5 posts de noviembre 2011

Jeff Koons quiere adueñarse de nuestros perros de globos

Izquieda: 49 dólares - Derecha: varios millones

Clases de perros. El de la izquierda es un sujeta libros fabricado en Canadá. El de la derecha es una escultura (ejem) de Jeff Koons, el artista (ejem) que ha convertido la banalidad en un gran negocio.

Ambos, no hace falta ser un experto para saberlo, están basados en los perritos de globoflexia que andan mundo adelante desde hace décadas conquistando la admiración de los críos.

Pero, ojo, tengan cuidado la siguiente vez que hagan formas con un globo para calmar el berrinche del pequeño. Todo lo que se parezca a un perro de globos es de Koons. O al menos eso dicen él y sus abogados.

Park Life es una pequeña tienda-galería en la calle Clement de San Francisco, entre los parques Golden Gate y Presidio. Tienen un poco de todo: libros, camisetas, accesorios, música... La abrieron hace cinco años Jamie Alexander, que estudió diseño e historia del arte, y  su socio
Derek Song.

Hace unos meses los abogados de Koons enviaron una carta admonitoria a los dueños de la tienda: o dejaban de vender los sujeta libros o serían demandados por infringir las leyes de propiedad intelectual.

La idea del perro de globos, venían a decir, es propiedad de Koons, el artista neo-pop especializado en actuar como comisario para billonarios, colocar un perro floral en el patio de entrada de un museo vasco, vender una porcelana de Michael Jackson y su chimpancé (digna de tapetito de ganchillo) por 5,6 millones de dólares y pleitear con su ex esposa Ciccolina.

Tras el pasmo inicial, en Park Life se lo tomaron a choteo. "Este hombre no puede ser dueño de algo que existía mucho antes que él", dice Alexander, que sigue vendiendo los perros sujeta libros en la tienda y a través de su web.

Tantos los comerciantes de San Francisco como los fabricantes del objeto, la empresa canadiense Imm-Living, consiguieron que una rápida campaña de solidaridad y protesta contra la demente aspiración de Koons (considerarse propietario de un objeto sin dueño legal) se extendiera por Internet.

Hablé con Jamie Alexander, de Park Life, sobre la absurda situación.

Se lo toma con humor, dice que ha perdido todo el respeto por Koons, al que considera un jeta y se congratula de haber conseguido algo más de ingresos: antes de las amenazas de Koons, había vendido tres perros. Tras ella, 500.

 

Puente rico, puente pobre

[Foto: Jose Ángel González]

El puente cuya silueta pretende bosquejar el pintor aficionado de la foto es un hermano pobre, un desheredado, un cisne negro...

¿Qué puede hacer una estructura industrial y grisácea frente al majestuoso alzado art-decó coloreado de rojo-plomo (Naranja Internacional, llaman con ridiculez al tono para no llamarlo, como todos los que alguna vez tratamos de proteger una verja del óxido, minio) del Golden Gate?

El Bay Bridge, el puente que une San Francisco con el este de la bahía, siempre será un segundón. Ni siquiera los desesperados lo tienen en cuenta.

El Golden Gate es el lugar con más suicidios del mundo: unos 1.200 desde la inauguración. Hay una infografía que muestra el lugar exacto de la estructura desde la que saltaron los suicidas antes de chocar contra el agua a 120 kilómetros por hora.

En los aparcamientos en ambos extremos del puente, la Policía encuentra a menudo vehículos de alquiler abandonados. Sus últimos conductores viajaron a San Francisco con una sola intención: dejar de vivir tras lanzarse desde el puente de oro.

La poesía del Bay Bridge, que hace dos días cumplió 75 años desde su inauguración, es más grasienta, menos romántica. Es un puente de conductores que sorben el primer café del termo mientras el Toyota todavía no ha despertado del todo; de lentos centroamericanos que suspiran por el cayuco mientras están empezando a sufrir el stress de los gringos; de negros que escuchan hip-hop de esquinas calientes; de trabajadores de clase media que han tenido que irse a vivir al otro lado porque San Francisco es un vampiro chupa dólares...

