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Un artículo de Fernando Pessoa

Lo publicó en "El libro del desasosiego", una de las grandes obras maestras del siglo XX. Poesía en prosa, o prosa poética, o prosaico Pessoa enfebrecido de poesía. Lo escribió lentamente, entre 1913 y 1935. Sabe a tinta amarga, pero de alguna manera, como ocurre con los artículos de Larra, parece estar hablando, no de hace casi 100 años, sino de algún momento de la actualidad. En España acabamos de pasar una calentura religiosa y papista en la que la religión se ha convertido en un espectáculo de masas propio de un concierto de U2 o los Rolling Stones, con camisetas, merchandising, juerga, música, guitarreos, tiendas de campaña como en los macrofestivales de rock, y una Superstar vaticana ascendida entre un derroche de dinero. Cristo (a quien la razón no me permite considerar divino, pero sí un gran hombre), le dijo al ciudadano rico: si quieres cumplir como un buen creyente, dale todo tu dinero a los pobres y ven a orar en medio de la pobreza. El ciudadano rico se dio la vuelta dándole la espalda a Cristo.  Ahora veo este derroche de dinero, este espectáculo de luces y pienso que si Cristo levantara la cabeza se volvería a morir al ver en donde ha quedado su discurso.

Pensaba en esto cuando encontré este artículo de Fernando Pessoa. Él era católico por nostalgia, y porque, como él mismo decía, Dios, aunque improbable, por su poder merece ser adorado. en cambio la humanidad no es mas que una especie animal más que no merece en absoluto adoración. Leyendo sus palabras, y aunque no compartamos una misma fé, me dio la impresión de que hablaba de cosas actuales y no del pasado. Tal vez sea, simplemente, que la humanidad no cambia jamás y se repiten los mismos paatrones una y otra vez. Juzgar vosotros mismos.

 

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Cuando nació la generación a la que pertenezco, encontró al mundo desprovisto de apoyos para quien tuviera cerebro, y al mismo tiempo corazón. El trabajo destructivo de las generaciones anteriores había hecho que el mundo para el que nacimos no tuviese seguridad en el orden religioso, apoyo que ofrecernos en el orden moral, tranquilidad que darnos en el orden político. Nacimos ya en plena angustia metafísica, en plena angustia moral, en pleno desasosiego político. Ebrias de las fórmulas exteriores, de los meros procesos de la razón y de la ciencia, las generaciones que nos precedieron derrocaron todos los fundamentos de la fe cristiana, porque su crítica bíblica, ascendiendo de la crítica de los textos a la crítica mitológica, redujo los evangelios y la anterior hierografía de los judíos a un montón dudoso de mitos, de leyendas y de mera literatura; y su crítica científica señaló gradualmente los errores, las ingenuidades salvajes de la «ciencia» primitiva de los evangelios; y, al mismo tiempo, la libertad de discusión, que sacó a pública discusión todos los problemas metafísicos, arrastró con ellos a los problemas religiosos donde perteneciesen a la metafísica. Ebrias de algo dudoso, a lo que llamaron «positividad», esas generaciones criticaron toda la moral, escudriñaron todas las reglas de vida, y de tal choque de doctrinas sólo quedó la seguridad de ninguna, y el dolor de no existir esa seguridad. Una sociedad indisciplinada así en sus fundamentos culturales no podía, evidentemente, ser otra cosa que víctima, en la política, de esa indisciplina; y así fue como despertamos a un mundo ávido de novedades sociales, y que con alegría iba a la conquista de una libertad que no sabia lo que era, de un progreso que nunca definió.

Pero el criticismo ordinario de nuestros padres, si nos legó la imposibilidad de ser cristianos, no nos legó el contentamiento con que la tuviésemos; si nos legó la incredulidad en las fórmulas morales establecidas, no nos legó la indiferencia ante la moral y las reglas de vivir humanamente; si dejó dudoso el problema político, no dejó indiferente a nuestro espíritu ante cómo se resolvería ese problema. Nuestros padres destruyeron alegremente porque vivían en una época que todavía tenía reflejos de la solidez del pasado. Era aquello mismo que destruían lo que prestaba fuerza a la sociedad para que pudiesen destruir sin sentir agrietarse al edificio. Nosotros heredamos la destrucción y sus resultados.

En la vida de hoy, el mundo sólo pertenece a los estúpidos, a los insensibles y a los agitados. El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy con los mismos procedimientos con que se conquista el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación.

 

(Fernando Pessoa)

 

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Marcos Mostaza


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