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La tentación del bálsamo de Fierabrás

    viernes 11.ene.2013    por Pepe Cervera    6 Comentarios

La ciencia es una actividad apasionante que termina dando a quienes la practican una cierta sensación de poder. No ya porque la ciencia haya contribuido decisivamente a que la vida de la gente sea mejor en cantidad y calidad, sino porque la curiosidad es un rasgo quintaesencialmente humano, y satisfacerla de modo sistemático es un placer intelectual inigualable que puede conducir a la arrogancia. Una de las más habituales tentaciones de los científicos, especialmente los ya talluditos y poderosos, es extender el alcance de sus teorías. Es humano: tengo una solución que funciona muy bien en mi ámbito, que explica muy bien un rincón del Universo, así que voy a usarla para explicarlo TODO. Y así una hipótesis diseñada como martillo acaba usándose para poner tornillos, con consecuencias muchas veces desastrosas. Un ejemplo clásico es el empeño en aplicar la teoría de evolución por selección natural a la sociología y la política que se hizo tan común en los primeros años del siglo XX, y que acabó produciendo monstruos. Cuando se tiene una potente teoría científica es tentador pensar que se posee el Bálsamo de Fierabrás, que todo lo cura. Y por eso es tan perturbador, y tan peligrosa, esa idea de analizar el ADN del asesino múltiple de Aurora en busca de pistas sobre su comportamiento; tanto, que Nature ha dedicado al caso un editorial condenatorio.

Nadie puede poner en duda que la genética, especialmente su rama molecular, es uno de los grandes triunfos científicos de los últimos 100 años (si no de la historia). La comprensión de cómo y dónde se almacenan las instrucciones que construyen y mantienen operando a los seres vivos, los mecanismos de la herencia y la mutación y los complejos sistemas de control que hacen que funcione todo es una victoria monumental de la mente humana. El desarrollo de tecnologías que permiten manipular genes como si se tratara de piezas de lego, cortando y pegando a voluntad los genes que codifican moléculas y los sistemas de encendido y apagado de estos genes son poco menos que mágicos, en el sentido de la vieja frase de Arthur C. Clarke (cualquier tecnología lo bastante avanzada es indistinguible de la magia). Lo que hemos aprendido sobre cómo funcionan y cómo surgieron los seres vivos desde el descubrimiento del código genético y el ADN es un salto titánico en nuestro conocimiento. Y en el futuro servirá (ya está sirviendo) para desarrollar tecnologías que sin duda cambiarán nuestra forma de vivir, permitiendo ampliar y mejorar nuestra salud. Por eso algunos, ya sea por la tentación intelectual de usar una herramienta de conocimiento tan potente o por razones menos confesables, comerciales quizá, quieren usar la genética y la ingeniería genética para entender o resolver problemas sociales, o políticos. De ahí la idea de secuenciar el genoma del asesino múltiple de Aurora, y quizá de otras personas como él, con el fin de buscar pistas sobre el origen de sus deplorables actos. Pero es un error mayúsculo, político e intelectual.

Error intelectual, porque confunde los niveles de análisis. El comportamiento de las personas en una sociedad altamente compleja como la nuestra depende en parte de los genes, como cualquier otro de nuestros rasgos. Pero depende de muchísimos más factores, que están encapsulados unos en los otros y que son mucho más relevantes para saber por qué esa persona actuó como lo hizo. Su crianza, su educación, el lugar donde vivía, cómo se relacionaba con las personas de su alrededor; su posible enfermedad mental y de qué manera se trataba, o no; la cultura y la política de su país, especialmente en relación con la disponibilidad y la simbología asociada a las armas de fuego. Todos estos aspectos políticos, sociológicos, sanitarios y educativos sin duda han tenido una mucho mayor influencia sobre el comportamiento de esa persona que el que sea portador de uno u otro alelo en uno u otro gen.

