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El cerebro del primer depredador

    lunes 21.jul.2014    por Pepe Cervera    0 Comentarios

Desde que la vida existe, existe la depredación. Mucho antes de que los seres vivos aprendieran a utilizar la luz del sol como alimento, casi inmediatamente después de surgir la vida, un ser vivo descubrió que engullir al vecino para apoderarse de sus sustancias componentes y de su energía era una buena forma de sobrevivir. Así, con el primer glóbulo de protoplasma capaz de englobar y apoderarse de otros glóbulos de protoplasma, nació la eterna carrera que ha marcado la evolución; la pelea entre los que comen y los que no quieren ser comidos. Hongos, bacterias, plantas y todo tipo de animales emplean sus mejores y más ingeniosos trucos para disuadir a los predadores: desde sustancias tóxicas hasta espinas, desde camuflajes hasta cristales de cuarzo destruye-dientes, desde escondrijos a blindajes. Los que devoran, por su parte, elaboran sus propias recetas, desde dientes de sable a aguijones, desde baterías eléctricas hasta lenguas-proyectil, desde telas pegajosas hasta mandíbulas casca-caparazones. Y siempre hay una carrera de inteligencia: porque a las presas les conviene ser más listas, pero para los depredadores es vital estar siempre por encima de sus presas en capacidad mental. Aunque según una reciente publicación las cosas eran diferentes en el Cámbrico Inferior, hace 520 millones de años; cuando las tierras emergidas aún estaban desiertas pero lo océanos bullían de formas de vida absolutamente diferentes a las que conocemos hoy. El mayor predador de los océanos cámbricos era un grupo de extraños artrópodos conocidos como Anomalocáridos. Un fósil excepcional hallado en China permite estudiar el sistema nervioso central de un miembro de esta familia, y resulta que es mucho menos complejo que el de otros animales contemporáneos que podían ser sus presas. 

Lyrarapax

La especie se llama Lyrarapax unguispinus, y sus miembros tienen un tamaño no superior a los 15 cm (a diferencia de algunos de sus parientes, que superaban el metro de longitud). En los fósiles preservados pueden verse unas estructuras alrededor de la boca que se corresponden con ganglios nerviosos conectados con los grandes y sofisticados ojos (con forma de 'X' en la imagen de la izquierda), y algunas fibras que se dirigen a los apéndices a modo de garras que coronan la cabeza del animal. La morfología es relativamente simple y recuerda a un grupo muy emparentado con los artrópodos: los Onicóforos, llamados ‘gusanos aterciopelados’ en inglés. Los Onicóforos aparecen en el Cámbrico y aunque muestran cercanía con los artrópodos primitivos pertenecen a un filo distinto. Su sistema nervioso central, sin embargo, recuerda mucho al reconstruido a partir de los fósiles de Lyrarapax en su estructura, aunque podría tratarse de una simple semejanza superficial. La estructura nerviosa simple de los Anomalocáridos con respecto a otros grupos que podrían ser sus presas sugiere la interesante idea de que fuese la presión de los carnívoros la que impulsara la evolución de mayor inteligencia en las presas. En última instancia la inteligencia puede ser un subproducto de descender de un linaje de animales con tendencia a sucumbir en las garras de otro animal. Una idea interesante, e inquietante: sin la lucha de la 'naturaleza de garras y dientes rojos' la evolución es perfectamente posible, pero quizá la inteligencia no. 

Pepe Cervera   21.jul.2014 08:30    

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Bio Retiario

Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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