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Cuesta arriba

    viernes 14.feb.2014    por Carolina Jaque    0 Comentarios

Vivir en un país cuyo idioma no hablas muy bien es como estar todo el día subiendo una cuesta. Siempre cansa, pero a veces, harta. Cada conversación es un esfuerzo.

Cuando son triviales, el problema es que confías en entender la mayor parte y, cuando no te enteras, esperas que no se note mucho y que la cara de póquer funcione. Al fin y al cabo, no se puede mantener una conversación si cada dos por tres pides que te repitan algo o preguntas qué significa una palabra. Entonces, cuando tienes tu media sonrisa, que tanto has ensayado, que quiere transmitir un "aha", y que en realidad es un "no me entero", entonces llega la pregunta. "¡Horror! ¿Y ahora qué digo?" Se que puede parecer divertido, pero de verdad que es un golpe en la autoestima. No eres menos inteligente que antes, pero te da esa sensación. Y eso es en las conversaciones del dia a día, en las que te da un poco igual captar o no los detalles.

Luego están aquellas en las que de verdad quieres enterarte de algo u obtener alguna información. Entonces hay que prepararlas. Pero sólo puedes preparar tu parte, está claro. Y a veces ni eso sale bien, usas una palabra y tu interlocutor un sinónimo, que seguro que es más adecuado para la ocasión. Porque los diccionarios son una maravilla, pero para muchas palabras existen al menos siete traducciones, y en muchos casos no sabes la diferencia ni cual es la más indicada. A continuación viene la parte B, su respuesta. Llega un momento en el que decides dejar de avisar de que hablas poco alemán y de pedir que te hablen despacio. Es como que lo necesitas, es una manera de sentir que avanzas, para acto seguido darte de bruces con la realidad. No comprendes la respuesta. Pides que te repitan, pero los hay más y menos hábiles en eso de hablar con sencillez. Entonces te dedicas a repetir los datos que crees que has entendido, y que necesitas, para recibir una confirmación. "Si lo he entendido bien, me ha dicho que..." "Entonces ....., ¿verdad?" son expresiones que aprendes rápido. Y para conseguir la información que te falta y de la que no has pillado nada, formulas preguntas que requieran una respuesta sencilla que seguro que captas. Esta misma mañana, he llamado al taller y, tras una parrafada que seguro que ha durado 15 segundos y que a mi se me ha hecho eterna, he preguntado: "Entonces, ¿podemos concertar una cita sí o no?" Conciso, claro, y cuya respuesta estoy segura de que voy a entender. 

Esa es la modalidad más difícil, las llamadas de teléfono. Si eres tú el que la hace, lo tienes todo escrito en un papel. La parte A bien preparada, pero la parte B, de nuevo, falla, y sin la ayuda de la comunicación no verbal, a veces te sientes ante un muro infranqueable. Entonces recurres rápido al diccionario, en su papel de desatascador de conversaciones que no van ni para delante ni para detrás, pero tus manos no son lo suficientemente rápidas como para no sentir la presión de la otra persona esperando al otro lado. Total que, como tengas oportunidad, pides que te escriban un email que tendrás tiempo de leer con calma, y, según cuelgas, te das golpes en esa cabeza de chorlito a la que desde que llegaste aquí parece que le faltan neuronas (y las pobres seguro que nunca han trabajado tanto).

Otra cosa que puede pasar con el teléfono es que suene, ¡pero a quién se le ocurre! En la pantalla, un número alemán y desconocido, no registrado en tu agenda. Los músculos se tensan y durante unos segundos tratas de concentrarte. "Vamos, que tú puedes, seguro que le entiendes, tranquila". Y te recuerdas a tí misma que lo más importante es enterarte bien de quién está llamando, porque a veces la conversación empieza rápido, alguien dice su nombre y empieza a soltar palabras larguísimas y llenas de consonantes por su boca, y tú ni sabes de dónde llama. Confías en que a medida que avanza la conversación diga algo que te de la clave de quién es y qué quiere. Error. Todavía recuerdo el día que me llamaron de una asociación en la que ayudo porque no encontraban las llaves del trastero, y yo pensaba que era la agencia de alquiler de la casa que me decía que había algún problema con las llaves de los trasteros de mi bloque. Un consejo para quien viva en esta cuesta arriba permanente: hay que enterarse de quién llama y de dónde, aunque haya que preguntarlo varias veces. Si no, estás perdido.

La quinta situación que odio es la de los cruces breves de palabras en los que no te entienden. Ayer en el supermercado avisé de que había ido con coche para que me dieran un ticket para el aparcamiento. "Wie bitte?" Fue la respuesta. Rrrrrrrrrr. ¡Estoy harta! Y no consigo pedir un té negro sin tener que repetirlo al menos dos veces. Ya hace mucho, pero tengo marcado el día en que pedí un té negro (schwarzen Tee, si usamos el acusativo) y me respondieron "Wasser?". "¡Pero en qué se parece una cosa a la otra! No lo he podido decir tan mal". Eso es lo que me dieron ganas de responderle a la dependienta que me apremiaba.

Y así es el día a día. Por eso, aunque tengo ganas de hacer el esfuerzo, de conocer gente alemana e intentar hacer amistad, y de mejorar el idioma, cuando por la noche me siento en el sofá a ver una serie en español que entiendo de cabo a rabo, o el fin de semana olvido lo que es la cara de póquer porque prácticamente todos mis interlocutores hablan mi idioma, es un descanso. Cada vez entiendo mejor que haya gente que lleva muchos años viviendo aquí y no hable alemán, que se resguarde en la comunidad internacional o de su propio país y que recurra al inglés siempre que puede. Es pan para hoy y hambre para mañana, está claro, pero a veces se echa de menos caminar en llano.

Carolina Jaque   14.feb.2014 11:22    

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Haciendo el mundo pequeño

Bio Haciendo el mundo pequeño

Seguro que hoy algún español ha salido de su casa, ha dejado su barrio, sus amigos de siempre y a su familia para irse a vivir al extranjero. En 2012 fueron casi 60.000 los que hicieron las maletas. Pero ¿cómo es eso de emigrar en el siglo XXI?
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