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POSTRELATO IV “LA HISTORIA JAMÁS CONTADA”

Efectivamente, ahí va nuestra nueva propuesta para el nuevo postrelato que, atendiendo a las bases del concurso, proponemos que continuéis:



INTERIOR DÍA- EQUIPO DE RODAJE EN LA HABITACIÓN DE LAURA

Estaba todo dispuesto, el primer plano iba a ser tal cuál él lo quería... Tras varios años de búsqueda se disponía a rodar lo que buscaba: algo realmente original, había luchado contra la máxima de que todo está ya inventado o dicho, de que nada nuevo se podía contar ... La prueba estaba en un papel que temblaba ligeramente entre sus manos lleno de marcas y acotaciones.... La historia jamás contada comenzó así ...

¡ACCIÓN!


... El turno es vuestr@. Tenemos curiosidad: ¿cómo sería la historia jamás contada? Imaginación, manos al teclado y esperamos vuestras propuestas en elpostre@rtve.es y/o en este blog. ¡¡¡A CONCURSAR!!!

9 Comentarios

Hace un mes y medio empecé a entrar en un blog de un alemán y poco a poco me di cuenta que me gustaba, pero lo más divertido de todo era que él se quería ir a Alabama y yo me quería ir al Cañón del Colorado. Él vivia a bastantes kilómetros de distancia en Japón y yo vivía en China. Todavía no nos habíamos conocido en persona , pero sabíamos el uno del otro por lo que escribiamos en el blog.
Yo soy india , pero por circunstancias nací en China y el fué a Japón a vivir para aprender flamenco aunque había nacido en Alemania.
El desenlace dentro de unas semanas que con un poco de suerte sabremos si el destino final será Alabama o Cañón del Colorado.

Alejandro Ruiz dijo:

La historia jamas contada sucedió entre aquellas cuatro paredes.

En la habitación hacía un calor húmedo, que provenía de dos cuerpos. La ventana dejaba pasar estrechas franjas de luz, pero nada de aire.

La puerta se abría solo una vez al día. Pero tan breve era ese momento, que el ambiente cada día adquiría mayor densidad, casi era como otro ser vivo.

A la camarera solo la permitían entrar una vez al día. Dejaba una bandeja y recogía otra.

No miraba, aunque sabía lo que hacían. Los oía. Un hombre y una mujer.

-Está bien, déjala ahí –dijo el hombre, mientras con una mano hurgaba entre sus bragas.

Marian Orruño dijo:

Asidas a un papel lleno de marcas y acotaciones, sus manos temblaban. En el mismo cuarto y en penumbra, una mujer lo miraba fijamente.

--Tenemos que dejar esta casa Laura, la casa en la que vivimos diez años. Nos marcharemos con lo puesto, cualquier equipaje nos lastraría. Quedarán aquí todos nuestros recuerdos imprimidos en cada rincón, en cada objeto, en cada mueble. No volveremos. Nos espera la incertidumbre, quizá la muerte. Laura, hagamos el amor antes de que amanezca.
-- Sí, hagámoslo con brutalidad, como siempre lo hicimos, hasta caer exhaustos.
-- Ah, ah, ah! Borja!
--Oh, oh, oh! Laura!
-- Ah, ah, ah! Borja!
--Oh, oh, oh! Laura!

Aún estaba oscuro. No tardaría en amanecer. El vehiculo hizo crujir el guijarro del camino. Las ranas croaron en su despertar y una ligera brisa agitó el hermoso cabello rojo de Laura

