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Confesiones del viento

    domingo 23.jun.2019    por Lara López    0 Comentarios

 

 

Postales sonoras

Javier Cámara. La Finca Oculta, Colombia

Textos/ poemas de

Socorro Venegas. El Hueco ( La memoria donde ardía, Páginas de Espuma)

Eduardo Lago. Walt Whitman ya no vive aquí. (Ensayos Sexto Piso)

Javier Aguirre Santos ( y voz), Platón y la Poesía (Plaza y Valdés)

Masaoka Shiki, Cien Haikus (Hiperión Editorial)

Canción reposada

Andrés Aberasturi, Ruido (Pedro Guerra/Joaquín Sabina)

Arquitecturas de

José Miguel G. Acosta, Una casa en Asia (Márgenes/Arquitectura)

Casana

Casa NA 


"La primera vez que vi la imagen de la casa NA caí fascinado en mis recuerdos de infancia. El motivo principal, la presencia de un pequeño coche, un Citroën 2CV azul colocado como una exquisita pieza, casi ornamental, en la parte inferior de la vivienda. Pero, más allá de la belleza de esta singular muestra de ingeniería, advertí, quizá de manera inconsciente, un sentido preciso a la presencia del automóvil. Aquel Citroën 2CV azul, además de ser el coche que poseía mi padre cuando yo era niño, también podía entenderse como un arquetipo reconocible, una representación de la propia idea de automoción. El coche mítico que un niño podría dibujar sin esfuerzo. De alguna manera, no era casual que precisamente aquel objeto (sacado de contexto hasta ser más una línea de significado que un automóvil propiamente dicho) diera la bienvenida a la casa NA. Esa vivienda, tan refinada como extraña, era en sí misma el desdoblamiento de la idea legendaria de la casa árbol o, más exactamente, de la idea de vivir en los árboles. Un salto a la infancia, a los sueños borrosos que una vez pudimos haber tenido sobre cómo queríamos vivir. 
Según Sou Fujimoto: “El punto intrigante de un árbol es que sus lugares no están herméticamente aislados, sino que se conectan unos con otros en una única realidad. Escuchar las voces de otras personas dentro de esta estructura, esta es la riqueza de los momentos que se producen a través de este denso espacio vital”. El bosque, el árbol, las hojas, la ciudad, la casa, las habitaciones. El salto de la escala urbana a la doméstica tiene aquí su correlación en el paso de la escala púbica a la privada y la disolución de sus límites. Las numerosas plataformas conforman un conjunto fluido en el que los espacios se escapan y se vuelcan constantemente unos en otros, con todas sus consecuencias. 
La casa NA no se parece a un árbol, pero tampoco se parece a una casa. Pero entre ambos conceptos bien se podría encontrar la libertad con la que unos niños soñaran habitar un palacio vacío cuyas habitaciones han sido conquistadas por los árboles".

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Acuarela sonora

Amaya P. Barriuso. Mi vecino Manuel.

 

Piezas de filosofía de Alejandro Escudero

Serge Latouche: frenar o colapsar

 

La modernidad, surgida de las cenizas del teocentrismo medieval, es radicalmente antropocéntrica; en ella el hombre es endiosado, convertido en el principio y en el fin de todo. El hombre se erige, pues, en el centro que todo lo sostiene y en el pilar que todo lo aguanta, en la instancia a la que cualquier cosa debe estar referida para tener algún sentido.

Así, en el alba del mundo moderno, Kant, un eje de la Ilustración alemana, afirma que la libre voluntad del Sujeto humano traspasa todo límite con sólo proponérselo. Se declara, entonces, la primacía de lo ilimitado, la ausencia de cualquier límite, considerado siempre un obstáculo, una rémora, un impedimento. Algo que se refleja, por ejemplo, en la idea moderna de Progreso de la Historia Universal.

