24 posts con categoría "Nueva York"

Optimismo creativo: en la Social Media Week

Que un chaval de 23 años te suelte desde el estrado, con su micrófono, su verbo fluido sin papeles y su pinta de nerd seguro de sí mismo que "esta es la generación más optimista de la Historia", después de llevar una década debatiéndonos entre el miedo al terrorismo a gran escala y la recesión que ha terminado con los sueños de vida fácil de esa misma generación, puede sonar a machada irresponsable o a atisbo de verdad del que tirar para desenredar el lío en el que nos encontramos. Así. Sin grises...

(Seguir leyendo la colaboración en el blog El enjambre)

Agustín Alonso G.   21.feb.2013 22:10    

Una de manifa en Washington

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"Fiebre neoyorquina, esa feroz inflamación que Nueva York parece siempre estimular: envidia, codicia, claustrofobia, excitación, bourbon, mujeres, acción, ego, justas, crueldad y manjares exquisitos en odiosos y caros restaurantes". Lo escribía Norman Mailer en Los ejércitos de la noche, personalísima crónica de su participación en la marcha sobre el Pentagono como protesta por la intervención de EE.UU. en la guerra de Vietnam [la cita es de la edición de Compactos Anagrama de 2007, con traducción de Jaime Zulaika. El original de Mailer es de 1968]

Fue la lectura hace unos meses de ese libro el que me llevó a decir que sí a un par de tipos que me abordaron en un café para sumarme a una expedición que partía desde Brooklyn para participar en Forward on Climate, una manifestación en Washington D.C. para pedir a Obama que impulse políticas contra el cambio climático. Se piensa uno que se va a ver envuelto en las más mailerianas aventuras, surfeando en la cresta del momento histórico, y se encuentra con una manifestación más, con toda la solemnidad que el Monumento a Washington y la Casa Blanca pueden ofrecer, pero manifestación al fin y al cabo. 

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Porque yo, mientras el frío me azota y deseo que aquello acabe ya, que ya hemos cumplido, me pregunto honradamente si sigue sirviendo actualmente manifestarse. "Tell me how the democracy looks like! This is how the democracy looks like!", jaleaban en la manifestación decenas de miles de participantes. Para algo sirve, sin duda, pero ¿son estas demostraciones masivas realmente la herramienta más poderosa al margen de la política partidista y parlamentaria? ¿Son las manifestaciones "lo más parecido a la democracia"?

Fue un viaje relámpago. Salida de Nueva York a las 7.00 y regreso a las 21.30, con nueve horas de ida y vuelta entre medias. Al llegar, hubo una serie de discursos en el mítico National Mall, al pie del obelisco homenaje a Washington, centrados los ataques en el oleoducto Keystone, un proyecto ya en marcha para transportar crudo desde Alberta (Canadá) a distintos puntos de Estados Unidos, y en el fracking, una técnica de inyección hidráulica (y química) para aumentar la extracción de petróleo y gas natural.

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Representantes de naciones aborígenes candienses, un congresista, y representantes de la organización de la marcha (350.org, The Sierra Club y el Hip-Hop Caucus), arengaron a la multitud antes de marchar en torno a la Casa Blanca durante varias horas. Me entero a través de Reuters que Rosario Dawson y Evangeline Lilly andaban por ahí. Como también señala esta agencia, el día anterior un grupo de senadores de ambos partidarios reclamaron la aprobación del proyecto. Las encuestas muestran que la mayoría de ciudadanos está a favor del oleoducto.

Mientras el frío me castiga y espero a que llegue la hora de marchar rodeado de un ambiente absolutamente festivo, pienso si realmente tiene sentido poner tantas expectativas y esfuerzo en las manifestaciones. Me conmueve quienes se entregan desinteresadamente a organizar este tipo de reivindicaciones pacíficas. Se guían por sus principios, superando su tendencia a la comodidad, y demuestran que el ser humano no es una máquina autómata ni un manojo de intereses e impulsos. Pero no puedo dejar de pensar que quizá la democracia empiece a reclamar nuevas formas de hacer. Tal vez menos ruidosas, pero más transformadoras. No lo sé. O puede que solo sea nihilismo.

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Categorías: Actualidad , Ciencia , Nueva York

Agustín Alonso G.   18.feb.2013 18:57    

Dos buenos conciertos en Nueva York a los que no asistiré

El domingo ganaron el premio al mejor álbum del año en los Grammy. Hoy tocan en el Barclays Center de Nueva York pero yo no estaré allí porque las entradas se agotaron hace tiempo. El 20 de marzo los tendréis en Barcelona y el 21 en Madrid. Aprovechad, que allí todavía quedan entradas. Mumford&Sons.

Los que tocarán el 23 y el 24 de febrero en el Music Hall of Williamsburg son Lord Huron, un grupo al que alguna crítica ha comparado acertadamente con Fleet Foxes. Para ellos tampoco quedan entradas, pero os recomiendo que disfrutéis su disco Lonesome Dreams en Spotify. O donde os dé la gana.

Categorías: Cultura , Música , Nueva York

Agustín Alonso G.   12.feb.2013 20:15    

Descubriendo Bushwick: Central Café Brooklyn

Ayer volví a Central Café Brooklyn, no como quien regresa a Manderley, sino un poco como quien se acoge a sagrado en cuestión de cafeterías cucas de barrios 'indies'. Ando estos días descubriendo IMG_0331cafés y bares y mercados y tiendas de mi barrio y esta cafetería tiene de momento todos mis respetos.

