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Hace 100 años finalizaba la batalla de Verdún

    sábado 17.dic.2016    por Ángela Gonzalo del Moral    0 Comentarios

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Este fin de semana se cumplen 100 años del final de la batalla más larga y una de las más cruentas de la I Guerra Mundial: la batalla de Verdún. Se sabe que se inició el 21 de febrero de 2016 sobre las 7 y media de la mañana y que acabó unos 300 días más tarde. Unos dicen que el 18, otros el 19 y los más "románticos", el 21 de diciembre. Pero la batalla no tuvo nada de romanticismo. Murieron más de 300.000 personas y hubo un millón de heridos, convirtiéndose en un "emblema" de la gran contienda. Durante meses nadie consiguió ni ganar ni perder. Todo quedó paralizado en el tiempo, menos las bombas que continuaban matando sin cesar a uno soldados que ya no sabían por lo que luchaban. Este artículo es un paralelismo entre lo que ocurrió en los primeros días de la batalla.... y lo que encontramos hoy si visitamos la zona. El ayer, lo recorremos de la mano de un corresponsal español que visitó la Lorena francesa en marzo de 2016, explicando sus percepciones sobre el lugar, la devastación y el horror que encontraba a su paso.

“El rápido París-Nancy se detiene largo rato en Bar-le-Duc. La aglomeración y el revuelo del andén son tan extraodinarios, que los viajeros logramos a duras penas descender de los coches. De los vagones brotan centenares de soldados, llevando a cuestas o cruzados sobre el pecho, en banderola, sus hatillos de campaña y sus zurrones de tela”. Así escribía, Gaziel -sobrenombre que utilizaba el corresponsal del diario La Vanguardia, Agustí Calvet- sus primeras impresiones de la zona cercana al frente de guerra occidental, el 28 de marzo de 1916. Hacía un mes que había comenzado la batalla de Verdún.

Cien años después Bar-le-Duc continúa siendo, con sus 16.000 habitantes, una pequeña y tranquila ciudad francesa. Muy parecido a lo que vió Gaziel hace un siglo, “tiene un río apacible, varios puentes discretos, algunos templos antiguos, un camanile sobremanera gracioso, restos de un soberbio castillo y la fama dulcísima de producir las más sabrosas confituras del Mosa“.

Recordar aquellos campos de batalla y poder rendir homenaje al millón de personas muertas en esa zona, es un buen motivo para viajar hasta la Lorena francesa. Una región, amable, con sus montañas ondulantes, sus pueblos abandonados, sus ríos….. Y con una fisonomía que no tenía, cuando la visitó el corresponsal de guerra: cráteres, formados por la artillería pesada que durante más de 300 días bombardeó sus pueblos.

En esta comarca, limítrofe entre Francia y Alemania, el campo de batalla, las trincheras y todos los monumentos construidos posteriores a la contienda, emocionan y sobrecogen al viajero.  “Las aldeas que encontramos al paso están alborotadas como en horas de feria. Los vecinos asoman por ventanas y puertas o circulan confundidos entre los pelotones de soldados que protegen la marcha de los convoyes. Cruzan de continuo patrullas de caballería al galope. Suenan bocinas, chasquidos de látigo, gritos y ronco trepidar de motores“.

Nada más lejos de la realidad actual, donde por sus carreteras se respira tranquilidad, sosiego. Para llegar a la Lorena francesa, situada en la frontera con Bélgica, Luxemburgo y Alemania, podemos hacerlo en TGV, -el AVE francés- desde París se llega en una hora y media. En coche, por las autopistas A4 (París-Estrasburgo) y la A31  (Luxemburgo-Lyon) o en avión, a cualquiera de los cuatro aeropuertos cercanos, el más próximo el de Metz, situado a 65 kilómetros.

bar-le-duc-19969-13_w800 © france voyage

En su visita al campo de batalla, Gaziel explica “el lugar es luminoso y apacible, con el sol ya muy por encima del monte, inundándolo todo y despejando la niebla. La suavidad de la campiña francesa, su aire claro, se tiñen aquí de la melancolía que envuelve la Lorena cercana. A primera vista, la llanura extendida a nuestras plantas ofrece el mismo aspecto que en los días de paz. Todo está sosegado, bajo el cielo diáfano de la primavera. Pero a medida que nuestros ojos sondan y escudriñan el llano, se empañan poco a poco con el vaho de tristeza que parece exhalarse de su profundidad. En los altos del Woevre, se extinde a nuestros pies un panorama vastísimo, llano, profundo; un cacho de tierra soleada, con motas pardas de boque y venas sinuosas de arroyuelos, bruñida y lisa, como una lámina de jaspe. Esta era la llanura del Woevre“. El Mosa, que atraviesa toda la comarca de la Lorena, es un río que nunca ha entendido de fronteras, aunque él mismo las haya marcado. Tras casi mil kilómetros desemboca, junto al Rhin, en el mar del Norte, después de atravesar tres países: Francia, Bélgica y los Países Bajos.

