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La gratitud es una ciencia: seis pasos para incrementarla

Cicerón decía que la gratitud es la madre de todas las virtudes, y 20 siglos después los estudios que muestran que sin ella no llegaremos muy lejos, al menos en lo que a nuestra felicidad concierne, crecen como setas. Sirva un día tal que hoy, víspera de la fiesta de Acción de Gracias, como recordatorio de que la gratitud es una potente herramienta para incrementar la apreciación y enriquecer lo bueno de la vida.  

Aclaro desde ya que la cosa me cuesta lo suyo, no sé si debido a los genes o al entorno (mi nota en este este test de gratitud es muy mejorable). Muchos días al levantarme se me olvida que, justo debajo de mi ventana, discurre un arroyuelo de aguas cantarinas entre piedras cubiertas con musgo brillante; tampoco me acuerdo de que tengo un par de ojos, oídos, brazos y piernas que, a fecha de hoy, funcionan la mar de bien. Por olvidar a veces hasta se me olvida mi precioso bebé. No es que no recuerde su presencia física, por supuesto; pero sí toda la ternura, felicidad y significado que aporta en mi vida. La ingratitud también puede ser colectiva, como cuando no tenemos en cuenta que, a pesar de los pesares, España cuenta con uno de los mejores sistemas de salud del mundo, o cuando se pierde la vista la suerte que tiene uno de vivir en un país rico (esta es la realidad, compatible con los deseos de mejorarla). 

La práctica de la gratitud es tan simple como enormes los beneficios que aporta a nivel físico y emocional. Los científicos señalan que las personas que practican la gratitud de forma consistente tienen sistemas inmunológicos más fuertes; presión arterial más baja; un mayor nivel de emociones positivas; mayor alegría, felicidad y optimismo, y menor percepción de soledad y aislamiento. Ayuda, además, a sufrir menos en tiempos de vacas flacas, ya que nos permite ser conscientes de todo aquello que no está en la larga lista de problemas a solucionar.

Si pese a todo te cuesta, como a mí, he aquí seis recomendaciones para ganar en gratitud del Centro para el Bien Común de la Universidad de Berkeley, que dispone de un gigantesco almacén de recursos sobre el tema:

1. Piensa en la muerte y la pérdida de vez en cuando

Esto es un clásico, aunque a simple vista parezca que me estoy confundiendo de post. Pensar que puedes perderlo todo –como, de hecho, ocurrirá en última instancia– te hace ser más consciente de lo que tienes. Intuitivamente todos lo hemos experimentado, pero estudios como este, en el que se pidió a los participantes que visualizasen su propia muerte, muestra con datos cómo esta es una manera de incrementar la gratitud. Lo mismo ocurre cuando los participantes imaginaron que sus parejas desaparecían.

Uno de los principales escollos para la felicidad es la llamada adaptación hedonística, la capacidad para acostumbrarnos a todo de forma vertiginosa y, consecuentemente, darlo por hecho enseguida. Recordar que somos perecederos es una manera de frenar esa tendencia.

2. Saborea

Disfruta del olor de las castañas asadas, de la sopa calentita, el sol de otoño en la espalda. El psicólogo de la Universidad de Loyola Fred Bryant prueba con sus investigaciones que saborerar las experiencias positivas  hace que adquieran más consistencia, a la vez que incrementa sus beneficios para nuestra psique. Añadir un ritual, como unas palabras de agradecimiento antes de comer, incrementa el placer que proporcionan los platos, de acuerdo con un estudio publicado en Psychological Science.

3. Observa las cosas buenas con un regalo, no como un derecho

El opuesto de la gratitud es creerse con derecho a todo. En este caso, no hay razón para estar agradecido. ¡Es mi derecho! El antídoto, dice Robert Emmons, director del Proyecto Gratitud, de Berkeley, es ver cómo necesitamos a otros para sobrevivir, observar la vida con los ojos de la interconexión. “La persona humilde dice que la vida es un regalo por el que estar agradecido, no un derecho que reclamar”, escribe Emmons. 

