4 posts de febrero 2012

Anticipo de primavera en color y blanco y negro

[Foto: Jose Ángel González]Nadie sufre el ansia de primavera con tanto dolor como el magnolio. Desde finales de enero los 184 géneros de la familia avanzan la floración, espectacular como pocas, anunciando antes de fecha, como con prisas, que la oscuridad invernal comienza a flojear y la luz vuelve a triunfar en la circular batalla de las estaciones.

La temperatura benévola de este invierno en San Francisco ha ayudado a las magnolias. En el Jardín Botánico de la ciudad, donde hice la foto de tonos arrebatados que abre esta entrada, organizan, como cada año, un paseo por las magnolias. Están muy orgullosos de la colección y tienen motivos: acaba de cumplir 75 años y es la más importante reunida en un botánico fuera de China.

[Foto: Jose Ángel González]
En el Botánico de San Francisco, que es de entrada gratuita para los vecinos de la ciudad, viven 49.000 mil ejemplares de 8.500 tipos de plantas de todo el mundo.

Fui al jardín este fin de semana para adelantarme yo también a la primavera. A veces es saludable comportarte como los árboles y las plantas.

El botánico ocupa una mínima porción del Golden Gate Park, el parque urbano más bonito de los que conozco. Gana de calle a Central Park (Nueva York) en tamaño y paz y a Hyde Park (Londres) en esplendor. Los jardincitos afrancesados de sendero de pedregal y parterre mírame-y-no-me-toques ni siquieran merecen ser introducidos en la pugna.

El Golden Gate Park tiene una superficie de 411 hectáreas (algo así como 450 campos de fútbol) y forma de rectángulo. Llega desde la zona de Haight hasta el océano Pacífico, una distancia de unos cinco kilómetros.  Trece millones de personas visitan el parque cada año. Yo tengo la fortuna de vivir cerca, a ocho manzanas.

[Foto: Jose Ángel González]
Es tarea difícil describir un parque, sobre todo cuando no se trata de una de una obra de landscape artificioso con un prima donna de la arquitectura detrás. Acaso baste con indicar que el Golden Gate no es notable por su inmensidad, sino porque imita a la naturaleza. En la casi imposible tarea no queda mal parado.

El parque nació por necesidad y capricho. Superada la mitad del siglo XIX, en San Francisco comenzaron a hacerse tangibles las ganancias de la Fiebre del Oro: abrieron grandes bancos, se levantaron masiones victorianas, se estableció Chinatown -con descendientes de los trabajadores que construyeron, en condiciones de esclavismo, el tren transcontinental- y se tendieron las primeras líneas de tranvías...

La ciudad reclamaba extenderse, buscar territorio para nuevos desarrollos residenciales donde acoger a la mano de obra emigrante que llegaba atraida por la mítica llamada de California. ¿Qué mejor anzuelo que un parque para llamar a la madera, el cemento y el ladrillo?

Izquierda: William Hammond Hall. Derecha: John McLaren
Los señores de la foto son los padres del Golden Gate Park. Los gestos hacen justicia a sus respectivos ánimos. A la izquierda, el ingeniero William Hammond Hall (1846-1934), un utopista de las obras civiles que se empeñó en convertir en un vergel las outside lands (tierras exteriores) de la ciudad, un terreno yermo de dunas de arena venteadas por el feroz Pacífico.

A la derecha, el jardinero jefe John McLaren (1846-1943), un escocés cultivado en el valor benéfico sobre el alma del green, aunque, en su caso, no parece haberle dulcificado: era cruel con los operarios a su cargo, que se alertaban unos a otros ("wild game is coming!", decían: "¡llega la locura!") cuando le veían aparecer en tareas de supervisión.

El carácter incansable de Hall, los conocimientos hortícolas de McLaren y el dinero de los Cuatro Grandes, el lobby de millonarios que estaba tras el ferrocarril transcontinental, hicieron posible el milagro. Asentaron el terreno plantando más de 200.000 árboles y en 1886 el complejo de dunas era un vergel.

[Foto: Jose Ángel González]Aunque el departamento de Parques y Jardines del Ayuntamiento de San Francisco atraviesa malos tiempos, con déficits acumulados de unos 10 millones de dólares anuales (unos 7,5 millones de euros) desde hace cinco años y congelación de plantilla (850 empleados para 220 instalaciones en una ciudad donde el aire libre y la cesta de pícnic son religión), el Golden Gate Park -que, por cierto, no tiene nada que ver con el puente del mismo nombre- funciona de manera bastante eficaz.

