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City Lights cumple 60 años y Ferlinghetti va camino de 95

Fred Lyon - Sleigh Ride, Kearny Street, North Beach  1952 - Courtesy of the artist and Modernbook Gallery, San Francisco

Fred Lyon - Setting Out to Sea, China Camp, San Francisco Bay 1952 - Courtesy of the artist and Modernbook Gallery, San Francisco

Fred Lyon - Street Urchin, Telegraph Hill  1958 - Courtesy of the artist and Modernbook Gallery, San Francisco Estas fotos de Fred Lyon, tomadas en la década de los años cincuenta del siglo XX, pueden servir para imaginar cómo era la ciudad que encontró Lawrence Ferlinghetti cuando llegó por primera vez a San Francisco en 1951. "Era una ciudad blanca, portuaria, de aire limpio y ambiente mediterráneo. Podría pensarse que se trataba de Marsella", comentaría más tarde el poeta, que acababa de terminar sus estudios de doctorado en París con una tesis sobre la ciudad como símbolo literario.

Con 32 años y un pasado en el que no habían faltado el dolor —padre italiano muerto seis meses antes del nacimiento del hijo y madre francesa-portuguesa-sefardí internada en un manicomio tras el parto—, el extrañamiento —estancias en orfanatos antes de ser criado por familiares lejanos— y la visión directa de la sangre derramada en el sinsentido bélico —participó en el desembarco de Normandía y luego fue destinado al frente del Pacífico, con destino en Nagasaki solamente semanas después del estallido de la segunda bomba atómica lanzada por su país contra civiles—, Ferlinghetti había decidido dedicarse a la literatura como medio de construir caminos hacia la paz.

En 1953 tenía claro cómo: mediante una librería que también fuese editorial. La idea no fue enteramente suya: le empujó como socio e inspirador el profesor de Sociología Peter D. Martin, editor de una revistilla de poesía que se llamaba City Lights en homenaje a la que acaso sea la más bella película de Chaplin. Reunieron 500 dólares por cabeza, alquilaron un local en un edificio en chaflán en North Beach, la Pequeña Italia de San Francisco, y abrieron City Lights Bookstore.

En los sesenta años transcurridos desde entonces las fotos de blanca inocencia de pilluelos callejeros y aprendices de Huck Finn en las aguas de la Bahía se han reducido a arqueología social y el aire mediterráneo de San Francisco ha sido aspirado por el sistema triturador de la historia.

[City Lights, entre turistas - Foto: Jose Ángel González] [El Callejón Jack Kerouac, lindante con City Lights - Foto: Jose Ángel González] [Detalle del escaparate de City Lights - Foto: Jose Ángel González]

[Detalle del escaparate de City Lights - Foto: Jose Ángel González] City Lights ha sido declarada monumento histórico, tiene más de una decena de empleados y, pese a arrastar los mismos problemas financieros que todas las librerías de un mundo en el que muy pocos seguimos leyendo, sigue despachando libros. Desde hace muchos años en la clientela mandan los turistas atraídos por el nostálgico magnetismo de la librería donde nació la beat generation. Eso, al menos, dicen las guías, que, como siempre, sólo cuentan medias verdades: los beat ya funcionaban como colectivo más o menos estructurado desde 1948 y, si se puede hablar de hogar fundacional, este es la lejana y muy clasista Universidad de Columbia de Nueva York, donde Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Gingsberg, los padres del invento, empezaron a discutir cómo dinamitar el viejo orden literario.

A punto de cumplir 95 años —los celebrará en 2014—, Ferlinghetti se mantiene activo. Pinta, escribe poemas —nunca fue demasiado bueno, pero le pone ardor a sus "oraciones revolucionarias"—, firma manifiestos de apoyo a esta y aquella causa y de vez en cuando aparece en público. Dicen que conserva el buen humor beatífico de siempre.

Acaban de estrenar el documental Ferlinghetti: A Rebirth of Wonder. Dirigido por Christopher Felver, condensa la vida del poeta-editor y enfatiza algunos de sus momentos de gloria, sobre todo el juicio de 1957 en el que afrontó una acusación por obscenidad tras publicar y vender Howl (Aullido) [PDF], el cántico visceral de Ginsberg cuyas dos primeras estrofas son tan socorridas como un chascarrillo: He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura, famélicos, histéricos, desnudos, / arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de un colérico chute.

En espera del proceso y durante las concurridísimas sesiones —la mejor de las campañas publicitarias es que te juzguen por guarrillo—, Ferlinghetti hizo campaña en favor de la libertad editorial y de expresión vendiendo a las claras "libros prohibidos" por las muy pacatas instituciones judiciales estadounidenses. La sentencia que declaró no encontrar indicios de obscenidad en el poema sentó un precedente jurídico que abrió las puertas a muchas obras que hasta entonces no se podían leer sin correr el peligro de terminar en la comisaría.

Shig Murao - Foto: www.shigmurao.org

El personaje olvidado de esta historia de coraje es Shig Murao, el dependiente de origen japonés City Lights a quien un policía encubierto tendió una celada al pedirle un ejemplar de Howl. Cuando el empleado se lo despachó sacándolo de un cajón, el agente procedió a la detención y Murao compartió el banquillo de los acusados con Ferlinghetti. Fue despedido por éste de la librería en 1975 tras un ataque al corazón, ejerció la vida beat hasta las últimas consecuencias —vendía fanzines autoeditados sobre un tapete colocado en las aceras de North Beach— y murió en 1999 tras un accidente de la silla eléctrica de ruedas en la que se desplazaba. Ferlinghetti vendiendo libros prohibidos

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Jose Ángel González


Crónicas vitales de un periodista español emigrado a la Bahía de San Francisco, en California, el estado con mayor presencia de latinos e hispanohablantes de los Estados Unidos.
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