de béisbol, los Giants.

Quizá al dueño de Juanita, como a tantos cientos de miles como él, le toque sudar en una cadena de cocina por un salario por debajo del mínimo legal, porque todo lo que se come en San Francisco —y en pocas ciudades se come tanto y con una pasión casi psicótica— lo preparan los latinos: el sushi, la ensalada birmana, las crepes  y todas las formas imaginables de fast food tapona arterias.

Acaso al hombre del lagarto no le importe la explotación porque allá de donde salió, digamos Guatemala o Yucatán, sólo le esperaba mirar el cielo, sudar sin nada a cambio, postergar la próxima bala... Lo envidio por el milagro de verlo dejando que los niños acaricien a la bella Juanita.

Mis tres años en San Francisco, parte de los cuales han quedado fijados aquí, me han servido para desmontar un gran cliché relacionado con el título de este blog, Distrito Latino.

Los latinos como tal, esa gran familia que corea en los Grammy a Calle 13 y se vende como una y grande en las promociones de las cadenas de televisión para latinos, sólo existen para los censos electorales y para que algunos saquen tajada de esa maldición llamada raza cuando, si algo nos han enseñado la historia y sus tragedias, es que sólo hay una, la de los seres humanos vengan de la tierra que vengan y traigan el color de piel que el azar genético les depare.

Lo cierto es que en los EE UU los mexicanos no soportan a los guatemaltecos, los cubanos desprecian a los salvadoreños, los puertoriqueños —clase aparte: tienen pasaporte yanqui aún cuando pidan la independencia para la isla a la primera cerveza— se alían contra todos los demás...

Lo latino es una entelequia publicitaria para vender planes telefónicos, un montaje de pseudo artistas para solicitar ayudas públicas por volver a cantar la misma guaracha que cantaban sus ancestros en 1950, una mafia de manejadores culturales elevados a categoría de chamanes, una gran y burda mentira para que algunos departamentos universitarios monten meritajes y organicen recitales de poesía de rima fácil donde rotan hasta el vértigo algunas palabras que han dejado de ser palabra para devenir en tótem: maíz, sol, madre, revolución, abuelito, gozadera...

Tribalizados, carentes de  empatía hacia las demás tribus, los latinos a los que he conocido en San Francisco —un par de alertas: hay dos o tres excepciones y quizá la culpa sea sólo un efecto de mi carencia de ojo parietal— obedecen a dos perfiles.

El primero: los mandarines que tocan la conga con engreimiento y se reclaman hijos de una mesoamérica arcádica a la que desbarataron entre los conquistadores españoles primero y después los gringos, a quienes ahora no tienen empacho en reclamar su tajada de dinero público racial.

El segundo: la gente que, como el dueño de Juanita, escapó de una vida miserable y cruzó la raya para ganarse el pan e intentar ejercer el derecho a ser medianamente feliz. A estos, cuyo perfil es de bajo nivel (sin estudios, sin afanes culturales, gente de campo y machete), no los verán nunca en ningún bochinche subvencionado de los primeros.

Mi culpa, mi grandísima culpa, fue mezclarme con aquellos y no con estos, no fijarme en la gente con iguanas en el hombro.

Como decir adiós no me gusta (mentar a las deidades en vano me parece trivial), les dejo con un deseo en letras de caja alta: SALUD.

Declarado el estado de emergencia por sequía en California

El nivel del lago Folsom, que aporta agua a la zona de Sacramento, está en mínimos históricos. El agua está, como se puede ver en la foto de hace unos días, a unos cien metros de la ribera habitual (AP Photo/Rich Pedroncelli)

California está oficialmente en alerta roja por sequía desde el viernes. El 63 por ciento de la superficie del estado —que es casi tan grande como España— está en severo peligro y se ha solicitado al presidente Obama la declaración de zona catastrófica para 27 condados.

