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Bloqueo del escritor

Ideas
La idea perfecta no existe. Como tampoco los argumentos originales, las tramas jamás escritas

o los personajes construidos sin influencia alguna. Muchos creemos que en la literatura casi

todo lo importante está dicho y escrito. Así que no me extraña que más de uno sufra de crisis

creativa o tenga serias dudas a la hora de arrancar una nueva novela. Porque ¿Cómo sabes

que tienes una buena idea y no una copia de otra? ¿En qué momento te das cuenta de que

vale la pena escribir ese libro?

Cada escritor tiene sus trucos, manías y supersticiones. Todo vale si con eso se soluciona

el supuesto terror a la página en blanco. Cuentan que Víctor Hugo mandaba a sus criados

que le escondieran la ropa para así obligarle a quedarse en casa y ponerse a escribir. El

superventas Dan Brown asegura usar unas botas antigravedad que le permiten colgarse del

techo cual murciélago para conseguir el estado de relajación ideal. Manda narices. En cambio

Haruki Murakami se relaja corriendo todos los días un par de horas, y apuesta por la rutina

levantándose siempre a las 4 de la madrugada para ponerse a escribir.

Otros echan mano de la superstición. Isabel Allende empieza sus novelas el 8 de enero y tras

encender una vela. Hemingway solía trabajar con una pata de conejo en el bolsillo para alejar

los malos augurios mientras que Truman Capote nunca empezaba ni terminaba ningún texto

los viernes.

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También la obsesión tiene mucho que ver con la escritura, con el miedo al fracaso y con el

hecho de no saber si ya se está preparado para empezar una nueva historia. En algunos

casos, esa inseguridad y obsesión pueden alcanzar límites dramáticos. El suicidio de David

Foster Wallace, por ejemplo, no se puede desvincular de la propia creación literaria. ¿Vale la

pena tanto sufrimiento?

Puedo dar fe de que uno de los principales enemigos de la escritura es la tecnología.

Distracciones cotidianas como chequear el correo, buscar información sobre cualquier cosa,

ver videos o actualizar tu estado en las redes sociales puedes arruinarte una jornada de

trabajo. Por eso ya han surgido aplicaciones pensadas para los escritores y sus ordenadores.

Y no es ninguna broma. Hay algunas que restringen el uso del navegador limitando la entrada

a ciertas webs; otras te marcan el ritmo, obligándote a escribir un número concreto de páginas

a riesgo de iniciar una molesta batalla de mensajes y sonidos. Incluso las hay que te proponen

fondos sonoros para una escritura más relajada. ¿El mundo exterior se ha convertido en una

amenaza para la creatividad?

Las dudas, la propia certeza de no disponer de una buena historia e incluso la falta de tiempo,

han llenado papeleras y cajones de ideas descartadas o inacabadas. Claro que en ocasiones

se han vaciado cuando el heredero de turno decidió convertirlas en obra póstuma. Como ha

sucedido con Nabokov, Stieg Larsson o José Saramago. Estoy convencido de que no siempre

el autor desaparecido estaría contento con esa decisión, pero sería un mal Impostor, si ahora

quisiera abordar un tema tan delicado que no va con este post literario de hoy.

Categorías: Libros

Asier Ávila    9.dic.2014 10:59    

Autoficción

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Vivimos una época donde nuestra vida privada tiende a ser compartida, fotografiada, etiquetada

y comentada a diario en las redes sociales. Esta vida virtual provoca una extraña sensación de

intimidad compartida con personas a las que casi ni conocemos. Es como si nos interesara mucho

más mostrar nuestro “yo”, aunque sea inventado, que guardarlo para nosotros mismos.

Quizás por eso la autoficción vive un momento especialmente dulce. Y aunque el yo como

material literario es más viejo que caminar a pie, el copyrigth de la palabreja lo tiene, desde

1977, el autor francés Serge Doubrovsky. Según él, podríamos definir como autoficción aquellas

novelas donde el escritor real se convierte en un personaje más; de tal manera que la trama usa la

biografía de su autor como parte de la ficción.

