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Leer más allá (O una sugerencia Borgiana)

Leer novela causa anhelo en el lector. La poesía a muchos les cuesta, aunque sus adeptos acaban sometidos a la rítmica musicalidad de las formas. El teatro (leído) es más arduo para muchos. Pero el ensayo es casi un castigo. No quiero decir que lo sea, sino que a menudo lo vemos como sinónimo de algo arduo, denso, agotador.

Esto es una idea esteril. Los buenos ensayos, como los buenos libros, nos dejan posos de reflexión amplios, dilatan nuestro entendimiento, y apasionan por su recorrido a través del laberinto del pensamiento.

Digo esto porque releyendo a Borges (en este caso su obra "Otras inquisiciones", de 1952) me ha llamado la atención uno de sus extraordinarios ensayos. Y no sólo por el tema que trata, sino por el proceso analítico que hemos de imaginar que ha seguido el autor para llegar a sus conclusiones. En el fondo, borges no nos está explicando el tema que aparenta ser mas superficial. Nos está enseñando a leer mas allá de la apariencia de las cosas. Os invito a este vino argentino. Lo que os sugiera es personal. Yo por mi parte creo ver implícita una ironía última: Borges nos habla de lo que de verdad se esconde en algunas obras. De los principios originarios inconscientes. Al mismo tiempo, creo que su propósito (en este caso sospecho que mas o menos consciente), no es analizar el interesante tema del que habla, sino que esconde un propósito instructivo. Enseñarnos cómo leer.

EL BIATHANATOS de JORGE LUIS BORGES

A De Quincey (con quien es tan vasta mi deu­da que especificar una parte parece repudiar o callar las otras) debo mi primer noticia del Bia­thanatos. Este tratado fue compuesto a princi­pios del siglo xvii por el gran poeta John Donne', que dejó el manuscrito a Sir Robert Carr, sin otra prohibición que la de darlo «a la prensa o al fue­go». Donne murió en 1631; en 1642 estalló la guerra civil; en 1644, el hijo primogénito del poeta dio el viejo manuscrito a la prensa, «para defenderlo del fuego». El Biathanatos abarca unas doscientas páginas; De Quincey (Writings, VIII, 336) las compendia así: El suicidio es una de las formas del homicidio; los canonistas distin­guen el homicidio voluntario del homicidio jus­tificable; en buena lógica, también cabe aplicar al suicidio esa distinción. De igual manera que no todo homicida es un asesino, no todo suicida es culpable de pecado mortal. En efecto, tal es la te­sis aparente del Biathanatos; la declara el subtítu­lo (That Self-homicide is not so naturally Sin that it may never be otherwise) y la ilustra, o la agobia, un docto catálogo de ejemplos fabulosos o au­ténticos, desde Hornero', «que había escrito mil cosas que no pudo entender otro alguno y de quien dicen que se ahorcó por no haber entendi­do la adivinanza de los pescadores», hasta el pe­lícano, símbolo de amor paternal, y las abejas, que, según consta en el Hexameron de Ambrosio, «se dan muerte cuando han contravenido a las leyes de su rey». Tres páginas ocupan el catálogo y en ellas he notado esta vanidad: la inclusión de ejemplos oscuros («Festo, favorito de Domicia­no, que se mató para disimular los estragos de una enfermedad de la piel»), la omisión de otros de virtud persuasiva —Séneca, Temístocles, Ca­tón, que podrían parecer demasiado fáciles.

Epicteto («Recuerda lo esencial: la puerta está abierta») y Schopenhauer («Es el monólogo de Hamlet la meditación de un criminal?») han vin­dicado con acopio de páginas el suicidio; la pre­via certidumbre de que esos defensores tienen razón hace que los leamos con negligencia. Ello me aconteció con el Biathanatos hasta que perci­bí, o creí percibir, un argumento implícito o eso­térico bajo el argumento notorio.

No sabremos nunca si Donne redactó el Bia­thanatos con el deliberado fin de insinuar ese oculto argumento o si una previsión de ese argu­mento, siquiera momentánea o crepuscular, lo llamó a la tarea. Más verosímil me parece lo últi­mo; la hipótesis de un libro que para decir A dice B, a la manera de un criptograma, es artificial, no así la de un trabajo impulsado por una intuición imperfecta. Hugh Fausset ha sugerido que Don­ne pensaba coronar con el suicidio su vindica­ción del suicidio; que Donne haya jugado con esa idea es posible o probable; que ella baste a expli­car el Biathanatos es, naturalmente, ridículo.

