7 posts de diciembre 2011

Una clínica gratuita del tamaño de una revolución

Félix Kury [Foto: Jose Ángel González]

En un país donde casi 50 millones de personas carecen de cualquier tipo de seguro médico, sólo el 59 por ciento de los trabajadores tienen acceso a asistencia sanitaria y el derecho a la salud está relacionado con el nivel de riqueza, abrir una clínica gratuita y atender a 500 pacientes al año tiene el tamaño de una revolución.

Felix Kury, psicoterapeuta y profesor del Departamento de Estudios Latinos de la San Francisco State University, fundó hace cinco años la Clínica Martín Baró, uno de los pocos centros de asistencia médica de la ciudad que no están basados en la dictadura del dólar.

En un edificio comunitario de la calle 24, justo en la esquina del callejón Balmy, uno de los santuarios de los muralistas del que ya hablé en el blog, la clínica abre todos los sábados desde  las ocho de la mañana. Ofrece consulta sanitarias de base, diganóstico, servicios de laboratorio para análisis, apoyo psicosocial y medicamentos. Todo a precio cero.

"No establecemos ningún requisito. Viene quien tiene una necesidad", explica Kury, nacido hace 61 años en San Francisco, de familia salvadoreña y ancestros palestinos.

La vida de este hiperactivo exhabitante del barrio de la Misión ("tuve que irme porque la vivienda ha subido demasiado, pero éste sigue siendo mi lugar") cambió en 1988 cuando conoció al cura jesuita Ignacio Nacho Martín Baró, nacido en Valladolid en 1942 y asesinado en El Salvador en 1989 por un pelotón de militares junto a otros sacerdotes combativos, partidarios de la Teología de la Liberación y aliados de la causa de los oprimidos, entre ellos Ignacio Ellacuría.

"Nacho me enseñó que vivimos en la comodidad a expensas del sufrimiento de otros y que las enfermedades no son de las personas, sino de la sociedad y que también en medio del terror diario hay sanamiento. Por eso decidimos bautizar la clínica con su nombre".

Por las instalaciones de la calle 24, atendidas por médicos y estudiantes de Medicina con conciencia social, pasan cada sábado personas desplazadas, inmigrantes ilegales, víctimas de las mafias de los coyotes que organizan el tráfico de personas hacia los EE UU, mujeres que durante la larga travesía fueron asaltadas sexualmente...

"Intentamos ayudar en lo que podemos: atendemos a las demandas sanitarias, ayudamos a que tengan confianza y hablen con honestidad y sin miedo de sus problemas, les acompañamos en la tramitación de papeles para que no abusen de ellos, porque navegar en este sistema inhumano es a veces peor que navegar en un huracán en el Caribe", dice Kury.

La clínica no recibe ayudas públicas y se mantiene gracias al trabajo voluntarista de sus colaboradores y a la recaudación de fondos mediante la organización de actividades culturales y sociales. No quieren entrar en el juego de buscar financiación institucional porque quieren repartir salud y "el sistema capitalista es la verdadera enfermedad".

Kury es, pese a todo, optimista. "Quieren que seamos fatalistas, nos inyectan la idea de que no hay otra esperanza que el dinero, pero no voy a caer en ese discurso del sistema. Hubo una apatía muy grande en los últimos años, pero está llegando la conciencia y la gente joven comienza a organizarse".

 

Ciudad de mil sets (todos negros)

El Golden Gate Bridge entre la niebla, desde Baker Beach. [Foto: Jose Ángel González]

Quizá sea difícil imaginar a San Francisco como a una ciudad oscura y escabrosa. La imagen que proyecta hacia el exterior es otra: frívola, bohemia, vibrante, luminosa, europea...

El reflejo, por supuesto, es una fantasía provocada por la distancia y el inmenso poder de los arquetipos.

En San Francisco manda la niebla, que llega sin anunciarse, veteando las calles con un algodón sucio que todo lo difumina. El escritor Ambrose Bierce anotó que la ciudad es "un punto sobre un mapa de niebla".

Con excepción de dos o, en el mejor de los casos, tres meses al año, es un lugar oscuro, de poca luz y siempre a merced de los caprichos de las brumas densas del Pacífico, que se encaraman a las colinas, llenan las noches con lamentos de sirenas marítimas y crean decorados más centroeuropeos que mediterráneos.

Mientras California hace surf, San Francisco pilla una faringitis.

Acabo de leer un bello libro que deberían emplear como apoyo logístico y background emocional todos los turistas antes de aventurarse.