Así pues, ¿de qué estamos hablando? ¿De novelas autobiográficas? ¿De ficción realista?

Mi adorado Kurt Vonnegut dijo: “ten cuidado con lo que aparentas porque acabarás siéndolo”.

Pues no estaría mal que se lo aplicaran algunos practicantes de la autoficción, no vaya a ser que

al final no sepan diferenciar entre autor y personaje.

En nuestro país tenemos grandes expertos en la materia. Enrique Vila-Matas es un habitual de

los juegos metaliterarios que cristalizaron en obras como “París no se acaba nunca” o “El Mal

de Montano”; Javier Marías se retrató en “Negra espalda del tiempo”. Javier Cercas se paseó por

“Soldados de Salamina”; Elvira Lindo en “Lo que me queda por vivir” y Juan José Millás está

omnipresente en sus “Articuentos”.

Pero hay más. Paul Auster aparece como personaje en “La ciudad de cristal”, Brett Easton Ellis

ficciona su propia vida con resultados terroríficos en “Lunar Park”, Coetzee muestra su pasado

en “Verano” y Philip K. Dick se convierte en narrador en su novela “Valis”.

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Y el fenómeno sigue creciendo. Lo vemos por la existencia de obvios alter egos, como Nathan

Suckerman en la obra de Philip Roth o Arturo Belano en la de Roberto Bolaño. O por la cantidad

de pleitos y quejas que algunos libros han provocado entre allegados al autor en cuestión. No

siempre está muy claro donde hay que situar el límite a la hora de hablar de los otros.

Pero si algún arte se lleva el primer premio a la hora de emplear la autoficción, éste es el comic.

Ahí está Art Spieglman como personaje narrador en la genial “Maus”. También se autorretrata el

famoso Robert Crumb en “Confesiones”, igual que hace Harvey Pekar en “American Splendor”

donde usa su vida cotidiana como único material literario.

En evidente que en la actualidad los cómics autobiográficos marcan tendencia, como

demuestran, entre otros, Juanjo Sáez, Guy Delisle, Chester Brown, Lewis Trondheim, Marjane

Satrapi o Paco Roca.

Hay quien opina que la mejor manera de esconderse es mostrarse abiertamente. Ya nos advirtió

Poe en “La carta robada” que la mejor forma de ocultar un secreto es dejándolo a la vista. Si lo

sabré yo que cada semana me muevo como pez en el agua, entre juegos e imposturas.

Categorías: Libros

Asier Ávila    9.dic.2014 09:58    

Literatura de viajes

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El viaje es uno de los grandes temas literarios. Como el amor o la muerte. Detectamos su

presencia en obras tan diferentes y distantes como “La Odisea” de Homero, “El lobo de mar”

de Jack London o “En el camino” de Jack Kerouac. Por eso los estudiosos no acaban de ver

claro lo de etiquetarla y dudan si otorgarle o no el rango de género literario. Porque a lo

largo de la historia, raro era el novelista que no escribía sobre sus experiencias viajeras; como

hicieron Dickens, Stevenson, Conrad, Mark Twain, Henry James, Melville, Emilia Pardo Bazán

o Pérez Galdós. En la actualidad, debido al turismo masivo, la globalización y el acceso a la

información, hay quien opina que estamos ante el fin de este género. ¿O no?

 

Es arriesgado ser tan contundente, pero tengo la impresión de que con el fin del siglo XX se

acabó el filón de los grandes libros de viajes. ¡Si es que ya no queda nada por descubrir! En la

pasada centuria los autores viajeros aprovecharon el filón para sacarle el máximo rendimiento

a su carrera literaria y, en algunos casos, disfrutando, además, de unas buenas vacaciones

pagadas. André Gide viajó al Congo enviado por el gobierno y acabó publicando un libro

anticolonialista; Evelyn Waughn escribió sobre el Mediterráneo a bordo de un crucero;

Graham Greene narró su estancia en Liberia y Pearl S. Buck sus viajes por Japón. También

son muy recomendables las lecturas de clásicos como Steinbeck, que recogió en un libro la

experiencia de conducir por Norteamérica o los hermanos Durrell, que describieron la magia

de las islas griegas. En nuestro país Camilo José Cela convirtió La Alcarria en un espacio literario

universal, Miguel Delibes narró su periplo americano y Julio Camba hizo lo propio con sus

viajes como corresponsal. Todos ellos, grandes escritores y grandes viajeros. Aunque no sé

hasta qué punto les interesaba el viaje como material literario.