La alerta roja, que implica restricciones en el uso del agua, fue firmada por el gobernador Jerry Brown ante la gravedad de la sequía que afecta al estado desde 2013 y que no tiene visos de mejorar en este. "No podemos hacer que llueva, pero podemos estar mejor preparados para las terribles consecuencias de la sequía en California, incluyendo la reducción dramática del agua para nuestras granjas y el aumento de los incendios, tanto en zonas rurales como urbanas", declaró el gobernador al declarar el estado de emergencia y pedir a los 38 millones de habitantes del estado más poblado de los EE UU que "ahorren agua de todas las formas posibles".

[Niveles de sequía en los EE UU en enero de 2014 - Fuente: U.S. Drought Monitor]

Los efectos de la sequía —la más grave de la historia de California desde que existen registros de los niveles de precipitaciones— empiezan  a tener consecuencias económicas y sociales de gravedad: casi mil kilómetros cuadrados de tierras de plantío del fértil valle de Sacramento no serán cultivadas este año por falta de agua para el riego debido a que la reserva natural de la zona, el lago Folsom, está a un 20% de su capacidad.

La situación es igual de alarmante en Sierra Nevada, la cadena montañosa de la que nace el sistema fluvial más importante del estado. En lo que llevamos de otoño e invierno, en la zona sólo ha caído el 20% de la cantidad media de nieve para esta época del año. Mientras la práctica totalidad del resto de los EE UU era barrida por el vórtice polar de las últimas semanas, Sierra Nevada permanecía casi seca, dejando en peligro de desabastecimiento a las 25 millones de personas que reciben agua potable del sistema fluvial y lacustre de la cadena montañosa y los cultivos frutales y hortícolas del norte y el centro de California, que producen al año 35.000 millones de euros en ventas.

[Fotos de satélite de Sierra Nevada en enero de 2013 y enero de 2014. Foto: NOAA/NASA]

La situación es dramática y algunos se preguntan si las autoridades han llegado demasiado tarde o se han dedicado a adoptar medidas cosméticas —en los establecimientos de hostelería de Santa Cruz sólo se sirve agua del grifo al cliente que la pide—.

La revista conservacionista Mother Jones enumera seis temibles consecuencias de la sequía:

  1. En algunas áreas la reducción de las lluvias no tiene precedente. En San Francisco, donde a esta altura del año el paraguas o el chubasquero son imprescindibles, sólo han caído 5,3 centímetros de lluvia. La cifra más baja registrada hasta ahorra era más de tres veces superior: 18,5 en 1850-1851.
  2. Está acabando la temporada de lluvias. La norma es que en California llueva hasta marzo y a partir de ahí se inicie la época seca.
  3. De seguir así las cosas, la energía hidroeléctrica será más escasa y el recibo de la luz se disparará.
  4. Los incendios. En lo que va de enero ya se han registrado 154 incendios. Siete de los diez fuegos más devastadores de la historia de California han ocurrido desde el año 2000. Entre ellos ocupa el tercer lugar el de Rim que asoló en 2013 parte del parque natural de Yosemite.
  5. California produce el 15 por ciento de las cosechas agrícolas de los EE UU y el 7,1 de la producción ganadera. La sequía tendrá efectos en la economía del país.
  6. Las predicciones del Servicio Nacional de Meteorología son malas y no apuntan a que las lluvias lleguen a medio plazo. En el mapa de abajo toda California aparece marcada como un área donde la sequía "se mantendrá o intensificará".

[Predicciones oficiales de lluvias para enero-abril. Fuente:National Weather Service]

Silicon Valley barre a la clase media de San Francisco

[Ingresos medios por hogar según la Oficina del Censo de los EE UU. Gráfico: SF Examiner]

El progresivo deterioro social de San Francisco que les vengo narrando desde hace ya bastantes meses —relacionado con la dominación de la ciudad por el poder económico de las megacoporaciones del cercano Silicon Valley (Adobe, eBay, Facebook, Apple, Cisco, Oracle, Yahoo...)— conduce, de manera inevitable, a la polarización. Esta ciudad, históricamente notable por el liberalismo, la convivencia y la aceptación de todas las formas de vida, se está convirtiendo en un lugar para sólo dos tipos de personas: los inmensamente ricos y los inmensamente pobres. Los demás sobramos.