Se titula, con todo el sentido, San Francisco Noir y es una guía, como detalla el subtítulo, de la ciudad como escenario de cine negro desde los años cuarenta hasta el presente. El autor es Nathaniel Rich, un periodista que adora el cine y, sobre todo, adora a San Francisco.

Desde la izquierda, carteles de 'Miedo súbito' (David Miller, 1952), 'Nacido para matar' (Robert Wise, 1947), 'El halcón maltés' (John Huston, 1941) y 'Woman on the run' (Norman Foster, 1950

El autor aventura, y estoy de acuerdo, que la niebla y sus espectrales consecuencias sobre una ciudad victoriana, portuaria y descalabrada en subidas y bajadas, tiene la culpa de la abundancia de películas negras que se han rodado en San Francisco: más de cuarenta.

El cine negro (denominación, por cierto, que inventaron los críticos estructuralistas franceses: film noir) quiere mostrar el contraluz moral de la sociedad, que a menudo parece moverse en espasmos o ser manejada por poderes ocultos ante los que poco margen tenemos los seres humanos excepto, de vez en cuando, pegar unos tiros.

Los historiadores sostienen que la primera película negra fue El halcón maltés, dirigida por el gran rebelde John Huston (1906-1987).

El film discurre en numerosos escenarios de la intrincada San Francisco, entre ellos el callejón Burritt, donde una placa recuerda uno de los momentos más dramáticos de la película.

El halcón maltés está basada en una novela de otro brillante contestario, Dashiell Hammett (1894-1961), que vivió en San Francisco, trabajó aquí como detective privado y situó en la ciudad las aventuras de su anti héroe Sam Spade.

El escritor Don Herron lleva 28 años organizando un tour de cuatro horas a pie por los escenarios de la ciudad donde Hammett vivió y situó la acción de buena parte de sus novelas. Es la más larga y prolija gira literaria de todos los EE UU.

Desde la izquierda, carteles de 'Casada con un comunista' (Robert Stevenson, 1949), 'La dama de Shangai' (Orson Wells, 1947), 'Vértigo' (Alfred Hitchcock, 1958) y 'Donde habita el peligro' (John Farrow, 1950)
Tal vez la película donde San Francisco aparece retratada con más esplendor sea Vértigo, la obra cargada de simbolismo freudiano donde Alfred Hitchcock (1899-1980) narra las pesquisas de un detective que sufre de acrofobia persiguiendo a una mujer melancólica y misteriosa.

La ciudad que muestra Hitchcock, que filmó la película en un nuevo sistema de alta resolución, VistaVision, es blanquísima y de colores muy saturados, casi de pesadilla.

Otra obra maestra con momentos clave en San Francisco es La dama de Shangai, de Orson Wells (1915-1985). La celebrada secuencia de los espejos fue rodada en un parque de atracciones demolido en 1972, el Playland de Ocean Beach, y el beso entre Wells y Rita Hayworth se desarrolla en el acuario Steinheart.

Desde la izquierda, carteles de 'Chantaje contra una mujer' (Blake Edwards, 1962), 'Harry, el sucio' (Don Siegel, 1971), 'Bullitt' (Peter Yates, 1968) y 'La invasión de los ladrones de cuerpos' (Don Siegel, 1956)

El detective Harry Callahan (interpretado por un inexpresivo Clint Eastwood) también debutó en San Francisco en la mítica Harry, el sucio, la primera película que aprovechó la paranoia social contra los serial killers y propuso una respuesta del mismo calibre: un policia sin escrúpulos y de gatillo nada selectivo.

Entre muchos edificios emblemáticos de la ciudad, el set más recordado quizá sea el estadio de fútbol americano Kezar, escenario de un inolvidable enfrentamiento nocturno entre los dos sicópatas, el asesino Scorpio y el policía.

Pero dejémonos de moñadas y vayamos a la verdadera acción. La secuencia cinematográfica que mejor ha utilizado en beneficio propio la orografía torturada de San Francisco es la persecución de coches de Bullitt: 9 minutos y 42 segundos que cambiaron para siempre la manera de rodar y montar la acción.

El Highland Green Mustang que conduce el teniente Frank Bullitt (Steve McQueen) persigue a un Dodge Charger con dos pistoleros, arrasando todo lo que encuentran. El pique se desarrolla a velocidad real (hasta 170 kilómetros por hora) en un buen número de calles de la ciudad, pero separadas, no contínuas.

El director Peter Yates (1929-2011) pidió permiso para que los coches atravesaran el Golden Gate, pero las autoridades locales se negaron. Cualquier punto de San Francisco es un set de cine negro en potencia, pero al puente-pastel, ni tocarlo.