Comunica San Francisco con Oakland -una de las ciudades con más eleveda tasa de criminalidad de los EE UU -también una de las que sufren una brecha social más pronunciada-, la universitaria Berkeley y otras poblaciones de la populosa ribera oriental de la bahía.

Cada día 270.000 vehículos cruzan el Bay Bridge, que en tráfico sí que le da una buena paliza a su hermano pijo, que no llega a los 220.000.

El Bay Bridge, seis meses más viejo que el Golden Gate, sufrió severos daños durante el terremoto de 1989 (quince metros de la sección superior del puente cayeron sobre la inferior). Desde entonces intentar aplicar en la obra técnicas de diseño basadas en el retrofismo antisísmico, pero el proyecto avanza muy despacio.

La parte oriental del puente, que se va a sustituir por un viaducto, lleva nueve años en construcción, ha sufrido varios retrasos de escándalo en la fecha de entrega de la obra -anunciada para 2007 y, según la última estimación, postpuesta hasta, al menos, 2013- y un aumento incontrolado del presupuesto: en inicio calculado en 780 millones de dólares, unos 1.000 millones de euros, pero que ya ronda los 6.300 millones, 4.600 millones de euros. Todo salpicado por anomalías, investigaciones del FBI, polémicas políticas y fallos técnicos en las obras.

Construcción del nuevo viaducto del Bay Bridge

En esa nada cómoda tesitura, el Bay Bridge celebra su 75 aniversario. Cuando fue inaugurado era el puente más largo del mundo (7,18 kilómetros, en dos tramos). Ahora es un puente popular necesitado de reformas y aquejado por la incompetencia de los contratistas y los políticos.

El Golden Gate, que sólo mide 1,28 kilómetros y enlaza San Francisco con el Condado de Marin, residencia natural de los ricos y famosos, nunca tendrá esos problemas. Están reformando su autopista de aproximación sin retrasos ni sustos. Por algo es el puente que sale más guapo en las fotos.

Adobe Books: una librería menos para soñar

[Foto: Jose Ángel González]

Si me fuera dado el privilegio dichoso de poder elegir residencia en la tierra, no tendría duda alguna: ningún lugar mejor que una librería de San Francisco para que mis huesos dejen de armar bulla y el ánimo se aquiete.

Desde que llegué a esta ciudad me han pasmado unas cuantas circunstancias. No son las menos notables la amabilidad y el civismo de los vecinos (un "have a good day" y una sonrisa son regalos gratuitos que todos merecemos); el enunciado colectivo de la divisa laissez faire et laissez passer, le monde va de lui même ante cualquier exotismo, neurosis o rareza ajena; lo mal que manejan los autobuses los conductores del servicio público del Muni; la constancia, de dinamismo revolucionario, en el comer a toda hora y en cantidades que rozan la desmesura...

Y, sobre todo, la enorme belleza de las mejores librerías del mundo.

Me jacto de saber algo de librerías y en cada nueva ciudad o villa a la que me conduce la ebriedad de la vida no dejo de practicar una prueba de compatibilidad: visito una o dos librerías y, tras recorrerlas, sentirlas, olerlas, puedo saber si estoy en el lugar adecuado o debo salir pitando del antro.

Tranquilos, no voy a hablar de City Lights, una librería con fama pero sin alma, templete de turistas en busca del improbable fantasma borracho de Jack Kerouac y morada aséptica de novedades editoriales.

Vivo a la vuelta de la esquina de Green Apple Books, acogedora como una posada y tentadora como un laberinto.

Desde que pisé Green Apple Books por primera vez supe que sería mi morada secundaria en el barrio: añejos suelos de madera sin barnizar, escaleras a la planta de arriba que crujen con amabilidad hogareña, el aparente caos de un almacén, reseñas y recomendaciones escritas (¡a mano y en tinta, sin intervención electrónica!) por los empleados, una sección de segunda mano donde siempre encuentro remanso -también para el bolsillo- y, finalmente, tres cajones colocados a la entrada donde cada día depositan libros de regalo para quien los necesite (me he llevado de esa mágica cueva del tesoro a Carver, Vonnegut, DeLillo, Scott Fitzgerald, Vidal, Capote y hasta una edición en castellano del Tiempo de silencio de Martín-Santos)...