La gentrificación, el aburguesamiento invasivo y excluyente del modo de vida derivado de la influencia de los 400.000 trabajadores techies de las empresas del 2.0, la mayoría de los cuales vive en San Francisco —a una hora por carretera de Silicon Valley— y gana una media de 145.000 dólares al año (106.000 euros, más que el presidente español Mariano Rajoy, que tiene un sueldo bruto declarado de 78.000), lleva camino de convertir en un terreno exclusivo para millonarios a uno de los lugares simbólicos del equilibrio social.

Según los datos cruzados de la Oficina del Censo de los EE UU y el Ayuntamiento de la ciudad, publicados por el SF Examiner, la clase media de la ciudad está desapareciendo a una velocidad creciente: entre 2008 y 2012 descendió un diez por ciento.

Los estrafalarios aumentos de los precios de la vivienda, en alquiler o propiedad, tienen buena parte de la culpa [aquí y aquí resumí cómo San Francisco se ha convertido en el lugar con los hogares más caros de los EE UU y en qué se traduce la situación: desalojos de familias y personas de clase media que, al no poder pagar los precios que los caseros suben por la demanda techie, se ven obligados a mudarse de la ciudad], pero no toda: la política del alcalde Ed Lee —que exonera de impuestos a las empresas de Internet que se instalen en la ciudad (Twitter, por ejemplo)— se rige por un lema nacido con una sola clase social en mente: hacer de San Francisco "la capital natural de Silicon Valley".

Mientras la media nacional de ingresos de un hogar de clase media en los EE UU es de 53.000 dólares (38.7000 euros), cantidad suficiente para vivir con holgura pagando vivienda, educación, sanidad, ropa, comida, transporte, ocio e imprevistos, y en el estado de California sube hasta 61.000 (44.6000), en San Francisco es de 73.000 (53.4000). Por debajo de ese umbral, eres pobre y pasarás apuros para sobrevivir.

Sólo la tercera parte de los hogares sanfranciscanos (114.960 sobre un total de 341.721) se sitúa en el terreno medio de la estructura social mientras que la media estadounidense es del 44 por ciento. El problema es tangible: la brecha social se agranda por momentos y la situación barre del mapa demográfico a las unidades familiares de la parte media de la escala de ingresos. La polarización roza ya los tintes de un país subdesarrollado: el 66 por ciento de los hogares de San Francisco son muy pobres o muy ricos. Cada vez hay menos espacio para el término medio.

Viejos autobuses reconvertidos en duchas para 'homeless'

[Imagen lavamae.org]

San Francisco es una de las ciudades con más homeless de los EE UU. De los más de 633.000 ciudadanos del país más poderoso del mundo que viven en la calle —casi siempre porque no tienen otra posibilidad, aunque también hay personas que lo hacen por voluntad propia y razonada—, entre 7.000 y 10.000 han elegido esta ciudad, considerada con frecuencia la capital de los sin techo estadounidenses.

¿Qué motivos explican que la pequeña San Francisco (900.000 habitantes) tenga más homeless que Nueva York? Hablando en general, dos: los programas sociales del Ayuntamiento, que ofrecen desde pequeñas ayudas económicas hasta alojamiento en refugios, y la tolerancia casi genética de los vecinos hacia las formas de vida marginales.

De la población de sin techo de San Francisco, la mitad se niega a aceptar alojamiento y opta por los rincones más escondidos para pasar la noche. Para esas personas la dignidad de lavarse y vivir aseadamente es casi nula. Sólo ocho establecimientos sociales de la ciudad tienen duchas públicas para los al menos 3.500 homeless que viven en la calle.

[Mapa de residencia de los sin techo de San Francisco. Los lugares marcados con el símbolo de una gota son las duchas. Imagen lavamae.org]

La organización LavaMae —el nombre, dicen, viene del español "lávame"—, montada por "ciudadanos de a pie que creen que el acceso a una ducha y un cuarto de baño nunca debe ser un lujo", ha formulado una propuesta razonable: reconvertir autobuses retirados de servicio por MUNI, la agencia local de transporte público, en unidades sanitarias sobre ruedas que puedan recorrer la ciudad y ofrecer un lugar para el aseo personal a quienes están desposeídos de ese derecho primario. Cada autobús tendría un par de cabinas de duchas, otros dos aseos y una zona de vestuario.