--Tú lo llevarás durante los primeros tres mil kilómetros, los otros cinco mil lo conduciré yo. Lo lograremos Laura. A doscientos kilómetros por hora, sin parar; llegaremos en dos meses. Entonces podremos ser libres. Nuestro deposito con mil litros de combustible, nos servirá para no tener que detenernos para nada y cuando digo para nada es para nada. Podrían acecharnos en cualquier curva, en cualquier desvió, en cualquier estación de servicio, en el mismísimo retrete de una zona de descanso. Son imprevisibles, ambiciosos y crueles. Pueden matar si eso sirve a su fin. Tratarán de hacernos parar. Usarán cualquier treta para detenernos, pero no lo conseguirán, mi odio es más fuerte que todas sus artimañas. Tenemos el frigorífico lleno, podríamos vivir con lo que llevamos dentro, un año. Ya sé, ya sé que hubieses querido el frigorífico de acero inoxidable haciendo juego con la carrocería, pero éste trasto costó mucho… También metí la tarta que hace tres años hizo mi madre por mi cumpleaños, la encontré en el sótano y aún tenía las treinta velas. Me estoy desviando de la realidad: si vieses a alguno de ellos en la carretera, aplástalo…
--Por Dios Borja, no hables así! Los desalmados son ellos, no nosotros.
--Nos pisan los talones Laura! Los estoy oyendo! Malditos! Malditos! Se han levantado antes que nosotros. Te lo dije Laura, te lo dije, con dos o tres veces que hubiésemos hecho el amor, habría sido suficiente. Hemos perdido tiempo y ahora… Acelera! Pisa a fondo!
--No puedo Borja, la aguja va a saltar! Todo se mueve. Moriremos aquí dentro.
--Oye, oye esos gritos, son ellos! Laura! Nos alcanzan! De nada habrá servido nuestra huida. Acelera!
--Te lo he dicho antes Borja, no puedo! Te dije que comprases un tanque nuevo, éste no corre.
--Los tenemos detrás! Mira! Mira! Un grupo de frente. Dame los mandos. Quita. Muévete. Pasaré por encima de ellos. Las ruedas de nuestro tanque los aplastarán. Estos no volverán a abrir la boca!
Crrraaaaa, crrraaaaa, crrraaaaa.
--No se mueren Laura! Vuelven a ponerse en pie! Son indestructibles!
--Dispara Borja! Dispara el cañón y cárgatelos! Haz que desaparezcan! No quiero volver a verlos pidiendo votos mientras acarician a un niño ajeno, besan a un anciano y abrazan a un ama de casa. Mátalos sin piedad, sean del partido que sean!
Pummmmm! Pummmmm! Pummmmmmm!
--Malditos políticos! Malditos mentirosos! Cerraré vuestra bocaza! Queréis mi voto; tomad!
Pummmmmm! Pummmmm! Pummmmmm!
--Laura! Necesito más proyectiles! Están detrás del frigorífico…

a

Y Laura dijo así:
Desde que comenzó la guerra, nadie pasa por el páramo. En verano hace calor y solo asoman la cabeza los conejos. Al caer la noche, la vida resurge tímidamente. Una brisa agita las ramas de los árboles secos y los corzos abrevan agua. En ese momento comienza a temblar la tierra. Aquí y allá se agitan las entradas de madrigueras enormes y ocultas. De ellas salen los guerrilleros. Se sacuden el polvo, se reúnen y comen en silencio. Sus caras son tristes. Después vuelven a sus escondrijos hasta la noche siguiente, hasta que acabe la guerra.

Isabel Sáez dijo:

La historia jamás contada comenzó así... Se abre el plano y se muestra a Laura, una señora octogenaria dándose los últimos retoques de una espesa y brillante sombra azul en los ojos. Mirándose en el espejo, aprueba con un gesto el resultado del maquillaje. A pesar de sus años, a Laura le gusta gustar, especialmente a su marido, Jonás. Un suave barrido muestra a Jonás de punta en blanco esperando a la mesa a su Laura. Con el pasar de los años, Laura y Jonás habían aprendido que el amor es una cuestión de pequeñas renuncias y su historia estaba repleta de ellas. A sus 60 años de casados se disponían a celebrar el primer San Valentín de sus vidas. Los ojos de Jonás brillan al ver entrar a Laura por el umbral de la puerta. Nunca la había visto tan bella. Las velas de la mesa iluminan la estancia y otorgan una atmósfera mágica al momento. Gentilmente, Jonás acomoda a su esposa y se disponen a cenar la deliciosa cena que excepcionalmente habían encargado a uno de los restaurantes más afamados de la ciudad. Sin cruzar palabra por miedo a romper la magia, Jonás y Laura empiezan a saborear la cena. No necesitan hablar porque han aprendido a hablarse con los ojos. Un plano fundido muestra a Jonás cogiendo de la mano a su Laura y a Laura esbozando una sonrisa. Final de la toma.

Para entonces David ya había despezado el papel que sostenía sobre sus sudorosas y temblorosas manos. No importaba, pues se la sabía de memoria. Más que nunca sentía a sus difuntos abuelos cerca y sabía que la historia de sus vidas merecía ser contada

A Laura le duele vivir.

Laura está atada a una cama, sus padres la creen loca, esta maniatada de pies y manos, y una máscara de oxígeno cubre su cara.
La existencia de Laura se limita a intentar no sentir dolor, su único buen momento del día llega cuando hace fuerza sobre las cuerdas que la someten y la sangre brota, esa sensación la calma, le llena de un placer intenso e indescriptible, con suerte a veces tiene un orgasmo.
Su padre interpreta estos sucesos como un producto del demonio, cuando ella era una niña y esto ocurría solía pegarla palizas, tras descubrir que esto producía mayor placer a su hija dejo de hacerlo.