Pero sobre todo error político, porque al colocar el foco de atención sobre un aspecto casi irrelevante deja escapar los otros, los que sí pesan. Mucho más importante que saber si esta persona tiene o no alguna enfermedad mental, y si esta supuesta enfermedad tiene o no algún componente genético, sería saber qué tipo de cuidados estaba recibiendo, o no. Porque esto sí que tiene un impacto directo sobre sus actos: si era un paciente psiquiátrico y no estaba bajo control médico alguien debe explicar por qué; si lo estaba, alguien debe explicar qué falló. La disponibilidad de armas y el culto a su posesión y uso en los EE UU deben ser analizados para comprobar su efecto en el caso. La soledad, las relaciones hostiles con el entorno, las relaciones familiares destruidas sin existencia de ayuda externa son cuestiones mucho más directamente relacionadas con este tipo de acciones violentas. Los genes sólo están desviando la atención, tapando otras posibles respuestas. El estado, la sociedad y el sistema sanitario de los EE UU no deben quedar libres de escrutinio, liberados por los genes de su responsabilidad.

Y para colmo ya sabemos cómo acaba esta idea de buscar en la biología la respuesta a nuestros problemas sociales: tenemos un larguísimo historial de teóricos que han intentado explicar por qué nuestra sociedad no funciona echando la culpa a las características biológicas de los individuos, o sea, a las personas. Y siempre se acaba en lo mismo: racismo, segregación por pertenencia a etnias, clasificación de personas por sus características biológicas, prohibición de matrimonios ‘mixtos’, separación en las escuelas, marcado de grupos enteros de gente con el estátus de ‘inferior’… Parafraseando a Bruce Schneier, quien piense que la biología va a resolver sus problemas sociales no entiende la biología o no entiende sus problemas sociales. Ir por este camino no resolverá los viejos problemas, pero sí que puede crear problemas nuevos. Es una mala idea. Es una tentación a evitar. Porque en ciencia las teorías deben quedarse en sus ámbitos de pertenencia: no existe una única explicación científica, por hermosa o potente que sea, que pueda explicarlo y resolverlo todo. Ninguna ciencia, ni siquiera la genética molecular, es el Bálsamo de Fierabrás. Intentar usarla así sólo traerá males mayores.

Pepe Cervera   11.ene.2013 08:30    

6 Comentarios

Para los de los tes; los desayunos; y el 24, no me olvido de los mañaneros.Por fin es viernes.Besos para todos.Para tí también Pepe
.http://www.youtube.com/watch?v=oKOtzIo-uYw

viernes 11 ene 2013, 08:44

Los que tienen conocimientos los usan en su beneficio. El beneficio es lo que no tienen conocimiento de lo que es.

viernes 11 ene 2013, 12:25

Y para lagrimitas; y Gallardón :)

viernes 11 ene 2013, 13:43

Señor Cervera: Hay cosas que no entiendo..Ahora hay quien dice que el electrón no existe.. Si cada elemento de la tabla periodica resulta de añadir una masa unidad al próximo...no podría ser el hidrogeno la particula de Dios? Las moleculas tambien tienen propiedades diferentes a las de los atomos que las forman..La atraccion de la masa justificaría el campo electromagnético y las valencias dependerían de la conformación espacial.
Gracias. Un saludo,

sábado 12 ene 2013, 20:20

Desdé siempre se ha buscado la formula del elixir de la vida. Antes eran con pócimas, ungüentos, rituales. Hoy se le pone la etiqueta de ciencia a algo y es palabra de dios... La genética predispone nustras células, pero de hay a sentar doctrina va un abismo. Aparte, la ciencia va atrasada en dar respuestas a enfermedades, pese al avance es una ciencia tortuga y cuesta mucho investigar. Por ahí es por donde creo que viene la clave... Los científicos también se equivocan.

domingo 13 ene 2013, 15:30

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Pepe Cervera

Bio Retiario

Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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