Los responsables municipales han anunciado que donarán cuatro vehículos y LavaMae ya ha recolectado 200.000 de los 340.000 dólares necesarios para el acondicionamiento de los vehículos. En marzo, anuncian, el primer autobús-ducha estará operando.

Venta libre de ranas invasivas y letales para los demás anfibios

[Ranas a la venta en Chinatow, San Francisco - Foto: www.savethefrogs.com]

La foto muestra un contenedor con ranas toro a la venta en una pescadería de Chinatown, San Francisco. Están vivas, pero serán sacrificadas al ser vendidas. Las decapitan con un hacha ante el comprador.

No es un anfibio cualquiera, sino un peligro: está en la lista de las cien especies invasivas más dañinas del mundo por su severo efecto sobre la biodiversidad. En más de veinte países de todos los continente —España, Reino Unido, Bélgica, Brasil, Colombia, Cuba, República Dominicana, Ecuador, Filipinas, Francia, Alemania, Grecia, Italia, Japón, Perú...— se ha comprobado su perversa influencia.

La Lithobates catesbeianus, su nombre científico, es altamente agresiva y se alimenta de una gran variedad de animales: desde otras ranas y anfibios hasta murciélagos, roedores y pájaros. Pueden pesar más de un kilo y comen casi cualquier ser vivo que les quepa en la boca.

Muchas personas comen ranas toro. Son un alimento de fuerte presencia en la alimentación de países como Francia y en casi todo Extremo Oriente, sobre todo en China, nación de la que es originario uno de cada tres vecinos de San Francisco. En Chinatown, donde se puede comprar una rana por un precio medio de cuatro dólares, se comercializan cada año unos dos millones de ejemplares, la gran mayoría exportados desde granjas de cría de Taiwan.

Al menos la mitad de las ranas, según un estudio de la Universidad de San Francisco, tienen en la piel el hongo Batrachochytrium dendrobatidis, un virulento agente que causa la enfermedad llamada quitridiomicosis, responsable de la desaparición en el mundo de 200 especies de anfibios y la disminución de hasta el 30 por ciento de otras en los últimos 15 años. El hongo no afecta a los humanos pero tiene una rápida y letal capacidad de transmisión entre los anfibios.

La organización Save the Frogs (Salvemos a las ranas) quiere que la venta de ranas toro sea prohibida en San Francisco. Argumentan que se trata de un animal invasivo y muy peligroso para los ecosistemas. Han iniciado una campaña para conseguir que el gobierno del estado de California decrete el fin de las exportaciones y erradique al mayor número de ejemplares en libertad que sea posible.

Los activistas lo intentaron primero con el ayuntamiento de la ciudad, pero el gran poder político del lobby electoral chino abortó todas las peticiones.

 

Fotos inéditas de David Bowie encontradas en un mercadillo

Negativos

"Lo más increíble de los milagros es que ocurren". A la sabiduría que nunca pondría en duda del viejo Chesterton, me atrevo a añadir un postafacio: "Sobre todos si visitas los rastrillos de viejo".

El domingo encontré en el rastro de Alemany —uno de los pocos flea markets de San Francisco, donde la segunda mano es casi monopolizada por el servicio online Craiglist— el portanegativos cuyo escaneo abre esta entrada.

Contiene los clichés de unas 30 fotos en 135 milímetros —película Ilford HP5— realizadas el 5 de abril de 1978 en el concierto de David Bowie en el Oakland Coliseum Arena, el sexto de la gira mundial Isolar II, la más ambiciosa que hasta ese momento había afrontado el músico: 70 actuaciones ante un millón de espectadores de 21 países.