4. Estar agradecido a la gente, no solo a las cosas

Mi riachuelo nunca sabrá lo que siento por él. No así las  personas. Mostrar agradecimiento al camarero que te sirve el almuerzo, al amigo que te hace un pequeño favor o a la persona que te cede el paso es una forma de tomar conciencia de esa interconexión de la que hablábamos. Cuando das las gracias a alguien, el cerebro toma nota de que ha pasado algo bueno.

5. Sé específico

Cuanto más, mejor. La expresión de gratitud es así más auténtica, y revela que estás prestando atención, señalan las investigaciones de Berkeley. Las apreciaciones más ricas tendrán en cuenta la intención (ese zumo de naranja que me preparaste por la mañana cuando me viste cansada) y los costes (a pesar de que tuviste que desayunar a toda prisa para no llegar tarde al trabajo).

6. Agradecer lo que etiquetamos como negativo

Esto ya es para nota: agradecer al novio que te dejó o al jefe que te echó del trabajo. ¿Por qué?  “Es fácil sentir agradecimiento por las cosas buenas” escribe Emmons. “Nadie se siente agradecido cuando ha perdido un trabajo o una casa”. Sin embargo, en esos momentos la gratitud se convierte en un proceso cognitivo muy importante, una manera de interpretar el mundo que puede ayudarnos a convertir ese aparente desastre en un paso adelante. En esos momentos, podemos encontrar un motivo para estar agradecidos incluso a aquellos que nos han hecho daño. Al jefe por forzarnos a enfrentar nuevos desafíos, al novio por poner fin a una relación que no funcionaba.

“La vida es sufrimiento. Ningún ejercicio de pensamiento positivo podrá cambiar eso”, señala Emmons. “Procesar una experiencia vital a través de las lentes de la gratitud no equivale a negar la negatividad. Lo que supone es darse cuenta del poder que tenemos para transformar un obstáculo en una oportunidad”. Encuadrar las pérdidas en potenciales ganancias; ahí es nada. 

 Imagen de Here´smychance

En la vida cotidiana no solemos darnos cuenta de que recibimos mucho más de lo que damos, y que con la gratitud la vida se enriquece ~ Dietrich Bonhoffer

Más artículos sobre la gratitud:

La felicidad y el dolor de muelas

Los dos ladrillos

El lado chungo de las cosas

El arte de amargarse la vida: practica la ingratitud

Categorías: Actualidad , Ciencia

Natalia Martín Cantero   26.nov.2014 12:17    

Money, money, money: ver dinero nos hace más avariciosos

Si eres de los que al jugar al Monopoly te entra una codicia semejante a la de los consejeros de Caja Madrid con su colección de tarjetas opacas seguramente has experimentado en tu propia piel lo que asegura un estudio reciente: la simple visión de billetes o monedas nos vuelve más avariciosos y menos sociales.  

 

Lo que buscamos no son los billetitos en sí sino lo que podemos alcanzar con ellos. Esto es una obviedad. Y, sin embargo, resulta que el objeto tiene una influencia perniciosa; al igual que algunos se ponen nerviosos cuando se les muestra una jeringuilla, y otros hacemos mentalmente la maleta cuando nos muestran un mapa del mundo, el estudio indica que cuando a las personas se les anima a pensar en dinero, mostrándoles billetes o monedas, tienden a ocultar sus emociones en mayor medida que aquellos que han sido expuestos a imágenes de objetos que no tienen que ver con el vil metal. El comportamiento, en suma, cambia con solo pensar en dinero. 

Moving picture flipping through pile of money animation

Las consecuencias psicológicas del dinero, publicado en 2006, fue uno de las primeras investigaciones que describían qué pasa cuando a uno comienzan a hablarle de salarios, planes de pensiones o fondos de inversión. Poderoso caballero es don dinero: cuanto más escuches sobre el tema más posibilidades hay de que te conviertas en un ser menos social, más  pragmático y menos dispuesto a ayudar a los desconocidos. La explicación, razonan los autores, podría estar en que la plata nos da una sensación de ser autosuficientes y no necesitar a los demás.

