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La inútil espera de los aguacates

    miércoles 30.abr.2014    por Pepe Cervera    0 Comentarios

Las pruebas más sólidas de que el mecanismo conocido como Evolución por Selección Natural existe no son los grandes triunfos de la adaptación, puesto que lo bello, lo preciso y lo que funciona como una máquina de relojería puede explicarlo también cualquier divinidad medio competente. No, la Selección Natural triunfa de verdad cuando explica las anomalías; las rarezas, las absurdeces, las chapuzas de las que está repleto el mundo vivo que la descendencia evolutiva explica y que ninguna deidad digna de ese nombre firmaría. El apéndice en los humanos, los huesecillos del oído del mamífero repescados de la mandíbula de ciertos reptiles, los ilógicos caminos que siguen nervios y vasos sanguíneos en el cuerpo que reflejan la posición de branquias ancestrales, los genes idénticos reutilizados una y otra y otra vez para cosas parecidas, o muy diferentes, en distintas ramas. La Evolución por Selección Natural permite comprender cosas que la mera ingeniería encuentra absurdas. Son estas chapuzas evolutivas las que nos proporcionan la demostración tajante de que la naturaleza no planea, no tiene mente ni construye de modo ordenado y sagaz, sino que improvisa a cada paso con lo que tiene a mano. Y así nos encontramos con tres modelos diferentes de ala en los tetrápodos a partir de la misma estructura del brazo, las de los Pterodáctilos, las Aves y los Murciélagos; cuatro, si contamos las membranas de las ardillas voladoras. Cualquier estudiante de ingeniería lo haría mejor, no digamos un ser omnipotente y omnisciente. Entre las anomalías que sólo la Selección Natural explica están los llamados Fantasmas de la Evolución: situaciones en las que dos seres vivos han coevolucionado adaptándose el uno al otro para favorecerse mutuamente, y en los que uno de la pareja se extingue. El miembro superviviente queda como un anacronismo evolutivo, un danzante de tango sin pareja, un fantasma que espera sin fin a desaparecer cualquier día. Como el aguacate: una fruta que evolucionó para ser devorada por los Gonfotéridos, unos parientes remotos de los elefantes que llevan millones de años extintos.

Avocado_with_cross_section

El aguacate, sin embargo, no lo sabe, y continúa creando una fruta que es una verdadera merienda para Gonfotéridos: preparada para ser devorada por un animal gigantesco y masticada por su pulpa externa, protegiendo al mismo tiempo una enorme y blindada semilla interior. Muchas plantas crean sus frutas para ‘asociarse’ con determinados animales; la planta ofrece al animal comida, mientras que el animal se encarga de propagar la semilla mucho más allá de donde el vegetal podría llevarla. Es una asociación mutuamente beneficiosa, pero se convierte en un problema cuando el animal desaparece y las semillas de la planta, como las del aguacate, son demasiado grandes y demasiado blindadas como para que ningún otro animal se las pueda comer. No es el único caso; los autores del libro reseñado (cuyo título traducido sería ‘Los Fantasmas de la Evolución: frutas absurdas, socios perdidos y otros anacronismos ecológicos') recogen una tesis avanzada por ecólogos en los años 80 argumentando que buena parte de las frutas tropicales de Centroamérica evolucionaron asociadas a animales que llevan extinguidos millones de años, entre ellas el aguacate, el caqui, la papaya, el Gingko biloba e incluso el café. Lo que quiere decir que estas plantas llevan desde la extinción de sus ‘socios’ evolutivos en desventaja ecológica, sobreviviendo solas, aguardando el retorno de unos animales que jamás volverán. Un aguacate es una invitación de un árbol a un proboscídeo extinto para que ambos bailasen una danza de supervivencia y reproducción. Pero el aguacate no sabe que sus socios con trompa no regresarán nunca. Y así el aguacate espera. De su espera nosotros, los humanos, hemos sacado ventaja, reemplazando con nuestros cultivos y nuestros guacamoles a los socios evolutivos de estas plantas de inmensa semilla. ¿Qué clase de diseñador dejaría colgada así a la mitad de una máquina de supervivencia? ¿Qué clase de espíritu bondadoso interrumpiría un baile de millones de años? Sólo un mecanismo ciego, oportunista y genial puede explicar la larga espera del aguacate. Y así el fracaso de una asociación se convierte en una prueba fehaciente de la selección natural.

PD: En cambio la paralela historia del Dodo y las semillas del Tambalacoque, tan extendida por la Red, se comprobó falsa hace tiempo

Imagen de Muhammad Mahdi Karim tomada de Wikimedia Commons, bajo licencia GNU Free Documentation.

Pepe Cervera   30.abr.2014 08:30    

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Bio Retiario

Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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