Adaptarse IV: Los niños, ellos sí que saben

    lunes 15.dic.2014    por Carolina Jaque    0 Comentarios

ProgramaNavidad

El viernes fue la fiesta de Navidad en el cole, y ahí estaban, recitando un poema en filipino, cantando y bailando una canción en inglés y diciendo su pequeña frase en una obrita en los dos idiomas. Y lo de saberse las canciones no es lo que más me sorprende, porque al fin y al cabo se pasan un mes machacando lo que tienen que decir y no tienen ni idea de lo que significa. Pero allí estaban, dos meses después de llegar, con sus amigos, a los que entienden de aquella manera, que tienen rasgos que no habían visto nunca antes, que en sus casas hablan idiomas de lo más extraños para nosotros...

Es increíble. Les hemos sacado de su entorno, de su colegio y les hemos alejado de sus amigos. Están en un lugar nuevo, radicalmente distinto, donde se habla un idioma que no entienden y con compañeros de juego a los que no han visto en su vida. Y ahí están. Salen del cole después de siete horas con una sonrisa de oreja a oreja (y lo hacen así prácticamente desde el primer día) y a los diez días de llegar hasta se quedaron con una chica un rato. Es alucinante. Yo me imagino estar en un sitio donde no entiendo nada y, cuanto menos, saldría con un bajón impresionante y sin ganas de volver.

Cuando le preguntas al mayor que qué tal con el inglés dice: "bien, va bien". Gracias a la experiencia con el alemán sabe perfectamente lo que son los idiomas y lo que supone aprender un idioma, así que pregunta mucho cómo se dicen las cosas porque quiere aprender rápido. Pero todo sin agobios. Si le preguntas que él que idioma habla en el cole te dice: "pues español o alemán", aunque nadie le entienda, que va a hacer el pobre. Aún así y después de dos meses, ya va diciendo sus frasecitas. Hasta la pequeña el otro día me soltó un "I can´t see" para que la subiera a la encimera a ver que estaba haciendo yo, que me dejó muerta. Y el otro día con la chica me dijo el mayor: "quería bajar a la calle, pero no me entendía, yo hacía así (señalar el suelo), pero no me entendía". Con una resignación...

Los niños pequeños se adaptan. A veces me da la sensación de que nos enseñan lo que es importante. Ellos quieren jugar, comer, dormir, estar con otros niños y tener cariño. Si tienen eso, tiran para adelante. Desde que llegamos han sido unos supervivientes: la primera semana con el cambio horario, después unas semanas más casi sin juguetes, el inicio del cole en el que todo era extraño, la relación con las personas que nos rodean y a las que no entienden. Pienso mucho en todo lo que han dejado atrás y echo mucho de menos a sus profesoras alemanas, la vida que tenían allí, a sus amigos del alma, su rutina, sus costumbres... Y después me doy cuenta de que soy yo la que lo miro de esa manera, no ellos. Ellos aún son pequeños y tienen una capacidad de adaptación de la que tenemos mucho que aprender los adultos. Los niños son más básicos y necesitan tener las necesidades básicas cubiertas. Eso los adultos lo damos por descontado, pero quizá no deberíamos.

Aún así, los pequeños también han acusado el cambio y echan de menos a sus amigos, por supuesto que sí. Desde que llegamos están más mimosos, quieren estar siempre con nosotros, no juegan tanto solos, ni les resulta tan fácil soltarse en la zona de juegos con otros niños. Pero ¡qué menos!

Carolina Jaque   15.dic.2014 03:21    

Primera visita

    jueves 4.dic.2014    por Carolina Jaque    0 Comentarios

Si hacemos una regla de tres con lo lejos que estamos, lo que cuesta el billete y las visitas que tuvimos en Alemania, el número de visitas que esperamos recibir durante nuestra estancia en Manila se reduce a cuatro o cinco. Por eso, cuando unos amigos que viven en Kuala Lumpur nos dijeron que venían a vernos, nos dio un subidón total. ¡Invitados! 

Todavía no habíamos visto mucho de la ciudad, y lo que habíamos visto, no nos parecía gran cosa, así que nos pusimos a preguntar a amigos, a buscar en Internet, en fin, a preparar lo que haríamos esos dos días.

La propuesta fue la siguiente: Intramuros, Parque Rizal, quizá mercado de Divisoria (aunque cuando se acerca la Navidad dicen que está muy lleno, lo cual aquí es sinónimo de no poder andar), puesta de sol en la bahía y cena en el mercado de pescado el viernes. Visita al volcán Taal, y quizá cena por ahí el sábado. Mercado de Legazpi el domingo antes de partir hacia el aeropuerto. La idea era conocer lo más típico y curioso de la ciudad. Obviamente, la cosa quedó en mucho menos, parece que se nos había olvidado el tiempo medio de los desplazamientos en esta megalópolis. Aún así, hemos visto bastantes cositas, nos lo hemos pasado genial, y nos hemos sentido muy acompañados, todo un regalo en estos tiempos. Como nuestro visitante traía una cámara de las güenas güenas, aprovecho la ocasión para enseñaros un poco de Manila.

