« Laura es nombre de... | Portada del Blog | Miradas y postres. »

POSTRELATO V. "LA CLIENTA" ...

Antes de nada, GRACIAS, gracias por participar una semana más, por coger la parte de El Postre que os pertenece y por contribuir a que los postrelatos sigan su curso.

Nuestra propuesta esta semana forma parte de un libro, que por supuesto, no vamos a revelar hasta el final por aquello de no interferir mucho en vuestra actividad creativa. Lo hemos titulado como "La Clienta" y dice así:


Me había hecho la misma pregunta desde el vuelo a Madrid. Ya tenía el material que necesitaba para el libro. Podía prescindir de ella. No obstante, sospechaba que esta historia podía tener más soga que tirar. Y mientras siguiese trabajando para Diana, ella me pagaría por tirar de esa soga. Por eso , esa mañana me sentía seguro y relajado. Continuaría jugando a escribir su libro mientras escribía el mío, y decidiría al final cual publicar.


Como siempre, un correo: elpostre@rtve.es y este blog como punto de encuentro para los postrelateros. ¡A crear se ha dicho!

6 Comentarios

Escribir era solo un juego para él. En ese mismo momento notaba entre los dedos el viejo cosquilleo, que solo cesaba cuando sentía el tacto de su vieja estilográfica. Podía escribir una historia allí mismo, en ese mismo momento.
Estanislav era solo un estudiante de primer años de medicina cuando comenzaron los bombardeos en su país.
Esta podía ser una buena historia. Seguro que podría sacar algo más de dinero por ella, siempre había gente sin talento deseando escribir un libro y acaban pagando a personas como él. Reclinó su asiento y continuó:
Se sintió tan infinitamente desesperado el momento que descubrió a su familia entre los escombros de su casa, que casi creyó enloquecer.
Pensó que debían de tener los aviones que siempre lo inspiraban, cuando escuchó unos gritos detrás de él.
Estanislav no supo que hacer para vengarse más que secuestrar ese avión llevando una bomba encima.

No podía evitar hacerme esa pregunta...
Por aquel entonces me acordaba basante del comienzo de la historia:
Nunca antes de aquello habría imaginado que conocería a la mitad de mis relatos en un café de Buenos Aires, pero así fue. En ese café oscuro, Diana y yo manchamos servilletas con tinta y canela, empezando esta historia entre sonrisas. Las servilletas nos llevaron a las sábanas, al papel de cuaderno escolar y la tinta a las plumas abandonadas por los rincones de nuestro apartamento.
Las páginas se resbalaban por el sueLo, acumulándose en tacos y tacos.
Todo iba viento en popa: Diana, yo, y nuestra creación.

Pero llegó un momento en el que todo se estropeó. Entramos en conflicto, y con ello nuestras historias.
El paso del tiempo trajo irremediablemente el párrafo en el que debíamos diferenciarlas: una de ellas huyó a Madrid, donde podría renovar cualquier vestigio de servilletas manchadas y plumas perdidas, y la otra siguió su baño de recuerdos en Argentina.

¿Cuál publicar?¿Cuál?¿Quedaba algo que mereciese la pena ?
Me había contestado a la misma pregunta desde el vuelo a Madrid. Ninguna de las versiones podría dejar de ser imprescindible, ninguna sería nunca la real por sí misma. No.

En el fondo, no eran dos historias, sino una única, esperando el momento de volver a unirse. Y recuperar el olor a tinta y canela.

Renzo Bellini dijo:

Me había hecho la misma pregunta desde el vuelo a Madrid. Ya tenía el material que necesitaba para el libro. Podía prescindir de ella. No obstante, sospechaba que esta historia podía tener más soga que tirar. Y mientras siguiese trabajando para Diana, ella me pagaría por tirar de esa soga. Por eso , esa mañana me sentía seguro y relajado. Continuaría jugando a escribir su libro mientras escribía el mío, y decidiría al final cual publicar. Al fin y al cabo tenía material para una enciclopedia; esa soga era de lo más jugoso que uno se podia echar al cuello.
Decidí, incluso, que ambos libros podían estar interrelacionados y que, de alguna manera, un lector hábil, o tal vez la crítica venidera, o los libros de literatura hablarían de mi audacia para engañar a todo el sector literario de la época aprovechándome de una escritora de renombre, cual pájaro cuco, para publicar simultáneamente primera y segunda parte de un mismo relato con distintos autores y que solo revelase el gran misterio cuando los más avezados entendiesen el origen único de ambos textos. Sería la estrategia cumbre, es más, me pagarían por partida doble…Me estaba divirtiendo de lo lindo, pero me acordé de la lechera. Sí, del cuento de la lechera y me dí cuenta de lo prejudicial que estaba resultando todo este enrredo para mi salud mental. Necesitaba aire, posicionarme cabalmente en una posición estratégica sin dejarme llevar por elucubraciones ambiciosas y arrogantes sobre mi mediocre trabajo. Está claro que la mente es sabia y en períodos de presión busca el escape que te motive a seguir, como los alpinistas perdidos, que generan un amigo imaginario que les de fuerza para seguir caminando.
La ambición de Diana era contagiosa y aún con todo no quería desprenderme de ella, quizás porque, aún estando ya entre la espada y la pared, sentía que era mi última oportunidad para hacer algo que mereciese la pena escribir. Por esta razón decidí seguir investigando, atar los últimos cabos, revelar todo el enrredo aunque para mí fuera más poético dejarlo así.
Mientras, la pregunta seguía estando en el aire:
¿Por qué sentía que la motivación final de Diana tenía un regusto rencoroso? ¿Había algún atisbo de venganza en el encargo? ¿Por qué se esforzaba tanto en disfrazar un tema tan polemico en mero interés periodístico? ¿A qué peligros me estaba exponiendo al entrar en dicho triángulo de intereses?
Han pasado quince años y estas preguntas han quedado grabadas en mi mente. Flotan y rebotan contra las duramadres de mi cráneo. Quizás porque no me atreví a tirar de esa última soga, quizás porque todo lo que pasó después no merezca ser recordado,… o tal vez porque dí en la Diana.