 

Liturgia para San John Coltrane

[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]

Las fotos son de una celebración religiosa. Tiene lugar cada domingo en un bajo del 1246 de la calle Fillmore de San Francisco. Es la sede de la Iglesia Ortodoxa Africana de San John Coltrane, fundada hace casi 25 años.

El rito está fundado en el carácter sagrado del jazz ("música clásica afroamericana", prefieren llamarla) de John Coltrane, el músico y compositor al que consideran santo y veneran.

La liturgia se divide en tres partes: Sound Praise, Sound Bapstism y Sound Exocirm (sonido de alabanza, sonido bautismal y sonido de exorcismo). En todas ellas el lenguaje es el jazz y la música (batería, bajo, percusión, saxo, piano) no cesa.

El hombre que toca el saxo tenor con pasión y fiebre es el arzobispo Franzo Wayne King. Vió en concierto una vez a Coltrane en 1966 y sintió la necesidad de cambiar de vida. Afirma que es posible “conectar con las enseñanzas de Jesucristo" a través de la música del autor de uno de los discos de jazz más turbadores de la historia, A Love Supreme, editado en 1965, dos años antes de la muerte prematura del músico (cáncer de hígado) a los 40.

¿Extraño? En absoluto. La música de Coltrane era una búsqueda de trascendencia mística y comunión. Gran pecador en la juventud (mujeriego, alcohólico, heroinómano), en los últimos años de su vida se negaba a tocar en clubs, porque no los consideraba "lugares adecuados" para el jazz. El último concierto lo celebró en una iglesia.

La liturgia de la Iglesia Ortodoxa Africana de San John Coltrane tuvo muy pocos asistentes el domingo en el que hice las fotos. A la comunidad de fieles no parecía importarle la parroquia restringida: abundaban los gestos de tránsito y meditación y los bailes en busca de la paz rítmica que se alcanza con la danza.

Los solos improvisados de saxo del arzobispo King fueron inspirados. Los iconos de Coltrane que presiden la sala no parecían fuera de lugar.

God breathes through the holy horn of Saint John Coltrane (Mark Dukes)

 

El muerto 103º es un niño con una bala en la cabeza

Hiram Lawrence padre e Hiram Lawrence hijo [foto: captura de pantalla de Twitter]

Ambos se llaman Hiram Lawrence, el padre y el hijo. El niño cumpliría dos años el día 28 de este mes.

Mientras escribo estoy a la espera de que los médicos del Children’s Hospital de Oakland le desconecten de las máquinas que lo mantienen artificialmente con vida.

Hace once días, el 28 de noviembre, el crío recibió un disparo en la cabeza. Es el segundo niño que muere este año de un balazo en la ciudad, una de las más peligrosas y con más elevado índice de criminalidad de los EE UU.

En agosto, Carlos Fernández Navas, de tres años, fue alcanzado en el cuello por un tiro durante un ajuste de cuentas callejero relacionado, según la versión policial, con el tráfico de drogas. El niño se desangró sobre la acera. Dos jóvenes, de 26 y 22 años, fueron detenidos como presuntos autores del crimen.

Hiram Lawrence, que ingresó en el hospital en estado de muerte cerebral, estaba con su padre en el aparcamiento a cielo abierto de una licorería del oeste de la ciudad, cerca del complejo de viviendas sociales en las que reside la familia, Campbell Village, en el barrio de Lower Bottoms, donde en 2010 se registraron más homicidios, 26, que en ningún otro vecindario de la ciudad.

En el lugar se estaba grabando un vídeo de rap cuando, sobre las 18 horas, tres pistoleros comenzaron a disparar contra el grupo de personas que se había reunido en el aparcamiento. Hubo siete heridos y se encontraron 50 casquillos de bala en el lugar. Entre los agredidos hubo al menos dos que también contestaron con disparos.

Los peor parados resultaron Hiram, un hombre y una mujer. Estos dos últimos permanecen hospitalizados en estado grave. El padre del niño resultó herido levemente en una mano.

La Policía de Oakland dice que el ataque se debe a una guerra de feudos añeja entre pandillas de Campbel Village y la barriada limítrofe de Acorn. Ambas son zonas de amplísima mayoría negra y de clase baja, con altas tasas de desempleo y pobreza.

En lo que va de año, en la ciudad han muerto violentamente 103 personas -incluyendo al niño-. En 2010 se contabilizaron 94.

Oakland, que tiene 390.000 habitantes, es una de las ciudades con un índice de criminalidad más alto de los EE UU, el doble que, por ejemplo, su ciudad gemela, San Francisco, situada al otro lado de la bahía. Aplicado a Madrid, el índice de muertos violentamente de Oakland supondría más de 800 al año.