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Primer día. Visita a Intramuros, la zona donde se asentaron los españoles durante 333 años, donde José Rizal pasó su última noche antes de ser injustamente asesinado y donde se quedaron los americanos tras darles gato por liebre a los filipinos y quedarse con el dominio del país, cuando habían asegurado que sólo querían ayudarles a conseguir la independencia. Nada es gratis…

  Puerta Fuerte Santiago

Después visitamos la catedral y la Casa Manila que, pese a mis reticencias al principio, fue muy curioso de ver: las ventanas de nácar, los techos, los muebles…

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Terminamos en la iglesia de San Agustín y su museo. Tampoco estaba muy convencida de esta visita y también me gustó bastante, su claustro, el coro, la iglesia… Es la única que no fue destruida en la Segunda Guerra Mundial, así que es de lo más auténtico.

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 A ver, cuando has viajado por Europa: por Santiago de Compostela (la tierra lo primero porque, por supuesto, es lo más bonito del mundo), por Italia y su vaticano, por Paris y toda su magia, pues es difícil ver una iglesia o un monumento por estos lares que te haga abrir la boca o que se acerque siquiera, la verdad. Si a esto le sumamos que el centro fue destruido en un 90% (dato aportado por la autora de este blog y ante el que no responde), pues nos hacemos una idea. 

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Contratamos una guía, pero la verdad es que nos salió regular. Queríamos que nos contara un poco de la historia, el por qué de las cosas, darle un poco de enjundia. Pero no era muy buena, así que para la próxima visita, en 18 días (que mi hijo lo pregunta todas las mañanas), he decidido empollarme yo el tema y hacerme con un paraguas de esos para que me siga el grupo.

Y aquí acabó nuestro viernes. Al parque Rizal, Divisoria, la bahía y su atardecer o Chinatown no llegamos. Para haber dormido 4 horas y estar algunos medio malos lo hicimos muy pero que muy bien. De nuevo una hora de coche de camino a casa y después cena en un restaurante filipino del barrio donde, por supuesto, nos quedamos helados. ¿Cómo pueden tener el aire tan fuerte, que haga un frío de impresión, e ir las chicas en tirantes y sandalias? ¿No se ponen malos ellos también? Porque nosotros no paramos. La mitad de los invitados malos y ayer mi hija, si es que esto no hay sistema inmunológico que lo soporte

Sábado. Toca diana a las 6 de la mañana para ir al volcán Taal, a unos 90 kilómetros y dos horas de camino. Sin exagerar, es lo que tardamos. Bienvenidos a Filipinas. La excursión estuvo muy bien, aunque todavía me duele el trasero. El volcán está dentro de una isla situada en un lago dentro de otro volcán. Qué lío. Me explico. Llegas en coche hasta una orilla y, sólo cuando miras a las montañas que te rodean te das cuenta de que forman un círculo casi de la misma altura en todas partes. Estás en el cráter de un volcán. Frente a ti, un lago.

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Cruzas en barca durante unos 20 minutos o así, que pueden parecer eternos para el que va delante del todo que se empapa de lo lindo. Hay otras excursiones, pero nosotros al final optamos por la típica, así que llegas a un lugar llenísimo de gente. Es curioso ver a las familias que viven allí, en la ladera de un volcán que está activo, lavando su ropa, dando de comer a los mulos, o cuidando de los caballos que ese día no trabajan. Entonces caminas hasta el centro neurálgico donde se cogen los caballos para subir. En la “estación de caballos” venden de todo: mascarillas para protegerte del polvo, gorros para protegerte del sol, bebidas. Te hacen una foto al salir y otra por el camino y al llegar arriba te las ofrecen impresas ya y con marco y todo. Business es business, señores.

  2014-11-29 04.19.41Muy bonito. En monumentos quizá no, pero en naturaleza y paisajes este país tiene mucho que ofrecer.

“¿Quiere jugar al golf, ma’m?” “¿Al golf?” Sí señores, te dan unas pelotas de golf, un tee y una madera y te pones a lanzar pelotas de golf al lago que tienes delante. Pero estamos locos, están llenando el lago de pelotas, no tiene sentido ninguno, no aporta nada, es absurdo. ¡Indignada!

Tras unos refresquitos, bajada de nuevo en burro. Si a la subida me había dolido el trasero, la bajada fue mortal (iba fuera de la silla por llevaba a mi hija delante, y la columna vertebral del animal y mi coxis encajaban perfectamente en una fricción que me ha dejado un buen moratón y me ha quitado las ganas de montarme en un animal de cuatro patas hasta que se me olvide). De todas formas, no me podía quejar, yo no iba andando en el polvo como los que llevaban al caballo o como otros turistas que se habían animado a hacerlo a pie pese al calor. Aún así, si vuelvo, me pienso muy mucho lo del caballo.  2014-11-29 03.45.47

Al llegar abajo, vuelta a vender cosas, a pedir propina, a intentar sacar dinero. Reconozco que no me gusta nada, aunque entiendo que ellos intentan sacar lo máximo posible de los turistas que, al fin y al cabo, en comparación somos multimillonarios.