[Foto: Jose Ángel González]

La primera librería que conocí en la Misión, el distrito latino de San Francisco, fue Adobe Books, en el número 3166 de la calle 16,  casi enfrente del Roxie Theatre, uno de los cines independientes con mejor programación de la ciudad.

Adobe se dedica en exclusiva a los libros de segunda mano. Los precios son justos (ejemplo: en mi última visita compré esta edición de DogDogs, del fotógrafo Elliott Erwitt, por diez dólares, poco más de siete euros) y el local, amplio y tranquilo, con sofás y sillones en los que no es raro encontrar a los camareros de algún restaurante cercano aprovechando el descanso entre turnos para echar una cabezada.

Si no sucede un inesperado milagro, Adobe Books dejará de funcionar a finales de este año.

Cuando cierra una librería callan miles de bocas y la culpa es colectiva. Nada puede justificar la liquidación de un almacén de sueños, diatribas, teorías, églogas, epístolas, crónicas, diarios... El cierre de una librería sin lazos con los imperios de la compraventa de conciencias es casi siempre una tragedia.

[Andrew McKinley - Foto: Jose Ángel González]

Andrew McKinley (Ithaca-Nueva York, 1954) es uno de los dos propietarios de Adobe Books. Tiene los ojos muy azules, viste una camisa de leñador y es hijo de una chilena de Viña del Mar. Abrió la librería, el dos de enero de 1989, con un compañero de instituto. Le gustaba el barrio y la localización, al lado del Pícaro Café, regentado por españoles, frente al Roxie, en la cálida planicie de la Misión...

Antes de conocer a Andrew alguien me dijo que era "una especie de padrino del barrio", que a todos conocía y por todos era querido. No es un comerciante sino un vecino. Cada tarde, al cerrar Adobe, se acerca a la cercana panadería Tartine Bakery, donde le regalan los panes, donuts y pasteles que han quedado sin vender. Empujando un carrito de supermercado lleno de delicias, el librero recorre el barrio y reparte comida entre los homeless.

- Los tiempos están siendo muy duros para todos, dice.

El aumento del alquiler (4.000 dólares al mes, unos 3.000 euros), la gentrificación de la Misión y la caída "dramática" en las ventas de libros tienen la culpa del cierre.

- Quizá no he sabido llevar bien el negocio, pero es triste tener que cerrar la puerta de un lugar que se ha convertido casi en una institución.

En Adobe Books hay unos 20.000 libros en espera de lector. Siendo una de esas librerías donde no encuentras el libro que estás buscando sino el que te está esperando, se puede afirmar que 20.000 personas estarán un poco más solas a partir de fin de año.

Día del cambio de banco

[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]

La iniciativa ciudadana Bank Transfer Day (Día del cambio de banco) debutó ayer en los EE UU. Decenas de miles de personas salieron a las calles para "meter miedo" a las más poderosas empresas financieras del país.

Aún no hay cifras sobre la cantidad de ahorradores que han decidido cerrar sus cuentas en las megacorporaciones para trasladarlas a entidades locales o cooperativas de ahorro sin ánimo de lucro, pero la campaña sobre los abusos bancarios ha calado con potencia en un país donde los billetes de dólares, no por casualidad, llevan estampado el lema In God We Trust (En Dios confiamos).

Unido de modo indisoluble al movimiento Occupy, que ya ronda los 650.000 activistas en el país, el coraje contra los grandes bancos, que han aumentado beneficios consolidados cuantiosos desde el inicio de la crisis, es la amalgama principal que une a los manifestantes y provoca que la población empatice con sus demandas.

Occupy San Francisco salió ayer a la calle. Durante algo más de tres horas, varios miles de manifestantes recorrieron el distrito financiero de la ciudad, peregrinando de sede en sede bancaria.

La protesta, vigilada (y grabada) por la Policía, fue pacífica y festiva, pero de tono bastante radical hacia las entidades que practican una política más agresiva y asocial: Bank of America, Wells Fargo, Citibank y Chase.

  [foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]

El joven de la foto de arriba habló a los manifestantes frente a la sede de Wells Fargo.