El portanegativos estaba en una caja de papel fotográfico Kodak en un puesto donde un tipo de unos sesenta y tantos años y aspecto de ser todavía el hippie que alguna vez fue vendía un poco de todo, desde libros usados hasta adornos hogareños de dudoso gusto. Nunca esperes nada de una persona con traje de John Varvatos, ten en cuenta que los guardianes de tesoros siempre van vestidos con andrajos.

El milagro vivía dentro del veterano cartón de la caja amarilla: hojas de contactos y portanegativos de conciertos celebrados en el área de San Francisco entre 1977 y 1978, un buen tiempo para la música, estremecida por la libertaria propuesta del punk de regreso al amateurismo. En la tapa de la caja, escritos en capitulares con un lápiz de cera roja —incluso en ese detalle reside una clave perfecta: ¿para qué necesitamos la tinta cuando nos bastan los lapiceros?—, estaban los nombres de los retratados: Lou Reed, Blondie, Iggy Pop, Devo, X-Ray Spex, Roxy Music y mi adorado David Bowie.

Aunque las fotos, todas en blanco y negro, no eran excelentes: pecaban de la falta de medios del fotógrafo, que no tenía más que una lente y disparaba casi siempre desde el mismo lugar, soñé por un momento en llevarme a casa todo el lote.

— ¿Cuánto pide por los negativos y las hojas de contacto?, pregunté al vendedor imaginando el inicio de una negociación de regateo.

— Depende de qué artista se trate... Hay mucho material ahí dentro. Los negativos son más caros que los contactos.

Olvidada la posibilidad de comprar todo el material —mi economía personal no permite los caprichos, por muy justificados que sean—, me centré en los negativos de Bowie. El trato quedó cerrado en 13 dólares.

Supe por el vendedor que el fotógrafo, al que nunca había conocido en persona, se llamaba John Trembley, trabajaba en alguna publicación de San Francisco y murió de sida durante los años más negros de la pandemia. No he logrado encontrar ningún detalle más en Internet.

En casa escaneé los negativos en alta resolución y postproduje las imágenes lo necesario, añadiendo algo de contraste y curvas de nivel cromático. Fue emocionante devolver al mundo las fotos de una noche de hace 35 años.

Pese al atuendo delictivo de Bowie —¡esos bombachos!, ¡esa gorrita de capitán de yate!—, el cantante rebosa felicidad en las fotos. No era para menos: los conciertos de 1978 fueron excelentes y liberadores. Después de varios años anestesiándose con cocaína y cantando con la desgana de un alienígena, el músico estaba pletórico y limpio, le apoyaba una banda efectiva (con los poderosos Carlos Alomar y Adrian Belew) en las guitarras y estrenaba por primera vez en público las canciones de los dos discos arrrisegados y fríos que había grabado en Berlín (Low y Heroes, ambos editados en 1977), de los mejores de su carrera. La gira Isolar II fue condensada en el álbum doble Stage, quizá el mejor disco en directo de Bowie.

  [Foto: John Trembley] [Foto: John Trembley] [Foto: John Trembley] [Foto: John Trembley] [Foto: John Trembley]

El bosque-holograma

[Foto Jose Ángel González]
No coma, no fume, no beba, no hable, no se aplique loción solar y, sobre todo, como si se tratara del decreto de cualquier aspirante a Big Brother, ni se le ocurra salir de la senda... Bienvenidos a los Muir Woods, el bosque de sequoias de 224 hectáreas situado 19 kilómetros al noroeste de San Francisco.

Pagas siete dólares y caminas por pasarelas de madera. Es como si tú fueses el modelo de un desfile y el bosque, ajeno y anciano, se dedicara a juzgar tu aspecto. No hay posibilidad de feedback. Estás en un bosque pero podría tratarse de un holograma.

No tuve oportunidad hasta ahora de subir hasta los Muir, una de las atracciones naturales más visitadas del área de la bahía de San Francisco. La experiencia fue decepcionante.