Donne, en la tercera parte del Biathanatos, considera las muertes voluntarias que las Escritu­ras refieren; a ninguna dedica tantas páginas como a la de Sansón. Empieza por establecer que ese «hombre ejemplar» es emblema de Cristo y que parece haber servido a los griegos como ar­quetipo de Hércules. Francisco de Vitoria y el je­suita Gregorio de Valencia no quisieron incluirlo entre los suicidas; Donne, para refutarlos copia las últimas palabras que dijo, antes de cumplir su venganza: Muera yo con los filisteos (Jueces, 16: 30). Asimismo rechaza la conjetura de San Agus­tín, que afirma que Sansón, rompiendo los pila­res del templo, no fue culpable de las muertes ajenas ni de la propia, sino que obedeció a una inspiración del Espíritu Santo, «como la espada que dirige sus filos por disposición del que la usa» (La Ciudad de Dios, I, 20). Donne, tras de probar que esa conjetura es gratuita, cierra el capítulo con una sentencia de Benito Pererio, que dice que Sansón, no menos en su muerte que en otros actos, fue símbolo de Cristo.

Invirtiendo la tesis agustiniana, los quietistas creyeron que Sansón «por violencia del demonio se mató juntamente con los filisteos» (Heterodo­xos españoles, V, I, 8); Milton (Samson Agonistes, in fine) lo vindicó de la atribución de suicidio; Donne, lo sospecho, no vio en ese problema ca­suístico sino una suerte de metáfora o simulacro. No le importaba el caso de Sansón —¿y por qué había de importarle?— o solamente le importa­ba, diremos, como «emblema de Cristo». En el Antiguo Testamento no hay héroe que no haya sido promovido a esa autoridad: para San Pablo, Adán es figura del que había de venir; para San Agustín, Abel representa la muerte del Salvador, y su hermano Seth la resurrección; para Queve­do, «prodigioso diseño fue Job de Cristo». Don­ne incurrió en esa analogía trivial para que su lector comprendiera: Lo anterior, dicho de San­són, bien puede ser falso; no lo es, dicho de Cristo.

El capítulo que directamente habla de Cristo no es efusivo. Se limita a invocar dos lugares de la Escritura: la frase «doy mi vida por las ovejas» (Juan, 10:15) y la curiosa locución «dio el espíri­tu», que usan los cuatro evangelistas para decir «murió». De esos lugares, que confirma el ver­sículo «Nadie me quita la vida, yo la doy» (Juan, 10:18), infiere que el suplicio de la cruz no mató a Jesucristo y que éste, en verdad, se dio muerte con una prodigiosa y voluntaria emisión de su alma. Donne escribió esa conjetura en 1608: en 1631 la incluyó en un sermón que predicó, casi agonizante, en la capilla del palacio de Whitehall.

El declarado fin del Biathanatos es paliar el suicidio; el fundamental, indicar que Cristo se suicidó'. Que, para manifestar esta tesis, Donne se viera reducido a un versículo de San Juan y a la repetición del verbo expirar es cosa inverosímil y aun increíble; sin duda prefirió no insistir sobre un tema blasfematorio. Para el cristiano, la vida y la muerte de Cristo son el acontecimiento central de la historia del mundo; los siglos anteriores lo prepararon, los subsiguientes lo reflejan. Antes que Adán fuera formado del polvo de la tierra, antes que el firmamento separara las aguas de las aguas, el Padre ya sabía que el Hijo había de mo­rir en la cruz y, para teatro de esa muerte futura, creó la tierra y los cielos. Cristo murió de muerte voluntaria, sugiere Donne, y ello quiere decir que los elementos y el orbe y las generaciones de los hombres y Egipto y Roma y Babilonia y Judá fue­ron sacados de la nada para destruirlo. Quizá el hierro fue creado para los clavos y las espinas para la corona de escarnio y la sangre y el agua para la herida. Esa idea barroca se entrevé detrás del Biathanatos. La de un dios que fabrica el uni­verso para fabricar su patíbulo.

Al releer esta nota, pienso en aquel trágico Philipp Batz, que se llama en la historia de la filo­sofía Philipp Mainlander. Fue, como yo, lector apasionado de Schopenhauer. Bajo su influjo (y quizá bajo el de los gnósticos) imaginó que so­mos fragmentos de un Dios, que en el principio de los tiempos se destruyó, ávido de no ser. La historia universal es la oscura agonía de esos fragmentos. Mainlander nació en 1841; en 1876 publicó su libro, Filosofía de la redención. Ese mismo año se dio muerte.


JORGE LUIS BORGES

1 Comentarios

Interesante texto. Con mucho contenido.

Reflexionando sobre él me inquieta la idea de que los romanos acogieran la costrumbre de la crucifixión porque desde la creación del universo esto se incluía en el plan divino. Me pregunto si Dios también dispuso que esa forma quedase bien adornando las clases de los colegios.

Borges. Un grande, sin duda. Le alabo el gusto por Schopenhauer. Aunque me atrevo a decir que su texto es muy desordenado. A pesar de su propósito instructivo, como lo defines, para aprender a leer previamente recomendaría todas las obras que cita.

El mismo Schopenhauer advirtió en un prólogo suyo que no debería leerse la obra que continuaba sin una previa lectura y estudio de otros manuales que indicaba.

Un cordial saludo,

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Marcos Mostaza


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