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A finales del siglo XX los libros de viaje tomaron caminos menos transitados gracias a la

aparición de Bruce Chatwin y el periodismo literario. Con “En la Patagonia” fusionó ficción

y periodismo para lograr una narración híbrida, mitad viaje mitad novela autobiográfica

que marcó a otros autores. Junto a él, otros periodistas publicaron libros que elevaron a los

altares el viaje. Kapuscinski mostró la realidad de otras culturas en obras como “Ébano”; Cees

Nooteboom introdujo su talento como poeta en “Desvío a Santiago” y Paul Theroux nos regaló

sus viajes en ferrocarril en “En el gallo de hierro”. Pero hay más, como esos libros “nómadas”

que jamás serían etiquetados como libros de viaje por sus autores. Como la autobiográfica y

derrotada “El pez escorpión” de Nicolas Beouvier o gran parte de la obra del escritor argentino

Martín Caparrós.

 

No caeré en la socorrida y algo “naif” afirmación de que la lectura te permite viajar sin

moverte del sillón, aunque en el fondo me la crea, pero sí reivindicaré, sin imposturas, la

necesidad de estos viajes literarios que nos transportan a lugares conocidos o que creíamos

conocer, sin haber puesto nunca el pie. Y eso no tiene precio. Bueno sí. El de comprar un libro.

Categorías: Libros

Asier Ávila   17.nov.2014 20:57    

Los traductores

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Hace algunas semanas fue el Día mundial de la traducción. Para conmemorarlo se

celebraron algunos actos en centros culturales, se reivindicó su importancia con

artículos periodísticos y se colgaron mensajes optimistas en las redes sociales. En fin,

un día lleno de buenas intenciones.

Pero no me equivoco si afirmo que, a la mañana siguiente, muchos volvimos a

olvidarnos de este asunto. Y es que en esto de la lectura, caemos en el error de

imaginar que los libros los escriben “solo” los autores y que no importa que las novelas

sean inglesas, noruegas o chinas. Son historias, que como por arte de magia, están

escritas en un lenguaje comprensible para nosotros.

En pocas palabras: los traductores son invisibles. O casi.

Pero la realidad es que estamos ante un oficio exigente y en opinión de los

directamente implicados, mal pagado. Si ya era así en los buenos tiempos, imaginad

ahora que el sector está pasando por una crisis agónica y algunos editores ven los

gastos de traducción como un obstáculo más en la publicación de un libro. ¿Cómo

creéis que lo lleva la nueva generación de traductores?

 

Cierto que no todas las editoriales tratan a sus traductores de la misma manera.

Desde hace algún tiempo algunas ponen su nombre en las portadas y firman contratos

de colaboración menos sangrantes, gracias al trabajo que se hace desde la Asociación

de Traductores. Si existirán diminutos brotes verdes en este sector, que hasta han

conseguido poner un pie en la RAE, gracias al traductor de Kafka: Miguel Sáenz, que

se sienta en la b minúscula.

Dicho esto, estaréis de acuerdo conmigo en que sin traductores no existiría la

literatura. Y no solo relacionado con la “importación” de textos, sino también con la

exportación de aquellos escritores españoles que son publicados en el extranjero.

Algunos con más éxito fuera que en casa.

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Walter Benjamin dejó escrito en su tratado “La tarea del traductor” y cito casi

literalmente que: “la finalidad de cualquier traducción literaria es la de ser capaz

de mantener con vida el poder misterioso del lenguaje, más allá del cálculo de

equivalencias entre el original y su traducción”. Y es que los buenos traductores tienen

un alto porcentaje de literato en su ADN. Normal entonces que muchos hayan sido

también novelistas, algunos tan famosos como Borges, que tradujo textos de Poe,

Kakfa o Faulkner al castellano; Javier Marías que hizo lo propio con Laurence Sterne y

Robert Louis Stevenson; y hasta el misterioso Haruki Murakami se atrevió a traducir al

japonés la obra de Raymond Carver y J.D. Salinger.

