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Puente rico, puente pobre

[Foto: Jose Ángel González]

El puente cuya silueta pretende bosquejar el pintor aficionado de la foto es un hermano pobre, un desheredado, un cisne negro...

¿Qué puede hacer una estructura industrial y grisácea frente al majestuoso alzado art-decó coloreado de rojo-plomo (Naranja Internacional, llaman con ridiculez al tono para no llamarlo, como todos los que alguna vez tratamos de proteger una verja del óxido, minio) del Golden Gate?

El Bay Bridge, el puente que une San Francisco con el este de la bahía, siempre será un segundón. Ni siquiera los desesperados lo tienen en cuenta.

El Golden Gate es el lugar con más suicidios del mundo: unos 1.200 desde la inauguración. Hay una infografía que muestra el lugar exacto de la estructura desde la que saltaron los suicidas antes de chocar contra el agua a 120 kilómetros por hora.

En los aparcamientos en ambos extremos del puente, la Policía encuentra a menudo vehículos de alquiler abandonados. Sus últimos conductores viajaron a San Francisco con una sola intención: dejar de vivir tras lanzarse desde el puente de oro.

La poesía del Bay Bridge, que hace dos días cumplió 75 años desde su inauguración, es más grasienta, menos romántica. Es un puente de conductores que sorben el primer café del termo mientras el Toyota todavía no ha despertado del todo; de lentos centroamericanos que suspiran por el cayuco mientras están empezando a sufrir el stress de los gringos; de negros que escuchan hip-hop de esquinas calientes; de trabajadores de clase media que han tenido que irse a vivir al otro lado porque San Francisco es un vampiro chupa dólares...

Comunica San Francisco con Oakland -una de las ciudades con más eleveda tasa de criminalidad de los EE UU -también una de las que sufren una brecha social más pronunciada-, la universitaria Berkeley y otras poblaciones de la populosa ribera oriental de la bahía.

Cada día 270.000 vehículos cruzan el Bay Bridge, que en tráfico sí que le da una buena paliza a su hermano pijo, que no llega a los 220.000.

El Bay Bridge, seis meses más viejo que el Golden Gate, sufrió severos daños durante el terremoto de 1989 (quince metros de la sección superior del puente cayeron sobre la inferior). Desde entonces intentar aplicar en la obra técnicas de diseño basadas en el retrofismo antisísmico, pero el proyecto avanza muy despacio.

La parte oriental del puente, que se va a sustituir por un viaducto, lleva nueve años en construcción, ha sufrido varios retrasos de escándalo en la fecha de entrega de la obra -anunciada para 2007 y, según la última estimación, postpuesta hasta, al menos, 2013- y un aumento incontrolado del presupuesto: en inicio calculado en 780 millones de dólares, unos 1.000 millones de euros, pero que ya ronda los 6.300 millones, 4.600 millones de euros. Todo salpicado por anomalías, investigaciones del FBI, polémicas políticas y fallos técnicos en las obras.

Construcción del nuevo viaducto del Bay Bridge

En esa nada cómoda tesitura, el Bay Bridge celebra su 75 aniversario. Cuando fue inaugurado era el puente más largo del mundo (7,18 kilómetros, en dos tramos). Ahora es un puente popular necesitado de reformas y aquejado por la incompetencia de los contratistas y los políticos.

El Golden Gate, que sólo mide 1,28 kilómetros y enlaza San Francisco con el Condado de Marin, residencia natural de los ricos y famosos, nunca tendrá esos problemas. Están reformando su autopista de aproximación sin retrasos ni sustos. Por algo es el puente que sale más guapo en las fotos.

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Jose Ángel González


Crónicas vitales de un periodista español emigrado a la Bahía de San Francisco, en California, el estado con mayor presencia de latinos e hispanohablantes de los Estados Unidos.
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