Otro estudio de 2010 comparaba los resultados de premiar a la gente con dinero frente a tiempo. En el segundo caso, las personas tienden a priorizar las relaciones sociales. Posteriores estudios han mostrado que cuando la recompensa es monetaria, el comportamiento cambia y las personas relegan el disfrute a favor de lo puramente práctico (optan por un paquete de pilas en lugar de un pedazo de pastel, por ejemplo) y relegan la ética. Todo esto recuerda a la investigación recién publicada en la revista Nature sobre los empleados del sector bancario y su falta de honestidad. La culpa, dicen los investigadores, la tiene más la cultura del negocio que la ética personal de los trabajadores, aunque nos deja con dudas: ¿el banquero deshonesto nace o se hace? El dinero puede que no sea la fuente de todos los males, en suma, pero lo que es seguro es que sí de algunos. O más bien muchos.  

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Categorías: Actualidad , Ciencia

Natalia Martín Cantero   20.nov.2014 13:02    

Ronald D. Siegel en Madrid

Cambia tus pensamientos y cambiarás el mundo. De esto habló en su reciente visita por Madrid Ronald D. Siegel, profesor de la facultad de Medicina de Harvard y uno de los gurús del mindfulness o atención plena en su versión más académica. Siegel impartía una charla sobre Mindfulness, estrés y salud en el Ateneo de Madrid. Aunque he escuchado un millón de veces este tipo de discurso, nunca me canso. No en vano, mindfulness también significa recordar. Recordar estar presente. Tan simple como difícil de llevar a la práctica. Como suelo decir, si lo consigues me cuentas cómo.  

El autor del celebrado Mindfulness y psicoterapia o El cerebro de los niños (indispensable para entender mejor a los enanos) habló en su español macarrónico y atrevido de la necesidad de estar presentes ante el dolor y las dificultades en lugar de huir a uno de tantos falsos refugios (desde el consumo compulsivo a la bebida o los videojuegos, cada uno tenemos nuestro favorito). Cuanto más nos resistamos, peor, como le pasa al Samurái del vídeo:  

Dolor x Resistencia= Sufrimiento. Esta es la fórmula que, como recordó Siegel, muestra la diferencia entre el dolor y el sufrimiento, que en el lenguaje popular se confunden a menudo. La famosa “parábola de las dos flechas” lo explica bien. La primera de estas flechas representa las cosas inevitables en esta vida, como la enfermedad, la pérdida o el envejecimiento, y terminará alcanzándonos a todos en algún momento. La segunda flecha, en cambio, es la que nos disparamos a nosotros mismos, creándonos una herida que a veces es mayor que la que causó la primera cuando, por ejemplo, nos tomamos de forma personal las desgracias habituales de la vida, o nos convertimos en víctimas. Por eso, lo importante es prestar atención y darse cuenta de qué parte del sufrimiento se debe a la situación en sí y qué parte a las historias que nos contamos en torno a lo ocurrido.

Una emoción en sí misma, sin pensamiento que la refuerce, dura unos 90 segundos, dijo Siegel. Sin embargo, demasiadas veces duran más (¡muchíiiiiisimo más!) ya que muchos somos expertos en alargarlas hasta la eternidad con pensamientos del tipo de: "Me tenía que ocurrir precisamente a mí"; "qué mala suerte"; "por qué yo"; "tenía que llover precisamente hoy", etc. Algunos disponemos de un arsenal de flechas y maneras de clavárnoslas. Y aquí es donde cobra sentido la frase con que comenzaba el post: cambia tus pensamientos y cambiarás el mundo. 

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Natalia Martín Cantero    9.jun.2014 11:44    

Todo ocurre en tu cerebro

Hace unos días tuve ocasión de visitar una cueva en Lanzarote donde se produce un espejismo singular. El visitante percibe un gran precipicio y los guías le advierten para que no se acerque al filo, ya que puede despeñarse. Pero lo que hay, en realidad, es un pequeño estanque de apenas 30 centímetros de profundidad. El juego de luces, y el reflejo del techo de la gruta en el agua clara e inmóvil dan lugar a esta espectacular fantasía óptica, que se desvanece cuando el guía arroja un guijarro al estanque.    