La comparación entre ambas ciudades es también dramática en ingresos per capita: 34.000 dólares anuales de media en San Francisco y 21.000 en Oakland.

Ningunos aviadores y se acabó

[Foto: Jose Ángel González]

Desde que llegué a San Francisco, hace nueve meses, he encontrado carpeterías, groceterías, washaterías y otros tan inexplicables como ocurrentes sustantivos.

Todavía son más absurdos si consideramos que ninguno de ellos lleva, en origen, la tilde -todavía inexistente tipográficamente por estas tierras pese a los 45 millones largos de hispanohablentes que habitan en los EE UU-. Son carpeterias, groceterias y washaterias, todas con acento fónico en la tercera sílaba.

Para quien no desentrañe los milagros de la bastardía gringo-latina, se trata de tiendas de alfombras (carpets), alimentos (groceries) y lavanderías (wash, lavar).

Puede ser todavía más complejo: "Tengo que pompear la llanta porque no tengo aseguranza".

Demente: "¿Te gustan mis socketines?".

O mucho más demente: "Voy a vacunar la carpeta".

Lo cual viene a ser, en español, "tengo que hinchar la rueda porque no tengo seguro", "¿te gustan mis calcetines?" y "voy a pasar la aspiradora por la alfombra".

Me gusta el melting-pop linguístico. Resulta adorable en su ternura y, con esfuerzo e imaginación, es fácil de entender.

Otra cosa es el cartel de la foto, que encontré pegado en un portal de la calle California.

El anónimo autor pretende ahuyentar a los repartidores de publicidad.

El mensaje en inglés es taxativo: "No flyers or circulars period", lo que viene a significar "no se admiten folletos o volantes punto" (ya sé, el "punto" final añade un primer punto, nunca mejor dicho, de ofuscación: ¿por qué demonios no utilizó el punto y escribió 'punto'?).

Permitan que me salte los ideogramas chinos. No ha llegado el momento -pero todo se andará- en que me vea obligado a ahondar en el mandarín.

La traducción al español es poesía bruta, arte povera, lengua viva:

"NINGUNOS AVIADORES O PERÍODO CIRSULARS".

Sospeché de la mala leche de los traductores online. Introduje en ellos la frase original: "No flyers or circulars period".

Google Translator me dice: "No volantes o circulares período".

Yahoo Babelfish: "Ningún período de los aviadores o de las circulares".

Dictionary.com: "Sin volantes o circulares período".

Microsoft Bing: "Ningún período de volantes o circulares".

En suma, tras tal cantidad de volantes y menstruaciones, como el desconocido poeta de vanguardia de la calle California, yo casi me quedo con "NINGUNOS AVIADORES O PERÍODO CIRSULARS" como traducción canónica.

Así, en caja alta y con gloriosa chulería. Todo flyer es un aviador y toda circular tiende a la cirsular.

Punto.

Raro y sabroso

The Funk Revival Orchestra [Foto: Jose Ángel González]
The Funk Revival Orchestra [Foto: Jose Ángel González]

The Funk Revival Orchestra [Foto: Jose Ángel González]
The Funk Revival Orchestra [Foto: Jose Ángel González]
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The Funk Revival Orchestra [Foto: Jose Ángel González]

En dos semanas los he visto un par de veces en directo y siguen ardiendo. Como dice una de sus canciones, The Funk Revival Orchestra ofrece un sonido "raro y sabroso".

La apuesta es arriesgada: hay una docena de músicos sobre la tarima. Mucho cuero (bongó, congas, timbales), aún más metal (saxos, flautas, trombones, trompeta), guitarra con fiebre, la sección rítmica de bajo-uppercut y batería y un piano sincopado.

El estilo no es precisamente nuevo. Lo han ido a buscar a los rincones más sudorosos de los años sesenta y setenta, cuando los músicos latinos empezaron a cruzar las fronteras del funk y el soul, mezclarlos con un poco de africanía y jazz y obtener un magma de groove y pegada fulminantes.

The Funk Revival Orchestra (o FRO, como firman en acrónimo) proceden de Oakland. La big band, coordinada por Marc LeBlanc (bajo eléctrico), nació en 2008. En mente tenían a Tower of Power, The Meters, David Axelrod, Lalo Schifrin, Mongo Santamaría y otros monstruos del boogaloo extremo.

Hace unos meses se aliaron con Camilo Landau, el vocalista de Carne Cruda, un James Brown con guayabera, y Héctor Lugo, el Señor Percusión de San Francisco y líder de La Mixta Criolla.

El explosivo es letal. La semana pasada tocaron en el Elbo Room, un garito histórico de la calle Valencia, y reventaron la noche.

