8 posts de agosto 2013

Muere José Sarria, el primer gay en postularse para un cargo público

[Izquierda, José Sarria tras la II Guerra Mundial. Derecha, la Emperatriz I]

El soldado y la Emperatriz I de San Francisco son la misma persona: José Julio Sarria, que acaba de morir, a los 90 años, por las complicaciones de un cáncer.

Drag queen, pionero del activismo prohomosexual y primera persona abiertamente gay en postularse para un cargo público en los EE UU, Sarria, de orígenes hispano-colombianos, era un personaje muy estimado en la ciudad en la que nació, fue detenido y humillado, calentó las noches, peleó contra disposiciones administrativas abusivas y se enfrentó a la Policía de los años duros de la homofobia.

En 1961, más de una década y media antes del tiempo de libertad social y tolerancia de Harvey Milk —del que fue gran amigo—, Sarria decidió presentarse al cargo de concejal del Ayuntamiento de San Francisco. Concurrió a una votación para cubrir nueve escaños a la que se presentaron 34 candidatos y quedó en la novena posición, con casi seis mil votos.

El buen resultado tiene una dimensión totalmente distinta y se convierte en una victoria al considerar que el candidato se mostró durante la campaña, bajo un eslogan corto pero claro: "Igualdad", como abiertamente homosexual y prometió defender desde la sede municipal los derechos del colectivo gay. Desde aquel día, como afirmaba Sarria, "ningún político de San Francisco se ha atrevido a desdeñar a la comunidad gay".

[Anuncio electoral de Sarria, 1961]
Fue el primer estadounidense —y seguramente una de las primeras personas del mundo— en atreverse a salir del armario y optar a un cargo público sin esconder la homosexualidad que había elegido como opción personal. Lo hizo en un momento especialmente duro, con las consecuencias del macarthismo todavía vigentes y leyes locales durísimas contra los viciosos.

Sarria fue víctima del fanatismo intolerante: lo detuvieron en numerosas ocasiones por "indecencia" y "atentados contra la moral" por mantener encuentros clandestinos con otros hombres. Los antecedentes policiales le cerraron el camino para terminar los estudios que había iniciado para hacerse maestro. Un fichado por "desviación sexual" no podía entrar en un aula y dar clases en aquellos años.

Obligado por las circunstancias, el inquieto Sarria, que había terminado la II Guerra Mundial como sargento, se ganó la vida como drag queen estelar del Black Cat, un local del barrio de North Beach, donde realizó parodias de escenas operísticas hasta 1963. Combinaba las lentejuelas con el activismo y participó en la fundación de dos grupos embrionarios de la defensa de los derechos de los homosexuales, la League for Civil Education y la Society for Individual Rights.

Más tarde fue el impulsor del International Court System, una organización de reinonas que promulgó el nombramiento de emperatrices para los EE UU, Canada y México. Sarria fue la Emperatriz I y se presentaba como "viuda" del Emperador Norton, un excéntrico personaje del siglo XIX venerado en la ciudad de San Francisco, donde le daban de comer en los mejores restaurantes, le reservaban sitio en los plenos municipales y le consideraban el mejor juez para resolver conflictos.

Nacido en San Francisco el 12 de diciembre de 1922, el activista gay era hijo de la colombiana María Dolores Maldonado, nacida en Bogotá y de clase alta, obligada a escapar de su país por motivos políticos, y de Julio Sarria, un español que también se había ido a EE UU en busca de asilo y fortuna. El niño fue criado por varias familias de acogida porque sus padres no tuvieron la suerte de su lado y pasaron por graves reveses económicos.

[Soy un chico]
De corta estatura (1,55 metros, tuvo que ponerse alzas para ser admitido en el ejército) y gran sentido del humor, Sarria promovió inteligentes campañas contra la discrimación de los gay cuando casi nadie se atrevía. A finales de la década de los años cincuenta, para evitar las redadas indiscriminadas de la policía contra los travestis y las drag queens, acusados del delito de "engaño" que contemplaba una caduca normativa municipal, repartió una sencilla silueta de gato con la leyenda "soy un chico" para que sus colegas la llevasen prendida a la ropa y no pudiesen ser imputados de ningún tipo de "engaño" o equívoco. La argucia triunfó cuando varios detenidos demandaron a los agentes y ganaron los casos.

"No quiero ser recordado como el pequeño hispano que salía al escenario a cantar God Save the Nelly Queens [himno de las drag queens, con la música del británico God Save the Queen]. Hice algo más que eso con mi vida... Quiero ser recordado por lo bueno que he logrado. Fui el primero. El primero en organizar grupos sin ánimo de lucro de defensa de los gay", declaró hace unos años Sarria.

La mayor colección privada de fotos está en un muelle de San Francisco

[Foto: Jose Ángel González]

Fotos en penumbra y sin información ajena a la que emana de las imágenes: ni fichas informativa con el nombre del autor, el título de la obra, el lugar y la fecha; ni textos explicativos en las mamparas; ni mucho menos guías, sean presenciales o grabadas. La foto y tú, nada más.

En el emplazamiento de un viejo muelle portuario de San Francisco, clavado por pilotes al fondo de la bahía, han instalado una de las galerías de fotografía más extremas del mundo. Se trata de entender las fotos con las entrañas y los ojos, sin saber nada más.