El parque, limpísimo y bien conservado, es edénico si se aplican los estándares españoles: la hierba puede ser utilizada (ningún absurdo letrero advierte que está prohibido pisarla, como si se tratara de un fresco prerromano), hay instalaciones sanitarias suficientes (¡y con papel higiénico y jabón!) para no convertir los setos en letrinas, se puede optar por el silencio de un umbrío jardín de rocas o la limpieza abierta de grandes praderas, sobran las mesas de madera para meriendas y otros festejos, los cubos de basura, los carteles informativos, hay varios museos en el interior del parque...

[Foto: Jose Ángel González]

[Foto: Jose Ángel González]
Aunque en mi visita de este fin de semana me dejé llevar por el magnetismo de los colores y acabé haciendo las fotos que he insertado hasta ahora en esta entrada con la Canon 5D digital, mi intención inicial era retratar la primavera en el parque con cámaras analógicas y película en blanco y negro que revelo yo mismo en casa.

Llevé dos viejas amigas, una Holga 120S -nada de lomografía, no soy de esa tribu esnob: la mía me costó menos de 20 euros- y una Pouva Start de los años cincuenta que compré de segunda mano en Berlín por aún menos. Coloco para cerrar el post algunos de los pequeños milagros que salieron de sus humildes carcasas y lentes plásticas. También en blanco y negro proletario la primavera ha llegado antes al Golden Gate Park.

  [Foto: Jose Ángel González]

[Foto: Jose Ángel González]

[Foto: Jose Ángel González]

[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]

Las ruinas de una casa de baños, una cámara gigante, el vuelo del albatros...

Interior de los baños de Sutro

 Los Sutro Baths eran la casa de baños de agua salada más grande del mundo. Las siete piscinas, a diferentes temperaturas, podían acoger a 10.000 personas al mismo tiempo. Había espacio suficiente para tirarsepor los trampolines, bracear, practicar la natación, descansar en los jardines orientales y acicalarse en los más de 517 vestuarios privados.

Fueron inagurados en 1896 tras un largo proceso de construcción que financió el ingeniero y empresario Adolph Heinrich Joseph Sutro (1830-1898), un judío-alemán que había emigrado a los EE UU a los 20 años y hecho fortuna con la excavación de túneles ferroviarios y la minería. Sus golpes de efecto populistas, entre ellos la casa de baños y un acuario, le llevaron a ser elegido alcalde.

Los Sutro Baths alcanzaron una gran fama. En 1897, el inventor Thomas Alva Edison grabó dos películas que confirman el éxito y el bullicioso ambiente de la instalación. Pueden verse online o descargarse en la Biblioteca del Congreso de los EE UU en éste y éste otro vínculos.

  Ruinas de los Sutro Baths [Foto: Jose Ángel González]

El emplazamiento que ocupó la glamurosa casa de baños acristalada es ahora una plácida ruina ubicada al noroeste de San Francisco. Pueden adivinarse los contornos de las piscinas, algunos escalones y oxidadas estructuras, pero nada más queda a la vista del espléndido pasado.

Aunque el fundador dedicó una fortuna a mantenerlos en activo y añadir atractivos (un museo de objetos exóticos y rarezas, desde automátas hasta fieras disecadas que Sutro compró en sus muchos viajes), mantener el costoso sistema de calentamiento del agua y las instalaciones complejas era demasiada carga incluso para un multimillonario.

En 1952, tras intentar una última reconversión del lugar en pista de patinaje -puede verse en funcionamiento en una secuencia de la película The Ring (1951)-, el nieto de Sutro vendió la propiedad por 250.000 dólares a los dueños del cercano parque de atracciones Playland at the Beach (también hoy inexistente), situado en la brava y venteada playa de Ocean.

Ruinas de los Sutro Baths [Foto: Jose Ángel González]

En una ciudad con tantos lugares para la fuga como San Francisco, Sutro no brilla con la misma intensidad que otros, pero tiene cualidades que merecen la visita: las rompientes del Pacífico, las cercanas rocas donde en primavera buscan solaz los leones marinos y el ejercicio del flashback de la imaginación hacen necesaria la visita.

Aunque los Sutro Baths salieron con pocas heridas del gran terremoto de 1906 (apenas unas cuantas cúpulas de cristal rotas), el abandono pudo con ellos. En 1966, poco después de que fueran cerrados definitivamente al público, un incendio acabó con la estructura. Se investigó la posibilidad de que el fuego fuese intencionado para cobrar algún tipo de póliza, pero el posible delito no llegó a ser probado.