Para que nos entendamos, Bushwick es un barrio al este de Williamsburg. Williamsburg es como Malasaña pero elevado a la enésima potencia, todo glamur hipster, todo posturitas guayses, todo cuquismo, todo "atústae esa barba y ponte esos pantalones nuevos que bajas a comprar el pan", y como en este tipo de barrios hipstericamente gentrificados, tiene esa mezcla entre sitio realmente interesante y decorado de 'El show de Truman modernuqui'. (Ya hablé del Nitehawk Cinema, por ejemplo, gran lugar). Los transeúntes de Espíritu Santo se miccionarían paseándose por Bedford Avenue o pagando por ir al gimnasio Retro Fitness, Berry Street esquina con Metropolitan Avenue.

Pasear por Williamsburg un domingo por la mañana a la hora del brunch es como meterse en la película todavía no rodada del todavía no descubierto Douglas Sirk del posmoderneo cosmopolita. [Desde aquí lanzo la idea de un 'Billyburg, je t'aime', con Sarah Polley, Spike Jonze o Wes Anderson entre los cineastas seleccionados.]

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Decía que Bushwick es un barrio al este de Williamsburg, lo que es decir uno de los espacios naturales de colonización de todos aquellos jóvenes y creativos que se hartaron de esa atmósfera IMG_0476Instagram que hay en Williamsburg o, más probablemente, de los precios de sus alquileres. La población previa a esa conquista del Este era hispana y portorricense y es la que todavía domina en la zona más alejada de Williamsburg. De hecho, es curioso comprobar que Bushwick está dividido en dos, con la Myrtle Avenue como frontera. Si haces una búsqueda en Yelp de "cafés wifi" o de "bars" compruebas que casi todos están del lado occidental de Myrtle. Lógico. Más cerca de Manhattan. Más cerca de Williamsburg. En la otra mitad del barrio -donde yo vivo- tienes groceries (colmados), laundries, mini markets, o sencillas taquerías, pero nada de locales pensados para jóvenes con barba y MacBook.


Central Café Brooklyn es recoleto, acogedor, tienen un sandwich de pollo riquísimo, sirven vino y cerveza, ponen wifi (of course, en estos sitios el wifi gratis es como el baño, se da por supuesto) y no está hiperpoblado. Y me caen bien sus camareros. El único pero es que no puedes pagar con tarjeta. Supongo que la tranquilidad de este café se debe a que la cafetería a la que peregrinan en masa los jóvenes de la zona es Little Skips, que está bien, no digo que no, más amplio, pero también más lleno de gente. Y no venden alcohol. Joer, y está bien el rollo de las tizas 
color pastel, las sillas como de pupitre de colegio, las muffin, los cupcakes y las galletas con grumos de chocolate. Pero yo quiero una birra, carayo. O un vino. Aunque sean las cinco de la tarde. Que el dulce engorda (XD). Por otra parte, probé un sandwich que no me gustó. 

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Así que ayer volví a Central Café Brooklyn a tomar un Starr Sandwich (sus bocadillos tienen los nombres de las calles de la zona, eso sí que es metagentrificación gastronómica) y un par de copitas de vino.

Y luego estuve en Goodbye Blue Monday, tratando sin éxito de darle incentivos a la creatividad literaria. Goodbye Blue Monday es un bar molón con un agradable ambiente de luces bajas que tiene eventos en vivo todas las noches: música, monólogos de humor, micrófono abierto... Y todo eso, sin importar que haya un público de 7 o de 25. Otro check en mi lista. Allí he descubierto que la Brooklyn Winter Ale es más suave que la Six Point, demasiado amarga para mi paladar ginproof. Otro día, si eso, os hablo de Miles, donde vi la Super Bowl, y de Tandem, lo más parecido a un bareto malasañero de imitación brooklyniana, también con camareros de flequillo engominado, dudosa inclinación sexual y mirada perdonavidas.

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Luciendo palmito en Little Skips

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Agustín Alonso G.    8.feb.2013 22:47    

Jessica Chastain tropieza en Broadway

El mismo día que el New York Times publicaba un artículo señalando el tirón en las taquillas de Broadway de estrellas de Hollywood como Al Pacino o Scarlett Johansson, protagonistas de reposiciones teatrales en los últimos meses, este espectador les daba la razón dejándose engatusar por el tirón del reparto de The Heiress, en el montaje dirigido por Moisés Kaufman, que disfruta su última semana sobre las tablas.

Porque, en efecto, si acudí a ver la obra de Ruth and Augustus Goetz inspirada en una novela de Henry James, fue por ver las interpetaciones de Jessica Chastain, que me tiene a sus pies desde El árbol de la vida (Tree of Life), y David Strathairn (el papel que le ganó una repercusión global fue el de Buenas noches y buena suerte -Good Night and Good Luck-, pero tiene una larga carrera en cine y teatro).

Tres de mis compañeras de fila, mujeres de cierta edad y seguidoras de Downton Abbey, venían al reclamo de Dan Stevens (Matthew en la serie de televisión). No es de extrañar que, como contaba el artículo del Times, la obra haya resultado económicamente rentable para sus productores, algo que solo una cuarta parte de los montajes estrenados en Broadway logra.

The Heiress, que cuenta con una adaptación al cine dirigida por William Wyler, es una historia ambientada en la alta sociedad neoyorquina de mediados del siglo XIX, en una casona de Washington Square donde viven un doctor viudo y su hija, una joven cándida e incapaz de hacer frente a la responsabilidad de sustituir en el corazón de su progenitor a su madre, que murió en el parto.