Pier 24 es la galería privada dedicada sólo a fotografía más grande de los EE UU —2.600 metros cuadrados, mayor, por ejemplo, que las salas de exposiciones temporales del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía—.

[Foto: Jose Ángel González]
¿Precio de la entrada? Ni un céntimo. La pinacoteca fotográfica de San Francisco abre de lunes a jueves, de 9 a 17 horas y nunca cobra.

¿Atestado de público? Al contrario, los gestores quieren garantizar la tranquilidad del encuentro intimo con las imágenes mediante un sistema de cita previa (un apunte necesario: solicité cita hace dos semanas, no hay una lista de espera inasumible). Nunca hay más de veinte personas por grupo y la soledad es tan infrecuente en un espacio expositivo que, acostumbrados como estamos a las verbenas artísticas de multitudes, incluso resulta incómoda en un primer momento.

¿Te meten prisa? Ni por asomo: cada grupo tiene dos horas para hacer lo que quiera dentro de la instalación.

Otras excepcionalidades: no hay vigilantes paranoides siguiendo al visitante como si éste fuese un vándalo en potencia y puedes hacer todas las fotos que quieras (sin flash), dejando en evidencia esas disposiciones aldeanas de los museos oficiales que pretenden venderte en la librería una postalita por cinco euros.

[Foto: Jose Ángel González]
Acabo de visitar este extraño lugar. Aunque lo que exhiben en este momento no me chifla —la muestra temática A Sense of Place—, la política de Pier 24 es rompedora porque está basada en un principio simple: el respeto por la fotografía y la creencia de que se trata de un arte mayor capaz de golpear las emociones con la misma intensidad que cualquier otra expresión plástica.

Algo así sólo es posible merced al capricho personal de una persona con la cartera bien forrada. La galería del muelle es la iniciativa personal de Andy Pilara (71 años), que ha labrado desde los años setenta fortuna suficiente como broker de inversiones y negociante de mercados como para montar la Pilara Foundation, propietaria del Pier 24 y, es de suponer, buen instrumento para desgravar impuestos.

Pilara descubrió la fotografía hace sólo diez años. Sintió, dice en una entrevista, "una pasión que no puede describirse con palabras" e inició la compra de obras de algunos de los autores más notables del género. La liquidez y el ansia le han llevado a reunir dos mil fotografías, una de las colecciones particulares más importantes del mundo, con piezas de Walker Evans, Dorothea Lange, Robert Frank, Diane Arbus, August Sander, Daido Moriyama...

Su pretensión es que los visitantes a la galería dialoguen con las imágenes en un espacio en penumbras y tranquilo.

Mi primer funeral en San Francisco: Rasselas, rip

[Foto: Jose Ángel González]

El primer funeral al que asisto en San Francisco. El cuerpo presente al que velamos es un local y una forma de ver la vida, un espacio que ardía como el infierno, es decir, la mejor morada posible para estos tiempos de almas de acero y ojos de hielo.

Mi local favorito de la ciudad, el Rasselas, acaba de echar el cerrojo. Ya hablé en otras entradas del blog de lo bien que me sentía dentro de su placenta de ladrillo, fiebre y soul, funk, jazz, rhythm and blues...: en Deeper than Blue confesé que el color de mi blanca y malquerida piel es una falacia, en Soy negro no hice otra cosa que insistir en la tesis.

Después de 27 años de servicio, el Rasselas no volverá a abrir. Su dueño, Agonafer Shiferaw —nacido en Etiopía—, organizó una despedida sonada: vino de California, canapés y fruta gratis para los asistentes y los dos escenarios del local echando humo con los muchos músicos a los que la casa ha dado cuartel en las últimas décadas.

Shiferaw echa el cerrojo con sensación de fracaso. No tanto personal, porque no se queja de la vida y seguirá gestionando un pequeño restaurante etíope no muy lejos del Rasselas, sino social. En una carta abierta dirigida al alcalde de la ciudad, Ed Lee, advierte que el barrio de Fillmore, conocido en el pasado como el Harlem de la Costa Oeste, se está muriendo.

"El ambiente del jazz se está desvaneciendo y de modo muy rápido. En la actualidad sólo hay unas pocas empresas de afroamericanos a lo largo de Fillmore Street. Le ruego, señor alcalde, que aproveche el considerable poder y autoridad persuasiva de su oficina para ayudar a estas empresas a sobrevivir", dice la carta al regidor, donde Shiferaw recuerda que en el barrio estaba en marcha la "noble tarea" de montar una estructura económico-social basada en la música negra.

El final del Rasselas es un síntoma de la muerte lenta e inexorable de la herencia negra del Distrito de Fillmore, que se ufana de ser "el corazón y el alma de San Francisco" en la web de la asociación de comerciantes del barrio en una declaración que tiene más relación con la nostalgia del pasado que con la penuria del presente.

Pese a la tan proclamada convivencia multiétnica de la que se ufanan los poderes públicos, económicos y sociales de los EE UU cada vez que tienen un micrófono delante de los labios, lo que está sucediendo con la zona negra del barrio de San Francisco es una consecuencia de un racismo larvado, económico y social, al que ha dado alas la bonanza financiera de los pudientes una ciudad montada por y para el gran poder tecnológico de las macroempresas del 2.0.