Por mucho que nos empeñemos en ignorarlo, los sentidos sólo nos hacen llegar una parte de la realidad, aquella a la que prestamos atención; lo demás, lo filtramos. Como indica ese relato mitológico sobre los tres grandes veleros anclados en la costa y largamente ignorados por los indígenas porque, simplemente, en su cabeza no existía la posibilidad de que semejantes artilugios se posasen en su horizonte. O, en otro contexto completamente diferente, recordemos el experimento con Joshua Bell, uno de los violinistas más renombrados del mundo, en el metro de Washington. Las expectativas y la realidad encajan tan a menudo que se dan por hechas.

En fin, quien desee darle un poco de marcha a su vida, que pinte su dormitorio así. Movimiento_falso

 ¡Es hora de dejar la bebida! La imagen está tomada de aquí

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Natalia Martín Cantero   31.may.2014 10:11    

La amabilidad de los extraños es buena para la salud

Estaba yo cómodamente instalada en mi asiento, lista para disfrutar de la siesta de dos horas y pico –lo que tarda el vuelo Madrid-Frankfurt– cuando el tipo sentado a mi lado se puso a charlar animadamente de esto y aquello. Qué pesado, pensé. Una anécdota de lo más vulgar si no fuera porque el plasta que pegó hebra y no me dejó pegar ojo en aquel viaje de trabajo, más de 15 años atrás, es hoy mi marido.

Reconozco que este desenlace no es la norma, pero me sirve para ilustrar la tesis de los científicos que documentan las bondades de fiarse de los extraños, y específicamente, de hacer un pequeño esfuerzo por entablar conversación con los compañeros de asiento en el transporte público. Un pequeño gesto que nos recompensará con dosis de felicidad nada despreciables.

Los científicos sociales Nicholas Epley y Juliana Schroeder se acercaron a los usuarios del servicio de cercanías de Chicago y les propusieron, a cambio de un modesto vale regalo intercambiable en una cadena de cafeterías, participar en un experimento durante su viaje. A un grupo se le pidió que diese palique a la persona sentada en el asiento de al lado. Al otro, que mantuviese el comportamiento habitual de desentenderse del mundo. Los del primer grupo tuvieron, según explicaron después, una experiencia bastante más agradable. 

Si te da cosa hablar con un extraño, no eres el único. Cuando Epley y Schroeder preguntaron a otras personas cómo creían que se iban a sentir después de pegar hebra con el de al lado, los viajeros pensaron que su viaje sería más placentero si se mantuvieran calladitos y a sus cosas. La mayoría de la gente pensó que sería difícil comenzar una conversación, y supusieron que nadie querría hablar con ellos. Pero la realidad fue que ninguno de los participantes sufrió ningún desaire. Y las charletas fueron, según dijeron después, agradables. 

Los  desplazamientos diarios para ir al trabajo están entre las actividades cotidianas a las que asociamos menos emociones positivas, de acuerdo con un estudio de la revista Science. Pero no tendría por qué ser así. Estamos siguiendo una conjetura falsa (al hilo de lo que comentábamos sobre los mitos de la felicidad). La cuestión es que si te enchufas al Whatsapp en lugar de charlar con el vecino pierdes una oportunidad de conectarte (y, como se ha dicho, quizás de algo más).

Cuando hablamos con extraños tendemos a mostrar nuestra cara más amable; somos mucho más gruñones con los seres queridos. El error es que asumimos que nuestro bienestar depende de las relaciones más estrechas, y no de los personajes secundarios en nuestra vida cotidiana. Y, sin embargo, las interacciones con estas personas influyen tanto en nuestra felicidad, argumentan estos científicos, como las que mantenemos con las personas con que compartimos la vida.

Incluso la más leve conversación puede hacer una diferencia. “El simple reconocimiento de un extraño en la calle puede aliviar su angustia existencial; y el hecho de que nos reconozcan supone lo mismo para nosotros”, señalan. Esto es, además, contagioso. Cuando una persona toma la iniciativa de hablar con otra en una sala de espera, dicen Epley y Schroeder, ambas personas tienen una experiencia más positiva. Lejos de sentirse molestos, también así se mejora el bienestar de los extraños. “Cuando hablamos con extraños, podríamos ganar mucho más que el tiempo para nosotros mismos que podríamos perder”.

