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'House of cards', el "Ala Este" de la política estadounidense

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Hace ahora 10 años, El Ala Oeste de la Casa Blanca era la serie de éxito en televisión. El drama político de la NBC creado por Aaron Sorkin que retrataba a la administración del ficticio Presidente Bartlet reunía más de 10 millones de espectadores ante el televisor en su cuarta temporada. En febrero de 2003, el personaje interpretado por Michael Sheen se enfrentaba a su segunda inauguración.

Una década después, el idealismo político encarnado por aquel gobierno demócrata se ha convertido en House of cards, una cruel partida de ajedrez protagonizada por el líder -también ficticio- de la oposición demócrata en el Congreso, Frank Underwood (interpretado magistralmente por Kevin Spacey). Parece que los últimos diez años de crisis económica, división política y nuevos escenarios geoestratégicos han hecho su trabajo.

Se ha hablado mucho de House of cards, estrenada el 1 de febrero, porque es la primera serie producida por Netflix, el mayor videoclub online del mundo, cuyo objetivo -han reconocido sus ejecutivos- es "convertirse en HBO antes de que HBO se convierta en Netflix". Y se ha hablado mucho porque se han estrenado los 13 episodios de su primera temporada a la vez. 

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House of cards es el primer producto que surge de la estrategia de Netflix de creación de contenidos basados en los gustos de sus millones de usuarios. La serie está basada en una prestigiosa serie británica de 1990. Netflix sabe que a quienes les gusta esa serie les gusta Kevin Spacey y les gustan las películas de David Fincher. Así que han construido la serie de acuerdo a ello.

De momento el proyecto tiene aseguradas dos temporadas con un presupuesto de 100 millones de dólares. Es decir, nada de cutreces porque sea solo para internet.

En cuanto a su contenido, House of cards tiene algo de prefabricado, que hace que cuando termine no te quedes con la mandíbula colgando. Y digo prefabricado no tanto porque se haya escogido a su protagonista y al director de sus dos primeros episodios mediante esos estudios de los datos de los usuarios de Netflix (grandes elecciones ambas, así como la de Robin Wright, que está impresionante), sino porque en House of cards todo nos suena mucho a otras series: a El ala Oeste, por supuesto; a The Newsroom, a la parte periodística de The Wire; el protagonista maquiavélico o simplemente malvado con el que empatizamos y que hemos visto en tantas series de los últimos años... Por lo demás, la trama tiene peligrosos giros que huelen demasiado a deus ex machina. O sea, porque yo lo valgo.

Y aun con todo, House of cards es 100% recomendable. La trama engancha, gracias también a un reparto y una dirección de alto nivel. El guion no tiene aquellos diálogos con los que Alan Sorkin nos deleitaba por los pasillos de la Casa Blanca ni la profundidad de personajes de otras grandes series, pero mezcla en dosis adecuadas la acción de la trama con puntuales esfuerzos por desarrollar aspectos interesantes de alguno de los protagonistas. Además, introduce un elemento narrativo que le da un toque personal y hace que el espectador no pueda evitar que sus simpatías se dirijan inequívocamente hacia ese Maquiavelo con piel de demócrata.

Se nota que la segunda temporada ya está comprometida porque el final de esta primera parece más bien una interrupción de mitad de temporada, al estilo de estas temporadas finales que ya hemos visto en Los Soprano o, más recientemente, en Breaking bad. Deja el tablero de ajedrez listo para la siguiente fase de la partida. 

Es muy interesante el análisis que hace Richard Rushfield en Buzzfeed, desmitificando -o más bien situando en su contexto- la algarabía mediática que se ha montado en torno a House of cards (y que se monta en torno a otras series que gustan mucho a la élite cultural, pero que no tienen grandes audiencias, como Mad Men). Antes de gritar que este es el futuro de la televisión, es bueno reflexionar y hacer análisis serios. Calcula que para que Netflix recuperase la inversión tendría que hacer medio millón de nuevos suscriptores en cada uno de los próximos años, aunque eso es discutible, ya que lo que precisamente están vendiendo los jefes de la compañía es que creen en una estrategia de largo alcance, de productos de calidad sostenidos en el tiempo. Long-sellers más que best-sellers.

También queda por ver cómo afectará el modelo -si es que tiene éxito empresarial- a la forma de consumir los contenidos televisivos, que ahora se dirigen hacia una televisión más social, en la que los espectadores comparten su experiencia simultáneamente y mientras ven el episodio de serie o el talent-show de turno y que además permite generar contenidos (y por lo tanto publicidad) en otras pantalla. Con el modelo Netflix, ver una serie se parece más a ver una película en el cine (aunque también hay gente que, increíble, tuitea mientras ve una película en la sala) o leer un libro, por lo que la forma de compartir la experiencia tendrá que copiar estos modelos.

Categorías: Cultura , Televisión

Agustín Alonso G.   15.feb.2013 09:30    

Agus Alonso G.

Bio El Gentrificador

Aspirante inconsciente a perfecto burguemio, a estándar del coolismo wannabe. Siempre queriendo estar a la última y siempre llegando tarde. Cuando aparezco, los modernos huyen. Soy el umbral en el que lo alternativo pasa a mainstream, el momento más oscuro de la noche indie antes del amanecer de lo masivo. Señora, el gentrificador ha llegado a su barrio y los precios de los pisos se van a disparar. Este blog es junto al microespacio del mismo nombre en Radio 5, un espacio para nuevas voces, ideas y cultura emergentes. Mándanos tus propuestas a elgentrificador@rtve.es
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