Es una historia antigua. En 1948, el ayuntamiento declaró que Fillmore, un barrio residencial de negros pobres o, como mucho, medianamente pobres, estaba "arruinado" estructuralmente. Los gestores locales, con la connivencia en la sombra de los promotores inmobiliarios, dictaron un plan de desarrollo que empezó como empiezan las guerras, con cascotes. Las máquinarias de demolición echaron abajo, a partir de 1964, casi 5.000 negocios y 2.500 viviendas, entre ellas 883 casas de madera de estilo victoriano.

Con unos centenares de excepciones, los 20.000 vecinos desplazados a la fuerza (la comunidad negra más numerosa de la ciudad) jamás regresaron y el barrio, que había sido un hervidero de vida, clubes de jazz —Charlie Parker, John Coltrane, Charlie Mingus y Billie Holiday eran asiduos— y actividades comerciales cotidianas, se convirtió por culpa del plan en un erial de edificios impersonales y fríos.

[Fillmore, tras los derribos. Courtesy of the San Francisco Redevelopment Agency]
En 2009 la Redevelopment Agency de San Francisco, la entidad pública encargada de gestionar la reurbanización y devolver a la vida al barrio, se dió por vencida y, tras gastar centenares de millones de dólares —nunca se reveló la cifra final—, abandonó Fillmore. La zona estaba definitivamente rota, la delincuencia había aumentado porque el tejido social no existía y la especulación inmobiliaria manejaba el mercado de los precios a conveniencia.

El último intento de reactivación vino de la mano de empresarios como el dueño del Rasselas, partidarios de hacer de Fillmore un lugar dedicado a cultivar la herencia del jazz. Ahora parece que esa posibilidad se agota. "Alguien debe hacer algo porque el barrio se está yendo a pique. En realidad casi se ha ido del todo", dice Shiferaw.

Llegué por primera vez al Rasselas por casualidad, porque de dentro emergía música sincopada e interpretada como debe ser, desde las tripas. Volví porque el local no cobraba entrada, programaba actuaciones con frecuencia casi diaria y el público vivía de una manera contagiosa la verdad del soul. Siento que me quedo sin una casa.

Mi bar favorito llevaba el nombre del protagonista del libro de Samuel Johnson The History of Rasselas, Prince of Abissinia. Es un tratado sobre la búsqueda de la felicidad en el que puede leerse este consejo: "No dejes que la vida se estanque o medrará barro por falta de movimiento: comprométete nuevamente con la corriente del mundo". Me gustaría tenerlo presente, pero resulta complejo en una ciudad entregada a la avaricia techie y el fingimiento trendy.

Les dejo con unas fotos del funeral del Rasselas. En la penúltima aparece el abisinio Agonafer Shiferaw recordando a los deudos que "un bar es un salón para practicar la democracia". En la última, el neón exterior —blue, por supuesto— con el logotipo que me tatuaría.

[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]

Cuando Charles Manson era un niño nazareno

[A la izquierda, Jo Ann Thomas, prima de Charles Manson; Nancy Maddox, abuela materan, y Charles, que tenía 5 años. (Jo Ann Collection / Simon & Schuster)]

El niño risueño retratado aproximadamente en 1934 junto a su abuela materna y su prima es Charles Manson, quizá el criminal más famoso del siglo XX. La foto, que no había sido mostrada nunca en público hasta ahora, es una de las sorpresas del primer libro dedicado a la biografía del personaje y no simplemente a la narración de los asesinatos —nueve comprobados por la justicia— cometidos por su culto de hippies asesinos, La Familia Manson.

Manson. The Life and Times of Charles Manson, que acaba de editar Simon & Schuster, es la obra a la que ha dedicado tres años de investigación el escritor texano Jeff Guinn. Su intención era "desmitificar" al líder de la secta, presentarlo en el contexto de su época, indagar en las razones que explican la pervivencia de tan torvo personaje en el santoral de mitos pop y ahondar en algunas zonas biográficas que, pese a la tinta que ha corrido, permanecían en un territorio inexplicablemente opaco.

[Jeff Guinn en Green Apple Books - Foto: Jose Ángel González]
El autor acaba de presentar el libro al lado de mi casa, en Green Apple Books, la librería a la que considero extensión del hogar y sala de estar del alma. En la charla, Guinn enumeró las cuatro razones que explican, en su opinión, la presencia casi intacta de Manson como habitante de nuestro bestiario colectivo:

