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Radiografía de una discusión: "Prefiero vivir tranquilo, que tener razón"

    domingo 27.mar.2016    por Equipo El Ojo Clínico    0 Comentarios

Por el Dr. Fernando Mora

La sociedad actual, cada vez más exigente y competitiva hace que, a lo largo del día, sean muchos los momentos que podemos catalogar de estresantes. Si no somos capaces de adaptarnos bien a ellos o son muchos y muy intensos, pueden llegar a sobrepasarnos. En algunas ocasiones estas circunstancias nos vienen impuestas y escapan a nuestro control, aunque muchas veces no somos conscientes de que convertimos en fuentes de estrés situaciones triviales del día a día.

Esto nos sucede con frecuencia en las relaciones con los demás, cuando se nos plantean disyuntivas en las que determinar quién tiene la razón se convierte en la máxima de esa interacción, es decir, las discusiones. Si bien cada discusión es un mundo y no todos reaccionamos igual, para muchas personas, profundizar en lo que sucede en una discusión puede ayudar a tener una visión con perspectiva de la misma y poder mejorar la forma de afrontarlas, de manera que permita reducir el estrés que muchas veces nos generan.

Por este motivo he analizado -desde mi punto de vista- lo que sucede en una discusión, para ofrecer a aquellos que les resulte útil una visión sobre cómo gestionarlas de una forma más adaptativa.

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¿Qué sucede en estas situaciones?

Cualquiera que piense en una discusión que haya tenido, se dará cuenta de que la finalidad de estas, en la mayoría de las ocasiones, es aclarar quién lleva la razón respecto a un asunto. Incluso aunque discutamos por alguna cuestión trivial, imponer nuestro criterio se convierte, para muchos, en el objetivo principal.

Sucede porque cuando una persona cree que lleva razón, siente que ésta tiene que ser reconocida. Si nos quitan la razón teniéndola, nos sentimos mal.

Pero debemos saber que esto tiene un peaje para la relación con la otra persona; es decir, (mal)gastamos nuestras energías en hacer ver que “yo tenía razón” sin darnos cuenta de que nos puede hacer aumentar la distancia y disminuir la conexión entre ambos.

¿Merece la pena imponer la razón?

Son muchos los motivos por los que podemos discutir y hay veces que es necesario argumentar hasta dejarlos resueltos dado que puede implicar cuestiones legales, laborales, económicas o personales de gran relevancia; así no quiero transmitir que uno nunca deba intentar que se reconozca la razón cuando la tiene.

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Pero -como comentan algunos autores- “en la vida lo más importante es que lo más importante tiene que ser lo más importante”, lo que no es un juego de palabras sino una reflexión muy interesante sobre la capacidad para jerarquizar, valga la redundancia, las cosas importantes. Así que es muy recomendable calibrar la importancia de una discusión. Para esto podemos analizar tres cuestiones básicas:

1. En primer lugar tenemos que tener claro la relevancia del asunto por el que estamos discutiendo. Tenemos que ser capaces de relativizar aquellas situaciones que no son realmente sustanciales y cuyo valor ha magnificado la propia discusión. En cualquier caso, no hay ninguna cuestión por importante que nos parezca, que no pueda ser tratada de forma amable y respetuosa siempre que haya voluntad de hacerlo.

2. En segundo lugar, valorar quién es la persona con la que estamos discutiendo. Fundamentalmente cuando las discusiones son con aquellas a las que apreciamos y con las que tenemos una relación personal. Imponer la razón y discutir para ello supone desequilibrar la reciprocidad entre ambos; si esto ocurre de forma repetida o con mucha intensidad, puede dañar el grado de complicidad. Las discusiones hacen salir aspectos negativos de cada persona, cuando el objetivo de una relación (sea del tipo que sea) debe ser el contrario: sacar lo mejor de cada uno.

3. Un último lugar, nosotros mismos. Que nos den la razón puede hacernos sentir bien inicialmente pero cuando sucede con personas a las que realmente apreciamos, aparecen inevitablemente asociados sentimientos de malestar emocional por el mero hecho de discutir. Debemos tener en cuenta además que “pelear” por tener la razón puede aumentar los niveles propios de estrés.




Y entonces, ¿qué podemos hacer?

De forma general es una buena idea proponernos vivir la vida con el menor estrés posible. Muchas veces está en nuestra mano reducir aquellas situaciones estresantes que dependen de nosotros, como son las discusiones, e intentar gestionarlas de otra manera.

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Por eso propongo poner en marcha la premisa de “prefiero vivir tranquilo que tener razón” entendida en el mejor de los sentidos:

Vivir tranquilos, disfrutar y cuidar las relaciones personales de valor es algo que realmente hace que nos sintamos bien a medio-largo plazo -seguramente, “lo realmente importante”-. No quiere decir que una persona no deba “pelear” por cuestiones trascendentes para ella, sino que a veces es mejor pararse y reflexionar para dejar que impere la condescendencia, el trato con respeto, la tranquilidad y la búsqueda de cordialidad: ser capaz de relativizar en lugar de imponer la razón a cualquier precio cuando no se trate de un asunto realmente importante.

Este cambio de la actitud a la hora de enfrentamos a una discusión puede contribuir a reducir parte de nuestro estrés vital; así que os invito a ponerlo en práctica desde este mismo instante.

Categorías: Ciencia

Equipo El Ojo Clínico   27.mar.2016 18:41    

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El ojo clínico

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Cristina Torres, Bárbara Pagán, José María Ferrer y Fernando Mora forman el equipo médico de El Ojo Clínico. En este blog comparten sus experiencias profesionales, ofrecen valiosos consejos y amplían los puntos de vista sobre las enfermedades que se abordan en el programa. Todo ello, desde una postura positiva y optimista.
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