Empecemos la historia por el principio:

Desde que Laura nació su organismo no funcionó como el resto de seres vivos, en un cuerpo normal, una respuesta positiva a un estímulo o la satisfacción de una necesidad habría producido la secreción de sustancias que producen placer, el organismo de Laura funciona a la inversa, todo aquello que es peligroso para su vida le produce placer y todo aquello que es bueno, le produce gran dolor.
A Laura le duele vivir.
Sus padres la obligan a comer a la fuerza a pesar de sus gritos y sus lloros, para ella, comer es un suplicio, a veces le duele tanto que pierde el conocimiento.

Para ella, los humanos somos robots que recibimos premios por hacer lo correcto, premios por sobrevivir, somos máquinas esclavas de obedecernos a nosotros mismos. Nuestros premios son las sensaciones placenteras.
Por eso, ella, no se cree tan distinta de nosotros, es premiada cuando busca la muerte y cree que tanto en su caso como en el nuestro, hablar de ser libres es un absurdo, la libertad sólo es un término válido para lo que no existe. Cuando existes estas condicionado por lo que eres.
Ella es más práctica que nosotros, si la muerte nos va a llevar, porque no ayudarla.
Laura no es libre.
Ella sabe que la vida es completamente interesada, los humanos somos drogadictos de sensaciones, las relaciones humanas son interesadas, se busca postergar al máximo la inevitable muerte y para lograrlo nos aprovechamos de otras gentes.
La existencia de Laura se limita a intentar no sentir dolor, por eso no denunció ante sus padres a aquel pervertido que se hizo pasar por exorcista y la violó brutalmente, es más, les expresó a sus padres el deseo de que volviera todas las tardes.
Para Laura, la relación más perfecta que había tenido con una persona era la que tenía con aquel chico, ambos obtenían lo que buscaban. El hombre, que se hacía pasar por cura, saciaba su necesidad de violar con violencia a mujeres y ella recibía una buena dosis de golpes, que lograban que por un corto rato la vida le dejara de doler.
Cualquier relación fracasa cuando cambian las necesidades de alguno de los implicados, y en este caso ocurrió lo mismo.
El impostor se llamaba Antonio, era alto y guapo, tenía una ceja rota y un intelecto casi gorilaceo. La relación entre Antonio y Laura se rompió cuando el animal decidió que se había enamorado de ella y no podía seguir violándola, ahora quería hacerle el amor con amor.
Laura le rogó y le suplicó que no lo hiciera, le suplicó que la golpeara. Él supuso que seguiría interpretando un papel como en el caso de la violación, e intentó dar lo mejor de sí mismo. Un rato después, el dolor más penetrante inundó a Laura, volvió a suplicarle que parara, pero él no pudo o no quiso ya que estaba en la parte final de su actuación.
A Laura le duele el amor.
El dolor era insoportable, cuando él acercó su boca para besarla, ella vio su oportunidad y le arranco la lengua de un mordisco.
Mientras Antonio se retorcía, ella consiguió zafarse de una de sus ataduras y coger un cuchillo, cuando le rebanó el cuello, el dolor cesó.
Laura acababa de encontrar un placer mayor que buscar la muerte, su nuevo placer era matar.
Laura no es mala, simplemente su organismo es diferente.
Tras la experiencia del asesinato, una voz resuena ahora siempre en la cabeza de Laura, le está mostrando que todo lo que existe lo hace sufriendo, Laura no desconfía de las voces que escucha en su cabeza.
Laura se da cuenta de que lo que dice la voz es cierto, la pared esta gimiendo, la cama se lamenta, todo a su alrededor sufre, ella no soporta el dolor, se compadece profundamente de las criaturas que lo sienten, se compadece de su madre cuando él bestia de su padre la agrede, Laura se compadece de las paredes, de la cama, de los libros, de toda la realidad.
Laura por fin tiene un propósito, hará una última cosa antes de provocarse la muerte y recibir un aluvión de placer, Laura quiere destruir el universo.
Laura empieza la destrucción por sus propios padres, están sufriendo, los mata para que sean libres.
La voz vuelve a hablar a Laura tras el asesinato:
Voz: Laura, tus padres ya están muertos, pero siguen existiendo y por tanto sufriendo.
Laura: ¿Qué debo hacer entonces? ¿Debo destruir sus cuerpos?
Voz: No puedes hacer nada. Todo lo que existe lo hará eternamente, como mucho cambiará de estado, sufrirá eternamente.
Laura: ¿Por qué me lo cuentas si no puedo hacer nada?
Voz: Soy la parte de ti que disfruta cuando sufres.
Laura: Mientes, no es cierto, no sufriré eternamente, ya no soporto vivir y voy a dejar de hacerlo.
Voz: No podemos dejar de existir, como mucho cambiaremos de dimensión.
Un cuchillo en pleno estómago es suficiente para interrumpir cualquier conversación, Laura se retuerce de placer, su sangre emerge llevándola a un estado donde parece que no pasa el tiempo, donde el dolor no existe y todo parece irreal.
Por un segundo Laura siente que ya casi no existe, un segundo después se encuentra en la cama debajo de otro cuerpo y vuelve a envolverla la sensación de placer. El hombre termina, la mira y la pregunta:
¿Laura, me quieres?
Laura ya no se recuerda, ahora es una de nosotros, solo sabe que no soporta ni la soledad, ni el dolor, se lo piensa y responde:
Sí, te quiero. Nuestra relación es perfecta.
Ahora, a Laura le duele morir.