La aparición de un joven que pide la mano de la chica, y las sospechas del padre de que lo que el novio busca es la jugosa herencia de ella, tensarán las relaciones entre los personajes, que incluye también a una tía viuda. El padre amenaza con desheredarla si se casa con él, y les impondrá una separación temporal para poner a prueba su amor.

El guion -como la propia novela- tiene una línea narrativa que gusta a todo el mundo, aunque el mismo Henry James expresase cierto rechazo hacia Washington Square, la novela que inspira la obra, similar al que el Dr. Sloper siente por su hija.

Sube el telón y el decorado, una impresionante casona del siglo XIX, con su criada, su moqueta, sus tapicerías, escaleras y su lámpara de araña, mete al espectador de lleno en el drama. Miriñaques, sombreros de copa, pingüinos... el vestuario también hace su trabajo y la audiencia lo agradece con "ohs", respiraciones contenidas e incluso aplausos.

The-heiress-chastain-strathairnEl papel de Jessica Chastain es el de una mujer aprisionada por las expectativas de su padre y su interpretación está aprisionada por una recargada dirección de actores y quizá por las expectativas de quienes, como yo, venimos rendidos de antemano. Su trabajo es irregular; tiene momentos absolutamente brillantes (conmoviendo hasta la lágrima), pero en general está sobreactuada y es excesivamente teatral, algo especialmente chocante teniendo en cuenta que Chastain es una actriz de cine, donde sus trabajos se han caracterizado generalmente por la sutilidad.

Este espectador se pasó un buen rato luchando en su interior, tratando de justificar una interpretación llena de subrayados físicos y faciales que son en numerosas ocasiones, eso sí, agradecidos con la risa del público, ya que lo que deberían ser detalles que fueran reflejando la dulce vulgaridad de Catherine Sloper terminan por tener algo de slapstick. También la voz, que no tiene la profundidad ni la potencia de sus compañeros de reparto, es utilizada en extrañas modulaciones de cuando en cuando.

Curiosamente, y a pesar de esta sobrecarga expresiva, no sentimos la pasión ni la ira de la protagonista cuando llega el momento de reflejarlas.

Solo cuando Chastain deja llevar con naturalidad el cuerpo, la voz, los rasgos de su cara... es entonces cuando reconocemos a la actriz que nos ha seducido en La deuda, La noche más oscura, Take shelter o Criadas y señoras (donde su histrionismo era parte del personaje).

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Las mejores interpretaciones corren a cargo de David Strathairn -qué presencia- y Judith Ivey como la hermana viuda del Dr. Sloper e ingenua celestina de los amores entre su hija y Morris Townsend. Ambos son experimentados actores con una larga carrera a sus espaldas y eso se nota. Ella en concreto está sublime en un papel que podría ser cargante pero que no busca eclipsar en ningún momento a sus compañeros. Strathairn construye un viudo digno, incapaz para el cariño hacia su hija, pero a la vez cortés y honorable. Consigue que no le odiemos a pesar de todo.

Stevens cumple más que correctamente el papel de Morris, aunque quizá echamos en falta un punto de maldad y de sentir que domina desde la sombra. Soñamos, tal vez, con un Morris menos apocado.

Y mientras se baja el telón y la gente aplaude, Broadway ya sueña con quién será la próxima estrella de Hollywood dispuesta a encabezar un reparto, aunque, eso sí, suponga reponer obras antes que estrenar nuevos guiones, que pocas celebridades no están para riesgos sobre las tablas.

El montaje de The heiress dirigido por Moisés Kaufman para el Walter Kerr Theater de Broadway ha sido representado durante 18 semanas y concluye el 9 de febrero

Categorías: Cultura , Nueva York

Agustín Alonso G.    7.feb.2013 19:26    

George Bellows, violencia sobre lienzo

Es bien sabido que Nueva York atesora en sus múltiples museos tanto arte que lo mejor es renunciar de antemano a conocerlos todos (los museos, por supuesto; el arte, por descontado). La enorme calidad y cantidad de las obras que hay en museos como el Met, el MoMA o la Frick Collection, por hablar solo de tres de las más importantes pinacotecas, es todo un descubrimiento para los europeítos que nos pensamos que ya lo hemos visto todo en Madrid, París, Roma o Londres...

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La primera vez que estuve en Estados Unidos, descubrí en los museos de Nueva York y Boston que había muchos y grandes pintores estadounidenses de los siglos XIX y XX que no conocía. En esta ocasión, la sorpresa se llama George Bellows, a cuya exposición en el Met llego a través de un artículo de Muñoz Molina.

Bellows creó su obra en el primer tercio del siglo XX, pero su temprana muerte , a los 42 años, mutiló una carrera en pleno desarrollo creativo que bebía de Manet o Velázquez (véase a "Paddy Flannagan", el retrato de la izquierda, que tanto recuerda a los dignos bufones y borrachuzos que pintó el sevillano). Lo que nos ha dejado, sin embargo, es suficiente para hacerse un hueco en la historia de la pintura. Fue discípulo de Robert Henri, como también lo fue Edward Hopper, del que el verano pasado hemos disfrutado en el Museo Thyssen  de Madrid una exposición.

Hopper y Bellows nacieron en 1882, con unas semanas de diferencia, y aquel sobreviviría a este otros 40 años. Ambos se fijaron en la realidad urbana de su Nueva York contemporáneo, ambos fueron influidos por los grandes maestros europeos, e incluso ambos pasaron temporadas en contacto directo con la naturaleza de Maine, a la que retrataron, en estancias promovidas por su maestro, Henri.

