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San Francisco 'inventa' el 'bicing'

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San Francisco acaba de estrenar un servicio de bicicletas compartidas.

No es novedad —en 500 ciudades del mundo existen alternativas similares, inventadas en los años sesenta por los provos holandeses y desarrolladas como opción municipalizada a partir del ByCyklen de Copenhague de 1995—, tampoco se trata de una apuesta numéricamente notable —sólo se han puesto en circulación 700 vehículos para toda el área metropolitana de San Francisco cuando en el mundo hay un parque de más de medio millón de bicis compartidas— y, desde luego, de popular no tiene ni la intención —las tarifas son de 9 dólares al día (6,8 euros) o bien 88 al año (67 euros) mientras, por ejemplo, en Barcelona, el carnet anual de Bicing cuesta 46,46—. El máximo tiempo de uso continuado es de media hora. A partir de entonces se pagan suplementos que hacen que el servicio sea más caro que las bicis de alquiler turístico.

El Bay Area Bike Share recién estrenado tiene 70 estaciones de recogida y entrega de bicis en San Francisco (solamente en el centro financiero y turístico, una zona escasamente habitada pero donde se emplaza el negocio), Redwood City, Mountain View, Palo Alto y San José, es decir Silicon Valley, patria de las muy queridas empresas del 2.0.

No se trata de un sistema de bicicletas públicas urbanas (BPU) al estilo de los implantados en Barcelona o París, por citar a dos ciudades punteras, con 6.000 y 20.000 vehículos respectivamente, donde los ayuntamientos entregan la gestión a empresas privadas pero corren con cierto nivel del gasto para abaratar el servicio. En San Francisco hubo colaboración administrativa municipal pero toda la explotación es privada. Estamos donde estamos y lo socializante sigue siendo pecado aunque se trate de algo tan correcto y limpio como desplazarse sobre bicicletas, no consumir más combustible que el muscular y ser agente activo del cero emisiones.

El sistema de bicis compartidas del Área de la Bahía de San Francisco —de la parte buena de la zona, porque en Oakland, donde la brecha económica-social tiene dimensión de fosa abisal, no está previsto que llegue el plan— es gestionado por la empresa Alta Bicycle Share.

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La firma, que también gestiona bicicletas compartidas en otras ciudades de los EE UU (Boston, Washington DC, Nueva York, Chicago...), acaso animada por el fervor hispster que ha despertado el estreno del servicio —ya tiene una huella social, lo primero es lo primero, más amplia que la propia red de estaciones y el número de bicis (Facebook, Twitter, Flickr, Instagram, Tumblr)—, afirma en la página web que estamos ante "la única empresa del mundo dedicada a los sistemas de bicicletas compartidas a gran escala".

¿Desvergüenza? ¿Subidón? ¿Miente que algo queda? La experiencia de estos dos años y medio viviendo en la tierra de la fantasía, el envoltorio y los currículos inflados me hace sospechar que algo hay de cada posibilidad.

Eso sí, la bicicleta, de color azul celeste, es digna de aparecer en una película de neo nouvelle vague. Los fabricantes, Public Bike System Company, también conocidos como Bixi, participan de la sesión de fuegos de artificio y se declaran, sigamos en clave francesa, la crème de la crème y los de más éxito en la construcción de bicicletas para compartir: en el mundo, exclaman con brío, hay 14.6000 de sus unidades circulando.

En una ciudad China, Wuhan, hay 90.000 bicis compartidas, todas fabricadas y gestionadas por la misma empresa: son tan airosas como las de San Francisco y un 80% más baratas para el usuario. [Foto Jim Dyer - www.flickr.com/photos/jym]/

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Jose Ángel González


Crónicas vitales de un periodista español emigrado a la Bahía de San Francisco, en California, el estado con mayor presencia de latinos e hispanohablantes de los Estados Unidos.
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