¿Estaba realmente donde quería estar? Lo que veía parecía indicar que así era. Luces que por instantes iluminaban contrastadamente un universo limitadamente caótico; máquinas de alquimia sobre trípodes, que más parecían tronos seculares que herramientas de trabajo alquiladas para unas jornadas de trabajo a contrarreloj; polvos sobre los rostros de quienes estaban a punto de ser quienes no eran; los colores reduciéndose minuto a minuto, como un ejército que perdiera batallones, con cada aviso de la cuenta atrás del ayudante de dirección. Pero por encima de todo el jaleo en la habitación de cartón piedra de Laura, su criatura, parecía como si la historia, más que empezar a fraguarse, ya estuviese proyectándose. Y él se encontraba en un limbo inesperado, en un cruce de caminos de la realidad, en el que todas las direcciones, para su sorpresa, resultaban igual de irreales.

No era su historia, pero era su historia. No era su vida, pero la vida le iba en ello. Él no tenía madera de personaje, no era contradictorio, más bien aburrido, no era radical, sino moderado, no guardaba grandes secretos, ni vivía al límite de ningún límite; era solamente un tipo normal, en el que quizás lo único excepcional era la suerte de poder dedicarse a un trabajo tan poco común como el de director de cine. Por lo demás, era un marido, un padre, un ciudadano como otro cualquiera. Tal vez por eso, la historia que llevaba años imaginando, recogiendo y sembrando alternativamente de los lugares más fructíferos y recónditos de su imaginación, tenía la ambición de ser una historia jamás contada. Cuando pensaba en ella de aquella forma, como un crítico de sí mismo, se avergonzaba de su egolatría, y trataba de sistematizarla, de despojarla de todo aquello que podría parecer superfluo, bizarro, incomprensible, desbordante. Sin embargo, la mejor forma de luchar contra sus propios fantasmas era romper las reglas –reconsideraba después de todo–, dinamitar lo esperado, y así quedaría también destruida su culpígena arrogancia, quebrados por la onda expansiva del posible fracaso todas las ventanas de la falsa modestia.

“Cinco minutos”, avisó el ayudante de dirección a todos los equipos. Los eléctricos terminaron de colocar la gelatinas en todos los focos, la script tomó las fotografías pertinentes y los dos actores que salían en aquel primer plano del rodaje se encontraban a parte, concentrados en su papel. Él salió al pasillo del plató. Decidió concederse un minuto a solas, hacerse a la idea de que al fin estaba donde quería estar, que aquello que tantos pensamientos le había robado, se había hecho realidad. Iba a disfrutar la gran pasión de su vida.
Miró por una de las ventanas del pasillo, fuera no había más que una triste calle de polígono, con unas débiles naves industriales y un par de marquesinas de autobús donde apenas esperaban tres o cuatro personas. Llamó su atención un chico que pasaba, se fijó en él, porque caminaba esforzadamente contra el viento, como si todo le fuera ajeno y superable. La imagen solitaria del chico le calmó hipnóticamente, hasta que sobrevino lo inesperado. Como si el muchacho estuviera dotado de poderes paranormales, giró repentinamente la cabeza hacia la ventana. Él, el director de cine, el gran voayeur, apartó la mirada, avergonzado de ser descubierto. El joven se detuvo, y le observó, testigo de su testigo.
“Tres minutos”, escuchó desde el pasillo. Debía volver al plató, pero antes levantó la cabeza, y el muchacho que luchaba contra la ventisca y él que luchaba contra su sueño, se mantuvieron unos segundos unidos, ausentes de sus respectivos conflictos, en una mirada común, una historia imprevista que jamás sería contada.
Luego regresó al plató y comenzó a trabajar en el capítulo final de aquello que en otro tiempo había sido su mayor esperanza.