Le habían dado el asiento junto al motor izquierdo. La superficie del ala reverberaba con el sol de media tarde. A su lado, un niño estúpido hacia los gestos y el ruido gutural de un mono. Su madre impasible leía un revista. Pronto aterrizarían y jamás volvería a verlos.
Sobre su cabeza, en el compartimento del equipaje de mano, había un portafolio con material suficiente para dos novelas, quizá más. Mientras esperaba que saliera el vuelo, volvió a revisarlo. Sólo tendría que poner en orden todo aquel material. Sería un éxito, vería su nombre repetido en todas las librerías, el dinero llegaría a paladas.
Tuvo suerte, confió en él. No hizo falta darle muchas garantías. Lo creyó un buen tipo desde el primer momento. Con su buen aspecto…. Para la ocasión se compró un traje caro. No tenía remordimiento alguno, las cosas salieron así. Hacia tiempo que perdió la inspiración; si alguna vez la tuvo…, y esa sería su gran oportunidad. Cuando confió en él, se puso una soga al cuello pero al fin no hubo necesidad de tirar de ella.
Hacia tiempo que le hablaron de aquella mujer. Rica, sin marido; demasiado rica. Con tanto dinero la gente se hace confiada. Solo los pobres como él, que viajan cerca del ala de un avión, son desconfiados.
Cuando fue a buscarla al hotel para llevarla a cenar, se encontró con una mujer más sencilla de lo que esperaba. La gente rica, y en especial ellas, suelen ser más sofisticadas. Quizá vestía excesivamente prieta para tanta carne como tenia, pero desde luego aquella carne no estaba mal repartida. Ropa de mercadillo, lo que llevaba puesto parecía comprado en un mercadillo. La firma de un buen modisto hubiese mejorado mucho aquella carne. Tomaron una copa y hablaron sobre la novela. No fijó fecha, sólo le pidió un tiempo razonable para ver publicado su libro. Tendría que ser preciso en el relato. Ajustarse todo lo posible a lo que ella había escrito. Desde luego comprendía que no se llenan páginas siendo demasiado conciso, pero la inventiva de él se ceñiría a descripciones intranscendentes. Descripciones que sólo harían resaltar más los hechos. Se limitaría a escribirlo, más tarde seria revisado, comprobando si se había atenido al guión. Recibiría un cheque y se olvidaría que había escrito un libro para ella. Ese fue el trato. Propuso ir a cenar a un restaurante céntrico. Prefirió caminar, el restaurante no estaba lejos. Había llovido y el suelo de la calle se hallaba húmedo Un hombre tocaba un clarinete. El sonido agudo que salía de él se parecía a la voz de una mujer joven. Ella se inclinó y dejó caer un billete dentro del sombrero del hombre. La luz de las farolas trepaba por los edificios. Hablaron de la ciudad, de lo hermosa que estaba de noche. De lo refrescante que había resultado aquella lluvia. Haciendo un gesto señaló el restaurante que estaba al otro lado de la carretera. Al cruzar, cuando aún no habían recorrido un solo metro, un coche se precipitó sobre ellos. Con gran estrépito se empotró contra una de las farolas arrastrándola. La arrancó de su lado sin darle tiempo a reaccionar. La gente se arremolinó a su alrededor y alguien dijo: “era nuestra mejor clienta”

Queca Ada dijo:

Me había hecho la misma pregunta desde el vuelo a Madrid. Lo que estaba haciendo no era tarea fácil. Debía seguir ocultándole a Diana que la estaba utilizando para escribir también mi libro. Estaba seguro de que iba a ser un bombazo, ¡un best-seller! Después, ¡me haría rico, famoso! y ya solo escribiría por placer y no por necesidad. Iría a las fiestas más glamorosas y me codearía con la alta sociedad. Todas las mujeres querrían estar conmigo. Cada noche vendría a mi cama una mujer distinta, y por ella pasarían rubias, morenas, pelirrojas…las más bellas de cada ciudad. Sus cuerpos ardientes me inspirarían líneas, párrafos e incluso páginas enteras. La lujuria, el goce carnal y el dinero me darían la felicidad eterna. !Eterna!