La Cliff House en su esplendor
La Cliff House incendiándose, 1907

En 1907 había ardido también la vecina Cliff House, una espectacular casa victoriana que parecía mantener sus ocho pisos de altura en equlibrio sobre los acantilados. Había sido comprada y reconstruida por Sutro en 1896 para ofrecer una alternativa esnob a los populares baños. También, porque al empresario le importaba el qué dirán, para acabar con el negocio establecido desde hacía décadas en la más modesta construcción original: un burdel.

La Cliff House era un restaurante de postín (con 20 comedores de diversos tamaños y estilos), galería de arte y salón de music-hall y variedades. Ahora es un restaurante caro y de arquitectura irritante a la vista, lo cual es realmente difícil en una ciudad donde la armonía impone su ley.

Camera Obscura [Foto: Jose Ángel González]
El tesoro de la Cliff House está casi escondido en una de sus terrazas traseras. La construcción de seis metros por seis que aparece en la imágen es la Camera Obscura o Giant Camera, fabricada en 1946. Es un cuarto oscuro que funciona como una cámara de fotos pinhole.

Un espejo rotatorio situado en la cúspide refleja la imagen del exterior hasta la superficie de un cristal parabólico. El efecto, ver una foto real del mundo exterior en contínuo movimiento de 360 grados, es mágico.

Interior de la Camera Obscura [Foto: Jose Ángel González]
Tras la contemplación del mar, más irisado que nunca, en el espejo de 15 centímetros de diámetro (consejo: conviene ir a la Camera Obscura en días claros para no salir decepcionado y sentir que se han malgastado los tres dólares de la entrada), lo conveniente es bajar a Ocean Beach, la más larga de las playas de San Francisco.

No esperen un paraíso californiano de tarjeta postal. El baño es casi imposible por el oleaje y los tiburones, aunque los surfistas, que entienden el idioma del océano, se atreven con todo. El viento es una gran e incansable bocanada y la arena fina se clava en la piel. Consejo: mirar hacia el cielo y dejarse llevar por el vuelo de los albatros.

Silueta de un albatros sobre Ocean Beach [Foto: Jose Ángel González]

La pared de muertos de Verónica de Jesús

Escaparate de Dog Eared Books [Foto: Jose Ángel González]

San Francisco es una ciudad de buenas librerías. Intenté explicar en otro lugar de este blog la fascinación que siento por algunas y la sorpresa de haber encontrado aquí lo que en España ha dejado de existir por nuestra grandísima culpa: un mercado barato y amplio de libros usados que sustente la cadena de milagros de la letra que, de tanta mano que la sostiene, nunca muere.

Una de las primeras librerías que se cruzó en mi camino, unos días después de la llegada, fue la de la foto.

Tenía los sentidos presos por la mordaza del jet lag y el descarrío del recién llegado y no me dejé seducir por la elegante casa de trazo victoriano en la esquina de Valencia con la Avenida 20, ni por el singular nombre del establecimiento: Dog Eared Books. Tardé meses en conocer la traducción: libros con orejas de perro son aquellos que, de tanto circular por propietarios y destinos, terminan combados, con sus cubiertas y páginas dobladas en una feliz y flaccida vejez, perdida para siempre la rigidez inicial, la artritis juvenil. Todos tenemos un libro con orejas de perro en casa y quien no lo tenga no sabe nada sobre la parte luminosa de la existencia.

Detalle del escaparate de Dog Eared Books [Foto: Jose Ángel González]
El magnetismo inicial de la librería sobre mí llegó desde la zona derecha del escaparate: una pared de muertos, decenas de dibujos-obituario realizados en una humilde cuartilla blanca y con no menos modestos materiales (bolígrafos de colores, rotuladores y, aquí y allá, leves manchas de acuarela).

Porque soy de los que guardan recortes de prensa con las notas mortuorias dentro de los libros, discos o películas y me gusta cuidar con mino a mis cadáveres preferidos, la cristalera con los dibujos necrológicos me cautivó. Aquella primera vez y todas las demás he dedicado algunos minutos, con la cortesía de quien recorre las lápidas de un cementerio, a repasar el catálogo de muertos.

Encontré a personas muy importantes para mí (el pobre David Foster Wallace, cuyo suicidio sentí como el de un hermano; Alex Chilton, que cantó una de las canciones de mi vida; el jinete negro de la redención, Johnny Cash...) y otras cuyo tránsito sólo me afectó por la bronca del falso duelo mediático (Michael Jackson y J.D. Salinger, por ejemplo).