Lola Lorca dijo:

La historia jamás contada comenzó así...En el fondo mis hijos iban a pensar que su madre, es decir, yo, ésa que les educó en la responsabilidad, y en el ser cautos a la hora de tomar decisiones complicadas, era una completa chalada, y no el mejor ejemplo para ellos. ¿Por qué? Pues porque en su juventud hice cosas que desaprobaría si sus hijos lo hicieran hoy. Sí, ya sé que es muy ambiguo, y que en la juventud, todos hemos cometido alguna locura que otra.

Yo acababa de volver de Inglaterra, después de un año en el que había aprendido y sentido cientos de experiencias y sentimientos que sabía que nunca, nunca iba a olvidar. De hecho, aún guardo un cálido recuerdo de aquel frío año.

Volví a casa, pero sentía que aquella no era mi casa en cierto modo. Me dí cuenta de que había crecido interiormente, que había madurado muchísimo en un periodo sumamente corto. Necesitaba nuevos retos, nuevas aventuras, la independencia…Una mañana, me despertaron los rayos de sol a través de la ventana. La noche anterior había llegado tan borracha a casa que ni me percaté que la persiana estaba abierta, ni que me metí en la cama con los zapatos puestos. El dolor de cabeza era terrible y apenas conseguí entreabrir los ojos. Me dí la vuelta e intente volverme a dormir, pero los rayos de son eran demasiado brillantes, y yo demasiado vaga como para levantarme a cerrar la ventana.

-Bueno Lorenzo no quiere que me quede más en la cama hoy, ¿no?-dije hablando para mí misma- Me desperecé, y me senté al borde de la cama- Creo que hace buena mañana para salir a tomar un poco el aire.

Vestido verde, botas negras, pintalabios y una coleta. Bajé por la Avenida de los Reyes Católicos, giré hacia Gran Vía y continué recto .No sé por cuanto tiempo anduve después de eso. A veces me pasa, no se si a ti también te ocurre lo mismo, que vas caminando por la calle, tan sumamente ensimismado en tus pensamientos, que cuando te das cuenta ya has llegado al lugar de destino, o incluso te has pasado un par de manzanas. Ese día fue uno de tantos. Cuando me vine a dar cuenta, estaba dentro de la estación de tren, entre en ir y venir de gente, maletas, reencuentros y despedidas. Miré alrededor. La taquilla de venta de billetes. No sé por qué fui hacia ella. Llegué a ella y le sonreí a la chica que estaba atendiendo. Parecía tener alrededor de unos 30 años, pero por el brillo de sus ojos, aparentaba muchos más…como si su vida estuviese llegando a su fin.

-¿Qué desea?- me preguntó la muchacha. Me encogí de hombros y seguí sonriendo.- ¿Qué desea? –Me repitió. Pero nada, yo me quedé ahí, parada, sonriendo como una tonta, sin saber porqué.

-Bueno, si lo que quiere es un billete de tren, espero que no quiera viajar a ninguna ciudad que lleve la letra P en su nombre, porque no se qué le pasa al ordenador hoy, que no me escribe esa letra.

Solté una carcajada, y en su boca pude ver algo muy parecido a una sonrisa.

-Sí, no se ría señora. ¡La gente que quiera viajar hoy a Palencia o Pamplona no puede! Ya he llamado al servicio técnico, pero dicen que les ha pasado lo mismo a todos los ordenadores de la compañía. Dicen que debe ser algún tipo de virus.

-¿Y cual es el siguiente tren que sale a una ciudad con P?-pregunté con curiosidad

- El que va a Paris

-¿Y el siguiente sin P?

-A las 10.30, que es el que llega hasta Marsella

-La Costa Azul…

-Sí, muy bonita ¿verdad? ¿Desea un billete a Marsella?

-¿Yo? ¿Marsella? –Dios, que estupenda idea había tenido la muchacha.-Ehh ,sí, para esta misma mañana-. Pagué, le di las gracias y me fui al andén de donde debía salir el tren.

Media hora después estaba camino de Marsella, sola, con mis botas, mi vestido ,mi pintalabios, y con una extraña sensación, mezcla de felicidad, alivio y un poco de temor a lo desconocido. Sabía que me marchaba indefinidamente, quizás para siempre, eso era cosa del destino. Destino que me puso en el mismo tren que Carlos, que quería ir a Pamplona, y que terminó yendo a Marsella, casándose conmigo y siendo el padre de estos hijos ….pero eso ya es otra historia.

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El Postre


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