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Guapos, arrogantes, importantes: sociobiología humana

    jueves 24.abr.2014    por Pepe Cervera    0 Comentarios

Los humanos somos una especie con dominancia jerárquica; es decir, que nuestra estructura social natural tiene diferentes niveles, unos superiores y otros inferiores. Este mecanismo, muy extendido en los Primates y también en otros mamíferos, evita conflictos y minimiza las tensiones internas, al reducir las luchas físicas a demostraciones de poderío con contacto físico. El sistema también organiza quién se reproduce más, aquellos que están en lo alto de su pirámide social, y quién menos; los inferiores, que pagan su bajo estátus con una menor capacidad reproductiva. Esto quiere decir que los que ocupan lo alto de la jerarquía se reproducen más, y mejor, puesto que pueden escoger a aquellos miembros del sexo opuesto más atractivos. Esto tiene como consecuencia que los humanos dominantes tiendan con el tiempo a ser más atractivos físicamente, lo cual sirve como útil indicador de jerarquía. Sabemos con certeza que las personas de mayor estatura tienen mayor éxito social, al igual que las más hermosas. Lo que no se sabía hasta ahora es que la inversa también es cierta: es decir, que sentirse más atractivo hace que uno mentalmente ‘ascienda’ de categoría social. Cuando nos encontramos con el guapo subido tendemos a comportarnos como si perteneciésemos a una clase social superior a la nuestra. Lo peor es el modo en el que lo demostramos: cuando nos encontramos especialmente atractivos somos más desagradables con los demás. Lo cual se justifica por una triste peculiaridad de nuestro sistema de señalización social.

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En efecto: ocupar un puesto socialmente más elevado es algo importante que debe ser comunicado a los de alrededor, para que sepan cuál es nuestra posición jerárquica y nos traten como es debido. De ahí las joyas, los coches, los abrigos de visón o esas peculiares modas que inician los ricos y poderosos y que descartan en cuanto los demás las imitamos y dejan de tener valor de señalización de poder y riqueza. Los que son socialmente afortunados se pueden permitir estar seguros de sí mismos, y tratar peor a los que les rodean, que están por debajo de su rango. Lo malo es que con el tiempo el valor de la señal se invierte; se empieza a considerar superior a quien se comporta como uno de ellos, es decir seguro de sí y condescendiente con los subordinados. Y así es como la arrogancia y la total confianza en uno mismo se transforman en rasgos atractivos: como señalizadores de alta posición social, como un anillo de diamantes o un coche deportivo. Lo bonito es que el modo como tratamos a los demás puede analizarse y medirse. Y resulta que somos más arrogantes y desagradables cuando nos sentimos atractivos que cuando no; esos días que el pelo se rebela o el michelín se insubordina somos humildes y tímidos. Pero en cuanto el pantalón realza nuestros encantos o el peinado destaca el óvalo de nuestra cara se nos sube el ego, con todas sus consecuencias: nos ponemos un poquito más insoportables. La arrogancia va de la mano de la belleza, que va de la mano de la alta posición social. Porque, al parecer, en nosotros la posición social y la belleza física son intercambiables. Lo cual, si uno lo piensa, tiende a ser bastante deprimente, por mucha lógica evolutiva que pueda tener. Ay.

Imagen en el dominio público tomada de Wikimedia Commons

Pepe Cervera   24.abr.2014 08:30    

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Pepe Cervera

Bio Retiario

Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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