Maine-george-bellows-edwardLa costa de Maine según George Bellows (izquierda) y Edward Hopper (derecha)

Por eso resulta especialmente enriquecedor compararlos. Donde en Hopper hay líneas rectas y contemplación, en Bellows hay trazos retorcidos y acción. Si el personaje de Hopper es solitario y espiritual, el de Bellows comparte su espacio y es sobre todo violencia y carnalidad. En ambos casos, hay muchas miradas perdidas en el infinito, pero los retratados de Bellows pierden casi siempre su vista por encima o por debajo del hombro del espectador; las de Hopper son miradas que se pierden en la propia inmensidad del cuadro, fuera de campo.

La luz de los cuadros de Hopper se desparrama por las ventanas y sobre los campos, la de Bellows sobre parques y riberas nevadas de Nueva York, cuando no agoniza en la noche apenas aliviada por las lámparas del gimnasio o la fogata de la obra. 

Edward Hopper es verano. George Bellows, invierno. Todd Haynes frente a Martin Scorsese. Courbet y Manet contra Goya y Velázquez.

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"[George Bellows] pintó y dibujó a los niños de los barrios de emigrantes, los niños que juegan o pelean en la calle o se bañan desnudos en las aguas sucias de los muelles del East River, con una atención respetuosa que parece anticipar las fotografías de Helen Levitt. Vivió en un tiempo en el que el dibujo tenía aún una presencia relevante en la prensa y en el que la pintura no había renunciado a su capacidad documental. Pintó a grupos de trabajadores ateridos que aguardan en una mañana nevada de invierno a que empiece la descarga de un transatlántico recién atracado. Pintó el trabajo en los astilleros y la diversión plebeya y populosa en la playa de Coney Island, la confusión del tráfico a la hora punta en Times Square, las sombras azuladas sobre la nieve en Riverside Park" ("Inesperado George Bellows", Antonio Muñoz Molina, 26 de enero de 2013, EL PAÍS)

La exposición de George Bellows en el Metropolitan Museum de Nueva York se prolongará hasta el 18 de febrero

Arroz-negro-marisco-rayuelaBonus track - Tip gastronómico

Rayuela: sofisticado (y no barato) restaurante en el Lower East Side que ofrece comida latinoamericana y española. Se recomienda reserva previa. Riquísimo el Arroz negro con Marisco, que yo acompañé con caipirinha. Impresionantes también las Vieras con Chirivía Trufada y la Gallinita prohibida, de los que probé un bocado. Éxito asegurado. [No puedo dejar de mencionar que llegué a este encantador sitio gracias a la inestimable guía de María y Quique, dos españoles en el mundo muy bien documentados sobre Nueva York y sus encantos]

 

Categorías: Cultura , Nueva York

Agustín Alonso G.    6.feb.2013 18:15    

'The Gatekeepers', el conflicto palestino-israelí desde la sombra

El 4 de noviembre de 1995, el primer ministro israelí Isaac Rabin era asesinado por un radical de derechas, que tiroteaba por la espalda el proceso de paz entre árabes y judíos que los Acuerdos de Oslo habían comenzado a gestar. Una de las consecuencias internas de aquel asesinato fue la dimisión de Carmi Gillon como director del Shin Bet, una de las principales agencias de inteligencia de Israel. Su sucesor sería Ami Ayalon, que ocuparía el cargo hasta 2000.

Ayalon, promotor de diferentes acciones por la paz y diputado laborista y miembro del gobierno de coalición entre el partido laborista y el Kadima, entre 2007 y 2009, fue el primero en aceptar la insólita proposición que le hizo el documentalista Dror Moreh: ser entrevistado delante de una cámara sobre su labor al frente del Shin Bet. Él mismo ayudó a convencer a otros directores de la inteligencia israelí.

De las más de 50 horas de entrevistas a los seis exdirectores del Shin Bet aún vivos es fruto The Gatekeepers, un documental de 97 minutos nominado al Oscar, parcial y fragmentario, pero instructivo y valiosísimo como documento histórico e informativo y como base para un debate.

Ver cómo seis antiguos máximos dirigentes de una institución cuya misión es el contraterrorismo y la seguridad interior afrontan su labor y se atreven a cuestionar casi unánimemente la incapacidad de Israel para llegar a un acuerdo con Palestina y los medios empleados para enfrentarse al terrorismo, resulta cuanto menos asombroso y aporta un ángulo peculiar al análisis del conflicto.

"Cuando te retiras del cargo, te conviertes en una especie de izquierdista", explica Ayalon refiriéndose a este enfoque sobre la paz alejado de la derecha israelí, con una afirmación que ofrece algo de luz al sorprendido espectador, al que le puede costar entender que el mismo (Avraham Shalom) que afirma que "en la guerra contra el terror, tienes que olvidarte de la moralidad" y que era responsable del Shin Bet cuando dos secuestradores palestinos fueron abatidos tras entregarse en el incidente del autobús 300 (asesinatos que se niega a aclarar a preguntas del director), es capaz de comparar la invasión de Gaza y Cisjordania con la ocupación nazi de Francia, Bélgica, Holanda, Polonia, Chequoslovaquia y Austria ("no igual, pero similar"). Una aserción que enfurecerá a muchos judíos.

¿Un documental de tesis?

