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Secuoyas albinas, monjes momificados en vida y Cecilia Payne-Gaposchkin

    martes 18.oct.2016    por Pepe Cervera    0 Comentarios

En los bosques de secuoyas de California están algunos de los árboles más grandes y viejos del planeta: gigantes con troncos de hasta 7,5 metros de diámetro y alturas a veces superiores a los 100 m. que forman enormes bosques en la costa norteamericana del Pacífico. Estas cupresáceas pueden formar grupos familiares en las que el mismo individuo tiene diferentes troncos cercanos y en las comunidades en las que viven suelen intercambiar nutrientes durante el verano a través de las raíces, que están en contacto bajo el suelo; una especie de seguridad social arbórea. En los bosques donde abundan de vez en cuando aparecen árboles diferentes, enanos que se caracterizan por carecer de clorofila lo cual les da un aspecto fantasmagórico: se trata de secuoyas albinas, de las que se han encontrado unas 400 a lo largo de la historia. Lo curioso es que estos árboles no deberían estar vivos: sin clorofila no pueden hacer la fotosíntesis y por tanto no deberían vivir. Se sabe que aprovechan las redes subterráneas de intercambio de nutrientes de sus congéneres para crecer, aunque sea poco, y de esto modo sobreviven. La pregunta es por qué los demás dejan que lo hagan: el intercambio de compuestos a través de las raíces se puede regular, y las secuoyas no aceptan parásitos. Un reciente análisis sugiere parte de la solución: los tejidos de estas secuoyas albinas están sobrecargados de tóxicos como metales pesados. Es posible que actúen como sumidero de toxinas para los árboles de su vecindad, los mismos que les alimentan: de ser así se ganarían el sustento funcionando como 'riñones' de sus vecinos que les dan de comer, y de este modo compensarían aquello que toman proporcionando un útil servicio de depuración. No hay gorrones tolerados, parece ser, en el bosque; hasta los que carecen de clorofila deben aportar al grupo.

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Sokushinbutsu: los monjes que se momificaban en vida.

En muchos lugares como Egipto, las llanuras costeñas de Perú o las altiplanicies de los Andes el proceso de momificación es natural; en muchos de esos lugares los autóctonos acabaron por copiar artificialmente lo que ocurría de modo natural. La existencia de cadáveres incorruptos era algo tan raro y poco habitual que se consideraba milagroso y se asociaba siempre con la religión y lo divino, tanto más cuanto menos común resultaba. En las islas que forman Japón el clima es muy hostil y los cuerpos incorruptos de modo natural simplemente no existen, por lo que el fenómeno tenía un enorme aura de santidad. Y por eso durante más de 5 siglos los monjes budistas de ciertos monasterios del norte de Japón consideraban que el máximo honor al que podían aspirar era convertirse en Sokushinbutsu (cuerpos incorruptos) que les garantizaba estar más cerca de lo divino, para lo cual llevaban a cabo un laborioso proceso mientras estaban vivos. En efecto se pasaban 6 años siguiendo una estricta dieta y una serie de procesos regulados para conseguir momificarse en vida: las diferentes fases del proceso eliminaban por completo la grasa de sus cuerpos y en los últimos estadios se deshidrataban y empapaban sus organismos de toxinas bebiendo tés especiales hechos de hierbas y cortezas con propiedades antisépticas. Cuando la muerte estaba cerca sus discípulos los enterraban, aún vivos, con una caña de bambú para respirar y una campana que debían tañer una vez al día; cuando la campana dejaba de sonar la caña era retirada y un año después se exhumaba el cadáver. Si había signos de descomposición el cadáver era enterrado con honores, pero si no los había el cuerpo era preparado para ser exhibido como santo. Porque ese era el objetivo: transformarse lo más posible en momias mientras aún estaban vivos y permanecer incorruptos tras su fallecimiento. El último Sokushinbutsu lo consiguió en 1910, cuando la práctica ya era ilegal.

Cecilia Payne-Gaposchkin, la tesis astronómica más brillante

A principios del siglo XX y en Inglaterra por mucho talento y vocación que pudieras tener si eras una mujer simplemente no se contemplaba la posibilidad de que te dedicaras a la astronomía. Pero a Cecilia Payne este hecho no la detuvo, aunque le obligó a cambiar de país y emigrar a los EE UU, donde le dejaron llevar a cabo un doctorado en un colegio asociado a la Universidad de Harvard. Allí en 1925 se convirtió en la primera mujer en lograr un doctorado con su tesis titulada “Atmósferas Estelares, una contribución al estudio de observación de las altas temperaturas en las capas inversoras de estrellas”, en la que estableció que el hidrógeno era el componente principal de las estrellas a diferencia de los planetas, una conclusión radical para la época. Otro astrónomo caracterizó aquel trabajo como “indudablemente la tesis doctoral en Astronomía más brillante de la historia”, a pesar de lo cual no podía ser contratada como profesional del área, así que el director del departamento la contrató como auxiliar y le pagó de los fondos destinados a material fungible durante años. En un viaje a Europa en el año 1933 conoció al astrofísico ruso Sergei I. Gaposchkin, le ayudó a conseguir un visado a los Estados Unidos y se casaron en marzo de 1934, y casi la despidieron por ello: hasta 1945 sus cursos no aparecían en los catálogos oficiales de la universidad. Payne-Gaposchkin siguió siendo una científica activa durante toda su vida. De hecho en 1956 fue la primera mujer en alcanzar el puesto de profesora en Harvard y la primera en dirigir un departamento, y por tanto una guía y modelo para numerosas mujeres en los campos de la física y la astronomía. Una hermosa frase suya: "La recompensa del científico joven es la emoción de ser la primera persona en la historia del mundo que ve o entiende algo. Nada se puede comparar con esa experiencia… La recompensa del científico viejo es la sensación de haber visto cómo un vago bosquejo se convertía en un paisaje majestuoso".

Sección de ciencia en 'Esto me suena' del día 12/10/2016

Pepe Cervera   18.oct.2016 10:19    

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Pepe Cervera

Bio Retiario

Pepe Cervera es periodista, biólogo y, entre muchas otras cosas, profesor de la Universidad Rey Juan Carlos. Colabora con diversos medios y es un apasionado de Internet.
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