¿Qué características marcan la excelencia de un traductor literario?

 

Sería fantástico que todos pudiéramos leer en varias lenguas y disfrutar así de la

literatura en versión original. Pero dada esa imposibilidad, aprovecho este post para

cargar contra ese negativo proverbio italiano de “traduttore, traditore”, y reivindicar el

trabajo de los buenos traductores, que no son unos impostores del lenguaje, sino que

son, simple y llanamente... escritores.

Categorías: Libros

Asier Ávila   17.nov.2014 20:43    

La investigación

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Ya lo digo yo de entrada: hay muchas novelas que se han escrito solo explotando el

imaginario del autor y sin más documentación que sus lecturas personales. Pero no

me negaréis, que lo habitual es que la investigación sea una etapa clave en cualquier

proceso de escritura. Hay que ver cuántos libros, potencialmente fantásticos, dejaron

de serlo por un trabajo de documentación insuficiente e impreciso.

Así que lejos de ser una crítica al poder de fabulación de las novelas, este post de

hoy quiere ser un homenaje a los que se las trabajan hasta la extenuación. O en otras

palabras: el “vivir para contarla” que acuñó el añorado Gabriel García Márquez.

Y como recurrir a los clásicos viste y pone las cosas en su sitio, ahí va una lista de

aquellos ilustres que arriesgaron sus vidas para poder narrarlas después. Herman

Mellville se enroló en un ballenero para escribir Moby Dick; Hemingway condujo una

ambulancia durante la Primera Guerra Mundial y no noveló en “Adiós a las armas”.

Sin sus viajes por África, Joseph Conrad no habría viajado por “El corazón de las

tinieblas”. Y si Jack London no hubiera ido a Canadá en busca de oro y aventuras,

difícilmente hubiéramos leído Colmillo Blanco.

¿Estamos de acuerdo, pues, en la importancia de vivir para contarlo?

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Hoy en día y gracias a internet parece sencillo contrastar cualquier información. Desde

la fecha de una batalla al apellido de un político chino.

Pero claro, cada género tiene su liturgia. A algunos el proceso de documentación ni

les va ni les viene, como los acólitos de la novela romántica, donde la verosimilitud de

la historia no es una condición básica para su disfrute. En cambio hay otros, como los

adscritos al género histórico, que viven sumergidos en una montaña de libros y fechas.

Pienso en Umberto Eco, Ken Follet, Santiago Posteguillo, Robert Graves o Hillary

Mantel. Y qué decir de los más policíacos, que se pasan media vida en juzgados,

comisarías y bajos fondos, como Juan Madrid, Dennis Lehanne, Ian Rankin o Alicia

Giménez Bartlett.

Pero el proceso de investigación puede llegar a ser tan absorbente y fascinante, que

los hay que deciden que la realidad y la ficción se entremezclen. Como hizo Enmanuel

Carrere con las biografías de Limonov y Philip K. Dick; o Francisco Goldman en “El

arte del asesinato político”.

Cuando esto ocurre, ¿de qué género estamos hablando?

 

En cualquier caso, en el periodismo literario de investigación es donde la implicación

por parte del autor llega a su máxima expresión. Ted Conover se pasó varios años

para conseguir el puesto de guardia de prisiones y así escribir un libro desde dentro

de la cárcel; Barbara Ehrenreich dejó su comodidad burguesa para describir la vida de

las clases pobres estadounidenses y trabajó durante un año en oficios precarios y mal

pagados. También podríamos citar las crónicas de Leila Guerriero, y los trabajos de

Daniel Alarcón, Martín Caparrós o Jon Lee Anderson. Así pues, ¿El periodismo es el

salvador del realismo en la literatura?