Esta idea me excitaba muchísimo y hacía que me diera más prisa para acabar el libro. Por eso, cuando Diana me llamó aquella noche para decirme que tenía que hablar conmigo urgentemente, un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Diana se acababa de convertir en una gran piedra en mi camino hacia una vida de eterna lujuria. Quizás me había descubierto, o quizás había pensado que no sería buena idea continuar como clienta mía, así que me propuse terminarlo aquella noche. No quedaba mucho. Solo dar unos pequeños retoques, corregir. Saboreando un humeante café brasileño, y con un cigarro en mis labios, me senté delante de mi portátil e intenté trabajar tan rápido como pude, intentando alejar lascivos y prometedores pensamientos de mi mente.

Al amanecer, por fin, me pude dejar llevar por mis ensoñaciones. De la mano de rubias, morenas y pelirrojas me sumergí en el mundo de los sueños, y allí encontré a Diana, de pie, cabello ondeante, mirándome fijamente, más bella y furiosa que nunca.

Sara dijo:

Me había hecho la misma pregunta desde el vuelo a Madrid. Ya tenía el
material que necesitaba para el libro. Podía prescindir de ella. No
obstante, sospechaba que esta historia podía tener más soga que tirar. Y
mientras siguiese trabajando para Diana, ella me pagaría por tirar de esa
soga. Por eso , esa mañana me sentía seguro y relajado. Continuaría
jugando a escribir su libro mientras escribía el mío, y decidiría al final
cual publicar.

“Quiero que escribas sobre la familia para la que trabajaba mi padre”
Fueron las primeras palabras que oí al entrar en su casa, siete meses
atrás.
Diana estaba sentada en una butaca orejera, desteñida por la luz y por el
tiempo, y rodeada de paredes enteladas, repletas de retratos familiares y
calendarios atrasados. Las tazas de café estaban amontonadas en la repisa
de la ventana, y sobre ella, una jaula de loro, vacía y sucia. Su voz
ronca se dirigió a mí, no así su mirada. Ella permanecía sentada,
contemplando la calle mientras continuaba hablándome, pausadamente, sobre
la familia López – Valdina, la familia para la que su propia familia
había trabajado durante seis décadas y que, como cabe esperar, había
llenado una memoria entera de fortunas y miserias.
Todo lo que ella me iba relatando no despertaba interés alguno en mí, sin
embargo, contemplar aquella anciana en semejante escenario, fue atrayendo
poco a poco mi atención. Aceptaría el encargo, desde luego, pero no por la
melodramática relación de los López – Valdina y su empleado, que ya se
habían llenado páginas y páginas de otras novelas con lo mismo; sino por
lo que había detrás de aquella mujer, lo que se esforzaba en esconder, lo
que ocultaba detrás de aquella voz ronca y forzada.
Todos los miércoles a las cuatro de la tarde me recibía Diana Garrido en
su salón, en el quinto sin ascensor de un edificio que se había ido
quedando vacío con el paso de los años y de las grietas, y apuntalado
hasta el mismo timbre de latón. Todos los miércoles me repetía la misma
frase: “Te serviría un café, pero…” Pero han cortado el agua, están de
obras en la calle, Pero no tengo café; olvidé bajar a la tienda, pero yo
ya lo he tomado.
Todos los miércoles me sentaba frente a ella, e intentaba escudriñar entre
todas las palabras que dedicaba a su padre, algo que me desvelara más
sobre ella. Pero siempre me respondía con evasivas: “Estoy cansada. Te he
dejado el sobre con lo tuyo en la entrada. Cógelo y vete que me voy a
echar. Y la semana que viene quiero leer lo que has escrito hasta ahora,
que ya tendrás bastante, con todo lo que preguntas”.
Todas las semanas me dejaba un sobre con dinero, según lo acordado,
billetes crujientes y bien prensados, recién salidos de la tostadora de la
esquina, la caja de ahorros.
Había investigado por mi cuenta, partidas de nacimiento, registro de la
propiedad, pero habían sido los vecinos los que más información me habían
dado, y cuanto más me contaban, más confusiones se habían ido formando
alrededor de la vida de Diana.
Meses de citas en su casa, sin café ni sonrisas, meses anotando en dos
libretas dos historias al mismo tiempo, meses preguntando, observando,
curioseando, me habían llevado a conocer la verdadera razón por la que me
había pedido que desenredara la vida de su padre: Ella misma necesitaba
recordar así su propia vida.
No podía fallar a la palabra que le había dado, pero tampoco podía dejar
pasar su historia. Y esa era la duda que me asaltaba ahora.

Los comentarios de esta entrada están cerrados.

El Postre


Es un informativo cultural con la filosofía de Radio 3: dinamismo, curiosidad, olfato y desparpajo sin descuidar el rigor periodístico ni la profundidad. El Postre al final de la jornada: de lunes a jueves, de 22:00h a 24:00h.
Ver perfil »

Síguenos en...

Últimos comentarios