Que la naturaleza te considere un enemigo en potencia tiene sobrada justificación: los humanos —sobre todo los que habitamos la Tierra desde el siglo XX— somos la especie más invasiva y destructora de la historia de un planeta al que hemos mancillado, explotado y ensuciado. Sin embargo, que la administración consentidora de los desmanes agresivos medioambientales venga ahora con planes de salvación a través de la represión es de un cinismo aplastante.

Si no puedo orinar en un bosque no me siento en el bosque. Disculpen la crudeza, pero soy de aldea, un hijo de la tierra que mis ancestros, hasta la generación de mis padres, cultivaron con mimo y no entiendo que un bosque pueda ser tan intocable como la cámara acorazada de un banco.

Los Muir Woods, declarados monumento nacional por el gobierno de los EE UU en 1908, bautizados en honor a John Muir, el apóstol de Yosemite, y gestionados desde entonces por el Servicio Nacional de Parques, son un bosque dentro de una vitrina, una boutique inalcanzable. Lo que ves a tu alrededor es hermoso —árboles de entre 500 y 800 años de edad, algunos de casi mil—, pero queda claro que no te pertenece, no eres quién de reclamarlo como herencia.

La visita es agradable pero tristísima no sólo por la sensación de extrañamiento, sino porque en ocasiones entiendes la rigidez de la reglamentación: pese a los consejos de mantener en paz el equilibrio del lugar, que incluye, por supuesto, la paz acústica, los grupos de turistas gritan enervados, hacen fotos con los smarthphones y sus cámaras con flash—más agresivos que el cigarro que pueda fumarme yo llevándome luego la colilla conmigo—, juegan a carreras con los niños, cuentan la trama de la película que vieron anoche por la tele...

No entiendo que un país capaz de gastar en eso que llaman defensa pero debería llamarse industria de la muerte 645.000 millones de dólares (seis veces más que China, 11 más que Rusia, 27 más que Irán, 33 más que Israel, casi tres veces más que toda Europa...) meta sus bosques en botellas de cristal.

[Foto Jose Ángel González]

[Foto Jose Ángel González]

[Foto Jose Ángel González]

[Foto Jose Ángel González]

[Foto Jose Ángel González]

[Foto Jose Ángel González]
[Foto Jose Ángel González]

[Foto Jose Ángel González]

[Foto Jose Ángel González] [Foto Jose Ángel González] [Foto Jose Ángel González]

¿El mejor mercado de alimentos del mundo?

[Foto: Jose Ángel González]
Dicen algunas voces dedicadas a la crítica gastronómica y alimentaria que el Ferry Plaza Farmers Market de San Francisco es uno de los mejores mercados de productores del mundo. Por ejemplo, la web Food & Wine lo coloca en el primer puesto del top 25 universal, aunque la clasificación pierde credibilidad cuando compruebas que en el ranking mezclan los lugares en los que no media intermediación entre el productor y el cliente final con aquellos en que los puestos de venta son locales que funcionan como simples eslabones empresariales en la compleja cadena del negocio de los alimentos —el mercado de La Boquería de Barcelona, por ejemplo, el único español que asoma en la lista—.

Lo que no se le puede negar al mercado de San Francisco, que se celebra cada martes, jueves y sábado por la mañana desde 1993, es el cachet. Miles de personas lo frecuentan y se ha convertido en una atracción que todas las guías turísticas de la ciudad apuntan como como de inexcusable visita. Está situado, además, en torno al Ferry Building, el bello edificio finalizado en 1898 según un diseño rematado con un torre inspirada en la Giralda de Sevilla. Ya no es la terminal portuaria del pasado, sino un mercado de delicatessen (sin relación con el farmers) donde sólo conviene ir con el bolsillo bien abultado o la tarjeta bancaria con saldo altamente saludable, pero el enclave sigue guardando la memoria de un pasado en que los grandes trasatlánticos fondeaban en la bahía.