 

García Márquez siempre se asombraba de que alabaran el lado imaginativo de sus

obras, cuando aseguraba que todo lo que había escrito surgía de la realidad. Una

realidad y una ficción que se retroalimentan, que son la esencia de la literatura y de la

biografía de este Impostor.

Categorías: Libros

Asier Ávila   17.nov.2014 20:17    

LA NOVELA GRÁFICA ES TENDENCIA

 

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Hubo un tiempo que esto de leer tebeos estaba bastante mal visto sino tenías menos de 15 años o no esperabas nada de tu futuro como adulto responsable. Pero hoy en día el veto ha desaparecido y ya no es algo que debas ocultar sino todo lo contrario. Leer novela gráfica es tendencia. Y eso es un hecho.

El término novela gráfica se acuñó para dar una pátina de seriedad a los tebeos, que acostumbraban a publicarse en revistas de muy diferente pelaje, casi siempre para adolescentes.

Las primeras obras que definen el género se atribuyen a visionarios como el norteamericano Will Eisner o los franceses Tardí y Forest. Pero no fue hasta la publicación de una obra magna titulada MAUS y creada por Art Spiegelman que el término tomó pleno sentido.

A partir de entonces la etiqueta novela gráfica se asocia a historias autoconclusivas, en formato libro, con profundidad literaria y dirigidas a un público adulto.

Hoy en día el cómic es un arte respetado y sus autores (sin meternos en temas pecuniarios, que ahí sí hay diferencias) poco tienen que envidiar a sus pares literatos. ¿O no?

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No es complicado certificar el sólido avance de la novela gráfica como producto de consumo masivo. Y no solo porque conocidos centros comerciales han abierto secciones dedicadas exclusivamente al cómic, ni tampoco porque las grandes editoriales han decidido apostar seriamente por su publicación.

No, no. La principal prueba es la estupenda visibilidad de autores como Paco Roca y su multipremiada obra Arrugas o los elogios internacionales a la obra de Max y la ingente cantidad de autores que están publicando cada vez más y mejor. Y ahí están Juanjo Saez, MIguel Brieva, Lola Lorente, Santiago García, Sergi Puyol, Alvaro Ortiz, Clara Tanit, Paco Alcázar, Mauro Entrialgo, David Sánchez…

Y la cifra no para de aumentar.

Y la cosa no se quedará aquí, estoy seguro. La novela gráfica, el tebeo, el cómic, la historieta o como lo quieran llamar seguirá consiguiendo más adeptos. Porque la narración en viñetas puede ser profunda y emocionante como demuestra Jason con su No me dejes nunca, porque los argumentos son ilimitados y sensibles como atestiguan los libros de Seth y porque la capacidad poética del cómic no tienen rival como deja claro la obra de Chris Ware.

Y todo esto sin tener en cuenta que los lectores más jóvenes conectan con el lenguaje sintético y visual del comic de manera natural. Vamos, que poco más se puede pedir.

Es posible que la novela gráfica esté de moda, que su éxito sea una burbuja dentro de la industria editorial y que como todas las tendencias acaben por perder fuelle.

Pero imposturas la justas que el cómic ya es mayor de edad y se las arregla muy bien solito.  

 

 

Categorías: Actualidad , Libros

Asier Ávila   19.jun.2014 18:01    

Los padrinos literarios

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Es obvio que para conseguir un puesto de trabajo, además de un vistoso currículum nunca sobra alguna “ayudita”, algo que saque nuestro nombre del montón de pretendientes y nos coloque entre los elegidos. Un enchufe, vaya.

Ser un escritor desconocido en la desalmada jungla de las novedades editoriales puede ser absolutamente desalentador. Normal, entonces, que muchos necesiten el apoyo de otros autores más reconocidos y famosos que, a modo de “padrinos”, les ayuden a abrirse camino en esto de la literatura. Como hicieron a su manera Samuel Becket con James Joyce, Sherwood Anderson con Faulkner, Saul Below y Philip Roth, Juan Benet y Javier Marías o Gil de Biedma con Juan Marsé.

Y es que casi siempre, tras el éxito de un joven escritor, están los consejos de otros con más experiencia. Ley de vida, supongo.

