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En cinco minutos: indefensión aprendida

    viernes 10.abr.2015    por Natalia Martín Cantero    6 Comentarios

Es una sensación tan desagradable como común: creer que nuestra conducta no tendrá influencia sobre los resultados. Estar convencido de que haga lo que haga, no me sucede nada bueno. Esta es la indefensión aprendida, un término que comenzó a usarse en la década de los 60, cuando investigadores de la Universidad de Pensilvania capitaneados por Martin Seligman (el padre de la psicología positiva) hicieron experimentos con perros a los que sometieron a, en fin, perrerías. Muy pronto comenzó a demostrarse su efecto en los humanos y a vincularse con la depresión (una de las conductas distintivas de los deprimidos es que no quieren explorar el mundo alrededor ni, en realidad, hacer nada).

Sentir que uno no puede hacer nada, resignarse y, por tanto, dejar pasar oportunidades reales de cambiar la situación. De eso estamos hablando, y si no te sucede estos días de oportunidades laborales tan escasas eres un bicho raro y suertudo. De ahí al fatalismo y a la sumisión hay un paso de hormiga. Me choca ver, como muestra con claridad el vídeo de aquí abajo, lo fácil que es inducir un sentimiento que no sólo provoca un gran malestar a nivel individual, sino que nos aborrega de forma extraordinaria como ciudadanos. Lo bueno es que, igual que se aprende, se puede desaprender. Un primer paso es tener un pelín más claro cómo funciona. 

 

Post relacionado: Yo tenía un perro negro llamado depresión

Natalia Martín Cantero   10.abr.2015 16:03    

6 Comentarios

Pruebe borrando dos letras....!!!!!!!!!!!!!

http://allegramag.info/wp-content/uploads/2014/03/IMPOSIBLE.jpg

viernes 10 abr 2015, 16:52

Y si lo anterior parece ser muy cortito,

¿Le cuento 1 cuento....?


"EL ELEFANTE ENCADENADO

Cuando yo era pequeño me encantaban los circos, y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. Me llamaba especialmente la atención el elefante que, como más tarde supe, era también el animal preferido por otros niños. Durante la función, la enorme bestia hacía gala de un peso, un tamaño y una fuerza descomunales... Pero después de su actuación y hasta poco antes de volver al escenario, el elefante siempre permanecía atado a una pequeña estaca clavada en el suelo con una cadena que aprisionaba una de sus patas.
Sin embargo, la estaca era sólo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en el suelo. Y, aunque la cadena era gruesa y poderosa, me parecía obvio que un animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su fuerza, podría liberarse con facilidad de la estaca y huir.
El misterio sigue pareciéndome evidente.
¿Qué lo sujeta entonces?
¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años, yo todavía confiaba en la sabiduría de los mayores. Pregunté entonces a un maestro, un padre o un tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado.
Hice entonces la pregunta obvia: «Si está amaestrado, ¿por qué lo encadenan?».
No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente. Con el tiempo, olvidé el misterio del elefante y la estaca, y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho esa pregunta alguna vez.
Hace algunos años, descubrí que, por suerte para mí, alguien había sido lo suficientemente sabio como para encontrar la respuesta:
El elefante del circo no escapa porque ha estado atado a una estaca parecida desde que era muy, muy pequeño.
Cerré los ojos e imaginé al indefenso elefante recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que, en aquel momento, el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y, a pesar de sus esfuerzos, no lo consiguió, porque aquella estaca era demasiado dura para él.
Imaginé que se dormía agotado y que al día siguiente lo volvía a intentar, y al otro día, y al otro... Hasta que, un día, un día terrible para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino.
Ese elefante enorme y poderoso que vemos en el circo no escapa porque, pobre, cree que no puede.
Tiene grabado el recuerdo de la impotencia que sintió poco después de nacer.
Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese recuerdo.
Jamás, jamás intentó volver a poner a prueba su fuerza...
Todos somos un poco como el elefante del circo: vamos por el mundo atados a cientos de estacas que nos restan libertad. Vivimos pensando que «no podemos» hacer montones de cosas, simplemente porque una vez, hace tiempo, cuando éramos pequeños, lo intentamos y no lo conseguimos. Hicimos entonces lo mismo que el elefante, y grabamos en nuestra memoria este mensaje: No puedo, no puedo y nunca podré.
Hemos crecido llevando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y por eso nunca más volvimos a intentar liberarnos de la estaca.
Cuando, a veces, sentimos los grilletes y hacemos sonar las cadenas, miramos de reojo la estaca y pensamos:
No puedo y nunca podré."

viernes 10 abr 2015, 17:02

Ayyy la sumisión qué mala es... :P

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viernes 10 abr 2015, 22:26

Cierto, la sumisión no es buena cosa, pero a los de la" fila mala", creo que les tendieron una trampa, felizmente, supongo que todos sacaron una buena lección. No es un mal ejercicio.
Peor lo tienen los pobres elefantes.Tampoco lo entendía cuando era niña.
Saludos.


lunes 13 abr 2015, 19:48

Gracias por los mensajes, y por esa bella historia del elefante que casi todos llevamos dentro.

Un saludo y buen fin de semana,
Natalia

viernes 17 abr 2015, 09:49

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Natalia Martín Cantero

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Este blog ha dado tanta vueltas como su autora. De Madrid a Pekín y vuelta. Hablo de bienestar integral: si lo consigues, me cuentas cómo.
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