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Vuelta a la barquita y comida en un restaurante con vistas al lago que nos habían recomendado. Eso sí, llegar a restaurante nos llevo unos cuarenta minutos ¿por qué no hay nada rápido y sencillo aquí? Este es un lugar donde hay que conseguir cambiar la percepción del tiempo y la importancia que se le da, hay que conseguir echar el freno al acelerador que tenemos de serie. Estamos trabajando en ello, lo aseguro.

Tras tres horas de camino de vuelta, en las que todos echaron una cabezadita excepto mi compañero de asiento, que antes muerto que ceder a una siesta el fin de semana con sus padres, llegamos de vuelta a Manila. La cena en el mercado de pescado que nos habíamos planteado por la mañana nos parecía comparable a una subida al Everest. Y el domingo, la vida no nos daba para más que un bañito en la piscina y un poquito de comida típica en un mercado cerca de casa, pasando por una gran parada de jeepneys.

Jeepney

Gracias por la visita. 

Carolina Jaque    4.dic.2014 04:32    

El paraíso

    jueves 27.nov.2014    por Carolina Jaque    5 Comentarios

Lamento haber tardado tanto en escribir, pero… he estado en el paraíso.

  Palmeraselnido

Desde dos semanas después de llegar a Manila estaba deseando salir de ella. Sé que suena fatal, pero es verdad. Tenía muchas ganas de ir a la playita, relajarnos un poco… Como ya he comentado, es una ciudad dura, por la polución, por el tráfico, por el ruido… Quería conocer uno de los mejores aspectos de vivir aquí, sus alrededores. El primer mes lo dedicamos, sin embargo, a habituarnos a estar aquí, sólo el cambio horario nos costó una semana, después dedicamos los fines de semana a ir a la piscina, a conocer a algunas personas, a comprar un coche, etc. Los tres fines de semana siguientes, cuando empezamos a pensar en hacer una escapadita, fue nuestro cuerpo el que requirió de adaptación. Nos pusimos malos, primero los niños, luego los mayores. De hecho tengo que decir que creo que la adaptación de nuestro organismo todavía no es completa, el estómago no termina de habituarse, nuestros ojos se ponen rojos al final del día (imagino que por la polución), y la piel de la pequeña sigue teniendo puntitos provocados por el sudor.

 Pero por fin la semana pasada parecía que estábamos preparados. Y he de decir que la espera mereció la pena. Casi por casualidad nos enteramos de que la empresa de mi marido tiene un convenio con unos resorts que hay en uno de los lugares más bonitos de Filipinas, El Nido. Los precios eran desorbitados, pero con el descuento no salía más caro que irnos un fin de semana desde España a otra ciudad europea en avión. Estábamos hablando de ir a uno de esos hoteles cuya foto tiene la gente de salvapantallas, a esos a los que se va de luna de miel, esos que siempre habían estado a miles de kilómetros de casa, esos que siempre miras como quien mira un sueño.

  ResortElNido

Pues bien, el martes preguntamos por la disponibilidad y el viernes estábamos volando en un avión de hélice con 60 personas a bordo tras enseñar nuestras tarjetas de embarque de madera.

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Ni que decir tiene que el fin de semana fue espectacular: paseo en kayak por los alrededores del resort, visita a una pequeña isla desierta donde estábamos solos los 6 miembros de la excursión, snorkeling para ver corales, peces payaso, peces loro y de todos los colores… Desde las escaleras que bajaban de nuestra habitación al agua podíamos ver los peces sin ni siquiera meter la cabeza, de hecho desde la terraza de la habitación podíamos verlos saltar en el agua con sus lomos plateados reflejando el sol. Hasta nos hemos animado con el buceo y hemos hecho una primera inmersión. Genial estar totalmente rodeado por un banco de peces que nadan hacia quien sabe donde. Impresionante.

Islitanido

Pero quizá lo que más me ha impresionado y me ha hecho pensar ha sido estar en una isla enana, llena de vegetación hasta el agua, con mariposas enormes, lagartos que tratan de recuperar su espacio, una playa a 10 minutos del resort totalmente desierta (la del resort es desierta, sí, pero tiene sus hamacas y está al lado del bar, en la otra no había nada), y al mismo tiempo tener aire acondicionado, agua caliente, señal de móvil y a veces hasta de Internet. Digo que es de lo que más me ha llamado la atención, no lo que más me ha gustado. Simplemente me ha hecho pensar que claro que es caro, cómo no lo va a ser. Han llevado hasta allí (donde la profundidad del agua en el embarcadero del resort no creo que llegue a los dos metros) todo el material para construir aquello, estás en una isla como la de la película de El Náufrago y tienes todas las comodidades. Es increíble.

Playadesierta

Sobre el impacto ambiental. Lo tiene, claro que lo tiene. El resort es bastante ecológico, tenían mucho cuidado con los deshechos, con la limpieza del agua, con no hacer daño a los corales ni al entorno, pero aún así, algún impacto tiene para los animales que en su islita desierta construyan 50 habitaciones, un restaurante, pongan una antena satélite, etc. Eso sí, tratan que el impacto sea el menor posible.

