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El fin de una era en la NASA

    lunes 13.feb.2012    por Pepe Cervera    1 Comentarios

El 20 de enero de 1979 la cadena televisiva estadounidense ABC emitió el capítulo piloto de una serie de ciencia ficción titulada ‘Salvage 1’, conocida en español como ‘Código Rescate 1’. En esta fantasía típica de la era pre-reaganiana un chatarrero decide construir un cohete para llegar a la Luna, con el fin de recoger la chatarra (?!) abandonada allí por las naves Apolo, traerla a la Tierra y venderla. Para ello forma un equipo compuesto de ex-astronautas y especialistas varios en paro con el que construye su nave espacial: el Vulture (Buitre). El cuerpo central estaba hecho a partir de un camión cisterna; la cápsula, con la hormigonera de otro camión, y la impulsión se obtenía con un compuesto ficticio denominado monohidrazina. El diverso grupo de encantadores golferas del espacio era así capaz de superar, con el ingenio típicamente estadounidense de la pequeña empresa, a la mismísima NASA y su gubernamental incapacidad. Aunque había un detalle que los emprendedores astronautas aficionados eran incapaces de duplicar y se veían obligados a robar: los ordenadores de la NASA. Para calcular su ruta el Vulture dependía de los mainframes de la agencia espacial estadounidense; la única instancia que en 1979 disponía de las máquinas con la potencia de cálculo necesaria para hacer llegar un cohete a la Luna. Porque el empuje de la pequeña empresa podía fabricar un cohete espacial, pero no dotarlo de capacidad de cálculo necesaria. En lo que supone el fin de una era en la exploración espacial y la informática la NASA acaba de apagar el último de sus ordenadores mainframe (vía Slashdot). El mundo ha cambiado demasiado.

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En aquella remota época, 1979, nadie en su sano juicio pensaba que una pequeña empresa podía disponer de sus propios recursos informáticos. Imaginar que una chatarrería fuese capaz de diseñar y construir toda una nave espacial capaz de alcanzar la Luna era estirar menos la incredulidad que pensar que podía tener un ordenador propio. En aquel momento, todavía, computadora eran sinónimo de mainframe; grandes máquinas muy especializadas, atendidas por ejércitos de profesionales altamente cualificados, muy caras de comprar y de mantener. Los sistemas operativos y los programas eran de cada fabricante, por lo que no había ninguna interoperabilidad; los programadores especializados en IBM (apodada 'Blancanieves') no podían trabajar en máquinas de los llamados ‘siete enanitos’ (Honeywell, Burroughs, Control Data Corporation, GE, NCR, RCA, y Univac), los más importantes fabricantes de los años 60. Los modelos de ordenador más vendidos eran los de la familia conocida como Serie 360 de IBM (y su sucesora, la S/370). Y no eran aparatos pensados para el ámbito doméstico, sino industrial: para sumar nóminas, estimar tensiones en estructuras de ingeniería o realizar estadísticas de gran escala. O para calcular trayectorias: en la llegada del Apolo 11 a la Luna y su regreso NASA utilizó 5 unidades del IBM S/360, además del famoso AGC, el ordenador de a bordo de la nave. El cálculo exacto de la ruta a seguir en el espacio era tarea para este tipo de máquinas: ninguna otra hubiese tenido la capacidad necesaria.

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Por eso los intrépidos liberales del espacio de ‘Código Rescate 1’ no tuvieron más remedio que robar sus recursos informáticos: todo lo demás se podía chapucear, pero en computación simplemente no disponían de alternativas a los mainframes de la NASA. Hoy, por supuesto, hay muchísimas alternativas disponibles. Probablemente un iPhone supere la potencia bruta de cálculo de un mainframe de los años 70, y un reloj digital la capacidad de proceso de los ordenadores de a bordo de las misiones Apolo. La simple fuerza bruta, en términos de operaciones por unidad de tiempo, se ha abaratado en los últimos 30 años en un factor difícil de imaginar. Los avances en microprocesadores (apenas nacientes en aquella época) y en fabricación de componentes han mantenido la Ley de Moore activa durante todo este tiempo, con resultados abrumadores. Hoy existe una cantidad de recursos de computación que los informáticos de los años 70 hubiesen sido incapaces de imaginar.

Pero el cambio fundamental no ha sido cuantitativo, sino cualitativo; la mayor diferencia no está en el número de operaciones de coma flotante que es capaz de ejecutar un ordenador, sino en quién es su dueño, y por tanto para qué se utilizan. En los años 70 sólo las empresas, gobiernos e instituciones disponían de ordenadores, por lo que éstos se empleaban en tareas industriales. Hoy los ordenadores son personales, por lo que se usan para realizar trabajos de personas. La informática que hoy conocemos no es la construcción, mantenimiento y reparación de equipo industrial, sino una herramienta de carácter personal que la gente utiliza como más le conviene, interesa, o divierte. La esencia misma de lo que los ordenadores hacen ha cambiado, porque el control de los recursos informáticos ya no está en manos de los grandes, sino de los pequeños. Y los efectos de ese cambio están siendo profundamente revolucionarios en aspectos que los informáticos de la era clásica hubiesen encontrado difíciles de imaginar: la comunicación personal, los medios de comunicación, el derecho de autor, la música, la política. El apagado del último IBM Z9 de la NASA cobra así un estátus simbólico, de fin de una era. Algo que no debe entristecernos, porque todo final de era es también el principio de otra. Los adorables piratas del espacio de ‘Código Rescate 1’ no hubiesen tenido hoy que robar computación a nadie: la hubiesen podido comprar con facilidad. Y eso es bueno.

Pepe Cervera   13.feb.2012 13:55    

1 Comentarios

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jueves 16 feb 2012, 07:59

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Pepe Cervera

Bio Retiario

Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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