Pero esta trama, en su despliegue, y en medio de sus efectos secundarios y sus daños colaterales, ha avocado a una crisis profunda que atraviesa el siglo XX y las primeras décadas del siglo XXI.

Y aquí se alza, precisamente, una reconsideración de la cuestión del límite. Un libro publicado en 2014 por Serge Latouche, titulado precisamente así, Límite, proporciona al respecto una serie de claves dignas de atención. Este profesor emérito de economía de la Universidad francesa explora siete de los límites que definen nuestro turbulento mundo: los límites geográficos, políticos, culturales, ecológicos, económicos, cognitivos y morales.

Escribe Serge Latouche:

«El hombre occidental se ha entregado a la “caza del infinito”. Ese hombre ha llevado a cabo el programa de Francis Bacon desarrollado en La nueva Atlántida (1624): “Extender los confines del imperio humano con vistas a realizar todas las cosas posibles”. En su condición de “dueño y señor de la naturaleza”, según la célebre fórmula de Descartes, se iguala a Dios, proponiéndose rehacer el mundo a su imagen y semejanza. Así ha creído que se puede producir sin límites, liberándose de la finitud de los recursos naturales y de las energías renovables y fósiles. La ciencia y la técnica, cree, tienen respuesta para todo. Ese triunfo de la ilimitación es el desenlace de la modernidad. No obstante, los hechos son obstinados y lo real resiste. La llamada de alerta del primer informe del Club de Roma, en los años setenta del siglo pasado, fue desoída; desde entonces, el rechazo de todo límite y medida ha mostrado su repercusión cada vez con más virulencia: cambio climático, contaminación, agotamiento de recursos, crisis sociales… Nos hemos adentrado plenamente en la era de los límites».

Desde luego, uno de los límites más evidentes está en la red de ecosistemas que forman la biosfera del planeta Tierra. Su delicado equilibrio cíclico está siendo una y otra vez desbaratado por una desmesurada actividad económica y tecnocientífica que arremete contra ella como un tren imparable y furioso.

Recapitulando sobre esta candente cuestión del límite ecológico nos dice Yayo Herrero: «El Club de Roma publicó hace cuarenta años el “Informe Meadows” sobre los límites del crecimiento. En su texto, la científica ambiental Donella H. Meadows y su equipo advertían de la inviabilidad del crecimiento permanente de la población y sus consumos sobre la base material de un planeta con límites físicos. El informe constataba cómo la civilización industrial se encaminaba a agotar los recursos naturales y energéticos, rompiendo los equilibrios ecológicos de la Tierra y generando profundas desigualdades entre las personas. Avisaban de que, de seguir así, se corría el riesgo de superar la bio capacidad de la Tierra. Estamos atrapados en la dinámica perversa de una civilización que si no crece no funciona y si crece destruye las bases naturales que la hacen posible. Nuestra cultura olvida que somos, de raíz, dependientes de los ecosistemas e interdependientes».

El reto aquí es enorme, el desafío gigantesco. Y un primer paso para afrontar esta crisis está en asumir y reconocer los límites que atraviesan y sostienen el mundo en el que habitamos. De esto pende el futuro y, por lo tanto, las opciones de evitar un colapso tan indeseable como cercano. O frenar o colapsar, ese es el dilema en un mundo frenético y acelerado.

 

Banda sonora

Confesión Del Viento – Liliana Herrero

Décimas – Pedro Aznar

Septembre – Barbara

Floja Memoria – Aca Seca Trío y Diego Schissi Quinteto

Confesión del Viento – Juan Falú

Confesiones del Viento – Una

El Cachapecero – Mercedes Sosa

Guatú – Vicente Garcia

No Ar – Rogério Cardoso Pires

Mano a mano – Salvador Sobral y António Zambujo

Memphis Angustiae – Rui Massena

Sirius – Joep Beving

My Funny Valentine – Chet Baker Quartet

Ruido – Joaquín Sabina y Javier Ruibal

Lara López   23.jun.2019 08:05    

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