  IslavegetacionOtra de las cosas que me ha encantado del fin de semana ha sido el recorrido en furgoneta. Al principio lo vi como una desventaja. Sin darnos cuenta, habíamos elegido el resort que estaba más lejos del aeropuerto, había que hacer una hora y media de coche para llegar a un puerto en el que coger un barco para navegar hasta la isla. Ahora me alegro del recorrido. Me ha gustado ver los campos verdes, la vegetación casi selvática, las plantaciones de arroz, las lonas de plástico en las que lo ponen a secar, no ya al lado de la carretera sino en la carretera, ver las casas típicas, las canchas de baloncesto por todas partes…

 En resumen, ha sido uno de esos fines de semana que es difícil olvidar y del que no te cansas de enseñar las fotos.

Carolina Jaque   27.nov.2014 06:02    

Adaptarse III: ¡Nuestras cosas están aquí!

    viernes 14.nov.2014    por Carolina Jaque    0 Comentarios

Ha sido como volver de campamento y pegarte una ducha con agua caliente, comer tortilla de patata en un plato de verdad y ponerte ropa que huele bien. Que nadie se asuste, no hemos estado un mes durmiendo en una tienda de campaña, pero sí viviendo un poco en precario.  No sé que es lo que más he echado de menos, si las sillas altas de mis hijos, las tazas, vasos y platos de verdad, el microondas o mi caja de material para manualidades.

Cuando nos mudamos teníamos varias posibilidades: venirnos con las maletas y nada más para comprarlo todo aquí, traernos todo (muebles y alfombras incluidas) en un envío por barco, o hacer una selección de las cosas más importantes y enviarlas por avión. Teniendo en cuenta que habíamos elegido un piso amueblado para evitar pasar por el hotel, que las cosas por barco pueden tardar unos dos meses, y que comprarlo todo nuevo para una estancia corta nos parecía un exceso, decidimos hacer un envío pequeño por avión. Más o menos pequeño, porque te pones y al final…

Eso significa que durante  casi un mes hemos estado comiendo y bebiendo en vasos de plástico, calentando todo en el fuego, luchando para que nuestros hijos no pusieran perdidas las sillas de tela del salón, comprando algún material básico sin el que es muy difícil vivir (tijeras, colador, cacerola y sartén, colores y cuadernos...), e inventando juegos e historietas con los tres juguetes que traíamos.

Ahora ya está todo aquí. Escribo mientras me tomo un té en una taza de verdad, viendo los treinta grados de temperatura que marca nuestro termómetro, a punto de salir a la calle con uno de mis bolsos, y sabiendo que esta tarde mis hijos podrán hacer puzles, jugar con los Lego, y pintar. Además hoy cenaremos tortilla, echa con aceite de oliva del bueno bueno.

Puede parecer una chorrada, pero la llegada de las cosas ayuda tremendamente a la adaptación. Con cuatro cosas te apañas, no hay problema, pero te parece estar en un apartamento de vacaciones, de esos en los que piensas que hay de todo y cuando llegas no hay ningún cuchillo que corte bien. El mejor momento tras la llegada de nuestras cosas fue un día en el que, de repente, escuché música. Nuestro ordenador, con nuestras fotos, nuestros vídeos y la música, estaba en la mudanza. Escuchar uno de los grupos habituales en casa el domingo por la mañana fue simplemente genial, fue la sensación de que todo había vuelto a la normalidad, de que estábamos en casa.

Para los niños la llegada de las cosas también fue genial, ni que decir tiene que fueron ellos mismos quienes desempaquetaron sus juguetes y se pusieron enseguida manos a la obra. Es verdad que no les hacen falta muchos juguetes, pero también es verdad que les encantan y les entretienen un montón.

Eso sí, todavía no he cumplido lo que me había prometido, invitar a gente a casa cuando tuviera platos en los que comer. Ya invité a alguien cuando no los tenía, así que ahora, mucho más cómodo. Estoy deseando que nuestra casa vuelva a ser un lugar de encuentro de amigos.

Carolina Jaque   14.nov.2014 03:59    

Adaptarse II: adictos a Internet

    jueves 6.nov.2014    por Carolina Jaque    1 Comentarios

Antes de venir a vivir a Manila siempre me imaginé que, al sentarme en el sofá después de todo el día (fueran como fueran a ser mis días aquí), me relajaría y vería algún vídeo por internet, o hablaría por skype con mi familia y amigos, como he hecho desde que vivo fuera. Ay, ilusa, pero si internet requiere una buena infraestructura y si algo falta en países menos desarrollados son buenas infraestructuras.

