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Postrelato XXVIII: "El descubrimiento"

Enhorabuena a Antonio, ganador del Postrelato XXVII, una edición con semana extra para participar y cuyo resultado final ha sido, nuevamente, muy bueno. Como siempre, y aunque hayas ganado en alguna edición anterior, manda tu dirección postal a elpostre@rtve.es. La propuesta para esta semana (resolvemos el Lunes 12 de Abril ) es:

Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía ...

Envía tus continuaciones a este blog (no hace falta poner url, con tu nick y tu continuación vale). Y recuerda, antes del Lunes 12 de Abril a las 12 p.m . Suerte y ¡a postrelatear!.

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Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía... movió el ratón del portátil haciendo girar la montura altazimutal hasta alcanzar la posición inicial.
-No, no es “el asteroide B 612”, desde luego que no lo es, -se rió...
Se aproximó al teléfono satelital, extendió la antena y marcó el número, se mesó el cabello y se quedó mirando ensimismado a la pantalla. El Led rojo intermitente paso a azul indicando que la llamada estaba en proceso.
- Sí ¿Con quién hablo? Aquí el Capitán de Navío Prince... Sí señor, a sus órdenes Almirante. Lo tendrá todo dispuesto para cuando... -antes de terminar la oración el superior ya había cortado la comunicación.
- Otro que no sabe escuchar, se dijo mientras se dirigía al camarote, ¡estoy hasta el (voy a censurarme) mismísimo Cogote! de que nadie me deje terminar las frases; un día seré yo quién no se acuerde de terminarlas y entonces... a saber lo que pasará.
Cerró la puerta con violencia. Hacía días que no comía bien, el calor sofocante había empezado a afectar a su carácter adquirido, se acercó a la tabla de cristal “¿ese del espejo Soy...Yo?” -murmuró entre dientes- “necesito un cambio de destino con urgencia, la guerra no es, NOR... es... MAL...”. Frente a su imagen se obligó a recordar la noche anterior al embarco. “Hijo siéntate, por favor... tenemos que hablar”, le había dicho al pequeño: “Voy a decirte la verdad sobre tu padre... soy un Ases...”, -inoperante fue el golpe que le propinó su mujer, lanzándole un mechero a la nariz para intentar callarle. Siguió hablando y hablando, se escuchó alzando la voz, ni siquiera se dio cuenta de que obedeciendo a la madre, -”No confundas al niño... ven querido... lleva este peluche al tu habitación.”-, el niño llevaba una hora jugando en su cuarto. - “Y ninguna persona grande comprenderá jamás que tenga importancia”... Eso escribió Saint-Exupéry ¿lo entiendes? ¿Lo entiendes?”, había sido lo último que recordaba haber gritado.
Unos golpes en la puerta le devolvieron al espejo...
- Mi Capitán, se presenta el Alférez de Fragata, Zebra. El Seahawk acaba de aterrizar. El Almirante Rhino le está esperando en el Staff.
- Dígale que: “que me dibuje un cordero”.
- ¿Cómo dice, Señor?
- Dispénseme ante él. Comuníquele que estaré en su presencia en cinco minutos. Eso es todo Alférez.

Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía. Y lo que suponía no era precisamente lo que le hubiera gustado creer. Había llegado a una conclusión dolorosa, se diría que hasta trágica. Varios exámenes, algunas incursiones y bastantes desilusiones después, la respuesta se le antojaba una suerte de bofetada cósmica, gigante, descomunal.
El nuevo aparatejo no sólo le permitía reducir la distancia entre galaxias de un modo nunca visto. Además, le permitiría distinguir de forma clara el cuerpo y sesera de los seres objetos de su estudio. ¡Y vaya si lo permitía!.
Con el ojo pegado al vidrio, los dedos viscosos dándole a la ruleta y con las antenas orientadas hacia el planeta azul, tuvo la certeza, y la prueba de que no era allí dónde encontraría vida inteligente. Más le valía ir reorientando el dichoso telescopio antes de que al jefe supremo le diera por preguntar...

Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía: todavía quedaba gente en la tierra. A pesar de todo, se intuía actividad allá abajo. Salía humo miraras por donde miraras, continuos trazos de humo más bien translúcidos. Se ve que ahora los rayos de sol, por fin, logran alcanzar la superficie de la tierra, por cierto, ya no azul como fue considerado el planeta por tanto tiempo. Ahora se distingue oscura la masa de agua que lo llena, de una tintura gris. El resto es blanquecino. Tanto los contornos como el interior de los continentes han tomado tonos blancuzcos, cual polvo todo calcinado.
¡Ah la tierra! ¡Ay sus moradores! La llenaron (la llenamos) de cráteres, la envolvieron en una nube densa y opaca que la ahogó. Y el caso es que el sol siguió saliendo cada mañana para toda la galaxia. Hoy obsevo desde arriba, desde esta negritud del infinito eter, ese punto blanco y gris y, efectivamente, el telescopio confirma lo que suponía. Poco a poco han ido saliendo a la superficie retoños de aquellos seres que la aniquilaron. Supongo que se podrá repirar, que sus organismos se habrán ido adaptando a la rareza de su atmósfera. Nosotros aquí -en realidad estamos en la Luna- nos hemos acondicionado utilizando unas cápsulas prefabricadas que emulan las condiciones de la atmósfera, pero se nos agota el tiempo.
Hubo un tiempo en el que la gente en la tierra comenzó a dudar seriamente de que el hombre hubiera, con certeza, pisado la superficie de la luna. Nosotros, componentes de la misión espacial Columbus, tuvimos que hacer un viaje a nuestro salvador satélite para demostrar que aquella hazaña de Amstrong y cia. no fue una falacia. Cuando estábamos en el aire, nos informaron de que se había desatado un ataque nuclear. Bueno, en realidad fueron varios. Nuestros compañeros de Huston nos iban comunicando detalles al principio. Después, se perdió el contacto. Claro, no se supo quién inició aquella tropelía. Sólo podíamos intuir lo que aquellos gigantescos hongos en expansión nos podían delatar.
Sabemos que alguien quedó, pues lo de los refugios nucleares no pertenece a la ciencia-ficción, tal y como este relato pueda sugerir. También oímos a nuestros equipos de transmisión ofrecernos ruidos e interferencias, pero nada era nítido o clarificador. Tras no sé cuánto tiempo, logramos recuperar la comunicación con alguno de los subterráneos de Texas. Hoy en día podemos transmitir mensajes -o narraciones- pero sabemos que no podremos regresar. Qué cierto resultó aquello de que polvo somos y en...
Sobrevivimos en la negritud de este espacio inconcluso. Hemos aprovechado las cápsulas mencionadas ya que esa era la intención de la Nasa, dejar cierta infraestructura preparada para ir, poco a poco, colonizando la Luna. Se ha quedado en esto, en una truncada misión, pues ya no pudimos regresar. Es una sensación extraña la de sentirse huérfanos de nuestros semejantes, de nuestro hábitat; extraños por pertenecer a un vacío estéril, a una nada en expansión. Nos alimentamos gracias a la comida liofilizada, pero, claro, se acabará agotando. Estamos intentando sintetizar los nutrientes a base de dividir las cadenas de aminoácidos de lo que tenemos encapsulado. Ya se sabe, cuando la necesidad aprieta... Quizás lo consigamos. Somos un grupo de seis personas, cuatro hombres y dos mujeres. Deberíamos de estar intentando reproducirnos. De hecho, ya no existe más universo que nosotros mismos. No debería de haber prejuicios o apriorismos morales. Sí, está bien, puede que ello ya esté superado, pero ante la ausencia de gravedad, ¿cómo se comportan los fluidos?... A mí me habría gustado tener a un pequeño o pequeña apellidado López Alegría.