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En la acepción clásica del término se entendía que los padrinos eran consejeros, guías curtidos en el pantanoso terreno de la literatura. Actualmente eso de la relación maestro discípulo se ha perdido y no se estila demasiado lo de tener un mentor que te enseñe el oficio. Quizás por eso proliferan tanto las escuelas de letras. Y quizás por eso ya no quedan ni tertulias literarias donde refugiarse.

Hoy en día los debutantes pasan del anonimato a las mesas de novedades sin más dilación. Eso sí, una vez allí, pocos son los que se quedan y muchos los que regresan al lado oscuro.

Lo que darían muchos escritores noveles por contar con el apoyo de un autor destacado que leyera su manuscrito y le marcara el camino a seguir. Pero la realidad se impone, no todos están por la labor, aunque de vez en cuando soñar dé sus frutos.

Índice

No hay que desesperarse si no encontramos a un escritor de prestigio que nos ayude. Siempre queda el recurso de pedirle una frase elogiosa para poner en la faja promocional, que sirva como cebo para pillar al lector. Sólo hay que echar un vistazo en las mesas de novedades para comprobar que es un recurso que funciona, aunque debo confesar, que si me dieran un euro por todas esas fajas con frases grandilocuentes que tiro a la basura antes de empezar la lectura, ahora no estaría escribiendo este post.

Yo no me apunto a esa máxima de “piensa mal y acertarás”, y aunque reconozco que en el marketing editorial prima el éxito comercial por encima de todo, me resisto a creer que tras una frase halagadora y a veces rimbombante, se esconde una impostura.

Categorías: Libros

Asier Ávila   12.may.2014 23:14    

La primera novela


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Dicen que en la vida siempre hay una primera vez. También en la literatura, por supuesto.

Todos los escritores, aunque algunos prefieran olvidarlo, tienen una primera novela, como le ocurre al gran Pamuk.

El problema con ellas es que suelen reflejar todas las filias de su autor, que mientras busca su propia voz, escribe por imitación, y eso, a menudo, es como un dolor de muelas.

Sin embargo, y aunque sé que no es lo habitual, hay ocasiones en que un autor primerizo da un pelotazo con su primer libro.  Que se lo pregunten a escritores como Ildefonso Falcones, Dolores Redondo, Almudena Grandes o Julia Navarro. Pero... ¿una primera novela de éxito es siempre una bendición?

Lo normal es que un escritor sea conocido y se gane razonablemente la vida tras una carrera más o menos larga. Y que su primera novela pase desapercibida entre su vasta y exitosa producción. Por eso todo el mundo conoce Moby Dick pero casi nadie Taipi, la primera novela de Melville. Y lo mismo pasa con megaestrellas del tamaño de Dan Brown y su infumable primera obra, los libros bajo pseudónimo de Ken Follet, el titubeante arranque de John Le Carré o los tibios estrenos de Javier Cercas y Rosa Montero.

 

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También puede ocurrir lo contrario, que la fama de novelas posteriores de una nueva vida a la que surgió primero. Reediciones, les llaman. Supongo que muchos autores aprovechan para corregirlas y limpiar un poco el rastro del autor novato que una vez fueron. ¿O no?

Y es que eso de reeditar primeras novelas es una situación bastante corriente en el mundo editorial. Por un lado si el autor es famoso, puede reportarle algunas ventas inesperadas, y por otro, sobre todo si está muerto o pertenece a otra editorial, puede ser un buen reclamo para revitalizar su obra. Como ha hecho Penguin Mondadori después del éxito de Perdida, escrita por Gilliam Flyn, o Planeta con la edición en bolsillo de Paul Auster, o incluso lo que hacen algunas editoriales independientes con los novelistas clásicos.

Tras el éxito de su primera novela Salinger decidió esconderse, pero su fama le acompañó hasta la sepultura. Y es que hay cosas de las que no puedes huir, aunque te escondas tras un sinfín de imposturas. A fin de cuentas el pasado nos pertenece y, quieras o no, una primera novela también te retrata, porque es para siempre.