A los tres días de llegar fui a comprar un móvil prepago de la compañía que tenía mi marido con la empresa. No se me ocurrió preguntar si esa compañía funciona bien donde vivimos, ni si la urbanización en la que estamos pertenece a un grupo empresarial que tiene otra compañía móvil distinta. Resultado: mi móvil funciona fatal aquí, tanto su conexión a Internet como la señal de teléfono. Si la compañía que tiene aquí el monopolio bloquea la señal de la otra o si, simplemente, se reparten el mercado se me escapa, el caso es que para hablar con mi pareja cinco minutos he llegado a llamarle 10 veces. ¿Exageraciones mías? Un filipino que viene a trabajar a casa se ha comprado otra tarjeta de teléfono para su móvil porque la suya tampoco era de la compañía en cuestión. No es raro que tengan móviles dúo con dos tarjetas. ¡Qué recuerdos! Cuando estabas en un bar en Malasaña y unos tenían cobertura y otros no según la compañía, cuando todavía la que había tenido el monopolio conservaba su ventaja de ser la que más cobertura ofrecía en España, cuando nos íbamos de acampada y bromeábamos porque había que subirse a lo más alto porque estábamos en el tres por ciento de territorio español donde no había señal... Vuelvo a mi adolescencia, a los años 90 en España. Aunque ni siquiera en los 90 en España recuerdo que se usaran cajas reguladoras de voltaje para enchufar las televisiones y otros aparatos electrónicos y protegerlas así de posibles picos de tensión. Lo que aprende una.

Después está el tema de Internet en casa. De nuevo pecamos de inocentes (lo que voy contando lo he aprendido en un mes, nadie nace sabiendo) y solicitamos 15 días de prueba con la misma compañía con la que teníamos el móvil. Eran 15 días gratis, pero había que pagar unos 35 euros por el router y la instalación. Bueno, pensamos, luego nos quedamos con ellos hasta poder hacer el contrato con otra empresa que nos recomiendan, lo que tardará unos meses (las cosas de palacio van despacio). Después de dos semanas sin poder ver vídeos, o empleando alrededor de hora y media para ver un vídeo de 35 minutos, tuvimos que aceptar que perderíamos los 35 euros y contratamos 20 megas por fibra óptica con la empresa que tiene aquí el monopolio. El caso es que llevamos dos días en que Internet no falla. Yuhu!!! Nos cuesta la friolera de 60 euros al mes, pero ya he aprendido que si quieres vivir como en Europa pagas más que allí, porque aquí una conexión a Internet decente es un bien de lujo. Además, me ahorro los tés del Starbucks de enfrente de casa, que tiene wifi. El té de casa no está tan rico, pero al menos no me pelo con el aire acondicionado...

Pero he aprendido más, he aprendido que no puedo vivir sin Internet. No fui de las primeras en tener un móvil, de hecho conservé mi nokia antiguo sin más opciones que llamadas y mensajes hasta bien mayorcita, y mi smartphone lo heredé. Aquí en Manila ha sido la primera vez que he pagado por tener conexión a Internet en el móvil, hasta ahora siempre me había apañado con la wifi de casa. Pero ya está, ya me he pasado al otro lado e Internet es para mí una necesidad, y más al estar lejos de casa. Desde hace varios años no veo la televisión como tal, ahora me comunico con los amigos por chats y por redes sociales, leo el periódico por Internet y busco información de cualquier tipo. Las horas de traslado en coche, que aquí son muchas, se hacen más amenas si puedes echar un vistazo a todo esto. Todavía me queda mucho para ser una friki de las redes sociales y esas cosas, pero puedo decir que soy una adicta. Me ha hecho falta dejar de tener Internet para darme cuenta de lo que lo necesito. Como siempre pasa con todo. 

Carolina Jaque    6.nov.2014 02:54    

Adaptarse I: a la caza de nuevos amigos

    viernes 17.oct.2014    por Carolina Jaque    1 Comentarios

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Ayer anoté en mi agenda dos nuevos teléfonos, que se suman a los otros dos que ya tenía. Estos unidos a los cuatro que tiene mi marido hace un balance de 8 teléfonos nuevos en la agenda, lo que significa ocho potenciales amigos, ocho personas prácticamente desconocidas con las que presumiblemente quedaremos en las próximas semanas y que se pueden convertir en nuestros amigos aquí en Manila, o no. Para llevar dos semanas aquí no es mal balance.

Esto es lo que toca ahora, hablar con la gente que te encuentras en la zona de juegos de los niños, quedar con personas a las que has visto una, dos veces o ninguna, y tantearos. Es difícil en un primer contacto saber si esa persona a la que algo te une (vives en la misma zona, los niños van al mismo colegio, trabajas en la misma oficina, eres español, hablas alemán, etc.) se convertirá en alguien importante en tu vida, pero está claro que si no das el primer paso por conocerles nunca habrá nadie en tu vida.

Reconozco que al dejar en Alemania a tantos buenos amigos, se me hacía cuesta arriba pensar en conocer gente nueva a la que me llegara a unir un gran vínculo y a la que algún día tendría que decir adiós. Sin embargo, el ser humano es social por naturaleza, y yo en eso soy muy pero que muy humana, por eso me he sacudido rápido la pereza y he activado el "radar busca-amigos". Así que una vez que duermo razonablemente bien, que asumo que mi cuerpo suda las 24 horas del día y que lo único que puedo hacer al respecto es beber mucho agua, y que estoy aprendiendo a no ponerme de los nervios cada vez que descubro una nueva picadura, centro mis esfuerzos en conocer gente. 