Era el chico de quínele habían hablado. Caminaban juntos, muy cerca uno de otro. a ratos se paraban y se reían. A través de la lente, casi le parecía oír las risas sobrevolando los quinientos metros que lo separaban del parque. Había sido compañero de su mujer durante unos meses. Él mismo lo había conocido en cierta ocasión en que había ido a recogerla a la oficina. Carlos se llamaba, creía recordar. Era bastante más joven que ella, y le había parecido un chaval agradable, guapo y extrovertido, pero en absoluto peligroso para su matrimonio.
Jamás había hecho caso de habladurías. Y mucho menos dudado de Rebeca. Pero ahora veía las cosas desde otra perspectiva. Recordaba el apego de su mujer hacia aquel joven becario que habían empleado a su disposición, y sin embargo ella nunca había mencionado su regreso en las muchas conversaciones mantenidas sobre el trabajo. Desde entonces, muchas veces había rememorado aquel encuentro, buscando algún gesto, alguna frase que diera pie a los celos que lo torturaban cada vez con más violencia, pero jamás había logrado atrapar la más mínima sombra en el comportamiento de ninguno de los dos.
Ni siquiera estaba seguro qué estaba buscando, ni cómo había comenzado toda aquella paranoia, seguramente debida al comentario mordaz de sus amigos acerca del visible apego de su mujer hacia aquel jovencito. Lo que habían visto era una muestra más del carácter extrovertido de Rebeca, siempre tan dispuesta a conversar. Nada más que eso. Ahí se equivocaban sus amigos.
Cuantas más vueltas le daba, más avergonzado se sentía. Había visto a muchos hombres flirtear con ella; alguno, incluso, creyéndose a salvo de miradas indiscretas, se había permitido el lujo de deslizar una mano juguetona sobre un hombro desnudo, o espalda abajo, morosamente detenida entre ésta y el inicio de las nalgas, pero luego ambos se habían reído de la situación. Y no obstante había comprado el telescopio para espiarla so pretexto de su afición a la astronomía ¿Por qué si no se había apostado en aquella terraza sobre el parque por el que ella pasaba cada día de regreso a casa si no era para desmontar los chismes de sus colegas y ganar un poco de tranquilidad, aunque muy en el fondo hubiera empezado a pensar lo contrario?
Ahora, mientras la pareja se alejaba, recogió el telescopio y regresó corriendo a casa, pues no tenía mucho tiempo para anticiparse a su mujer. Para entonces, él ya estaría en el salón de casa, pergeñando mil preguntas que la hiciesen caer en un renuncio, aunque era inevitable que todas se le antojaran tan torpes que invariablemente acababa desechándolas, ayudado siempre por la inevitable sonrisa con que ella celebraba el reencuentro.
Cuando la vio entrar, como de costumbre, su presencia evaporó todo vestigio de rencor. Era entonces cuando, libere ya del veneno de los celos, la vida volvía a la normalidad, los chismes, las sospechas y la ira de las horas solitarias desaparecían como de un plumazo, y las preguntas brotaba libres de la enfermiza sospecha que las transformaba en armas envenenadas. Era entonces cuando, invariablemente, obviaba el efecto consolador de su presencia, y se decía que nunca volvería a caer tan bajo. Cenaron, charlaron y se fueron a la cama. Hablaron un buen rato antes de dormirse. Cuando abordaron el tema del trabajo, como si nada, dio el salto, primero a una zanja; después, cuando quiso darse cuenta, a un abismo del que ya no había vuelta atrás, un pozo oscuro en el que sólo resonaron los ecos de una pregunta: ¿Cómo le va al chico que me presentaste en la oficina? Y una respuesta: ¿Carlos? Ah, No sé nada de él. No lo he vuelto a ver ¿Por qué lo preguntas?
Hablaron un poco más, pero las últimas palabras de ella sonaron tan lejanas que apenas logró seguir la conversación. Luego ella dio las buenas noches, apagó la luz y se durmió.

Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía; el del octavo llevaba peluca…
Desde hacía un año lo intuía sin poderlo confirmar. Fue la razón de haber comprado aquel telescopio de segunda mano. Regateó hasta conseguirlo por cincuenta euros. Aquel hombre no quería soltarlo, decía que era lo único que le dejó su padre, pero al ver el billete anaranjado de cincuenta euros, nuevo, como recién salido de la Casa de la Moneda le regaló hasta el trípode. El trípode no le interesaba, de sobra sabía donde podía apoyarlo, sin embargo su madre siempre le había dicho que a caballo regalado no le mires el diente y lo aceptó, metió ambos en su carro de compra y cuidó que ninguno sobresaliese de él. A resguardo de miradas curiosas, nadie sospecharía. Muy a su pesar, tomó el metro; un transporte masificado y poco higiénico; cuatro paradas hasta el Centro y después recorrió a pie dos manzanas, cinco portales en total, con sus porteros diligentes y astutos como detectives de novela negra. No tardó en llegar hasta el suyo, el número ciento uno de una gran avenida jalonada de hermosos árboles y saludar a Jacinto, el portero de mayor olfato descubriendo la menor irregularidad que se cerniese sobre su vecindario. El fue quien descubrió en aquel muchacho de aparentes buenos modales, a un traficante dispuesto a llenar de esa espantosa e innombrable hierba, uno de los áticos de su honorable comunidad.
Jacinto tenía la propiedad de hacerla sentir bien. Cuando la veía salir o entrar, tocaba ligeramente, como en un gesto sin importancia, su encasquetada gorra de plato mientras una frase cortes escapaba de su boca: “qué día más maravilloso Dña. Cecilia” o “creo que esta lluvia pronto cesará” Era alto y fuerte y algunos rizos negros y revoltosos escapaban por su nuca bajo la gorra, no obstante, desconfiaba de que se hallasen, no sólo estratégicamente dispersos en su nunca, sino en toda la superficie de su cabeza… Quizá Jacinto tuviese algún año menos que ella, pero esa cuestión era irrelevante, pertenecían a mundos diferentes y ante todo no quería tocar temas en que los años salen a relucir.
Odiaba a los hombres calvos, de cráneo pulido y reluciente. Aunque supiese que no eran los responsables, no podía evitarlo. Sin embargo, no los odiaba enteros, sólo sus cabezas. Las odiaba y se preguntaba si las enceraban diariamente. También se preguntaba la razón de no haber contraído matrimonio. Si el miedo a encontrarse un día durmiendo con un cráneo pulido, reluciente, encerado, la hizo permanecer célibe; de no haber sido así, tal vez hubiese descubierto algunas cosas…; mejor no pensarlo, era demasiado tarde. Su tiempo había pasado…
Al entrar en su portal escuchó la voz varonil de Jacinto saludándola. Qué sería de ella si descubriese lo que llevaba dentro del carro y sobre todo la razón… “Qué, de compras Dña. Cecilia” le dijo con su encantadora sonrisa. Habitualmente le llevaban la compra a casa, qué pensaría... Se adelantó él para llamar al ascensor en el momento de posar ella su mano sobre la botonera; se tocaron, hubo un ligero roce sin importancia del que posiblemente Jacinto no fue consciente. Cuando llegó, él le abrió la puerta y ella pulsó el décimo piso despidiéndose con un escueto “adiós” Nunca hasta aquel día, se había fijado en lo hermoso que era Jacinto.
Desistió de todos los artilugios que había imaginado y abrió el trípode. Bien pensado era lo más apropiado. Dejó en completa oscuridad su casa y esperó. Esperó que la luz del octavo piso de la casa de enfrente se encendiese. Y mientras lo hacía, algo morboso iba invadiéndola. Algo extraño y desconocido y a la vez gratificante, algo que jamás sintió, la estaba poseyendo. Nadie la veía; envuelta en aquella oscuridad se sentía absoluta dueña de sus actos. Al fin se iluminó el piso octavo de la casa de enfrente. Aplico su ojo a la lente. Distinguía a aquel hombre como si lo tuviese cerca y él ignoraba que ella lo observaba. Era perfecto. Lo vio quitarse la chaqueta, aflojarse la corbata, servirse una copa y arrancar de su cabeza todo el pelo con el que ella había estado soñando. Se paseaba por el salón con su cráneo brillante, reluciente, como recién encerado. Y descubrió que era muy posible que aquel brillo lo produjese la grasa…, la grasa que hubiese caído sobre su almohada, sobre ella misma, en caso de haber contraído matrimonio. Le impresionó, pero no demasiado, desde hacía tiempo lo intuía; a esa edad, nadie tiene tanto pelo. Comprendió que en eso radicaba su rechazo al matrimonio; sin excepción, todos acaban calvos…
A Jacinto nunca, ni siquiera en verano, lo había visto sin gorra. Con nombre supuesto en la casa de enfrente alquilaría un piso. Tendría que ser un piso alto, Jacinto vivía en el ático, en uno de los pequeños áticos de su casa, eso sí, con una gran ventana…

Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía. No había ninguna duda. Aquello era el planeta Tierra. Entonces, dónde estaba él? Se sintió mareado y a trompicones se tumbó en la sucia cama de su celda. En el techo las mismas grietas, las mismas manchas que le devolvían los mismos recuerdos pensados tantas veces. Cumplía condena de diez años. En el octavo se produjo el motín, la fuga masiva, los gritos, los disparos. Nunca sintió la necesidad de salir de la prisión. Comida, techo y absolutamente nada ni nadie que le esperara ahí fuera. No buscó más motivos. Aquel día tampoco, así que se metió en la cama y se tapó completamente con la manta. Esperó la entrada de los guardas, las represalias, pero no llegaron. Tras permanecer inmóvil largas horas, finalmente decidió salir de la celda. Aquello parecía un campo de batalla, pero ni rastro de seres humanos, vivos o muertos. Pasaron los días y se acostumbró a la comodidad de no buscar explicaciones, a la despensa llena de la cocina, a la soledad y al silencio. En uno de sus paseos, se atrevió a entrar en el despacho del alcaide -pese a la seguridad de saberlo vacío, recordaba cuanto le costó cruzar aquella puerta- y allí encontró el telescopio que el viejo usaba para echar vistazos al pabellón de mujeres. Se lo llevó a la celda y aprendió a usarlo en su "tiempo libre" -tal como le gustaba llamarlo-, cuando no andaba entre libros, cocinando, paseando, durmiendo, hablando en voz alta para escucharse o aprendiendo a no contar el tiempo. Algunas noches se entretenía mirando el firmamento y se reía de los que ponen nombres a las estrellas: "estan chalados los de ahí fuera".

Y ahora estaba tumbado en la cama pensando si el chalado era él. Sintió angustia, miedo. Miedo a la soledad. Recordó por primera vez en mucho tiempo la ausencia de visitas. Ahí fuera no había nadie y nunca lo habría. No era lo mismo una soledad elegida libremente que una soledad obligada, eterna. Se puso a llorar. Había conseguido anular sus deseos, sus voluntades, pero esa certeza le rompió. Qué iba a hacer ahora? Como siempre que nos visita el enemigo, cuando los miedos se nos acercan demasiado, sólo podía hacer una cosa. Despertar.

Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía, la trayectoria había cambiado. Era una modificación imperceptible, mínima, pero en cuanto comprobase los cálculos su suposición quedaría corroborada.

(Se atribuye la invención del telescopio a Hans Lippershey, un fabricante de lentes alemán, pero recientes investigaciones atribuyen la autoría a un gerundés llamado Juan Roget en 1590, quien dos semanas después de que lo patentara Lippershey, intentó patentarlo.)

Antes de bajar a su despacho, a donde ya había enviado los datos para que se iniciara la computación que refutara el desastre inminente, se asomó por la ventana que daba a la ciudad vieja de Jerusalén.

(Hay otra curiosidad relativa tanto a la nueva Jerusalén, que simboliza a la ciudad santa, como a Babilonia, que simboliza a la ciudad perversa: en Apocalipsis 18 aparece un lamento por la Babilonia destruida; en Apocalipsis 21 aparece la descripción de la nueva Jerusalén. Las descripciones de lamentación y de sentido negativo dadas a Babilonia, aparecen revertidas, en sentido de gozo y alegría para Jerusalén.)

Las columnas de humo ascendían desde la frontera con Palestina, tan grandes que se podían ver desde donde él estaba.

(El conflicto de la Franja de Gaza, denominado Operación Plomo Fundido por las Fuerzas de Defensa Israelíes, fue una ofensiva militar precedida por una campaña de bombardeo aéreo sobre la Franja de Gaza, que tuvo inicio el 27 de diciembre de 2008 y que finalizó el 18 de enero de 2009. Fue dirigida contra objetivos de la infraestructura de la organización Hamás, principalmente puertos, sedes ministeriales, cuarteles de policía, depósitos de armas y los túneles subterráneos que comunican la Franja de Gaza con Egipto. El conflicto fue descrito como la "Masacre de Gaza" en gran parte del mundo.)

Pensó que tal vez ya no tenia sentido prevenir del desastre, pero de todas formas se sentó delante del ordenador y vio como los cálculos terminaban de realizarse.

“Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía...”
Que allí no encontraría las respuestas que estaba buscando. Si ella fuera una estrella al menos sabría que él no era el sol cuya luz reflejaba, porque algo en su interior le decía que ella no necesitaba de nadie para brillar, así que podría ser una de ellas, ya que poseía luz propia. Además él mismo no se sentía tan lleno de actividad, fuerza y calor como para alimentar semejante resplandor. Si fuera un cometa, podría calcular su velocidad, trayectoria y frecuencia, para así no sufrir cuando la viera alejarse dejando tras de sí una estela cada vez más diminuta y un espacio alterado, puesto que sabría que era inevitable que reapareciera radiante de nuevo tras su viaje estelar y la aguardaría expectante. Si planeta es lo que fuera, se contentaría viéndola bailar una danza, cuya coreografía él conocería, por el espacio celeste, girando sobre sí, alejándose y aproximándose, siempre en movimiento al compás de una música celestial. Si por el contrario fuera un satélite, quizás sería inmensamente feliz sabiendo, que aunque no pudiera verla, ella estaba ahí describiendo una órbita en torno suyo. Si lo que fuera es una nebulosa, no se cansaría nunca de mirarla, tratando de descubrir entre todos sus matices una cósmica pincelada nueva. Si llegara a ser un agujero negro, sería capaz de comprender al fin la irrefrenable atracción que por ella sentía, tanta que sería capaz de aproximarse a su borde para dejarse atrapar por completo en su interior. Si quizás fuera una galaxia, no le importaría dedicar la vida entera a estudiar ese sistema tan perfecto pero a la vez tan complejo. Pero si ella no era ninguna de esas cosas que conocía, se sentía abrumadoramente perdido.
Toda una vida asomándose a la inmensidad, escrutando la oscuridad más absoluta en busca de un poco de luz, intentando comprender el equilibrio entre el orden y el caos, no le habían preparado para el misterio que tenía en ese momento frente a sí. Aunque poseía el método, el conocimiento y el valor para enfrentarse a lo desconocido, ahora sentía que casi nada de todo eso le servía. Tantos momentos dedicado a los misterios del universo, observando el lejano cosmos, que ya no era capaz de contemplar la vida sin una inmensa lente de por medio. Le resultaba incomprensible ahora ese empeño por buscar tan lejos, lo que sin embargo estaba tan cerca y por desafiar a la razón, cuando lo que no se termina por comprender es el propio corazón. Anhelaba un Descubrimiento con todo su ser y lo había logrado, pero no el que lo haría figurar en los anales de la ciencia, sino el que había removido los cimientos de su persona. Al fin había conseguido experimentar en su propia vida toda la fuerza de un Big-Bang y todavía estaba en pleno proceso de expansión, con algo tan simple, sencillo pero a la vez tan complicado como enamorarse, averiguando de paso que la plenitud y el infinito no se encontraban a años luz después de todo. Tanto tiempo buscando por el espacio exterior, sin saber que, lo que realmente deseaba encontrar, era a ella.

Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía. El padre jesuita, director del Observatorio Astronómico Vaticano, preso de una premonición terrible, cogió el teléfono y marcó el número de su colega y viejo amigo de la Agencia Espacial Europea.

Mientras tanto, en la otra punta de la ciudad, se celebraba la gala de entrega del premio literario. El autor miró fijamente la copa de champán en su mano y se preguntó “¿qué pasaría si el universo fuese solamente una de las burbujas de champán?”

― ¿Sí? ―le contestó al padre la voz familiar del amigo al otro lado de la línea.
― ¿Has visto el movimiento de las estrellas?
― Sí, es más, parece que todo el universo se está desencajonando.
― ¿Cómo? ¡Dios mío!
― Están ocurriendo fenómenos sumamente extraños. En un sector del universo ha desaparecido la radiación de fondo.
― ¡Santísima virgen!
―Y las galaxias se están alejando con velocidades impensables hasta ahora.
―O Dios ¿quiere decir esto que estamos ante una catástrofe?
―Estamos trabajando con nuestro centro de cálculo para intentar comprender lo que está pasando. Ciertamente, estamos preocupados.
― ¿Será el Apocalypsis?
― Pues, parece ser que las variables fundamentales cosmológicas están cambiando. Puede ser,... un cataclismo.
―¡Por Dios, que viene el juico final!
― Hemos detectado nuevas sustancias en el espacio exterior que intentamos analizar. Pensamos que tiene que ver con la interacción de la materia oscura. Tal vez el universo es como una burbuja dentro de esta materia parecida a un líquido.
― Virgen santísima, Padre nuestro que estás en el cielo y en la tierra sálvanos y perdónanos nuestros pecados. Recemos por la salvación cuando nos llama nuestro Creador...
―¡Espere! El centro de cálculo acaba de sacar el resultado final del análisis y se confirma que, efectivamente, la materia oscura es un líquido que rodea nuestro universo y que es idéntico a un ¡Veuve Quliquot Brute, Gran Reserva!
― ¿¿¿Cómo???