Participó como marine en la invasión de Iraq y pertenece a la asociación Iraq Veterans Against the War (Veteranos de Iraq contra la guerra). Recordó que el banco amplió su cuenta de resultados partipando en los planes de reconstrucción del país asiático y se refirió al contrasentido del gasto de una "guerra inútil" (800.000 millones de dólares, más que la II Guerra Mundial) cuando el país sufre las consecuencias de un desnivel enorme en el reparto de la riqueza.

Ante el banco fue quemada una bandera de los EE UU por un chamán indio que maldijo los usos de la entidad.

Unas manzanas más adelante, los manifestantes se concentraron sobre la sede de Bank of America (está en un sótano), la entidad financiera más podersosa del país (tiene el 11 por ciento de todos los depositos y sólo concede el 0,26 de los créditos).

[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]
[foto: Jose Ángel González]

Kathleen, de 63 años, que aparece en la foto de arriba, anuló el miércoles su cuenta con Bank of America después de ser clienta desde 1968.

- ¿Por qué ahora?
- Me siento culpable por no haber sacado antes mi dinero de allí, pero creo que el momento ha llegado. No podemos consentir que sigan abusando de nosotros tal como lo hacen. Prefiero que mis pocos ahorros estén en un banco local más comprometido con los clientes y con la comunidad.

[foto: Jose Ángel González]

Cecilia Mesa, de 55, hija de mexicano y salvadoreña, está "cansada de la dictadura del uno por ciento sobre todos los demás" y reclama "una revolución que conduzca al fin del capitalismo y establezca un sistema socialista".

- ¿Cómo ha cambiado su vida en los últimos años?
- No tengo ni veinte dólares en el bolsillo, ¡imagínate si ha cambiado!... Soy carpintera, pero no tengo trabajo y, cuando lo tengo, es sólo por unas semanas. Antes el dinero me alcanzaba y todavía me quedaba algo para comprarme unos zapatos o ir a bailar, pero ahora no puedo pagar la renta de mi casa y he tenido que realquilar dos cuartos. Para comer, planto legumbres en el patio...

- Dígame tres medidas concretas que pondría en marcha si estuviera en su mano...
- No quiero pedir nada porque eso sería reformar el sistema existente y yo lo que quiero es acabar con este sistema.

  [foto: Jose Ángel González]
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[foto: Jose Ángel González]
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Convivir y conmorir con los difuntos

[Foto: Jose Ángel González]
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[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]

Nunca había vivido un Día de los Muertos. Acabo de estar en el primero, el del barrio de la Misión de San Francisco, el más importante y concurrido de los que se celebran fuera de México.

Hice las fotos hace sólo unas horas, en la procesión y el festival de altares de difuntos del parque Garfield.

Después de los festejos de Halloween, que en esta ciudad tienen el carácter límite que cabe esperar -una exhibición carnal bastante vulgar, comercial y desatada-, la de la noche pasada fue una ceremonia contenida. Los organizadores desde los años setenta del siglo pasado, el Rescue Culture Collective y el Marigold Project, se encargaron de alertar, como cada año, que se trata de una celebración en la que no deben consumirse alcohol ni otras drogas.

A la edición de ayer asistieron varios miles de personas. Había muchos turistas y extranjeros residentes en la ciudad y menos latinos de los que cabría imaginar.

Aunque el origen mesoamericano del rito, que se celebraba mucho antes de la llegada de los españoles, estaba relacionada con la visita cordial de los difuntos, lo que ahora se festeja está más cerca de una celebración etnográfica de mantenimiento y defensa de una tradición ancestral.

Es difícil percibir algo más (el convivir y el conmorir con los muertos, por ejemplo), pero en algunos de los altares había respetuosas ceremonias de llamamiento y obsequio a los difuntos que regresan durante unas horas.

El atrezzo, como no podía ser menos en una ciudad tan amiga del teatro de la vida y de convertir la vida en teatro, era perfecto: asombrosos vestuarios, cuidados maquillajes y ceremonias ecuménicas de fusión religiosa (la Virgen María recibía el canto de mantras budistas).

 

Jose Ángel González


Crónicas vitales de un periodista español emigrado a la Bahía de San Francisco, en California, el estado con mayor presencia de latinos e hispanohablantes de los Estados Unidos.
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