El sábado, en el BooM BooM RooM de Fillmore, inyectaron ritmo abrasivo sobre la madrugada hasta aclararla.

Hay que creérselo mucho y con orgullo para atreverse con Fiyo on the Bayo y salir bien parado de la comparación.

Las fotos son de ambos conciertos y no hacen honor a la temperatura ambiente, al baile y la cocina suave y brava de este combo de breakbeat que no tiene miedo a irse al pasado para regresar y renovarlo.

Ana Teresa Fernández, contra la nostalgia

 Aquarius (Ana Teresa Fernández)

Siren's Shadow (Ana Teresa Fernández)

Tiene cierto sentido que debas atravesar el gueto para llegar al estudio de Ana Teresa Fernández, en los confines de Hunter's Point, en la esquina sudoriental de San Francisco.

Las calles están muy vacías al mediodía y la vida es un latido sordo, apenas un presentimiento en el interior de las casas pobres. Sólo hay movimiento en torno a la licorería, en la esquina.

Espalda contra pared, dos docenas de personas de raza negra ejecutan la coreografía de las mañanas vacías.

Hace sol. Las sombras son siempre más largas en el mes de diciembre y la catarsis que danzan los sin futuro tiene cierta nobleza proyectada contra el muro blanco. En otras circunstancias uno podría imaginar una performance con este material.

El arte que Ana Teresa desarrolla en su estudio tiene una raíz profunda. Es, como el ánimo de las personas que rodean la licorería: catártico y consciente de su simpleza. Toda expresión ha de ser humilde o no ser.

Para llegar debes atravesar el gueto, la peligrosa barriada de Bayview, marginada y socialmente enferma, el patio de atrás que nunca figurará en las guías de la dorada San Francisco

Ana Teresa pinta como si los pinceles se revelasen de su condición mediadora y quisieran ser retinas: con una contundencia de realidad. También hace escultura social  e instalaciones site specific. Casi siempre se compromete y es ella misma quien pone la piel.

Fue una Ice Queen (Reina de Hielo), en las calles infernales de Oakland, la ciudad del crimen y el abandono que puede verse desde aquí, al otro lado de la bahía. Con zapatos de tacón de hielo, stilettos de cristal frío para una Cenicienta crepuscular, casi deja los piés en el empeño: los zapatos-témpano tardaron casi tres cuartos de hora en derretirse.

Vestida de cóctel (le gusta juguetear con la evidencia de que "los hombres quieren a una dama en la mesa, y a una puta en la cama”), se dedicó a pintar de azul cielo la barda de rieles de tren que separa con altiva grosería Tijuana (México) de San Diego (EE UU) sobre la arena de una playa.

Ahora acaba de rellenar de plumas negras el pasillo del detector de metales del Consulado de México en San Francisco. Llama a la instalación Flock (bandada de pájaros).

Así son las performances de esta mexicana de Tampico que acaba de cumplir 30 años y que desde los 11 vive en los EE UU: radicales.

La publicación semanal San Francisco Bay Guardian le acaba de conceder un goldie como la mejor figura de artes visuales del año. "Un brillante realismo que pone en primer plano lo físico y la sensualidad", decía el titular.

De camino hacia su estudio esperaba encontrarme a una artista de acero templado, una hiperrealista dura como la vida. Sabía pocos detalles. Que hace surf, una forma angélica de comunión con el océano, era el más tranquilizador.

En la vieja y hermosa casa-almacén de madera pintada de color vino -seguramente un resto de los tiempos en que Hunter's Point era una prolongación del mar y su economía-, Ana Teresa abre la puerta.

[foto: Jose Ángel González]

Lamparones de pintura en los pantalones de pana, una vieja hood gris, una sonrisa que nunca se apaga en la mirada...

Recuerda que es nieta por parte de padre de vascos que escaparon del gueto español de la posguerra, está feliz porque acaba de ser invitada a PHotoEspaña 2012, le gusta vivir en los EE UU ("en México nunca hubiera podido hacer lo que hago aquí"), se presta al juego inocente de la entrevista...

Poco antes de despedirme de Ana Teresa, habíamos hablado de la falsa reivindicación de las raíces por medio de lo que nunca volverá. Le comento que en San Francisco encuentro a muchos latinos viviendo conectados a la nostalgia.

Ella dice:

- Eso es: la nostalgia, como cantar una canción vieja. Hay que inventar canciones nuevas para cantarlas.

Jose Ángel González


Crónicas vitales de un periodista español emigrado a la Bahía de San Francisco, en California, el estado con mayor presencia de latinos e hispanohablantes de los Estados Unidos.
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