En el auge de la fiesta literaria, justo en el instante cuando el autor se tomó la copa de un solo trago, se apagaron las luces...

Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía, la luna había dejado de existir. Llevaba años observando el cielo, pero el mundo hace décadas que olvido la astronomía. La población concentrada en grandes ciudades en diferentes puntos del globo terráqueo, lo único que divisaba era las luces de neón. Los pueblos desaparecieron. Enormes autopistas cubiertas de luminarias conectaban los centros neurálgicos. Él, sin salida y sin recursos, volvió al lugar donde vivió su tatarabuelo, y entre las ruinas de lo que alguna vez fue una casa, encontró ese viejo telescopio. La ciencia perdió el interés en el espacio cuando confirmo junto a las multinacionales que no tenía interés comercial. Hoy la luna había desaparecido. Mañana tal vez lo hicieran las estrellas. Pero ¿a quién le puede importar? Pensó. Ya nadie mira el cielo, acertó a susurrar mientras una estrella fugaz sin deseos surcaba la noche.

Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía... Desde hacía años venía observando la dirección de aquel objeto en el espacio. Y durante mucho tiempo estuvo estudiando su composición, su masa, densidad y características. Por todos estos parámetros había concluido que los materiales que lo formaban no eran muy distintos de los que se podrían encontrar en la Tierra, si no idénticos. En resumidas cuentas, el extraño objeto no lo era tanto, teniendo en cuenta que parecía un trozo de roca escindido de nuestro propio planeta deambulando por el cosmos sin rumbo fijo… o sí; porque sus cálculos confirmaron que se estrellaría contra nuestro azul mundo en el plazo de catorce meses, y por su tamaño desencadenaría un desastre que daría al traste con toda la civilización humana, con todas sus ventajas y sus muchos inconvenientes. Padeció ansiedad por tenerlo más cerca y poder contemplarlo por fin.

Días atrás, suponiendo ya que el evento era inevitable, escribió un completo informe explicándolo todo, y había programado en su ordenador el envío por correo electrónico del documento a gobiernos e instituciones para alertar de ello cuanto antes y significarles la gravedad de la situación, pero aquella madrugada su dedo tembló antes de hacer click sobre el botón de enviar. Aquel preciso enfoque del telescopio no sólo recogió el paquete de datos definitivo que confirmó su premonición, sino que le permitió poder poner el ojo directamente en el objeto y pudo ver con claridad algo que parecían unos símbolos. Cuando fue haciendo un zoom a ellos vio atónito que se podía leer en ellos una extraña frase en caracteres latinos y muy nítido lo que parecía una fecha:

CI Y OF ON ON AT APR L, 26, 3191

Tiene que pasar más de un milenio completo antes de llegar a esa fecha, sin embargo ya estaba colocada en una especie de metal plano incrustado en aquella roca, como una de las vallas publicitarias que vemos por todas partes. Se atormentó con la posibilidad de estar contemplando el futuro, y de ser el primer testigo de la destrucción del planeta. Revisó más cálculos y repasó algunas teorías de Einstein sobre la relatividad. Removió internet buscando los artículos que hablan del viaje en el tiempo y la paradoja inverosímil de poder encontrarse uno consigo mismo en otra coordenada temporal. El sudor frío ya no le dejaba pensar y, como pudo, intentó descifrar las palabras que se encontraban delante; tras mucho apurar las capacidades del telescopio pudo completar las letras y leer CITY OF LONDON AT en ellas. Ya no había duda; lo que veía era el destino de la humanidad, quizá por la ambición humana, por las guerras o por un desastre similar al que él vaticinaba con la llegada de aquel meteorito, que era parte real y tangible, ahora no había duda, de nuestro mundo actual.

La angustia se apoderó de él entonces. Era demasiado descubrimiento para colocarlo en la opinión pública de golpe. Apagó el ordenador del telescopio y sus ojos se posaron en la pantalla del portátil. Allí permanecía el correo electrónico en espera de ser enviado. Sin pensarlo pulsó el botón suprimir y decidió dejar el mundo correr. Si de todas maneras la destrucción era inevitable, y por un desastre anterior al acaecido en un momento después de 3191 podía venir la desaparición del planeta, quizá era mejor no dar tregua a que aquel fuera aún peor. Pensó que catorce meses eran suficientes y esperó.