El que fuera director de la agencia de inteligencia hasta 2011, Yuval Diskin, y que todavía desempeñaba el cargo cuando fue entrevistado, afirma que "está de acuerdo con cada palabra" de la cita del intelectual hebreo Yeshayahu Leibowitz -“La corrupción que caracteriza a todo regimen colonial prevalecerá también en el estado de Israel y se convertirá en un estado del Shin Bet"- cuando el entrevistador se la ofrece.

The Gatekeepers está dividido en siete apartados, partiendo desde la Guerra de los Seis Días, con un orden más temático que temporal, y mezcla las entrevistas con material de archivo y peculiares y cuidadas recreaciones digitales 3-D. 

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Entre las críticas más inteligentes a un documental que ha recibido elogios enfervorizados de buena parte de la prensa especializada, está la de Sol Stern en el City Journal. Stern hace una acertada comparación entre La noche más oscura y The Gatekeepers, afirmando que así como Bigelow no toma partido ante lo que está contando (las torturas de la CIA que llevaron a la caza de Bin Laden), "Moreh quiere que lleguemos al mismo juicio que él ya ha hecho" antes de realizar el documental.

En definitiva, The Gatekeepers es una reflexión crítica colectiva de seis personas que han vivido los últimos 40 años del conflicto palestino-israelí desde las sombras del contraterrorismo. Una pieza más para construir el collage de un intrincado conflicto sobre cuyo futuro los entrevistados son en general pesimistas.

"Lo peor de la guerra contra el terror es que nos hemos convertido en seres crueles, entre nosotros mismos, pero sobre todo con los palestinos", sentencia uno de ellos. "Habrá otro asesinato político" el día que se lleve a cabo la retirada de Cisjordania, profetiza Carmi Gillon, quizá doblegado todavía por el lastre en su conciencia y en su vida de aquel tristísimo 4 de noviembre que le pilló de viaje en París.

Categorías: Cine , Cultura , Nueva York

Agustín Alonso G.    5.feb.2013 17:03    

Ed Koch, el alcalde de Nueva York que merecía una película

"Cuando la leyenda se convierte en hecho, publica la realidad" (When the legend becomes fact, print the legend)  

El hombre que mató a Liberty Valance, de John Ford

 

"Tenía que hacer que la gente me siguiera, y comprendí que tenía que ser bigger than life. ¡Era teatro!"

Edward I. Koch en Koch, de Neil Barsky

El viernes 1 de febrero, el mismo día que se estrenaba Koch, un documental de Neil Barsky sobre la figura política del que fuera el 105º alcalde de Nueva York, su protagonista moría a los 88 años de un fallo cardíaco, como si quisiese irse de este mundo con un guiño final, un gag, una zapateta que resumiese su carácter y que al mismo tiempo subrayase su partida, dándole el protagonismo del que sin duda se consideraría merecedor.

Ed Koch fue "el Alcalde" de Nueva York para una generación, un político difícilmente clasificable que transitó de posiciones económicas de centro izquierda a un conservadurismo pragmático, aunque siempre liberal en lo social, fue un filón para la prensa con sus machadas y sus frases abruptas -que le ganaron enemigos por doquier-, una figura imprescindible para entender una de las épocas más definitorias de la ciudad, y más tarde, ya retirado de la primera línea política, crítico de cine o gastronomía, actor esporádico, escritor de novelas, comentarista político y apoyo buscado por unos y otros en sus aspiraciones presidenciales.

"Creo en Dios, creo en la vida después de la muerte, creo en un premio y un castigo. Y pienso que yo seré premiado", dice el regidor de la Gran Manzana entre 1977 y 1989 en un momento de la película, que, aunque también pone el foco sobre los puntos oscuros de su gobierno, es fundamentalmente el retrato de un gigante de la política, de un personaje que podría ser digno del universo John Ford y cuya imagen más representativa lo muestra en la boca del metro apretando las manos de sus ciudadanos y posibles votantes y diciendo: "¿Cómo lo estoy haciendo?" (How'm I doin?).

"Ser querido y respetado era muy importante para él. Yo diría que era su oxígeno", dice una de las voces autorizadas del documental.

Del Bronx a alcalde de una ciudad rota 

Edward I. Koch, nacido en 1924 en el Bronx, era hijo de una familia judía originaria de Polonia y emigrada a Estados Unidos. Trabajó desde muy niño para colaborar con la economía familiar y fue llamado a filas para luchar en la Segunda Guerra Mundial, acabando como sargento antes de reincorporarse a la vida civil. Estudió Derecho y a partir de 1952 se involucró en política en las filas del Partido Demócrata.

Entre 1967 y 1969 fue concejal de Nueva York y entre 1969 y 1977 fue congresista, labrando una imagen de independiente liberal capaz de llegar a acuerdos con los conservadores, según el perfil que The New York Times le dedica.

En 1977, Nueva York se encontraba al borde de la bancarrota, sumida en una aguda crisis económica y azotada por el crimen, la pobreza y la droga. Era la ciudad de la violencia y las bandas que retrató la película Los guerreros de la noche o, desde Little Italy, Martin Scorsese. Ed Koch fue elegido alcalde tras luchar en las primarias demócratas contra otros seis duros candidatos, entre ellos Mario Cuomo, padre del actual gobernador del estado de Nueva York y él mismo gobernador, después de derrotar en 1982 a Koch en el camino.