Uno de los baluartes del Verdú de aquella época era Duamont. “Y el Estado Mayor, árbitro supremo de la espantosa sarracina, está tranquilamente instalado Dios sabe dónde, pero sin duda muy lejos, a treinta o cuarenta kilómetros de la línea de fuego, en un palacete o castillo muy silencioso, muy limpio con un jardín florido alrededor. En las grandes cámaras del primer piso, las mesas y los muros están cubiertos de mapas. El rumor de la batalla no llega hasta allí. Sólo resuenan de continuo los timbres telefónicos, como campanillas de un orquestrión desafinado”.

El fuerte de Douaumont fue construido a caballo de los siglos XIX y XX. Las obras finalizaron en 1913 y aunque estaba considerado en su época como un bastión inexpugnable, fue rápidamente conquistado por el ejército alemán. Era el más grande de los 19 fuertes que rodeaban Verdún. Situado a unos 1.300 metros de altura, hoy en día es uno de los pocos que se pueden visitar. Allí encontramos un laberinto de galerías de piedra, que llegó a albergar, si esa palabra sirve para las pésimas condiciones de aquellos años, a unos 500 soldados. La visita, con audioguía interactiva, nos permite imaginar cómo era aquel lugar, húmedo y oscuro.

En su recorrido por la región francesa, el corresponsal de guerra, continúa relatando el horror de la cruel batalla. “El alba es hora de pausa y de recogimiento. Los combatientes duermen embrutecidos de cansancio y de fiebre, exhaustos, amontonados en las cavernas subterráneas. El cañoneo mengua. En el interior de los puestos de vigilancia, los oficiales escriben febrilmente sus informes sobre el último combate. Y en el trecho infranqueable que separa a los dos enemigos, los cadáveres yacen en soledad inmensa, tibios aún, echados de bruces y aplastados sobre el suelo, o vuelta la faz horrible hacia el espacio, extintos, reflejando a la luz de la aurora el primer pasmo de la eternidad“.

En una exposición fotográfica se pueden ver imágenes de sonrientes jóvenes soldados antes de ser enviados al frente de batalla. Las trincheras, que en su momento sirvieron de camino para comunicar diferentes lugares, se pierden en los bosques próximos. Muchas de ellas cubiertas por hojarasca, como si la naturaleza quisiera ocultar aquellos lugares de horror y dolor, que construyó el ser humano. Se calcula que los bosques son un enorme cementerio, donde hay restos de más de 100.000 soldados. Los que se han recuperado están en el osario de Douaumont y en el cementerio militar, uno de los testimonios de la cruel batalla. Están enterrados unos 15.000 soldados franceses, y 46 tumbas colectivas. 

vestigios-primera-guerra-mundial-1753_w800 © france voyage

Ya desde muy lejos, viniendo por la carretera de Clermont, divisamos la ciudad, como una mancha parda, destacando en medio del estrecho valle por donde resbala el Mosa…. El 30 de marzo de 1936, Gaziel entra en Verdún.  Penetramos por la llamada Puerta de Francia. Lo primero que advertimos es un grande silencio, como si entráramos en el recinto de una vasta necrópolis. Ni una voz, ni un rumor, ni huella de alma viviente”. Nuestros pasos resuenan en la calzada". La guerra destruyó 9 pueblos cercanos a Verdún y unas 3.000 personas fueron forzadas a abandonar sus hogares, nunca más pudieron volver, porque todo quedó destruido, devastado.

"Más adelante en la calle Mazal, las ruinas aumentan y con ellas la soledad y el silencio. A la puerta de un cafetín de barrio, está pegado un pasquín. Me acerco a leerlo. Esta noche -dice- a las once, debut de la bella Paquita, con sus célebres danzas españolas. ¿Adónde habra ido a parar, santo Dios, esa bella compatriota mía, que representaba en Verdún toda la España de pandereta?"

En Verdún podemos visitar uno de los más importantes museos dedicados a esa contienda, se reconstruyen batallas y se muestran las armas, municiones, vehículos y aviones que se utilizaron en el frente occidental. El memorial de la ciudad rinde homenaje a soldados franceses y alemanes que dejaron su juventud en los campos de la Lorena francesa. En Fleury, hay un memorial para recordar a los niños caídos durante la Gran Guerra. Visitar ciudades y zonas afectadas por una guerra, siempre es una buena ocasión para recordar que hay que hacer todo lo posible para que ese horror no lo vuelva a vivir ninguna generación.

Categorías: Actualidad , Viajes

Ángela Gonzalo del Moral   17.dic.2016 10:25    

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