  1. Sigue vivo. No murió en la cámara de gas. Sigue vivo, encerrado en la Prisión Estatal de Corcoran, un centro de alta seguridad situado a 300 kilómetros al sudeste de San Francisco. Manson es el interno número B33920, cumple una sentencia de cadena perpetua (el tribunal dictó pena de muerte tras el juicio en 1971, pero California abolió un año más tarde el castigo capital) y tiene escasísimas posibilidades de que le concedan la libertad vigilada: en abril de 2012 no asistió a la última audiencia que se la denegó y la próxima está señalada para 2027, cuando el preso tendría 92 años.
  2. Protagonista del mayor best-seller. El libro Helter Skelter (1974), escrito por el fiscal del caso Manson, Vincent Bugliosi, y el periodista Curt Gentry, es la obra de true crime (crímenes reales) más vendida de la historia: 8,5 millones de copias. El libro, basada en la investigación del ministerio público sobre los salvajes crímenes de la Familia Manson, llegó a estar, según recuerda Guinn, "en todos los hogares estadounidenses" dado el impacto social de la matanza de Cielo Drive, con la actriz Sharon Tate y otras seis personas de la beautiful people de Los Ángeles entre las víctimas.
  3. "Todavía están ahí afuera". Manson sigue teniendo seguidores. Guinn recuerda que una de las chicas de la Familia, Lynette Squeaky Fromme (1948) consumó en 1975 un intento de asesinato contra el entonces presidente Gerald Ford. El escritor también apunta que durante la redacción del libro intentó conseguir que el actor y músico Kris Kristofferson enjuiciase alguno de los discos que ha grabado Manson. "La esposa de Kristofferon me dijo que su marido no lo haría, porque esta gente es peligrosa y todavía están ahí afuera", dice Guinn.
  4. Huella social intensa. La audiencia de Manson es altísima en Internet y tanto él como sus activos seguidores la aprovechan. El sitio MansonDirect, que se define como la "web oficial de la Verdad de Charles Manson", tiene un tráfico de centenares de miles de visitas y también acoge la actividad de la organización supuestamente ambientalista ATWA, acrónimo de Air, Trees, Water, Animals y All The Way Alive (Aire, Árboles, Agua, Animales y Toda forma de vida, cuyas siglas en inglés dirigen a at war, en guerra), de la que Manson es profeta máximo.

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Manson. The Life and Times of Charles Manson dibuja la niñez y adolescencia del protagonista de la biografía en un tono nuevo que desmonta las informaciones previas y parciales de otros libros y, sobre todo, permite comprobar las mentiras interesadas propagadas por Manson y sus acólitos.

Ni hijo de una prostituta adolescente que lo abandonó, ni crío crecido en la miseria de las calles, Manson pasó buena parte de sus primeros años en un ambiente familiar clásico, viviendo con su abuela materna en la pequeña ciudad de McMechen (Virginia Occidental) mientras su madre cumplía una larga condena de cárcel por atraco a mano armada.

Gracias a la información aportada por Nancy y Jo Ann, hermana y prima de Manson —que nunca antes habían sido entrevistadas—, Guinn revela la figura de un niño que iba a misa los domingos, fue obligado a profesar la fe evangélica extrema de la Iglesia del Nazareno y recibió una educación reglada en la escuela local.

Aunque el Charlie del futuro asoma con claridad en el relato: le gustaba dominar y manipular a los demás, llamar la atención y escabullirse de su responsabilidad echando la culpa a otros —logró convencer a un grupo de niñas de su clase para que diesen una paliza a otro alumno e insistió luego en que el era inocente—, nada hay del crío salvaje que nos habían vendido y no es de extrañar que Manson, a quien Guinn escribió "una vez al día durante cinco meses", se haya negado a ser entrevistado. No le interesa que se desmonte el mito.

"Charles Manson no está loco. Es un hombre inteligente que siempre supo sacar provecho del momento y de la situación. Es una esponja para el uso particular de las influencias de su entorno", asegura el biógrafo, convencido de que la pose del lunático es un simple disfraz.

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 ¿Cómo fue capaz este personaje acomplejado y con severas taras emocionales de reclutar a un grupo de hippies y lavarles el cerebro con teorías paranoides que culminaron en matanzas de una crueldad máxima? ¿Que instrumentos utilizó con el propósito de convertirse, como deseaba en primera instancia, en un proxeneta o una estrella de rock y luego, por despecho y rabia contra quienes creía que se lo impedían, en el líder de una banda de asesinos? Las armas de Manson, según Guinn, fueron:

  1. Un manual de autoayuda. Desde que fue encarcelado por primera vez (a los 20 años, por robo de coches y emisión de cheques falsos) Manson se convirtió en un asiduo y aventajado alumno de los cursos en las prisiones basados en en libro How to Win Friends and Influence People (Cómo ganar amigos e influir en los demás), el primer manual de autoayuda de la historia —escrito por Dale Carnegie, editado por primera vez en 1936 y con 15 millones de ejemplares vendidos hasta la fecha—. Las sencillas reglas de la obra (no criticar ni condenar a los demás, sonreír, escuchar, hacer que los otros se sientan importantes, dramatizar tu propio ideario, preguntar en vez de ordenar...) fueron utilizadas a conciencia y textualmente por Manson para reclutar a hippies, sobre todo chicas, que buscaban afanosamente respuestas y guías durante el verano del amor de San Francisco, ciudad en la que nació La Familia durante en 1967.
  2. Cienciólogo latente. También en las muchas cárceles en las que cursó condenas, Manson se inició en los postulados de la Iglesia de la Cienciología, a la que llegó a pertenecer como miembro formal, pero de la que, según Guinn y otros biógrafos, tomó la idea de que el bien el mal son relativos.
  3. El Apocalipsis y los Beatles. Cuando el niño Manson se portaba mal, la abuela le obligaba a memorizar y repetir luego literalmente fragmentos del Apocalipsis, al que los nazarenos otorgan carácter de oráculo. El crío retuvo las lecturas y las empleó, mezcladas con una interpretación alucinada de canciones de los Beatles, como profecía para justificar el helter skelter, la guerra racial que anunció a sus acólitos para empujarlos a cometer los crímenes.

