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Cosechar desiertos

    domingo 12.ene.2020    por Lara López    0 Comentarios

 
La Ciudad Literaria de José Miguel G. Acosta: Tokyo, por Henry Michaux (Un bárbaro en Asia, traducido por Jorge Luis Borges)

Nos leen:

Ferrán Fernández, los poemas

‘Hablar para desnudarnos’

‘Perdernos en el Bosque’

‘Andar despacio’

de su plaqueta Rexistencia.

Eduardo Gómez a Óscar Wilde (La esfinge sin secreto)

Xuan Bello un fragmento de La Historia Escondida (La Historia Escondida, Carrachinas 100/Xordica Editorial)

Chinoy un poema de su libro Velocidad Crucero, Felicidad lucero.

 

Lara

a Amalia Iglesias (‘Cambio climático’, de La sed del río, Abada, 2016)

a Basilio Sánchez (He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes. Vol. MLXI, Visor de Poesía, 2019)

a Claudio Burguez (‘Les Rita Mitsouko’, de Perro de aeropuerto, Ediciones Liliputienses)

 

Las músicas de:

Merciful 1 – Nils Petter Molvær

Angel of Mercy – Piers Faccini

Luz de Tarde – Alejandro Pelayo

Boreal Forest – Mammal Hands

Instru-mental – Clara Peya

Ukiyo +

Flo – RIOPY

Gamar – Yasmine Hamdan

Bright Eyes– Anoushka Shankar y Alev Lenz

 

La Pieza de Filosofía de Alejandro Escudero: 

 

Iván de la nuez y el arte en retaguardia

‘Un libro es siempre un eco de otros libros.

En 1974 Peter Bürger, en su Teoría de la vanguardia, señalaba que el arte de la primera mitad del siglo XX se propuso, por un lado, abolir el principio de “representación”, según el cual la obra de arte es la reproducción de un Modelo, y, por otro lado, suprimir la separación entre el arte y la vida instaurada por las bellas artes en el siglo XVIII. Además, el vanguardismo, bajo el embrujo de una utopía rupturista, abrazó en ocasiones -con el futurismo, el constructivismo, el surrealismo- una política totalitaria con consecuencias desastrosas para el arte.

En 1983 Serge Guilbaut, en su Cómo Nueva York robó la idea del arte moderno, constata que en la segunda mitad del siglo XX el eje del mundo del arte se trasladó de París, Roma, Viena o Berlín a Nueva York. Así el arte vanguardista europeo triunfó, aunque fracasando en sus ambiciones más profundas y demoledoras. Su impulso revolucionario fue domesticado a través de grandes Museos como el MoMA y un mercado internacional del arte abocado a la especulación con una mercancía de lujo. El ciclo explosivo y caótico del vanguardismo había concluido.

En este punto arranca el espléndido libro de Iván de la Nuez, titulado Teoría de la retaguardia. En él nos ofrece un afilado diagnóstico del arte contemporáneo.

Desde hace décadas el arte está, nos dice Iván de la Nuez, en retaguardia, a la defensiva, en un largo compás de espera, a la vez acelerado, reiterativo y desorientado. Un laberinto sin aparente salida.

El libro discute con convicción lo que parecen ser dos principios paradójicos del arte actual: cualquier cosa -debidamente maquillada y promocionada- puede ser una obra de arte; cualquiera puede ser un artista exitoso. Pero, nos avisa, bajo estas dos premisas el arte se aboca a un indefinido proceso de disolución, descrédito y declive.

En cambio, lo que defiende con rigor, es la hibridación y el mestizaje como fuentes de un arte a la vez local y cosmopolita, capaz de explorar las nervaduras secretas de lo real.

Los tres capítulos centrales del libro abordan temas relevantes en el arte contemporáneo.

En primer lugar, pone el foco en las siempre tensas y equívocas relaciones entre el arte y la política. Con lucidez e ironía señala que con la politización del arte éste suele terminar escaldado y con la estetización de la política ésta resulta degradada a una demagogia vacía y teatrera.

A continuación, se fija en qué le sucede al arte en la era del espectáculo en el que el voraz consumo de imágenes se concentra en la omnipresente iconología de la publicidad con la que se enciende el deseo de compra de las marcas que nos definen.

Por último, frente al bombardeo cotidiano de las imágenes del consumo cuando todas las pantallas están siempre encendidas, el libro concluye con una sólida reivindicación del arte de la palabra. No se trata de oponer la palabra a la imagen, sino, más sutilmente, de impedir que lo visual devore y desplace a la riqueza lenguaje, sea oral o escrito, pues con ello se empobrecería irremediablemente la experiencia del mundo.

En concreto Iván de la Nuez llama la atención sobre cuatro novelas recientes: Fred Cabeza de Vaca, de Vicente Luis Mora; Hermano de hielo, de Alicia Kopf; Conjunto vacío de Verónica Gerber; El nervio óptico de María Gainza. Sobre ellas nos dice:

«Los cuatro libros se dejan leer como expediciones lanzadas a confines más o menos remotos del arte. Invasiones bárbaras en las que ese arte no aparece como la vida misma, sino como un extremo inalcanzable de esta. Cada uno, a su manera, nos auxilia en la comprensión, desde el arte, de los “mecanismos internos” de la literatura. Son libros de ficción, no cabe duda. Pero, asimismo, encierran la posibilidad real de cambiar la dinámica del arte al uso. Estos cuatro libros están escritos desde una amplia recepción de las imágenes visuales, pero a la vez están pertrechados contra su omnipresente tiranía. Parten de la textura de los cuadros, pero con el propósito íntimo de convertirla en texto. Son, acaso, la cara B de muchas exposiciones actuales, el tuétano que los conceptualistas esquivan, la resistencia de la primera persona ante las exigencias de un arte social ya convertido en norma».

Iván de la Nuez Teoría de la retaguardia

El arte contemporáneo, como arte en retaguardia, está a la vez atenazado e impulsado por una serie de dilemas difíciles de enfrentar. Y el libro de Iván de la Nuez con perspicacia, agilidad y sentido del humor señala algunos de ellos. El conjunto del texto gravita sobre una lúcida preocupación por el futuro del arte en un mundo como el actual, cegado por el brillo de los aparatos técnicos, espoleado por la codicia, y, finalmente, poco propicio a que el arte se despliegue según sus mejores posibilidades’.

Lara López   12.ene.2020 08:00    

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Lara López

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