 

Categorías: Libros

Asier Ávila   12.may.2014 22:57    

CINE Y LITERATURA

Lo suelto  así, de entrada. ¿Si el cine y la literatura fueran los protagonistas de una película romántica, qué relación tendrían?  ¿Serían "solo" amigos? ¿Amantes? ¿Pareja de hecho? ¿Un matrimonio bien avenido? Porque es innegable que el cine y la literatura tienen una relación intensa, compleja y de ida y vuelta.  La industria editorial, en su eterna búsqueda de la novedad, produce mucho material relacionado con el cine. Y a su vez, los productores, locos por encontrar nuevas y originales historias, no paran de pagar derechos de muchos libros.
Será por eso que la narración cinematográfica tiene una gran influencia en bastantes novelas modernas. Si es que hay algunas, que las han escrito pensando más en su posible adaptación, que en el lector.
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En la editorial y librería madrileña Ocho y medio, especializada en cine, se puede encontrar mucho material impreso sobre el séptimo arte. Según ellos, lo que mejor funciona son las biografías de actores famosos y los libros de referencia clásicos. 
Pero viajemos al pasado, que la memoria siempre ayuda a poner las cosas en su sitio. ¿Sabíais que la industria de Hollywood ha echado mano de los novelistas desde su nacimiento? Lo que no puedo asegurar es que haya sido una relación feliz a juzgar por las pestes que soltaban ilustres autores como William Faulkner, Raymond Chandler o Francis Scott Fitzgerald después haber escrito guiones para la autodenominada "fábrica de sueños". Eso sí, de la pasta que ganaban, no decían nunca nada.
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Pero hay más, muchos más. Hemingway no escribió guiones pero vendió con gusto los derechos de varias de sus novelas. Norman Mailer intentó sin éxito ganarse la vida como guionista de Hollywood. Stephen King es posiblemente el escritor con más obras adaptadas a la pantalla. Philip K. Dick ha inspirado la mitad de la producción de ciencia ficción cinematográfica reciente… Y podría hablaros de Mario Puzo, William Goldmand, Ray Bradbury, Aldous Huxley, Elmore Leonard…
Pero no todo ocurre en los Estados Unidos. En España pienso en Rafael Azcona, David Trueba, Gonzalo Suárez o Fernando León de Aranoa, que también saben bastante de este post de hoy.
Claro que en la actualidad las cosas han cambiado mucho; sobre todo para las novelistas que han emigrado en masa a la ficción televisiva. Borja Cobeaga, autor de éxitos como Pagafantas y No Controles, y que dirige y escribe sus propias películas, opina que la relación entre el cine y la literatura ya no es tan cercana como antes. Y encuentra los motivos en que la mayoría de directores de cine actuales ya no leen tanto y que buscan sus referentes en otras películas. 

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Que lo audiovisual puede con todo, lo encontramos hasta en las mismísimas fajas promocionales de los libros: "novela trepidante de ritmo cinematográfico", "novela de misterio, a la altura del mejor Hitchcook" o "Billy Wilder se hubiera reído al leerla”. Y no es solo puro marketing. Muchos autores admiten que el cine ha influido y de qué manera, en sus libros. Como hizo  Antonio Muñoz Molina en su blog personal. O qué decir del propio Paul Auster, que un buen día decidió ser él mismo quien llevara sus obras a la gran pantalla. Lo del resultado que obtuvo, ya es harina de otro costal.  Sin embargo, el escritor Dennis Lehane, que ha trabajado en series de televisión de  culto como The Wire y ha visto cómo sus novelas Mystic River y Shutter Island eran adaptadas con éxito por Clint Eastwood y Martin Scorsese, es un brillante ejemplo de que en esta carretera de dos direcciones, que es la relación entre el cine y la literatura, se puede viajar en primera.
¿Entonces, en qué quedamos? ¿Amigos o algo más? Como no pretendo sentar cátedra ni quiero pasar por ser un bloguero estirado y carca, lo dejaré en tablas. Pero con dudas.
Lo que sí tengo claro, es que para un servidor, una vida sin libros sería quizá tan aburrido como una sin películas. Así que por mí ya pueden seguir juntos hasta que la muerte los separe. Pero eso sí, sin imposturas.