[Charles Manson (Jo Ann Collection / Simon & Schuster)]
La más temible de las conclusiones de la biografía es saber el tamaño y el cariz negro del mal que está medrando en el interior de la mente y el alma del niño de pose angelical de algunas de las fotos que ha localizado Guinn.

La familia nazarena que lo cuidó presentía algo. La prima Jo Ann, a quien Manson amenazó muy seriamente con un cuchillo durante un juego que terminó mal, no se sorprendió cuando leyó en los diarios en 1969 la detención de Charlie como líder de una secta de asesinos.

— No me extrañó en absoluto. La única sorpresa es que hubiera tardado tanto.

[Foto: Jose Ángel González]

Las ignoradas raíces gallegas de Jerry Garcia (sin tilde)

[Jerry Garcia, niño]

El niño-vaquero es Jerry Garcia, a quien la lisiada grafía estadounidense niega la tilde pero la veneración pública de varias generaciones de nacionales convierte en un símbolo, una de la figuras más queridas del santoral pop del país que inventó el rock and roll para deslabazarlo y reinventarlo varias veces de la mano de personajes como Garcia, fundador y guitarrista de la banda psicodélica Grateful Dead, señores del viaje lisérgico.

Las cenizas resultantes de la cremación del cuerpo del músico, muerto en 1995, unos días después de cumplir 53 años y tras mucho trato con la mala vida —heroína, cocaína, cigarrillos y hamburguesas—, están repartidas, en cumplimiento de los deseos que expresó en vida, entre dos aguas: las del Ganges, el río sagrado —y contaminado: es uno de los cinco más sucios del mundo— que conecta en su recorrido el cielo, la tierra y el ultramundo según el hinduismo, y las de la Bahía de San Francisco, ciudad en la que Garcia nació, pasó casi toda su corta estancia entre los vivos y es considerado un prócer.

Me hubiese gustado, por puro egoísmo y, para qué mentir, melancolía por la tierra de la que me siento tan lejos como para añorarla sin interrupciones, que el líder de Grateful Dead estableciera un reparto de cenizas en tercios y que al bendito Ganges y a la deslumbrante bahía sanfranciscana —proyecciones acuáticas de un ying yang taoísta: la miseria y la opulencia— se añadiera otra circunscripción existencial: los juncales y marismas que predicen el místico azul del Atlántico en la Ría de Betanzos (A Coruña).

  [Joe, Ruth y Jerry]

La foto muestra a José Ramón García —esta vez las jubilosas tildes sucesivas vienen de nacimiento— y a su esposa Ruth Marie Clifford mostrando a su segundo hijo, que es, como habrán adivinado, Jerry, bautizado como Jerome John. Ella, enfermera de profesión y nacida en San Francisco en 1910, procede de una geneaología de irlandeses y suecos. Él, como acaso delata la extensión de la frente, había nacido en 1902 en Sada (A Coruña), donde la ría gallega y el Atlántico se encuentran para componer una suite.

Pese a la enorme cantidad de literatura biográfica y periodística que se ha movido en torno a la figura del músico, las raíces gallegas de Jerry García han sido bastante ninguneadas por los historiadores. Las únicas referencias más o menos trabajadas están en Garcia: An American Life, de Blair Jackson, que habla al inicio del libro y durante unas tres páginas sobre la "pequeña villa marinera" de Sada, el "pintoresco puerto" de A Coruña, las diferencias climáticas de esta ciudad con la Costa del Sol, la tendencia de los nativos de la zona a la emigración —de creer al autor, lo hacen por motivos meramente recreativos—, la abundancia del apellido García y la existencia de unas personas, "conocidas como gallegos, que hablan su propio idioma, muy similar al portugués".

Los García salieron de Sada en 1918. Manuel, el abuelo paterno de Jerry, se había enrolado unos años antes en la marina mercante para escapar de la miseria y el trabajo que le tocaba heredar: descargar y transportar fletes en un carromato tirado por caballos.

Después de visitar puertos de todas las Américas, Manuel decidió que San Francisco era el lugar en el que deseaba establecerse: el clima era igual al de Galicia, sin extremos y pausado, olía a salitre  y el océano abrazaba a la ciudad por tres de los cuatro costados. Primero viajó él, alquiló un apartamento en North Beach y buscó trabajó y luego mandó a por la familia (mujer y cuatro hijos, entre ellos José Ramón, todavía con tildes).

La saga cortó todos los cabos como si fuese obligatorio y, aunque quizá pueda entenderse como una maniobra oscura para ampararse del extrañamiento, en casa ni siquiera se hablaba español o ese idioma "muy similar al portugués". Los hijos y los nietos crecieron en inglés y ninguno de los García o sus descendientes regresaron nunca a la Ría de Betanzos.

Cuando tuvo edad para hacerlo, José Ramón se cambió el nombre oficialmente porque quería llamarse Joe. Quizá por la infidelidad con las raíces, el tiro le salió por la culata y el funcionario estadounidense lo registró como Joseph. Le dió igual y se presentó siempre como Joe porque se sentía "un patriota" estadounidense y en el salón de casa había un retrato del presidente masón y descendiente de holandeses Franklin D. Roosvelt.