El farmers market del exterior —uno de los casi ocho mil que puntean un país donde comer es una especie de práctica religiosa pagana y masiva— tampoco es para todos los públicos. Un vaso pequeño de café cuesta el equivalente a 3,5 euros y un kilo de tomates, 8. Eso sí, son "orgánicos", prometen los organizadores, la empresa Center for Urban Education about Sustainable Agriculture (Centro para la Educación Urbana sobre Agricultura Sostenible), que el año pasado ingresó casi un millón de euros según su informe anual [no se trata de ventas de los puestos de alimentos, cantidad que no revelan, sino del dinero recaudado por las cuotas de los socios, subvenciones y ayudas públicas o privadas].

Los productos que venden en el farmers market proceden de más de un centenar de explotaciones agrícolas, pesqueras y ganaderas del norte de California. Se pueden encontrar variadísimas verduras, frutas y legumbres frescas y de temporada, aceite de oliva (muy bueno), quesos (muy caros), zumos de frutas y otros elíxires más rebuscados, salsas de aliño (siempre picantes), frutos secos, pan y bollería, flores y hierbas aromáticas y, desde luego, algunos puestos donde preparan pizzas, bocadillos y otros productos de consumo inmediato. La longitud de las colas de espera para algunos de ellos demuestra la paciencia de los estadounidenses cuando al final del camino hay algo que chorrea colesterol.

No es mi idea de mercado: todo es demasiado bello y los vendedores y compradores van tan atildados que podrían desfilar en una pasarela allí mismo, pero el lugar merece una visita, digamos, etnográfica. Sólo llegas a conocer a los gringos cuando ves como babean ante la comida.
[Foto: Jose Ángel González] [Foto: Jose Ángel González] [Foto: Jose Ángel González] [Foto: Jose Ángel González] [Foto: Jose Ángel González] [Foto: Jose Ángel González] [Foto: Jose Ángel González] [Foto: Jose Ángel González] [Foto: Jose Ángel González] [Foto: Jose Ángel González] [Foto: Jose Ángel González]
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Condenan a muerte al octogenario Asesino del Alfabeto

[Joseph Naso en el tribunal - Foto: AP]

Una sentencia judicial acaba de poner un primer punto y final a uno de los casos más perturbadores de los asesinos en serie de los EE UU. El hombre de la foto, Josef Naso, que cumplirá 80 años en enero de 2014, ha sido condenado a muerte por el asesinato de cuatro mujeres en los años setenta y noventa.

Como todas las víctimas —Roxene Roggasch, Carmen Colon, Pamela Parsons y Tracy Tafoya— tenían las mismas iniciales en los nombres de pila y apellidos, los medios de comunicación llamaron a Naso El Asesino del Alfabeto.

Un juzgado del Condado de Marin, lindante con el norte de San Francisco, ha dictado una sentencia que aplica a Naso la pena capital, y el condenado engrosará la lista de los 745 presos que están en el corredor de la muerte en el estado de California, donde no ha habido ejecuciones desde 2006, cuando un tribunal federal consideró que el sistema de la triple inyección letal causaba demasiado dolor y sufrimiento a los condenados. Las autoridades estatales han anunciado que están a punto de optar por un nuevo método de una sola inyección.

El juicio de Naso despertó una gran expectación, no sólo por los crímenes, sino por la edad del acusado ("asesino geriátrico", señalaron algunos medios) y la negativa de éste a contar con un abogado y, por tanto, asumir su defensa personalmente. Arrogante y sin mostrar ningún signo de nerviosismo o tensión, Naso sostuvo a lo largo de todo el proceso que es inocente de los crímenes de las cuatro mujeres, todas dedicadas a la prostitución, asfixiadas y abandonadas muertas en parajes alejados de zonas rurales.

No es el primer juicio que deberá afrontar Naso, que se dedicaba como profesional a la fotografía. La policía de Rochester, en el estado de Nuevo York, cree que también es el autor de otros tres asesinatos en la zona, a la que viajaba con frecuencia. Las víctimas se llamaban Carmen Colón, Wanda Walkowicz y Michelle Maenza, también con iniciales coincidentes. La primera, asesinada en 1971, tenía el mismo nombre y apellido que una de las muertas en California.