Me gusta la gente, necesito conversar con otros adultos, y conocer gente nueva y distinta para mí es uno de los principales alicientes de vivir en el quinto pinto. Así que aquí estoy, escudriñando mi entorno, sacándole la lengua a la vergüenza y saliendo a la calle con los ojos y la mente abierta. Y creo que no soy la única. Por la calle los extranjeros nos miramos con curiosidad y en la urbanización nos acercamos a presentarnos a la menor oportunidad. Y las aún pocas oportunidades que he tenido me han permitido entrar ya en contacto con algunos españoles, una familia india, dos rusas, una de Costa Rica, otra italiana y un par de alemanas. Tengo mucho que aprender del mundo de los expatriados, pero está claro que hay una tendencia a ser abierto y tener ganas de conocer gente. La movilidad parece ser muy alta, por eso quien más y quién menos tiene reciente las sensaciones y dificultades al acabar de llegar, lo que es estar más sólo que la una, y lo difícil que es irse de un lugar donde estabas bien. Pero no sólo los expatriados, aquí la gente es simpática por naturaleza y no es difícil entablar conversación con una "yaya" (chica que cuida de los niños de una familia). Son curiosos, así que te preguntan hasta tu número de pie, lo cual a los europeos nos sorprende, pero lo hacen desde la actitud más sana del mundo, creo yo. 

Sin embargo, y aunque todo vaya viento en popa, eso no significa que a veces no se haga cuesta arriba, que no de pereza socializar con personas que no saben nada de tí, puede que incluso no sepan nada de tu cultura (ni tú de la suya), cuando tienes muchos amigos con los que no hace falta ni hablar para entenderse. Pero, lo dicho, pereza ¡fuera!

 

Carolina Jaque   17.oct.2014 07:18    

La llegada

    domingo 5.oct.2014    por Carolina Jaque    0 Comentarios

Estos primeros días en Manila están siendo tan intensos que no sé si me parece que llevamos aquí un mes o que llegamos ayer. Nada más bajar del avión, primer contratiempo, las maletas se han quedado en el enlace de Hong Kong. La verdad es que no me extraña, porque con lo que corrimos nosotros, lo raro es que hubieran llegado. Bueno, de nada nos ha servido llenar una maleta con sábanas y toallas para pasar la primera noche. Igual que cuando vinimos de expedición, nos va a tocar irnos al centro comercial nada más llegar. Pero no todo son problemas al llegar, cuando le preguntamos a un policía del aeropuerto por el prefijo para llamar a un móvil, ¡llamó desde el suyo! No me imagino a un policía alemán llamando desde su móvil para hacer un favor a un extranjero, por muy simpáticos que sean. ¡Punto para los filipinos! Y después, camino a casa viendo por la ventana los contrastes de esta gran ciudad: los edificios altos, las casas que se caen, el tráfico, la gente que cruza por cualquier sitio. Está siendo complicado explicarle a mi hijo de cuatro años educado en Alemania, que aquí que el semáforo esté en verde no es garantía de que los coches se paren, y que la gente cruza por donde quiere y cuando quiere. Por fin llegamos a nuestra casita y, cuando se van los de la inmobiliaria, qué sensación tan rara, estamos en casa y nos resulta todo muy extraño, no conseguimos encender la luz que queremos, "¿dónde estará el interruptor de esto?", las almohadas son horribles, estamos en precario no, sino lo siguiente. Bueno, "a dormir que mañana será otro día". A dormir, como si fuera tan fácil. Los niños tienen un desajuste que no saben si es hora de dormir, de comer, de jugar... Así que deciden que para llorar siempre es buena hora. Y los de la obra de enfrente no entienden de horarios europeos y trabajan ¡24 horas al día! Y, por lo que hemos ido comprobando, ¡siete días a la semana! Aquí el concepto tranquilidad y silencio no deben tener traducción al filipino. Las primeras cinco noches no han sido fáciles, pero nos vamos adaptando. Los días siguientes hemos hecho varias incursiones al supermercado, donde todo resulta tan extraño... Mucha comida japonesa, mucha otra indescifrable, decenas de tipos de arroz (y yo que me quejaba de los alemanes), influencia americana en muchas cosas, y precios occidentales para la comida occidental. Como anécdota, cuando compramos leche: vemos un brick que pone "leche recomendada", ok pues ese, después nos da, no sé por qué, por leer los ingredientes (agua, leche deshidratada...). "Un momento, esto no es leche, al menos no es lo que nosotros entendemos por leche". Vuelta al estante de la leche, a pagar un euro y pico por litro. Para comprar cuatro cosas, tardamos horas. Sabemos que nos haremos con el súper, sólo hay que armarse de paciencia al principio. Nadie dijo que los principios sean fáciles. Muchas de las sensaciones tampoco lo son, pronto llega el pensamiento de "¿qué hacemos aquí?, ¿estaremos bien? (aunque sabemos que sí, pero momentos difíciles los tenemos todos), ¿con quién tendremos relación?, ¿habremos acertado con el cole?" No sé si es sensación mía o es realidad, pero me parece que los occidentales nos miramos cuando nos vemos, como pensando "¿de dónde será y qué hará aquí?" ¿Les pasará también a los asiáticos en Europa? Es cuanto menos, curioso. Por supuesto cuando escuchas hablar español no te quedas en hacerte esas preguntas en voz baja, sino que las haces en voz alta, claro. Así que ya hemos conocido a un par de españoles. Es lo que tiene ir con niños a los que no paras de decirles lo que pueden hacer y lo que no, que todo el mundo te oye hablar, je je. Y así pasan los días por ahora, intentando aclimatarnos a este calor y esta humedad infernal, tratarnos de no olvidarnos de echarnos anti-mosquitos, acostumbrándonos a saludar a todo el mundo y sonreír a todas horas, y pegándonos algún chapuzón, que no todo va a ser sufrir. Ah, y yo tratando de establecer relación con todo el que se deja, je je.