[Joe Garcia]

La vida de Joe Garcia tras el desprendimiento de todo fundamento de procedencia, raza o paisajes emocionales fue muy parecida a la que repitió, en una emulación que podría ser entendida como reveladora, su hijo Jerry: estridente pero corta y poblada por una propensión a la tragedia.

El exmarinero gallego, que se ganaba la vida como músico de vodevil y jazz ligero —Jerome, el segundo nombre de pila de Jerry, es un homenaje a su gran ídolo, Jerome Kern, el compositor de, entre otras, la celestial Smoke Gets in Your Eyes—, murió en 1947, a los 45 años, en un infortunado accidente de pesca fluvial al resbalar en una roca y ser arrastrado por las imprevisibles corrientes de un río de montaña.

Un año antes había sido testigo de otra desgracia familiar cuando Jerry, que tenía 4 años, perdió casi todo el dedo medio de la mano derecha, que le segó de un hachazo su hermano mayor mientras jugaban a partir leña.

[Huella de la mano derecha de Jerry Garcia]

 

[Cartel del Jerry Day de 2013]
Se acaba de celebrar en San Francisco el Jerry Day, un evento de una semana de duración que, desde 2002, quiere conmemorar la vida del "mejor guitarrista de rock de todos los tiempos". Aunque la afirmación maximalista es muy opinable —mi parecer es que Garcia no está ni siquiera entre los cincuenta primeros de un posible ranking—, me choca más el background territorial con que los organizadores salpimentan la celebración de los muy cercanos en el calendario aniversarios del nacimiento (1 de agosto de 1942) y muerte (9 de agosto de 1995) del músico: reconocer sus "raíces en Excelsior", el barrio en el que creció, y su relación simbiótica con San Francisco, que es, dicen, "un orgullo para nuestra comunidad".

Quiero pensar que la tierra, por mucho que la oculten con sandeces colectivas o ingratitudes personales, siempre asoma y en la deriva astral de la forma de tocar la guitarra de Jerry Garcia, que nunca repetía el mismo arreglo para cada canción y afinaba en tono abierto, aprecio —o quiero apreciar, porque me puede la sangre y, qué demonios, tengo derecho— una presencia de la sinuosa danza con el viento, el orvallo y la marea de la Ría de Betanzos, a la cual ni falta que le hacen para ser tesoreras de la armonía las cenizas de un músico hippie que había olvidado que el verdadero Ganges es aquel del que procedes y en el que debes consumarte.

[Jerry Garcia]

El placer de sentirse chatarrero: las 'garage sales'

[Foto: Jose Ángel González]

El propósito es honesto y tiene algo de purificación espiritual: sacar de casa toda la cacharrería que a nadie hace falta y que nadie añorará, exponerla sobre la acera y, si es posible, venderla por unas moneditas o algún billete de dólar.

Las garage sales o yard sales —ventas de garaje o de patio, aunque también tienen otras denominaciones, algunas más descriptivas (junk sale, venta de basura), otras coyunturales (moving sale, venta por mudanza) y otras poéticas (rummage sale, venta de cosas viejas)— son uno de los grandes signos de identidad de la cultura pop de baja fidelidad de los EE UU, país donde atesorar es genético y los caprichos se consuman, pero también se lleva intentar desprenderse de ellos una vez que te has enterado de que, ¡vaya!, has comprado otra tontería de nuevo.

En Bernal Heights, un barrio de San Francisco de clase media-alta favorito de las familias con hijos —se le llama con malicia Maternal Heights— organizan todos los años por estas fechas una confabulación de garage sales que puebla el vecindario. Este año han sido 96: el mapa ayuda a entender cuántas para tan poco terreno. Una especie de Woodstock de lo sobrante.

He intentado reflejar en las fotos el ambiente y la oferta. No se trata, con alguna excepción, de antigüedades u objetos de colección, sino de zapatos usados, juguetes que ya no merecen cariño o interés, ropa de toda condición, libros, cachivaches de cocina, algo de loza o vajilla, unos cuantos muebles, bisutería... En suma, la respuesta a una orden de obligado cumplimiento de los cabezas de familia: "¡Este finde toca limpieza!".

No se trata, ni por asomo, de un negocio rentable y nadie sacó demasiado rédito de la experiencia —los organizadores dan la cifra de dinero que se movió: 1.525 dólares (poco más de 1.100 euros)—, pero también cuentan otros valores: los niños vendiendo chocolate caliente pese a que la mañana era de sol picante; encontrar una copia en vinilo de Young Americans, el álbum funky de David Bowie, por dos dólares; comprobar que algunos guardan más cosas inútiles que tú; compartir el ajetreo de buscar improbables tesoros entre los objetos abandonados; contemplar a una niña extática decidiendo qué peluche abandonado debe adoptar esta vez; preguntarse qué canciones melancólicas interpretó el sorprendente acordeón de 200 dólares (quizá el objeto-estrella de la mañana); pensar, quizá no demasiado vanamente, que nada debiera irse a la basura porque todo objeto conlleva la sombra de un deseo en potencia...

El inmenso placer, en suma, de sentirse chatarrero.