Cuando no había tiempo material para detener la catástrofe, la dio a conocer con un escueto comunicado y se retiró a esperar el momento, mirando a través del visor de su telescopio, demostrando así que el futuro no está escrito nunca, aunque a veces aparezca claro ante nuestros ojos, con nombres y fechas, como aquella vez.

Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía ...
En la ventana, pudo ver como el hombre deforme contemplaba el pequeño cadáver que yacía sobre la moqueta color púrpura. La acariciaba con la mirada, e hizo el amago de posar sus dedos sobre la piel pálida, pero retiró con violencia su tétrica mano por miedo a contagiar un retazo de su monstruosidad a tal linda muñequita. Eso era él, un monstruo espeluznante para todo aquel con el que se cruzaba y osaba contemplar unos rasgos atroces para la vista. Y cada mueca de asco, cada cara de repugnancia, cada pánico reflejado en las pupilas de los que sabían que esos rasgos es provocarían terrores nocturnos, le habían finalmente catapultado a convertirse en un monstruo, cubriendo de fealdad el único sitio donde habitaba su belleza: su alma. Era pues, evidente, que había asesinado no sólo a ese angelito, sino a todas esas chiquillas que habían desaparecido en estos dos últimos y trágicos meses. Al menos, esta pesadilla habría llegado a su fin, en cuanto cogiese el teléfono e informase a la policía para que se personasen de inmediato en el viejo edificio de apartamentos que se erigía frente a su ventana. Mientras las fantasías en blanco y negro de los periódicos disfrazaban a un Voyeur de héroe local, observaba asqueado aquel engendro circense, que parecía haberse quedado atrapado en el aura ahora perentorio de la niña, y continuaba sumergido en un vacío de tiempo-espacio, en donde sólo existía, lo más lejano y utópico para él: la belleza. Tal vez, pensó él, desde su punto de vista del espectador del crimen, aquel fracaso de la naturaleza las asesinaba para apoderarse de un pedazo de hermosura, para ser dueño de un lirismo físico del que Dios( si existía) le había privado. De pronto, el ente de piel indefinible, desvió del cuerpo unos ojos que apenas sobresalían de sus cuencas, y fijó su mirada en algún punto a través de la ventana. A él, se le encogió el corazón, y una gota helada de sudor resbaló por su frente con una prisa feroz cuando supo que le había visto con total seguridad a él y a su telescopio indiscreto. Petrificado, no fue capaz de articular movimiento alguno, y clavado allí, mirando aún a través de la lente, vió como una lágrima, salía a duras penas por los pliegues de un párpado deformado. No supo si fue la pasividad del monstruo lo que le permitió reaccionar, pero finalmente logró salir del shock y levantarse despavorido en busca del teléfono. Lo que se encontró al coger el auricular, era después de todo, lo que menos se esperaba. Una masa de carne, desfigurada y amorfa, presumía ser su mano. Pensó entonces, que no sabía que le aterraba más encontrarse cuando se girara, si un cadáver, o un espejo.

"Enfocando el telescopio con precisión, confirmó lo que suponía. En el texto de la práctica aparecían remarcados en negrita los nombres de las estrellas y las constelaciones para observar en aquella noche de verano de la capital; el profesor iba y venía nervioso ajustando la lente de cada uno de los aparatos disponibles para la clase. Su primo mayor, que había hecho prácticas de orientación en la mili, le dijo que Casiopea tenía una forma de W muy curiosa y en ella había puesto todo su empeño, olvidándose de las miríadas o lágrimas de San Lorenzo, esa lluvia de estrellas tan celebrada todos los años y que era el motivo principal del estudio que allí les había llevado. Sin mirar a través del telescopio supuso, a tenor de las dos únicas estrellas grises ("como de bajo consumo", había bromeado un compañero) que se veían aquella noche, que no iba a ser una tarea fácil. Enfocando con precisión, la estrella polar parecía alquitranada, con un fulgor desvaído que se perdía en la atmósfera negra del monóxido de carbono. De repente, unos postes de la luz cercanos empezaron a chisporrotear por un problema en el suministro y el mismo compañero apostilló con sorna: "Eh, chicos, ahí está la lluvia de estrellas." Al profesor le llevó un buen rato calmar la algarabía que se levantó por este comentario."

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