Ed Koch salvó a la ciudad de la quiebra y puso las bases para construir la prosperidad que hoy disfruta Nueva York. Con una política de recortes que buscaba equilibrar el presupuesto de una ciudad con 400 millones de dólares de deuda, se enfrentó a los sindicatos y a algunas minorías, que no pudieron en su pulso contra aquel político que afirma en el documental que no estaba dispuesto -"no way to be mayor"- a dejarse gobernar por "el miedo" y que "no importa cuán impopular me hiciesen" las decisiones que creyera necesarias para salir de aquel infierno.

Aquel tipo larguirucho y calvo, de verbo afilado, fuerte carácter  y sonrisa fácil, incluso para contestar a su entrevistador "it's none of your fucking business" ("no es tu jodido problema") cuando le pide una confesión sobre su inclinación sexual, fue reelegido en dos ocasiones con un apoyo de más del 75% de los votos.

Las críticas de afroamericanos y gays 

Ed_koch_2010En su haber, el que sus glosadores consideran probablemente el mayor de sus logros: el fomento de políticas de edificación y reordenamiento urbanístico que buscaba aliviar los graves problemas de vivienda que llenaban las calles de Nueva York de familias pobres sin un techo. A él se debe la transformación del Midtown de Manhattan de distrito de prostitución y drogas a lo que hoy es (también con prostitución y drogas, aunque de alta alcurnia, eso sí). 

En su contra, se le acusa de políticas contra las minorías, especialmente los negros y los homosexuales. En su primera legislatura, incumplió la promesa de no cerrar el hospital Sydheim de Harlem, un símbolo de la comunidad afroamericana (el mismo Koch reconoce en el documental que fue "un grave error") y los recortes en ayudas sociales golpearon obviamente con más fuerza a esta minoría, que le acusa además de una reacción feble a las agresiones racistas que se produjeron en Nueva York en los años 80, incluyendo varias muertes de jóvenes negros a manos blancas.

El hecho de que Koch acusara en varias ocasiones a los líderes de la comunidad afroamericana de "antisemitas" tampoco ayudar a cerrar la brecha racial. "Era muy difícil en esa época hablar por blancos y por negros", afirma en la película el periodista del Times Michael Powell tratando de contextualizar.

"Era la némesis de la comunidad negra", protestó el representante de Brooklyn en el Ayuntamiento cuando se votaba en 2011 que el puente de Queensboro pasase a incluir el nombre de Koch. "¿Era racista?", se pregunta en Koch el líder de la iglesia baptista abisinia, Calvin O. Butts, "Peor que eso: un oportunista".

Aunque en su primer mandato aprobó una ley que prohibía la discriminacion de los homosexuales en el acceso a vivienda y cargos públicos, la comunidad gay fue especialmente crítica con Ed Koch, acusándole de no hacer nada frente a la epidemia de sida que asoló en los 80 la ciudad, y afirmando que se debía a que él mismo era homosexual y no quería significarse. Koch, que nunca se casó y que afirmó en un par de ocasiones ser heterosexual, defendió el derecho a que la inclinación sexual de un político no fuese motivo de escrutinio público. Lo cierto es que tuvo que contrarrestar una campaña que lo tildaba de gay ("Vote Cuomo, don't go homo") y que podía dañar sus aspiraciones a la alcaldía en 1977, haciéndose acompañar en los actos electorales por su amiga y ex miss América, Bess Myerson.

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"Sus socios y admiradores, empujados a explicar cómo el alcalde podía ser tan popular al tiempo que reducía servicios urbanos y haciendo enfadar aparentemente a tantos colectivos, insistían que Mr. Koch tenía extraordinarios instintos políticos y un don teatral, y que su franqueza solo reflejaba lo que muchos neoyorquinos habían pensado siempre de sí mismos", resume el extenso obituario del Times del que muchos consideraban un perfecto representante del neoyorquino medio.

Una personalidad de extremos

"Sé que soy un tipo de los más honestos que han ocupado este puesto", decía Koch al comentar las terribles dudas (¿qué pensarán mis ciudadanos de mí? ¿qué dirán en el futuro?) que le atormentaron cuando estallaron los escándalos de corrupción que sacudieron su tercer y último mandato.

El entonces fiscal Rudolph Giuliani persiguió implacablemente una red de sobornos y tráfico de influencia que involucraba a algunos de sus principales aliados políticos y que terminó por debilitar la relación de amor entre el alcalde y su ciudad, que eligió en 1989 a su primer alcalde afroamericano para sustituirlo, el también demócrata David Dinkins, al que cuatro años después sustituiría Giuliani.

Nueva York no solo estaba en crisis, sino deprimida, dice una de las personas entrevistadas en el documental, y Koch fue un líder para ella. El Koch que Neil Barsky presenta es un personaje a ratos histriónico creado por él mismo, populista y dicharachero, pero también una personalidad política con la talla que exigen los tiempos de crisis. Un tipo capaz de contestar cara a cara a ciudadanos y periodistas reconociendo su parte de responsabilidad en los graves casos de corrupción que brotaron a su alrededor. Ay.

Koch ha sido enterrado este lunes en Nueva York, acompañado por el calor de miles de personas, entre las que se contaban representantes políticos de diferente signo y ciudadanos de a pie. No se puede saber si era el final que hubiera diseñado para el guion de su teatrero periplo vital, pero al menos tuvo tiempo para diseñar su propio epitafio y su tumba hace dos años:

“He was fiercely proud of his Jewish faith. He fiercely defended the City of New York, and he fiercely loved its people. Above all, he loved his country, the United States of America, in whose armed forces he served in World War II” ("Estuvo ferozmente orgulloso de su fe judía. Defendió ferozmente la ciudad de Nueva York y amó ferozmente a su gente. Sobre todo, amó su país, los Estados Unidos de América, en cuyo ejército sirvió en la Segunda Guerra Mundial")

¿Hubiera sido o no un personaje para John Ford?