  [Foto: Jose Ángel González]

[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]
[Foto: Jose Ángel González]

Mels Drive-in: El Reino de la Diversión

[Foto: Jose Ángel González]

Acaso sea una de las formas más justas de poblar el paraíso estadounidense de miel sobre hojuelas: pancakes, batidos —"los más espesos de la ciudad", te advierten y tientan a la vez—, mostaza y ketchup Heinz, música de Buddy Holly en rockolas individuales a 25 centavos la pieza, decorado de melamina plástica, embellecedores de aluminio, lámparas con estructura de falda de muchacha bailarina y, en el exterior, neones rojos y azules que iluminan con cierta melancolía el asta de la que cuelgan las inevitables barras y estrellas, la única bandera del mundo que es también un readymade pop...

Descubrí el Mels Drive In desde el autobús, a pocas manzanas de casa. El edificio de planta baja tiene un aire de retrofuturo, entre espacial y submarino, pero la visión fugaz fue suficiente. "A esa lugar hay que ir", pensé. Aún antes de visitarlo como cliente le otorgué un lema personal que no resultó incorrecto: The Kingdom of Fun (El Reino de la Diversión).

[Foto: Jose Ángel González]

El Mels es un restaurante de otro tiempo. Ni siquiera el término restaurante le hace justicia y resultaría preferible llamarlo, como en algunas zonas de Sudamérica, fuente de soda, una expresión con un deje místico que te lleva a pensar en un nirvana de fosfatos, helados sundae y pasteles de manzana calientes o, yendo más hacia atrás, a un titular de un diario de Los Ángeles de principios de siglo dentro del cual me gustaría haber vivido: "Sedientos de cocaína. Se multiplican los esclavos al hábito de la Coca Cola".

En el Mels puedes comer, cenar o practicar ese empíreo descontrol tan made in USA del "desayuno todo el día", la gran aportación del país —San Herman Melville me perdone— a la cultura contemporánea.

[Foto: Jose Ángel González]
¿Puede el dinero pagar algo tan placentero como zamparse a la una de la madrugada una pila de tortitas, un batido de chocolate denso e incomprensible como la estructura federal del estado y un chorro de jarabe de arce? La respuesta es no aunque admitiría una alternativa superior: zamparse el mismo menú y a la misma hora pero hacerlo en el asiento delantero, amplio como las praderas de Illinois, de un Oldsmobile Super 88, en cuya ventanilla acaba de encajar una bandeja con las tentaciones comestibles una no menos seductora camarera con patines. Como la gran mayoría de las tentaciones, ésta es ilusoria: pese a que mantienen la adenda de drive-in (auto-restaurante), ya no hay camareras sobre patines en el Mels. 

Las había en American Graffiti, la película que George Lucas dedicó a la narración de una noche drástica de una pandilla de jóvenes que circulaban por la ciudad entre romances, desengaños, locura y equívocos para terminar una vez y otra en Mels Drive-In, elegido por el director como centro cardíaco y anímico de la acción. El restaurante elegido para la peli no es el que está cerca de mi casa, sino uno que ya no existe, remozado para el rodaje y derribado cuando lo terminaron, pero la cadena ha sabido explotar la leyenda y cada una de las sucursales —cuatro en San Francisco y tres en Los Ángeles— exhiben fotos de la filmación, dentro de la cual es posible colarse con una mínima utilización de la capacidad de ensueño.

[Foto: Jose Ángel González]
El Mels —fundado en 1947 y por cuya marca litigan ahora dos empresas diferentes (Mels Drive-In y The Original Mels)— es también un escenario donde la acción nunca se detiene, otorgando al cliente, además de deliciosas formas de pecado (sugiero las tartas de manzana o de bayas del bosque, que, como dice la carta, es "altamente recomendable" pedir a la mode, afrancesamiento que añade un extra de tentación aunque signifique simplemente, lo cual no es poco, "con helado de vainilla"), el espectáculo de visiones entre terroríficas y admirables: personas, casi siempre bastante pasadas de kilos, zampándose un desayuno de tamaño ciclópeo que combina huevos rancheros con batido de fresa y una pila de tortitas; parejas de amorosos jubilados entrando de madrugada para regarlarse sendos helados-rascacielo culminados con nata, virutas de chocolate, guindas y, por supuesto, una sombrillita; vecinos que vienen en coche y en pijama, como atacados por una urgencia ante la cual no vale la pena plantearse un vestuario más tradicional; niños que reciben una bandeja de cartón con forma de Oldsmobile...

El menú resume la única necesaria verdad: "La respuesta en Mels siempre es: Yes!".

[Foto: Jose Ángel González]


City Lights cumple 60 años y Ferlinghetti va camino de 95

Fred Lyon - Sleigh Ride, Kearny Street, North Beach  1952 - Courtesy of the artist and Modernbook Gallery, San Francisco

Fred Lyon - Setting Out to Sea, China Camp, San Francisco Bay 1952 - Courtesy of the artist and Modernbook Gallery, San Francisco

Fred Lyon - Street Urchin, Telegraph Hill  1958 - Courtesy of the artist and Modernbook Gallery, San Francisco Estas fotos de Fred Lyon, tomadas en la década de los años cincuenta del siglo XX, pueden servir para imaginar cómo era la ciudad que encontró Lawrence Ferlinghetti cuando llegó por primera vez a San Francisco en 1951. "Era una ciudad blanca, portuaria, de aire limpio y ambiente mediterráneo. Podría pensarse que se trataba de Marsella", comentaría más tarde el poeta, que acababa de terminar sus estudios de doctorado en París con una tesis sobre la ciudad como símbolo literario.