Alex Chilton [Dibujo: Verónica de Jesús]

Con el tiempo me he enterado que la pared de muertos es cosa de Verónica de Jesús, que llama a su proyecto memorials (monumentos) y se dedica a renovarlo una vez a la semana, cada viernes por la tarde.

La artista, que vive en Oakland, ha editado un primer volumen con los dibujos, Hello Now from Everywhere, y está a punto de editar el segundo. 

Amy Winehouse [Dibujo: Verónica de Jesús]

 En el texto que acompañará el nuevo libro, Regina Clarkinia -que está casada con De Jesús-, dice que estos dibujos de acabado naíf convierten a los muertos en ancestros de todos nosotros resaltando, más allá de la fama o el alcance público de cada personaje, su figura como trazo único e irrepetible, como las líneas de la mano.

La pared de muertos de Dog Eared Books es una de esas pequeñas maravillas que hacen a esta ciudad única, virtuosa, sopresiva...

¿Qué significa 'nosotros' para Mitt Romney?



Parece claro que el republicano Mitt Romney, que encabeza la carrera en las primarias de los conservadores para decidir quién disputará la Casa Blanca a Barack Obama, empieza a ser consciente de lo que representará el voto latino en las elecciones presidenciales del 6 de noviembre en los EE UU.

El anuncio electoral que encabeza esta entrada, narrado por Craig Romney, el más joven (31 años) de los cinco hijos del candidato, que en marzo cumplirá 65, fue insertado en todas las cadenas de televisión del estado de Florida, donde hace cuatro días se celebraron las primarias. Romney arrasó con el 46,4% de los votos.

El spot en español del candidato mormón no era un simple guiño a los militantes republicanos de origen latino de Florida, poco numerosos (el 11% del total), sino a los de todo el país. En noviembre tendrán derecho a voto para elegir al 45º presidente de la nación unos 22 millones de latinos sobre un censo electoral de casi 232 millones de personas. 

La tajada es importante y Romney lo sabe. Por eso se atreve a utilizar como anzuelo el pronombre en primera personal del plural ("nosotros") y a (mal) pronunciar la frasecita final del anuncio televisivo: "Soy Mitt Romney y apruebo este mensaje. Muchas gracias".

Dados sus antecedentes familiares, acaso el presumible candidato debería apañárselas un poco mejor con el idioma.

El exgobernador de Massachussets y candidato presidencial republicano, Mitt Romne [Foto: Reuters/Jeff Haynes]
Miles Park Romney, el bisabuelo del político conservador, escapó de los EE UU en 1885 y se estableció en una colonia de mormones en la Sierra Madre mexicana de Chihuahua. Escapaban de las leyes estadounidenses que prohibían la poligamia. Tuvo cuatro mujeres y treinta hijos.

Gaskell Romney, el abuelo del político republicano, y George Romney, el padre, nacieron en México.

Casi cuarenta familiares directos del posible rival de Obama viven todavía en la misma zona de México y son, como él, devotos fieles desde hace cinco generaciones de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, que conocemos popularmente como iglesia mormona.

Durante la campaña previa a las votaciones primarias en Florida, Romney moderó su discurso contra la inmigración, pero sus ideología volvió a jugarle dos malas pasadas.

Primera. En un debate televisivo propuso como solución para combatir la inmigración ilegal lo que llamó, inventando un término, "auto deportación". Al intentar definir el contrasentido, un oxímoron (nadie se puede desterrar a sí mismo) dijo: "Es cuando la gente decide que haría mejor regresando a su país porque no pueden encontrar trabajo aquí, porque no tienen la documentación legal que les permita trabajar".

 Segunda. El mismo día en que comezaban las inserciones del spot en español, Romney anunció que su candidatura es apoyada por Kris Kobach, el joven abogado y político de Kansas al que en EE UU se conoce por arquitecto de la anti-inmigración y deportador en jefe por ser el inspirador de las durísimas (y quizá anticonstitucinales) leyes SB 1070 de Arizonay la HB 56 de Alabama, que permiten a la Policía considerar sospechosos de delito a todos los que por su simple aspecto puedan parecer inmigrantes.

Es difícil saber a quien incluye Romney, el hijo de un mexicano de nacimiento (aunque suele ocultar el detalle o pasar de puntillas sobre él), en el pronombre"nosotros".

Jose Ángel González


Crónicas vitales de un periodista español emigrado a la Bahía de San Francisco, en California, el estado con mayor presencia de latinos e hispanohablantes de los Estados Unidos.
Ver perfil »

Síguenos en...