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Chismes

    domingo 16.jun.2019    por Lara López    0 Comentarios

 

 

Músicas de 

Je ne me consolerai jamais – Eleni Karaindrou con Alexandros Botinis

New York - Mad Rush –  Thibault Cauvin y Adélaïde Ferrière

Esta tarde vi llover 

A veces, en Octubre, es lo que pasa.. – Pedro Guerra

My Misty Mornings – Fabrizio Paterlini

Sutjeska – Javi Ruibal y Diego Villegas

Canción Fácil

Mas allá de la Música – Gema Corredera

Le cose semplici – Dimartino y Fabrizio Cammarata

Gallo Rojo, Gallo Negro – Sílvia Pérez Cruz

Pa'Ti – Agnès Jaoui con Miguel Campello El Bicho

Traum V – Tarkovsky Quartet

Organdí – Jorge Drexler

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Textos o poemas de

Elena Román , de Autosuficiencia en la (Ediciones Liliputienses) Pan con Pan (Isla de Siltolá) Esta dichosa ansiedad doméstica (Devenir)

Alberto Soler, de Los tigres devoran poetas por amor (Balduque) e inédito

José Migel G. Acosta,  de Viaje a lugares inaccesibles (Abada Editores)

Santiago Lorenzo, de 9 chismes. Ilustrado por Mireia Pérez (Autsaider Cómics)

 

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Postales sonoras

Yolanda Carrero, Siria

José Migel G. Acosta Almería, España

Piezas de filosofía de Alejandro Escudero

Gadamer y el arte como juego, símbolo y fiesta

 

En 1974 Hans-Georg Gadamer impartió una serie de conferencias en Austria publicadas después con el título La actualidad de lo bello.

Su meditación sobre el arte sigue la senda que su maestro, Heidegger, articuló en el escrito “El origen de la obra de arte”. Ambos coinciden en un punto central: en la conexión del arte con la verdad, es decir, en sostener que el arte es una forma de conocimiento de lo real, un modo de compresión del mundo irreductible a cualquier otro y que, por ello, merece ser cultivado por sí mismo.

Desde este punto de partida, Gadamer vuelve a preguntar qué es el arte, contando con la enorme conmoción que ha ocasionado el arte de vanguardia de la primera mitad del siglo XX con su desmesurado afán de hacer borrón y cuenta nueva.

Gadamer busca un puente entre el arte actual y el arte del pasado, pues considera que las grandes obras de arte, sean próximas o remotas, siempre tienen algo que decirnos, exigiendo, eso sí, ser interpretadas una y otra vez desde nuestro contexto de recepción.

Siguiendo esta pista, Gadamer define el arte según tres ejes: el arte es juego, la obra de arte es un símbolo y la acogida de las obras de arte es una fiesta.

El juego del arte es un acaecer comunicativo en el que, según un movimiento de vaivén, las obras de arte pasan del artista a su público y viceversa. Por otro lado, en tanto es un juego, el arte no es un medio para un fin posterior, es, pues, una compleja actividad que se lleva a cabo por sí misma, sin pretender nada más que su mismo despliegue. Además, eso que el arte aporta al mundo y a nosotros en él, no lo puede aportar ninguna otra forma de experiencia. El arte es tan irreductible como imprescindible.

La obra de arte es, subraya Gadamer, un símbolo. El símbolo reúne dos vertientes, una va hacia fuera y la otra se dirige hacia dentro. En su movimiento hacia fuera la obra de arte incrementa e intensifica el sentido de aquello a la que ella se refiere; así, por ejemplo, un retrato no es una mera copia de la efigie de un personaje, sino algo que revela aspectos recónditos de su carácter, como consiguió Velázquez al pintar al Papa Inocencio X y después ha recreado Francis Bacon en el siglo XX. En su movimiento hacia dentro, y en tanto símbolo, la obra de arte está urdida por una plétora de capas de sentido que, en su reserva, la abren a una multitud de lecturas posibles.

Por último, afirma Gadamer, la recepción de una obra de arte es una fiesta. Es decir: las obras de arte precisan, para alcanzar su plenitud, de una periódica celebración comunitaria en la que, gracias a ellas y a través de ellas, se veneran los elementos extraordinarios sobre los que se sostiene lo ordinario. Sin la riqueza y plenitud que nos llega en las obras de arte la experiencia se empobrecería, perdería fuste y brillo.

Escribe Gadamer:

«Me parece que nuestra tarea consiste en acoger y retener lo que se nos transmite gracias a la fuerza formal y a la altura creativa del arte genuino. El arte del pasado sólo llega hasta nosotros pasando por el filtro del tiempo y de la tradición que se conserva y se transforma viva.  El arte contemporáneo puede tener exactamente la misma densidad y las mismas posibilidades de interpelarnos de modo inmediato. En la obra de arte, lo efímero cuaja en algo duradero, de suerte que crecer hacia dentro de ella signifique también, a la vez, crecer más allá de nosotros mismos. Que “en la vacilación de lo momentáneo haya algo que permanezca”. Eso es el arte de hoy, de ayer y de siempre».

Gadamer apunta, desde los tres ejes del juego, el símbolo y la fiesta, hacia una revitalización del arte en un mundo no siempre favorable a su cultivo. Sigamos, pues, sus pistas y empujemos en esa dirección para que así sea y el arte se despliegue una y otra vez según sus mejores posibilidades.

Lara López   16.jun.2019 08:00    

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