Con 32 años y un pasado en el que no habían faltado el dolor —padre italiano muerto seis meses antes del nacimiento del hijo y madre francesa-portuguesa-sefardí internada en un manicomio tras el parto—, el extrañamiento —estancias en orfanatos antes de ser criado por familiares lejanos— y la visión directa de la sangre derramada en el sinsentido bélico —participó en el desembarco de Normandía y luego fue destinado al frente del Pacífico, con destino en Nagasaki solamente semanas después del estallido de la segunda bomba atómica lanzada por su país contra civiles—, Ferlinghetti había decidido dedicarse a la literatura como medio de construir caminos hacia la paz.

En 1953 tenía claro cómo: mediante una librería que también fuese editorial. La idea no fue enteramente suya: le empujó como socio e inspirador el profesor de Sociología Peter D. Martin, editor de una revistilla de poesía que se llamaba City Lights en homenaje a la que acaso sea la más bella película de Chaplin. Reunieron 500 dólares por cabeza, alquilaron un local en un edificio en chaflán en North Beach, la Pequeña Italia de San Francisco, y abrieron City Lights Bookstore.

En los sesenta años transcurridos desde entonces las fotos de blanca inocencia de pilluelos callejeros y aprendices de Huck Finn en las aguas de la Bahía se han reducido a arqueología social y el aire mediterráneo de San Francisco ha sido aspirado por el sistema triturador de la historia.

[City Lights, entre turistas - Foto: Jose Ángel González] [El Callejón Jack Kerouac, lindante con City Lights - Foto: Jose Ángel González] [Detalle del escaparate de City Lights - Foto: Jose Ángel González]

[Detalle del escaparate de City Lights - Foto: Jose Ángel González] City Lights ha sido declarada monumento histórico, tiene más de una decena de empleados y, pese a arrastar los mismos problemas financieros que todas las librerías de un mundo en el que muy pocos seguimos leyendo, sigue despachando libros. Desde hace muchos años en la clientela mandan los turistas atraídos por el nostálgico magnetismo de la librería donde nació la beat generation. Eso, al menos, dicen las guías, que, como siempre, sólo cuentan medias verdades: los beat ya funcionaban como colectivo más o menos estructurado desde 1948 y, si se puede hablar de hogar fundacional, este es la lejana y muy clasista Universidad de Columbia de Nueva York, donde Jack Kerouac, William Burroughs y Allen Gingsberg, los padres del invento, empezaron a discutir cómo dinamitar el viejo orden literario.

A punto de cumplir 95 años —los celebrará en 2014—, Ferlinghetti se mantiene activo. Pinta, escribe poemas —nunca fue demasiado bueno, pero le pone ardor a sus "oraciones revolucionarias"—, firma manifiestos de apoyo a esta y aquella causa y de vez en cuando aparece en público. Dicen que conserva el buen humor beatífico de siempre.

Acaban de estrenar el documental Ferlinghetti: A Rebirth of Wonder. Dirigido por Christopher Felver, condensa la vida del poeta-editor y enfatiza algunos de sus momentos de gloria, sobre todo el juicio de 1957 en el que afrontó una acusación por obscenidad tras publicar y vender Howl (Aullido) [PDF], el cántico visceral de Ginsberg cuyas dos primeras estrofas son tan socorridas como un chascarrillo: He visto los mejores cerebros de mi generación destruidos por la locura, famélicos, histéricos, desnudos, / arrastrándose de madrugada por las calles de los negros en busca de un colérico chute.

En espera del proceso y durante las concurridísimas sesiones —la mejor de las campañas publicitarias es que te juzguen por guarrillo—, Ferlinghetti hizo campaña en favor de la libertad editorial y de expresión vendiendo a las claras "libros prohibidos" por las muy pacatas instituciones judiciales estadounidenses. La sentencia que declaró no encontrar indicios de obscenidad en el poema sentó un precedente jurídico que abrió las puertas a muchas obras que hasta entonces no se podían leer sin correr el peligro de terminar en la comisaría.

Shig Murao - Foto: www.shigmurao.org

El personaje olvidado de esta historia de coraje es Shig Murao, el dependiente de origen japonés City Lights a quien un policía encubierto tendió una celada al pedirle un ejemplar de Howl. Cuando el empleado se lo despachó sacándolo de un cajón, el agente procedió a la detención y Murao compartió el banquillo de los acusados con Ferlinghetti. Fue despedido por éste de la librería en 1975 tras un ataque al corazón, ejerció la vida beat hasta las últimas consecuencias —vendía fanzines autoeditados sobre un tapete colocado en las aceras de North Beach— y murió en 1999 tras un accidente de la silla eléctrica de ruedas en la que se desplazaba. Ferlinghetti vendiendo libros prohibidos

Jose Ángel González


Crónicas vitales de un periodista español emigrado a la Bahía de San Francisco, en California, el estado con mayor presencia de latinos e hispanohablantes de los Estados Unidos.
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