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Categorías: Cine , Libros

Asier Ávila   12.nov.2013 12:13    

ESCRIBIR LA CRISIS


La crisis, la maldita crisis. Esa palabra es como un mantra. Suena en la radio mientras me preparo el desayuno, la escucho filtrada en las conversaciones del metro, la leo en los titulares de los periódicos y se repite hasta la saciedad en las tertulias televisivas. Imposible escapar de su influjo. La crisis ha producido, produce y producirá páginas como para empapelar un estadio de fútbol. Y si no, al tiempo. Y claro, el mundo editorial no se queda al margen. Todo lo contrario. Es curioso porque antes los libros de economía eran como las acelgas para los niños, indigestibles. En cambio ahora, todos queremos saber un poco más sobre primas de riesgo, bonos basura y bancos malos.  Normal, cuando algo te afecta, buscas respuestas. Forges_bancos1


Una de las editoriales que mejor está publicando la crisis es Capitán Swing, una editorial pequeña, que desde su independencia se arriesga con títulos tan interesantes como  “Sociofobia” de César Rendueles, un tratado profundo y ameno sobre la situación política actual. Y es que si miras la lista de más vendidos, apartado no ficción, descubres que la crisis vende. Esta misma semana el recién publicado “Diario del Crash” de Niño Becerra está en lo más alto. Por eso pocas editoriales no se han subido al carro del “libro de la crisis”.  Libros cuyos títulos me tienen fascinado. Los hay chocantes como la “Crisis Ninja”. Largos y con pegada como “Lo que debes saber para que no te roben la pensión”, secos “Algo va mal”, abiertos a la esperanza como “Hay vida después de la crisis” o campechanos como “Economía de andar por casa”.
Uno que sabe mucho sobre "libros de la crisis" es Enrique Murillo, editor de Los libros del Lince, que descubrió  al superventas Santiago Niño Becerra y ha publicado obras tan interesantes como "Posteconomía" de Antonio Baños. Él tiene claro que los motivos del éxito son decir la verdad y contarla de manera sencilla.
Aunque para ser justos, deberíamos detenernos un segundo en el que fue el primer gran bestseller de la crisis, de imperativo título: “¡Indignaos!” del fallecido Stéphane Hessel. Stephane-Hessel-700x400

La literatura nos ayuda a comprender la realidad, pero como es lógico, la ficción ha necesitado un poco más de tiempo para digerir la crisis, para poder entenderla y convertirla en material novelístico. Ahora ya podemos encontrar en las mesas de novedades muchos títulos que han tomado la situación económica y sus consecuencias como argumento. Ahí tenemos las obras de Pablo Gutiérrez, Petros Markaris, Lara Moreno, Jonathan Dee, Kiko Amat o Dave Eggers. Capítulo aparte merece el gran Rafael Chirbes, un escritor visionario que desde su retiro rural levantino, hace años que viene dando pistas sobre lo que está pasando. 1298638190270


Llegados a este punto, no me importa que el sector publique sesudos ensayos sobre este crisis, novelas que intentan explicarla o libros que procuran que nos olvidemos de ella. Lo único que pido es que no aprovechen la coyuntura para darnos gato por liebre. Que al menos en lo concerniente a la literatura estemos libres de tanta impostura. Y de eso, sé un rato.
 
El impostor

Categorías: Libros , Televisión

Asier Ávila   30.oct.2013 10:57    

El impostor

Bio El impostor

Página 2 cuenta esta temporada con la inestimable colaboración de un bloguero muy peculiar y transgresor, que todas las semanas redacta un post televisivo donde aborda cuestiones literarias no siempre sujetas a la actualidad. Escribe de lo que quiere y como quiere. Pero eso sí, para complementar su opinión, pide la ayuda de diversos invitados. Este post se ve, se escucha y también se lee, ya que todas las semanas aparecerá publicado en la web del programa. Por cierto, semejante individuo sólo podía ser: El impostor.
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