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Visitando Verdún cien años después de la batalla

    viernes 27.may.2016    por Ángela Gonzalo del Moral    0 Comentarios

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“El rápido París-Nancy se detiene largo rato en Bar-le-Duc. La aglomeración y el revuelo del andén son tan extraodinarios, que los viajeros logramos a duras penas descender de los coches. De los vagones brotan centenares de soldados, llevando a cuestas o cruzados sobre el pecho, en banderola, sus hatillos de campaña y sus zurrones de tela”. Así escribía, Gaziel -sobrenombre que utilizaba el corresponsal del diario La Vanguardia, Agustí Calvet- sus primeras impresiones de la zona cercana al frente de guerra occidental, el 28 de marzo de 1916. Hacía un mes que había comenzado la batalla de Verdún, una de las más cruentas de la Primera Guerra Mundial.

 

Cien años después Bar-le-Duc continúa siendo, con sus 16.000 habitantes, una pequeña y tranquila ciudad francesa. Muy parecida a lo que vió Gaziel hace un siglo, "tiene un río apacible, varios puentes discretos, algunos templos antiguos, un camanile sobremanera gracioso, restos de un soberbio castillo y la fama dulcísima de producir las más sabrosas confituras del Mosa".

Recordar aquellos campos de batalla y poder rendir homenaje al millón de personas muertas en esa zona, es un buen motivo para viajar hasta la Lorena. Con motivo del Centenario de la I Guerra Mundial, se han organizado diferentes actos hasta 2018. Aunque los más importantes y emotivos se estan desarrollando a lo largo de 2016.

Una región, amable, con sus montañas ondulantes, sus pueblos abandonados, sus ríos... Para llegar a la Lorena francesa, situada en la frontera con Bélgica, Luxemburgo y Alemania, podemos hacerlo en TGV, -el AVE francés- desde París se llega en una hora y media. En coche, por las autopistas A4 (París-Estrasburgo) y la A31 (Luxemburgo-Lyon) o en avión, a cualquiera de los cuatro aeropuertos cercanos, el más próximo el de Metz, situado a 65 kilómetros.

En esta comarca, limítrofe entre Francia y Alemania, el campo de batalla, las trincheras y todos los monumentos construidos posteriores a la contienda, emocionan y sobrecogen al viajero. El Mosa, que atraviesa la comarca, es un río que nunca ha entendido de fronteras, aunque él mismo las haya marcado. Tras casi mil kilómetros desemboca, junto al Rhin, en el mar del Norte, después de atravesar tres países: Francia, Bélgica y los Países Bajos.

Uno de los baluartes de aquella época era Douamont. El fuerte fue construido a caballo de los siglos XIX y XX. Las obras finalizaron en 1913 y aunque estaba considerado en su época como un bastión inexpugnable, fue rápidamente conquistado por el ejército alemán. Era el más grande de los 19 fuertes que rodeaban Verdún. Situado a unos 1.300 metros de altura, hoy en día es uno de los pocos que se pueden visitar. Allí encontramos un laberinto de galerías de piedra, que llegó a albergar, si esa palabra sirve para las pésimas condiciones de aquellos años, a unos 500 soldados. La visita, con audioguía interactiva, nos permite imaginar cómo era aquel lugar, húmedo y oscuro.

Bataille_de_verdun_07_zoom Foto Oficina Turismo Verdún

La artillería pesada, que durante 300 dñiuas bombardeó los pueblos, cambió la fisonomía de Verdún , levantando cráteres que no existían hasta aquel momento, pero que perduran todavía en sus bosques. En su recorrido por la Lorena francesa, el corresponsal de guerra, nos sigue relatando el horror de la cruel batalla. "El alba es hora de pausa y de recogimiento. Los combatientes duermen embrutecidos de cansancio y de fiebre, exhaustos, amontonados en las cavernas subterráneas. El cañoneo mengua. En el interior de los puestos de vigilancia, los oficiales escriben febrilmente sus informes sobre el último combate. Y en el trecho infranqueable que separa a los dos enemigos, los cadáveres yacen en soledad inmensa, tibios aún, echados de bruces y aplastados sobre el suelo, o vuelta la faz horrible hacia el espacio, extintos, reflejando a la luz de la aurora el primer pasmo de la eternidad".

Bataille_de_verdun_10_zoom  Foto Oficina Turismo Verdún

Otro de los puntos de interés turístico, son las trincheras, que en su momento sirvieron de camino para comunicar diferentes lugares, y que actualmente se pierden en los campos próximos. Muchas de ellas cubiertas por hojarasca, como si la naturaleza quisiera ocultar aquellos lugares de horror y dolor, que construyó el ser humano. Se calcula que los bosques son un enorme cementerio, donde hay restos de más de 100.000 soldados. Los que se han recuperado están en el osario de Douaumont y en el cementerio militar, uno de los testimonios de la cruel batalla. Están enterrados unos 15.000 soldados franceses, todos ellos identificados, y hay 46 tumbas colectivas. En una exposición fotográfica se pueden ver imágenes de sonrientes jóvenes soldados antes de ser enviados al frente de batalla.

La guerra destruyó 9 pueblos cercanos a Verdún y unas 3.000 personas fueron forzadas a abandonar sus hogares. Nunca más pudieron volver, porque todo quedó destruido, devastado. En Fleury, hay un memorial para recordar a los niños caídos durante la Gran Guerra. En Verdún podemos visitar uno de los más importantes museos dedicados a esa contienda, se reconstruyen batallas y se muestran las armas, municiones, vehículos y aviones que se utilizaron en el frente occidental. El memorial de la ciudad rinde homenaje a soldados franceses y alemanes que dejaron su juventud en los campos de la Lorena francesa.

Visitar ciudades y zonas afectadas por una guerra, sirve para recordar que se debe hacer todo lo posible para que ninguna generación vuelva a vivir ese horror.

Categorías: Viajes

Ángela Gonzalo del Moral   27.may.2016 22:20    

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Un viaje nunca se acaba. Queda grabado en el recuerdo, se vuelve a él al ver una película, al leer un libro, al escuchar unas notas musicales, al mirar una fotografía, al saborear una bebida, al disfrutar una comida o cuando el país salta a la actualidad por algún acontecimiento específico. El viajero mantiene siempre un nexo interno con el lugar que un día conoció.... y trenza un vínculo con el nuevo destino que empieza a imaginar. La visita a cualquier lugar, cercano o lejano, tiene tres fases. En la etapa de preparación se sueña, en la del viaje se disfruta lo imprevisible y a la vuelta se reinventa la aventura..... Con los cinco sentidos alerta, anhela que la experiencia sea lo más enriquecedora posible.
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