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John Snow y el mango de la fuente

    lunes 9.sep.2013    por Pepe Cervera    1 Comentarios

A veces para salvar vidas hay que acometer actos heroicos. A veces hay que interponerse entre el enemigo y los que deben ser salvados, arriesgándose a una muerte cierta; otras veces hay que enfrentarse a los poderosos, o enfrentarse a la furia ciega de la naturaleza o de las circunstancias. Y a veces, casi las más difíciles de todas, salvar vidas puede ser tan simple como quitar el mango a una fuente. Eso es lo que se hizo por indicación del médico John Snow el 8 de septiembre de 1854 (hizo 159 años el pasado domingo) en la fuente de la calle Broad Street (calle ancha, hoy Broadwick St.) del barrio londinense del Soho: quitar el mango a la bomba con la que el barrio se surtía de agua. En aquel momento centenares de personas habían muerto en un brote de cólera que acabó matando a 617 personas. Con el fin de la epidemia se salvaron incalculables vidas, pues es imposible saber cuántas personas más habrían contraído la enfermedad, y a cuántas más se lo habrían contagiado a su vez; una epidemia puede expandirse a velocidad exponencial, y afectar a millones en un tiempo brevísimo. Al hacer quitar el mango de la fuente Snow cortó la epidemia de raíz. Puede que inutilizar una fuente no parezca muy heroico, puesto que el buen doctor no corría peligro físico. Pero exigió valor, porque John Snow se estaba jugando algo casi más importante que su integridad física: ponía en riesgo su reputación. Y la arriesgaba contra la opinión generalizada de los expertos en su campo, la medicina, e incluso de los políticos y poderosas empresas. John Snow inutilizó aquella fuente porque sabía con certeza que era el origen de la epidemia. Y lo sabía porque había confeccionado un mapa. La sanidad pública y la epidemiología jamás volvieron a ser las mismas.

John_Snow

A mediados del siglo XIX, como durante toda la historia conocida de la civilización hasta entonces, las ciudades eran trampas mortíferas. Tras milenios de selección por supervivencia los habitantes de las ciudades tenían algún grado de protección natural frente a muchas enfermedades infecciosas, pero las epidemias de todo tipo eran habituales, incluso normales. De repente la gente (jóvenes, viejos, niños) empezaba a morirse de cólera, tifus, peste, viruela, difteria o de alguna de las extrañas dolencias que reconocía la medicina de la época. Durante siglos los habitantes de las ciudades habían intentado encontrar las causas de estas plagas para erradicarlas. Pero sin éxito; teorías como la maldición de los dioses eran demasiado amplias al explicarlo todo y no dar mucho respiro, mientras que otras como las miasmas o 'mal aire' (origen de la palabra malaria) eran refutadas por la experiencia, pero volvían siempre a resurgir. Al fin y al cabo parecía lógico que los desagradables olores habituales en las ciudades, y en especial en los barrios pobres (donde empezaban muchos brotes) provocaran enfermedades. Allí se concentraban industrias apestosas, como las curtidurías, y eran más escasas y menos eficaces las alcantarillas. Cuando en 1854 los vecinos de los alrededores de Broad Street empezaron a morir de cólera los sabios médicos de la Sociedad Epidemiológica de Londres no dejaron de tomar nota de los putrefactos olores que invadían esta zona del Soho. Las miasmas podían casi cortarse por allí.

Pero uno de los fundadores de esta sociedad era John Snow, al que las miasmas no convencían. Médico especializado en anestesia, campo en el que hizo importantes contribuciones, la epidemia de cólera en Londres en 1849 le había convertido en un escéptico. Cuando la enfermedad regresó Snow se sumó a las acaloradas discusiones sobre las miasmas en las que los médicos se jugaban su prestigio, pero hizo algo nuevo; algo que el resto de sus encopetados compañeros ni soñaban con hacer: se puso a investigar. Con la ayuda de un sacerdote local visitó Broad Street preguntando a los vecinos dónde había habido muertes; en qué casas la enfermedad había atacado. Con esta información dibujó un mapa para localizar cada uno de los afectados. E inmediatamente algo saltó a la vista: los muertos por cólera estaban agrupados, no dispersos por el barrio sino formando una clara aglomeración.

El centro del grupo era la fuente de Broad Street, de donde la gente de la zona cogía el agua para beber. Tras confirmar su intuición con algunos cálculos estadísticos y volver a la zona Snow descubrió una alcantarilla que salía de la casa donde había muerto el primer caso de cólera; la zanja pasaba junto a la fuente. Una persona enferma había contaminado la fuente y el agua había transmitido la enfermedad a medio barrio. Por primera vez quedaba demostrado que el cólera se transmitía por el agua de beber. Pero en lugar de intentar convencer al gobierno de Londres Snow hizo desmontar el mango de la fuente; la súbita desaparición de nuevos contagios le dio la razón. Y su mapa pasó a la historia de la epidemiología, y de la ciencia en general. Años antes de que se demostrara la teoría de que muchas enfermedades eran causadas por microorganismos, y sin saber qué era un virus, John Snow tuvo la perspicacia de detectar sus efectos y el valor de tomar las medidas oportunas aún a riesgo de quedar en ridículo ante sus pares. Lo que viene siendo la ciencia. Tras aquel brote de cólera y su resolución las canalizaciones de agua empezaron a separarse de las alcantarillas, y las ciudades empezaron a ser lugares menos mortíferos y, con el tiempo, también menos hediondos. Todos los ciudadanos actuales tenemos una deuda de gratitud con el doctor Snow.  

Snow-cholera-map

Pepe Cervera    9.sep.2013 08:30    

1 Comentarios

Muy interesante. Ahora cuesta creer que se tardara tanto en entender como se transmiten laa enfermedades y la importancia de la higiene. El simple gesto de lavarse las manos antes de atender un parto aumento la esperanza de vida de la madre. Pero también cuesta entender que no haya cura para el cancer, el sida,la gripe...

martes 10 sep 2013, 19:11

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Pepe Cervera

Bio Retiario

Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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