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Temores de nuestros abuelos

    jueves 5.dic.2013    por Pepe Cervera    1 Comentarios

Mencione la herencia de caracteres adquiridos a un biólogo y verá cómo se tensa. La vieja teoría evolutiva conocida como Lamarckismo (aunque Lamarck no decía exactamente eso, y es anterior a él) ha sido desde siempre un rival tentador de la evolución por Selección Natural en el ánimo de muchos. Parece más razonable, incluso más ‘justa’, si es que la naturaleza puede emplear ese término, al postular incorporación de lo vivido por los seres vivos a su descendencia. Hasta tal punto que una versión ‘marxistizada’, el Lysenkoísmo, se impuso por la fuerza en la Unión Soviética estalinista porque parecía más cercana al materialismo dialéctico, provocando un retraso de décadas en la biología de aquel país e incontables sufrimientos. La evidencia de la paleontología, de la anatomía comparada y de los estudios genéticos han mostrado desde siempre una preferencia por ajustarse a las predicciones de la Selección Natural. Pero llega la Epigenética; la modificación de rasgos en seres vivos sin cambios de su secuencia de ADN. Y las cosas empiezan a enturbiarse. Sabíamos ya que en un animal hay más de la madre que del padre, puesto que el ADN mitocondrial se hereda por vía materna; sabíamos que es posible modificar la expresión de genes sin eliminarlos de la secuencia nucleotídica, modificando así sus consecuencias pero sin hacerlos desaparecer de la herencia tradicional. Pero ahora una serie de nuevos experimentos sugieren algo mucho más concreto y elaborado: nada menos que la transmisión a la descendencia (dos generaciones: nietos) de comportamientos específicos (el temor a un olor particular), con modificaciones incluso anatómicas. Y sin contacto entre las generaciones. Suena a herencia de un comportamiento. Pero no sabemos cómo ocurre.

LabRat

El experimento se ha publicado en Nature Neuroscience, y es como sigue: ratones de laboratorio machos fueron entrenados durante 3 días en terapia de aversión para el olor de una molécula particular, la acetofenona, con descargas eléctricas al olisquearla. Los ratones rápidamente adquieren reacciones de temor ante el olor, que asocian con la (dolorosa) descarga, y las recuerdan durante mucho tiempo. 10 días más tarde se les permitió aparearse. Sus hijos (F1 en terminología genética) mostraron la reacción de temor ante el estímulo de la acetofenona. Raro; no se conoce ningún mecanismo por el que semejante información (almacenada en el cerebro de los ratones macho) pueda transmitirse al genoma. Pero más raro aún cuando resultó que la segunda generación, F2, también conservaba la reacción de temor a pesar de que jamás habían sido expuestos a la acetofenona. Es más: el efecto se mantuvo incluso cuando en lugar de fecundación natural se empleó fecundación in vitro, realizada en otro lugar, y sin que hubiese ningún contacto entre abuelos, padres y nietos. De alguna manera la información estaba pasando a través del esperma, que en teoría no proporciona al cigoto más que su ADN. De hecho la terapia de aversión causaba cambios morfológicos en el cerebro de los ratones originales que se conservaban en las F1 y F2. Por lo que parece, el cambio es real.

Y no sólo eso: hay otro tipo de evidencias que parecen indicar que al menos determinado tipo de informaciones pueden pasar entre generaciones por vías no genéticas. Se conocen casos de madres humanas estresadas que transmiten marcadores biológicos de estrés a sus descendientes, incluso a sus nietos. Mujeres sometidas a cirugía de ‘bypass’ gástrico sufren cambios en su metabolismo de los azúcares que también heredan sus hijos. Pudiera ser que cierto tipo de informaciones obtenidas por el cerebro de un animal pudieran saltar entre generaciones por un mecanismo epigenético desconocido. La lógica evolutiva parece sólida: si el abuelo ha tenido temor a un tipo de estímulo mejor reaccionar cuando se repite, aunque no se haya tenido contacto de primera mano con el original. Pero no sabemos cómo; el autor del estudio tan sólo aventura algunas posibilidades que suenan, en sus palabras, a ‘ciencia ficción’. Por ejemplo  que las sustancias aromáticas puedan incorporarse a la sangre, y pasar de ahí al semen. O que exista un proceso de transferencia a través de micro-ARNs. De momento no hay evidencia ninguna. Aunque se buscarán, y acabaremos averiguando si es real y hasta dónde llega esta capacidad de heredar temores de nuestros abuelos. Porque por mucho que pueda sorprender a los biólogos, la biología aceptará el hecho, si se demuestra que existe.

Pepe Cervera    5.dic.2013 08:30    

1 Comentarios

Lo de que las sustancias pasen al semen parece absurdo, igual que no almacenamos en el cerebro muestras de los aromas que recordamos. Supongo que la transferencia al adn seria la de la codificación, la estructura neuronal bajo la cual se guarda el recuerdo de ese aroma, aunque eso supone un uso del adn "hacia atras", generar un adn a partir de una estructura en vez de una estructura a partir del adn que es lo "normal"

lunes 9 dic 2013, 13:56

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Pepe Cervera

Bio Retiario

Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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