Las sesiones del juicio, a las que asistieron familiares de las víctimas, fueron tensas y estuvieron plagadas de incidentes. Naso acusó a la Policía de tenderle una trampa y de colocar una media de nylon con su ADN en el cuello de una de las víctimas, aunque la prueba de cargo definitiva fue un diario con fotos de las mujeres asesinadas y anotaciones redactadas por el criminal.

El condenado cometió "aborrecibles y repugnantes" actos que causaron "crueles sufrimientos" a las mujeres, a las que humilló aún más "documentando los crímenes en diarios y fotos", dijo el juez Andrew Sweet al leer la sentencia. "Su presencia en este mundo, señor Naso, lo ha convertido en un lugar mucho peor", culminó el magistrado mirando directamente a los ojos del acusado.

Las últimas palabras del Asesino del Alfabeto ante la corte fueron: "Siento compasión y remordimiento por cualquiera que fallezca y por las personas que deja atrás, pero yo no cometí estos crímenes. No soy un monstruo".

La hija de una de las víctimas alzó entonces la voz: "¡Espero que viva usted 110 años para que sufra lo suficiente!".

La Asociación Nacional del Rifle coloca a San Francisco en el objetivo

[Fusil de asalto AR-15]
La Asociación Nacional del Rifle (NRA en su acrónimo en inglés) acaba de presentar una demanda contra el Ayuntamiento de San Francisco por la ordenanza municipal, aprobada en octubre, que prohibe en los límites municipales los cargadores de más de diez balas. La NRA y, es de suponer, la grandísima mayoría de sus cinco millones de asociados —cifra que provoca pánico y conduce a la antesala de la paranoia si vives en este país—, sigue teniendo en la mirilla a la ciudad, una de las más restrictivas de los EE UU en cuanto a la posesión y uso de armas de fuego.

La demanda de la NRA no es más que otro ataque contra la política de la ciudad y la mayoría de sus vecinos. En 2012 el "club de derechos civiles", forma jurídica de la asociación de defensores de la bala libre y el gatillo como derecho divino, también se querelló contra otra disposición adoptada por el City Hall de San Francisco para obligar a todos los propietarios de armas de fuego a tenerlas guardadas bajo llave en casa y prohibir la munición de punta hueca. La NRA consideraba las disposiciones una locura —"¿qué puedes hacer si necesitas el arma en medio de la noche y la tienes guardada?", dijo su abogado—, pero el juez tuvo el buen criterio de desestimar la demanda de los riflistas.

Esta vez la querella, que fue presentada por varios policías jubilados y cuatro personas más, instrumentalizados por la NRA para no aparecer en la foto y dar al asunto apariencia ciudadana, está relacionada con la prohición de que los propietarios de armas usen cargadores con más de diez balas, cantidad que no parece suficiente a los defensores del todo vale.

"Estos cargadores son usados habitualmente por ciudadanos respetuosos con la ley y para fines legales, sobre todo autodefensa de sus hogares", dicen los demandantes. Limitar la capacidad de los cargadores a diez balas "disminuye la seguridad pública dando ventaja a los criminales violentos", añaden.

El abogado de la ciudad, Dennis Herrera, ha afirmado que su oficina está preparada para "litigar violentamente" para que su cumplan las ordenanzas locales y acusa a la NRA de tener a San Francisco como "uno de sus blancos principales" en la cruzada por liberalizar el uso de armas de fuego.

Los cargadores de más de diez balas —los hay hasta de 90 cartuchos— son utilizados sobre todo en los rifles y fusiles de asalto. El modelo más popular en los EE UU es el AR-15, del que hay cuatro millones en posesión de civiles en el país. Es capaz de disparar 800 balas por segundo del calibre 223 (5,7 mm de diámetro). Los proyectiles salen del fusil a una velocidad de mil metros por segundo. Fue una de las armas que usó Adam Lanza para perpetrar la matanza de la escuela primaria de Sandy Hook, de la que el 12 de diciembre se cumple un año. 

Jose Ángel González


Crónicas vitales de un periodista español emigrado a la Bahía de San Francisco, en California, el estado con mayor presencia de latinos e hispanohablantes de los Estados Unidos.
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