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Una habitación compartida

    lunes 3.ago.2020    por Lara López    0 Comentarios

 



Alejandro Escudero nos habla de dos libros de mujeres marginadas: Audacias femeninas (mujeres del mundo antiguo), de Carlos García Gual  y Mujeres silenciadas en la Edad Media, de Sandra Ferrer. José Miguel Gómez Acosta propone Baño en el lago de Slotepark del  libro El arrecife de las sirenas de Luna Miguel en (La Bella Varsovia), además de grabar  las campanas de Santa Ana, de Granada. Eduardo Gómez vuelve a  Memoria contra la religión, de Jean Meslier. Aloma Rodríguez nos trae la letra de Elegía al jardín de mi abuela de Vainica Doble. El título del programa nos lo regala Inés Martín Rodrigo, que nos lee fragmentos de sus Conversaciones con grandes escritoras: Una habitación compartida (Debate,2020)

Inés portada

Músicas:

Fado Al-Mu'tamid – Amina Alaoui

E Penso a Te– Mina

One Day – Nobukazu Takemura

Comptine d'un autre été, l'après-midi – Yann Tiersen

Elisa's Theme – Alexandre Desplat

The Weeping Meadow –Eleni Karaindrou Ensemble, String Orchestra La Camerata

Avril 14th – Aphex Twin

 

Mujeres intrépidas: una historia que viene de lejos (Pieza de filosofía de Alejandro Escudero)

Recientemente Michelle Dean, en su libro Agudas (editorial Turner, 2019), y Deborah Nelson, en su libro Implacables (ediciones Monte Hermoso, 2018), se han referido a mujeres que en el siglo XX tomaron la palabra en la esfera pública. Fueron escritoras como Hannah Arendt, Mary McCarthy y Susan Sontag.

Su osadía y atrevimiento remite, de todos modos, a una vieja y recurrente historia que merece ser contada para que la pujanza de algunas mujeres no se sumerja en las aguas del olvido.

Nos referiremos, para ello, a dos magníficos libros: Audacias femeninas (mujeres del mundo antiguo), de Carlos García Gual (editorial Turner, 2019) y Mujeres silenciadas en la Edad Media, de Sandra Ferrer (editorial Punto de Vista, 2019). 

Tanto en la Antigüedad grecolatina como en la Edad Media hubo mujeres que se atrevieron a rebasar los estrechos límites en los que estaban confinadas en la tradicional sociedad patriarcal. 

Escribe Carlos García Gual en su libro: «En el mundo griego clásico está muy bien definido el papel asignado a la mujer en la sociedad. En la reclusión del hogar debe servir a la familia: obedecer al padre y luego al marido, tener hijos y criarlos y no alborotar. El silencio es el mejor adorno de la mujer, afirman Tucídides y Sófocles, dos ilustrados portavoces del pensamiento tradicional. En esa servidumbre familiar pasa la vida oscura y resignada de las mujeres, a quienes están negadas las luces de la política y de la historia, que son asunto de hombres en la democrática Atenas. No son ciudadanas de pleno derecho; la ciudadanía es solo de los varones. Están ausentes de la asamblea como del campo de batalla. No el ágora soleada, sino el tálamo sombrío. No la Polis, sino el oîkos es el cerco en el que las mujeres pasan sus días y cumplen sus deberes. El silencio impuesto a las mujeres deber ser valorado desde la importancia concedida a la palabra en esa sociedad democrática. La sumisión de la mujer al varón está fundamentada en la propia naturaleza, afirma Aristóteles en el libro primero de su Política. La marginación del ámbito público, de las decisiones colectivas y de las acciones brillantes está fundada en la propia naturaleza de las mujeres. En esta sociedad helénica los varones han impuesto el orden y lo mantienen y explican. Las mujeres deben callarse y buscar la felicidad en ese horizonte tan limitado y enclaustrado. De todos modos, esa situación no es algo peculiar de la sociedad helénica; en muchas otras sociedades el rigor del sometimiento ha sido mucho mayor. Hay, sin embargo, un rasgo muy característico y sorprendente de la cultura griega: la riqueza de personajes femeninos en su imaginario».

El libro de García Gual ofrece un semblante de mujeres de leyenda: Ismenodora, Leucipa, Melita, Tecla, Talestris, Ifigenia, Calírroe y Tarsia.  

Si en Grecia y Roma se justificaba el sometimiento de la mujer apelando al “orden natural de las cosas”, la Edad Media continuó y profundizo en la subordinación de las mujeres, en medio de una rígida sociedad estamental, bajo la excusa teológica del monoteísmo, dando lugar a una cristiandad profundamente patriarcal.

Sandra Ferrer rescata del olvido las peripecias de una serie de mujeres que rompieron el molde opresivo de esposa sumisa o madre abnegada: los dos únicos modelos cristianos de mujer virtuosa. Fueron, por ejemplo, Hildegard von Bingen y María de Francia en el siglo XII, Sabine von Steinbach y Matilde de Magdeburgo en el siglo XIII, y, en el siglo XIV, Christine de Pizán, autora del libro La ciudad de las damas (1405), un texto pionero sobre cuya importancia ha llamado la atención, en el siglo XX, Simone de Beauvoir.

Los libros de Carlos García Gual y de Sandra Ferrer, por lo tanto, son certeros retratos de brillantes figuras femeninas, que, en un entorno nada favorable o poco propicio, consiguieron remover muchos obstáculos y, así, realizar sus hazañas y aportaciones. Son ejemplos que alumbran el porvenir. Pues lo mejor del futuro se dibuja en femenino, a pesar, eso sí, de las recurrentes oleadas reaccionarias que anhelan, desde una ideología patriarcal, el dominio masculino. 

Audacias femeninas

Lara López    3.ago.2020 19:32    

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Lara López

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