Carolina Jaque    5.oct.2014 10:43    

Aprendiendo alemán VII: Danke

    lunes 29.sep.2014    por Carolina Jaque    0 Comentarios

Danke es una de las primeras palabras que uno aprende al llegar aquí, si es que no la conocía antes. Se usa mucho, muchísimo, tanto que muchas veces queda vacía de contenido. Si le preguntas a alguien cómo está, empezará por darte las gracias para luego responder a tu pregunta, por ejemplo. Yo hoy quiero usar esa palabra, pero con todo su significado, con la boca bien grande, con los pelos de punta.

Danke a aquel alemán que no dudó en acercarse a nosotros al oirnos hablar en español para abrirnos las puertas del grupo de familias españolas de Ulm y darnos así la llave a la que ha sido aquí una de nuestras familias. 

Danke a los solteros que nos dieron la bienvenida con una sonrisa en el Enchiladas.

Danke a esas parejas con sus chiquillos, que nos acogieron desde el primer día, que nos dieron toda la información que tenían, con las que compartí al peculiar doctor Mazzotta...

Danke por abrirnos las puertas de sus casas y de sus familias cuando éramos todavía unos auténticos desconocidos. Danke por el trabajo para organizar actividades e intentar mantener al grupo en contacto. Danke por las clases de música, por las tardes haciendo galletas, por las tortitas improvisadas, por las pelis de princesas, por las charlas, por los gin tonics, por la cercanía.

Danke a los amigos que, sin haber cambiado un pañal en su vida, se ofrecieron para quedarse con nuestro hijo si el parto de la segunda se adelantaba. Danke a los que, hartos de cambiar pañales, se han hecho cargo de algunos más para echarnos una mano cuando ha hecho falta.

Danke por estar siempre discpuestos sea cual sea el plan, por venir a casa (aunque sea un placer degustar los maravillosos platos que aquí se ofrecen :-), danke por abrirnos las puertas de las vuestras, aunque no estén preparadas para niños, aunque haya más niños de la cuenta, aunque no esperábais visita, aunque teníais otra visita, aunque yo doy mucho rollo con la comida...

Danke porque los niños nunca han sido un impedimento para juntarnos con el grupo de "erasmus trabajadores", danke por jugar con ellos, por comprarles un helado en el lago, por jugar a la pelota, por ir al Spielplatz, por comer pasteles y pasteles imaginarios. 

Danke por la espontaneidad, por la cercanía, por convertiros en nuestra familia. Danke también por la ayuda con este idioma del infierno, por llamar por nosotros, por corregirnos las cosas, por traducirnos las cartas.

Danke porque Ulm ha sido, es y será para nosotros, el Ulm que hemos conocido con vosotros, el de las barbacoas en el Fridischau, el de los lagos, el de aprender a esquiar, el de pasar un fin de semana en una Hütte, el de improvisar en un país donde hacerlo es un lujo, el de sentirse en casa.

Pero por encima de todo, danke por haber echado toda la carne en el asador, porque desde el primer día sabíais que esto era temporal, que llegaría este momento, y aún así habéis hecho un "all in", no os habéis guardado nada, no os habéis protegido. Gracias.

Carolina Jaque   29.sep.2014 12:00    

Aprendiendo alemán VI: Abschied, Abmeldung, Umzug

    miércoles 24.sep.2014    por Carolina Jaque    0 Comentarios

Las sensaciones de estos días están siendo tan distintas, a veces contradictorias, e intensas que no me está resultando fácil gestionarlas. Estamos de recogida.

Desde que volví a Alemania después de las vacaciones estoy escuchando la palabra Abschied (despedida). El primer día que llegué a la guardería, venía con ganas de hablar del verano, esperaba caras sonrientes que me contaran que habían hecho ellos, que se alegraran de que hubiéramos vuelto... Y encontré eso, es verdad, pero también caras entristecidas, preguntas de cuándo nos íbamos, comentarios de lo que nos echarían de menos... Además de caras de sorpresa entre quien no lo sabía, opiniones sobre lo valiente, loco o absurdo de nuestra aventura (una madre de la guarde soltó un Warum? que le salió del alma), y verdadero interés por lo que nos habíamos encontrado en Manila durante nuestro viaje.

El segundo día de guardería, mi hijo el mayor tuvo su fiesta de despedida, de la que volvió con fotos de lo que ha hecho estos dos años y medio. Fotos que también vi de mi hija pequeña en la última reunión con su profe ayer. Madre mía, en la vida de un niño dos años es un mundo. Mis hijos hoy por hoy son medio alemanes, aunque sea de carambola. Han hecho sus laterne, jugado en el barro con Macht Hosen, horneado Apfelstrudel, etc.