En mi caso, como decía, nunca fue tan provechoso perder una siesta. 

Touching_strangersFotografía de Richard Renaldi perteneciente a su libro Touching Strangers. Los sujetos del libro -como los de esta imagen- no se conocían de nada antes de que Renaldi les parase por la calle y les pidiese que interactuasen.  

Categorías: Ciencia

Natalia Martín Cantero   26.may.2014 10:09    

“He dejado atrás los mejores años de mi vida”

“No podré ser feliz si los resultados de los análisis médicos son negativos”. Aunque así, en frío, resulte difícil de creer, numerosos estudios lo desmienten, y prueban que es mucho lo que se puede hacer para que el tiempo que nos quede esté impregnado de sentido. La cuestión, señala Sonja Lyubomirsky en su libro Los mitos de la felicidad, es que está en nuestra mano decidir lo que nuestra experiencia es o deja de ser. Cada minuto y cada hora del día elegimos prestar atención a unas cosas e ignorar, suprimir o evadirnos de todas las demás. Aquello en lo que decides centrarte se convierte en parte de tu vida. En palabras del filósofo William James: “Mi experiencia es aquello en lo que decido ocuparme. Sólo aquellos asuntos en los que reparo conforman mi mente”.

Esto significa que si tienes una enfermedad crónica puedes pasar el resto de la vida que te queda lamentándote, pero también puedes aprovechar para conectar con esa dimensión espiritual ignorada durante mucho tiempo, centrarte en un proyecto de ayuda al prójimo o reconectar con familiares. Podemos cambiar nuestra vida simplemente cambiando nuestra actitud. Una fascinante sugerencia de cómo podemos descansar nuestra atención cuando nos encontramos mentalmente puestos a prueba, escribe Lyubomirsky, y sin la suficiente capacidad para mantenernos concentrados en las cosas que nos hacen felices, es pasar más tiempo rodeados de naturaleza.

“He dejado atrás los mejores años de mi vida”. Hace unos días oí decir en una charla pública a un hombre de cerca de 80 años que creía sinceramente que lo mejor estaba por venir. Cuando, ante el estupor del público le interrogaron al respecto, su respuesta fue para enmarcar: un manzano viejo no da manzanas podridas, dijo. La ciencia lo respalda. La creencia de que la felicidad desciende con el paso de los años está muy extendida, pero eso no significa que sea cierta. La gente mayor se muestra más feliz y satisfecha con su vida que los más jóvenes;  disfruta de más emociones positivas y su experiencia emocional es más estable y menos sensible a las vicisitudes cotidianas y al estrés. La principal explicación es que, cuando comenzamos a entender y asimilar que el tiempo que nos queda es reducido cambiamos nuestra perspectiva, nos centramos más en el presente e invertimos el tiempo y el esfuerzo en las cosas que realmente importan. En otras palabras, nos hacemos emocionalmente más sabios a medida que envejecemos

Para saber más: Los mitos de la felicidad ILos mitos de la felicidad II

Categorías: Actualidad , Ciencia

Natalia Martín Cantero   16.may.2014 10:13    

¿Empatía o simpatía?

El día antes de salir de vacaciones a Canarias, nos dimos cuenta de que esos granitos rojos sobre la delicada piel de mi hija Lila no eran obra de algún bicho desalmado. Un bebé con varicela no es compatible con el disfrute de piscinas y playas, así que cancelamos el viaje y, en lugar del sol y los paisajes volcánicos de Lanzarote, me quedé en casa comiéndome las uñas mientras la pequeña se retorcía entre la fiebre y los picores. Fuera llovía sin parar.

“Por lo menos se lo ha quitado de en medio”, me dijo un familiar.

Casi lo abofeteo. Desafortunadamente, esta es la idea de empatía que tienen muchas personas. Como indica el precioso vídeo que incluyo aquí abajo, si quieres mostrar empatía –que no simpatía, una respuesta totalmente diferente– no digas nada que comience por “por lo menos”. Esta es la regla de oro.