Categorías: Actualidad , Cine , Nueva York

Agustín Alonso G.    4.feb.2013 22:31    

Scarlett Johansson en Broadway - 'La gata sobre el tejado de zinc'

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Al montaje de La gata sobre el tejado de zinc dirigido por Rob Ashford en Broadway le van cayendo bofetadas de mayor o menor consistencia, suavizadas por algún halago, pero en cualquier caso dolorosa lluvia fina de los críticos sobre una producción que había generado grandes expectativas.

Sí, Scarlett Johansson es el reclamo principal, en el papel de Maggie, "la gata", un regreso a las tablas de Broadway tras su interpretación en Panorama desde el puente, trabajo que le valió un Tony en 2010. Pero, además, su director cuenta con ocho nominaciones a los Tony -de entre las cuales ha conquistado un galardón- y viene de dirigir con éxito otra de Tennessee Williams, Un tranvía llamado deseo, en Londres, la otra plaza grande del teatro mundial. El reparto de la producción se completa con un puñado de actores de acreditada y premiada trayectoria.

¿Con estos mimbres, es justificada semejante pedrea? Cuesta hacer un juicio, nada acostumbrado como está uno a contemplar un trabajo teatral del nivel de Broadway. Una vez bajado el telón, sacudida la sensibilidad y disipado el encantamiento -y recordando el dinero que nos costó la entrada-, por si acaso nos hemos perdido algo 'in traslation' acudimos a las críticas de los medios más prestigiosos para ayudarnos a adquirir perspectiva. Tras este proceso de digerimiento, se hace difícil pergeñar algo original sobre Cat on a Hot Tin Roof, así que me declaro vencido de antemano en el intento.

Scarlett

Una de las críticas que más se ha hecho al montaje es el decorado y la escenografía. En efecto, los cortinajes y la iluminación que llenan el escenario recuerdan más a la Francia de Maria Antonieta o a la gran mansión de otra Scarlett, la O'Hara, y no a la descripción que Williams hace del lugar donde se desarrolla la obra y que refleja el carácter del dueño del lugar, Big-Daddy, un rico hecho a sí mismo lleno de vulgaridad.

El montaje estrenado el pasado 17 de enero, como suele ser habitual, escoge la segunda de las versiones que escribió Tennessee Williams, la que se estrenó en 1955 con la dirección de Elia Kazan. Williams había escrito incialmente un guion en el que el personaje de Big-Daddy desaparecía en el tercer acto, tras un segundo en el que este y su hijo favorito, el alcohólico Brick, mantienen un poderoso tú a tú en el que se desvelan secretos y mentiras (y que a este espectador le pareció el momento más potente del montaje, incluso aunque Benjamin Walter, que interpreta a Brick, no parece estar a la altura).

Kazan, que no aceptaba la ausencia del personaje sobre el que bascula toda la historia, obligó al dramaturgo a incluir a Big-Daddy en el tercer acto y a construir un final ambiguo abierto a la redención de Brick (aunque no tanto como la mítica versión televisiva con Paul Newman y Liz Taylor). Tennessee Williams quería que Kazan dirigiese su estreno, así que pasó por el aro. Como digo, es esta la versión que pone en pie Ashford en el Richard Rodgers Theater de Broadway desde el 17 de enero. Y bien que se agradece, teniendo en cuenta que Ciaran Hinds es lo mejor del elenco junto a la propia Scarlett, que construye una contenida Maggie, quizá tratando de mitigar la propia sensualidad que desprende inevitablemente la actriz neoyorquina.

Se ha criticado el exceso de efectos de sonido y subrayados sonoros y musicales a lo largo de la obra. Y me uno a esa crítica. Tampoco me convence el trabajo de Benjamin Walker para recrear a uno de los personajes más interesantes de la dramaturgia reciente. Demasiado frío, pero no con la frialdad reprimida característica del personaje, sino de cierta insulsez. No hay química entre él y la Johansson.

Scarlett Johansson

Entre la mayoría de los críticos, la actriz se ha llevado la parte del león. Hay quien cree que está demasiado constreñida tratando de construir una Maggie diferente a cualquier versión previa, entre las que se incluyen además de la de Taylor, la de Barbara Bel Geddes, Elizabeth Ashley o Kathleen Turner, o demasiado preocupada en elaborar su marcado acento sureño. Sin embargo, el trabajo de esta rubia con un torrente ronco en la voz ha sido considerado por la mayoría el mejor elemento de esta versión de la obra que Tennesse Williams consideraba su favorita.

FOTOS: REUTERS y (2) Stephen Lovekin/Getty Images/AFP

Categorías: Cultura , Nueva York

Agustín Alonso G.    3.feb.2013 22:14    

Formas y formas de ver cine

Me encanta el cine y me encanta verlo en salas de cine. Por eso me resultan cada vez menos llevaderas las carencias y falta de creatividad de la exhibición de cine en España. La industria del cine y parte del periodismo que la apoya no deja de llorar y lamentarse por un mundo que se va, a lo Cinema Paradiso.

Toda la culpa es de los zoquetes de los espectadores, o de la LOGSE, la culpa es del Gobierno, la culpa es de las nuevas tecnologías, la culpa es de Enrique Dans. La culpa nunca es de lo incómodos que son algunos cines o de que no ofrezcan alicientes al espectador, especialmente al espectador al que realmente le gusta el cine, que muchas veces tiene una pantalla de pulgones más que pulgadas en su casa.

