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Reciclaje extremo: la penicilina

    miércoles 21.oct.2015    por Pepe Cervera    0 Comentarios

Hubo un tiempo en el que la penicilina era la sustancia más valiosa del planeta, un producto mágico capaz de hacer lo que jamás se había podido hacer antes: salvar una vida al borde de la muerte. Porque durante miles o millones de años una infección, ya fuera por una herida accidental o provocada, ya por simple contagio de una enfermedad, era una sentencia de muerte horripilante cuando iba más allá de los estadios iniciales. Una simple neumonía bacteriana podía ser el final, como un rasguño insignificante; y no digamos una herida grave como la de un arma en combate. La penicilina era casi mágica: su aplicación detenía en seco las infecciones bacterianas y revertía de un día para otro el camino hacia la muerte cierta. Por eso desde su descubrimiento en 1928 por Alexander Fleming la historia cambió, aunque el cambio no se notó durante muchos, demasiados años; porque una cosa era saber lo que la penicilina era capaz de hacer, y muy otra fabricarla en las cantidades necesarias para poder proporcionársela a quien la necesitara. La historia es complicada: entre 1928 y 1938 casi nadie investigó seriamente sobre la penicilina, aunque ya en 1930 se había demostrado su potencial terapéutico real. Para empezar las cantidades que se podían extraer de los cultivos de Penicillium notatum en superficie eran muy reducidas; hasta que en 1941 no se desarrollaron otras técnicas no fue posible aumentar significativamente la producción. Lo cual llevó a que durante la Segunda Guerra Mundial y los años posteriores la penicilina fuese una de las sustancias más valiosas del planeta. Y como consecuencia, a que se desarrollaran enérgicos métodos de reciclaje, como extraer este antibiótico de la orina de los pacientes en tratamiento.

En efecto: el tratamiento con la penicilina original es muy eficaz, pero poco eficiente; entre el 40 y el 99% de la sustancia administrada al paciente es filtrada por los riñones en menos de 4 horas. El modo de administración primitivo usado en los primeros años causaba este efecto, dado que para conseguir las concentraciones útiles en sangre de modo sostenido había que administrar dosis relativamente altas y frecuentes del producto; sólo mucho después se desarrollaron otros métodos de administración (y otras variantes moleculares) que ralentizan la entrada de la molécula en la sangre y de este modo permiten aprovechar mejor la droga. La consecuencia era que al principio de su uso médico la gran mayoría de la valiosísima sustancia acababa intacta, e inútil, en la orina de los pacientes tratados. De donde alguien pensó que era posible recuperarla. Así se convirtió en práctica habitual el recoger la orina de los pacientes tratados con penicilina hasta 4 horas tras la toma para cristalizarla y extraerla para proporcionársela a un nuevo paciente.

La necesidad surgió de la mera carencia: hacia 1943 sólo se había logrado fabricar suficiente penicilina para tratar de modo efectivo a 100 pacientes, y esto reciclando la droga de la orina. Hacia 1944 un enorme esfuerzo de industrialización consiguió fabricar millones de dosis para cubrir el Desembarco de Normandía. Este empujón tecnológico incluyó nuevas técnicas de fermentación en tanques y el desarrollo de una nueva cepa del hongo (extraída de un melón en Peoria, Illinois, y mejor que la original británica), lo que permitió que para el final de la guerra hubiese miles de millones de dosis disponibles. Se ha estimado que la penicilina, incluso entrando en juego tan tarde, ahorró a los aliados entre un 10 y un 15% de bajas; un número enorme pero tal vez incluso conservador, ya que las infecciones habían sido hasta entonces los principales asesinos de humanos en las guerras del pasado. Esas nuevas técnicas de producción y los desarrollos de la farmacocinética de la sustancia hicieron obsoleta, afortunadamente, la práctica del reciclaje urinario de la penicilina. Porque descubrir una sustancia curativa no es suficiente: la fabricación a gran escala es lo que hizo de los antibióticos medicinas útiles, y del mundo un lugar distinto. 

Pepe Cervera   21.oct.2015 09:03    

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Bio Retiario

Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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