Además de este aluvión de recuerdos, hace unos días me despedí de dos amigas y sus respectivas familias, y el fin de semana pasado tuvimos dos comidas en casa, las últimas aquí en Ulm. Afortunadamente no hubo ningún momento demasiado emotivo, pero el olor a despedida impregnaba la casa.

A todo esto me enfrento con la mayor frialdad que puedo, a pesar de poder parecer poco apegada. Es más que nada porque no me puedo permitir el lujo de ponerme sentimental, no creo que mi hijo entendiera por qué me echo a llorar como una magdalena cuando no hago más que decirle que va a ser genial, que va a tener amigos nuevos, que seguiremos hablando con los de antes, que hay que estar contento de tener tantos amigos... Y aunque a veces mi hijo no esté delante, tengo la teoría de que esto es como lo de ir al baño cuando estás de marcha, que una vez que abres la veda...

Mientras tanto mi día a día se basa en preparar la mudanza, Umzug. A pesar de que no tenemos que empaquetarlo todo nosotros, hay que decidir qué va a Manila y qué no, qué llevamos en la maleta, qué tiramos, qué donamos, qué regalamos. A pesar de mi naturaleza intrínseca, trato de ser eficaz, de no pensar las cosas una vez tomada una decisión, de ser práctica. Pero me cuesta. "¿Es más ponible este bolso o aquel? ¿Cuánta vida útil le queda a este juguete? ¿Cuánto hace que no me pongo esta falda? Aunque con tanto calor..." A la guarde voy cada día con una nueva bolsa de juguetes, o telas o material escolar. No sé si me están agradecidas o piensan que las uso como basurero, como son tan educadas...

Las visitas al punto limpio, al que voy entre una y dos veces al día (prueba de mi naturaleza real), las intercalo con Abmeldungen de todo tipo. Hay que darse de baja en el registro de la ciudad, en las basuras, la luz, el dinero que recibes por cada hijo, el coche, la cuenta del banco, la tienda en la que ayudaba, dar de baja el contrato de alquiler... Y en la otra cara de la moneda, las gestiones de lo que está por venir: firmar el contrato de la casa nueva, apuntar a los niños al cole, gestionar un coche de alquiler para los primeros días... De esto me ocupo menos, pero influye a la hora de aportar sensaciones. Sobretodo teniendo en cuenta que me mudo fuera de la Unión Europea. ¡Bendita UE! Salirse fuera es empezar a hablar de visados, permisos de residencia y trabajo, requisitos de entrada al país, vacunas contra enfermedades nunca escuchadas, lociones, parches y de todo contra los mosquitos, etc. He de decir que de todas las gestiones que estoy haciendo, la más fácil ha sido cerrar la cuenta del banco. Una cosa a tachar de la lista. ¡Bien!

Todo esto me sume en un estado de nervios, melancolía que roza la tristeza, excitación e incertidumbre que pese a ser conocido no me resulta familiar ni cómodo. Nos estamos yendo.

Carolina Jaque   24.sep.2014 15:29    

Entre algodones

    martes 16.sep.2014    por Carolina Jaque    0 Comentarios

Las últimas semanas me las he pasado entre algodones, es decir, en España. Ir a España siempre es como una vuelta a casa, una casa en la que las cosas han cambiado mucho, para los demás y para tí, pero en la que te sigues sintiendo muy a gusto. Lo mejor de estar allí es que todo el mundo se alegra de verte, te sonríen contínuamente, te encuentran guapa y a los niños ni os cuento... Los amigos y la familia hacen esfuerzos por verte, por que estés cómoda, que no falte de nada. Además, en mi caso, estás de vacaciones, así que es prácticamente el edén, pero en Europa. Y si tenemos en cuenta la temperatura y las horas de sol al día y lo comparamos con lo que nos hemos encontrado aquí en Alemania, pues es un edén encima soleado. Este año sin embargo, el verano ha tenido un punto agridulce porque, aunque hayamos intentado no despedirnos, los últimos días ha sido imposible camuflar la amarga sensación del adiós. Y eso que no vivimos allí, pero claro, no es lo mismo vivir a 2.000 km que a más de 10.000. Así que nada, hemos dejado a la familia y los amigos con nuevos proyectos, empezando el curso, algunos el nuevo colegio, otros enfrentándose a nuevos o conocidos retos... En fin, lo propio del mes de septiembre. No sabemos cuando volveremos a verlos, lo que es seguro es que, cuando lo hagamos, volveremos a sentirnos como en casa y volveremos a estar agradecidos por tantísimas muestras de cariño. Los echaremos de menos porque esto de empequeñecer el mundo tiene cosas geniales, pero otras realmente difíciles.

Carolina Jaque   16.sep.2014 14:53    

Haciendo el mundo pequeño

Bio Haciendo el mundo pequeño

Seguro que hoy algún español ha salido de su casa, ha dejado su barrio, sus amigos de siempre y a su familia para irse a vivir al extranjero. En 2012 fueron casi 60.000 los que hicieron las maletas. Pero ¿cómo es eso de emigrar en el siglo XXI?
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