Desde que el Gobierno aumentó el IVA de los productos del ámbito de la cultura y el espectáculo en septiembre, he visto en cines de España 21 películas, 6 de ellas españolas, 5 europeas y 2 en 3D. Salvo una, Operación E, que vi invitado a un preestreno, he pagado las entradas del resto con dinerete de mi propio recortado sueldo. Digo esto como argumento de autoridad para lo que viene porque no pertenezco a esa especie autóctona de los críticos de todo lo que huela a cine en España aun sin catarlo.

Esta semana he vivido uno de los momentos más sublimes de mi existencia. ¿Os acordáis del diálogo de Pulp Fiction sobre "las pequeñas diferencias" entre Vincent y Jules casi al comienzo de la película?

"-En Europa tienen la misma mierda que aquí, pero hay pequeñas diferencias -¿Por ejemplo? -Cuando vas a un cine en Amsterdam puedes comprar una cerveza, pero no te hablo de una cerveza en vaso de cartón viejo, sino en uno de cristal"

Pues en el Nitehawk Cinema, Williamsburg, Brooklyn, se cumplió para mí ese sueño. Y lo cumplí precisamente viendo una de Tarantino, a modo de realización metacinematográfica.  Dos pintas de Blue Point y una hamburguesa con patatas aderezaron el visionado de Django unchained (Django Desencadenado). El Nitehawk cuenta con mesa y menú para cada dos asientos y un hueco para el vaso. Y, por supuesto, hay espacio para las piernas. Lo dicho, sublime, a pesar de la longitud desmesurada de la película (joer, ¿no decían que los Weinstein eran manostijera?).

Django_nitehawk2

Nada que ver con lo que en Madrid te pueden ofrecer los cines Princesa -los Renoir, en general-. O los Verdi. O los Golem (aunque estos son más cómodos y tienen una oferta en la cartelera más personal). O los Ideal (aunque sus palomitas dulces me tienen cautivado). Me refiero a cines en versión original, claro, que no me gusta el cine mutilado. 

Nitehawk_cinemaQuizá esta soflama tiene algo de Paco Martínez Soria. Quizá en Madrid, en otras partes de España, tenemos algo así y no me he querido enterar porque solo tengo ojos para lo yanqui. Cosas como la Phenomena experience, recuperando títulos míticos de los 80 en 35 mm, son un camino abierto. O las reposiciones de grandes clásicos de los Verdi (este verano lloré con Centauros del desierto). Lo que sé es que a mí me gusta el cine, me gusta la experiencia de poder verlo en una gran pantalla, en versión original, cómodamente, y tomando una cerveza. Me gusta el cine espectáculo, me gusta el cine independiente, me gusta el 3D bien empleado (bravo por La vida de Pi)... me gusta el cine como arte y como espectáculo. Me gusta disfrutarlo.

P1010923Mientras no haga un esfuerzo por reinventarse, los lamentos de una distribución sonarán a rancia cantinela cuando la gente prefiera quedarse en casa viendo en su pantallón XXXL la peli o la serie de televisión en DVD o recién descargada. En su sofá favorito y con una litrona de los chinos o una botella de vino a mano.

El mismo día que fui a ver la de Tarantino, estuve en otra sala, los AMC 25, típicos multicines junto a Times Square, disfrutando de Gangster squad. Pantallón, buen sonido, cómoda butaca, hueco para las piernas... Ver cine así es otra cosa. La película no inventa la pólvora, tiene un guion sin matices y una realización que busca el espectáculo más que el riesgo, aunque también un gran reparto y una estética, la de los 20 del siglo pasado, llena de magnetismo. Pero la testosterona que chorrea por todas partes se disfruta de otra manera en esas condiciones. 

Además, ver este cine tan americano en un cine americano, como que enriquece la experiencia subjetiva. Me gusta pensar que sería similar a la contemplación de un cuadro del barroco español colgado en su hueco original en el Palacio Real.

Gangster_squad_amc25

Señores distribuidores, y amantes del cine en general en España, sospecho que este tipo de iniciativas (también reseñable el esfuerzo de proyección en el ReRun Theater, del que ya hablé) tiene que ver no solo con el amor al cine, sino con la pasión por reinventarse que tienen en Nueva York y el caracter emprendedor que lleva a la gente de aquí a innovar, a ofrecer algo nuevo y diferente.

Sospecho que durante mucho tiempo, posiblemente toda mi vida, seguiré dejándome los dineros en las taquillas de los cines de España. Pero me gustaría que, ya que lo hago, me ofrecieran un servicio mejor, una experiencia más plena.

Categorías: Cine , Cultura , Nueva York

Agustín Alonso G.    1.feb.2013 15:41    

Agus Alonso G.

Bio El Gentrificador

Aspirante inconsciente a perfecto burguemio, a estándar del coolismo wannabe. Siempre queriendo estar a la última y siempre llegando tarde. Cuando aparezco, los modernos huyen. Soy el umbral en el que lo alternativo pasa a mainstream, el momento más oscuro de la noche indie antes del amanecer de lo masivo. Señora, el gentrificador ha llegado a su barrio y los precios de los pisos se van a disparar. Este blog es junto al microespacio del mismo nombre en Radio 5, un espacio para nuevas voces, ideas y cultura emergentes. Mándanos tus propuestas a elgentrificador@rtve.es
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