Veamos otros ejemplos:  

A: “Vaya, hoy que llegan 30 invitados para celebrar mi cumpleaños en el jardín, llueve sin parar”.

B: “Por lo menos así no tendrás que regar las plantas”.

A: “He tenido un aborto”.

B: “Por lo menos sabes que te puedes quedar embarazada”.

A: “Me han roto la luna del coche y se han llevado el portátil con todos mis documentos”

B: “Por lo menos no te han robado el coche”.

 

Cuando nos encontramos en medio de una conversación difícil, señala Brené Brown, autora del vídeo, el impulso natural de la mayoría de las personas es tratar de mejorar las cosas (mostrar simpatía) como ocurre en los ejemplos de más arriba. Sin embargo, en muchas ocasiones la opción más apropiada es algo así como: “No sé qué decirte, pero me alegro de que me lo hayas contado”.

Brown (pincha aquí para escuchar la charla completa, sólo en inglés) una estudiosa de la vulnerabilidad humana, recuerda que solo podemos crear una conexión genuinamente empática si somos lo suficientemente valientes para contactar con nuestra propia vulnerabilidad. Nada fácil, como se sabe, encontrar a esa persona que de verdad siente con nosotros.

En sus estudios, esta investigadora se pregunta por qué nos cuesta tanto aceptar nuestra vulnerabilidad. “Vivimos en un mundo vulnerable, incierto e imperfecto, pero bloqueamos la vulnerabilidad. El problema es que cuando bloqueamos la vulnerabilidad cerramos también el paso a todo lo demás: la alegría, la felicidad, la conexión con los demás. De modo que volvemos a sentirnos vulnerables, y caemos así en un círculo vicioso”.

Por lo menos ahora tengo bien claro que nunca jamás volveré a comenzar una frase de consuelo con “Por lo menos”. 

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Natalia Martín Cantero   21.abr.2014 11:00    

Descansar en el centro

Una de las prácticas semanales más recientes propuestas por Rick Hanson, retomando el post anterior, lleva el título descansar en el centro y me viene de perlas, porque la llegada de un bebé ha multiplicado mi ya de por si acusada tendencia a dispersarme. Si trabajas frente a un ordenador y estás distraído, sigue leyendo. Y, si no lo estás, por favor comparte aquí tu secreto.

A lo que vamos. En realidad Hanson no sólo se refiere al multitasking, sino sobre todo a esa sensación que tienes cuando entras en un centro comercial y te sientes arrastrado por muchas más sirenas de las que serías capaz de atender en varias vidas. O cuando las actualizaciones de Facebook te empujan a pensar que la vida de cualquiera de tus amigos es más interesante que la tuya (aunque sepas de sobra que la mayor parte de lo que cuentan es mentira).

Hanson, neuropsicólogo de la Universidad de Berkeley, nos recuerda que, tal y como ocurre en el mundo natural, en nuestra vida operan dos fuerzas contrarias: una de gravedad y otra de entropía. Mientras que la gravedad nos conduce al centro (al centro de nosotros mismos, esto es) la entropía nos dispersa y nos perturba.

“Cuando estamos cobijados por esa sensación ´de centro´”, señala Hanson, “tenemos mayor resiliencia. También es más difícil intimidarnos con miedo o manipularnos con avaricia”. Por otro lado, continúa, “cuando estamos dispersos, sufrimos más estrés. Estamos más distraídos, somos más impulsivos, tenemos mayor predisposición a entrar en conflictos con otros y hacia comportamientos compulsivos o adictivos”.

¿Cómo “descansar en el centro”? Siguiendo las sensaciones internas que produce cada respiración, recuerda Hanson, algo que sabemos de sobras pero olvidamos practicar justo cuando más los necesitamos. Para ello es necesario estar atentos a los movimientos del diafragma, la expansión y contracción del pecho, la sutil diferencia de temperatura que se produce con la inhalación versus exhalación.

También funciona centrar la respiración en el centro de gravedad del cuerpo, que se encuentra justo debajo del ombligo. Este es el punto llamado “tan-tien” en China, o “centro de conciencia”. Para los hindúes es el segundo chakra, y se describe como un vórtice de energía, mientras que para los japoneses es Hara, y designa un estado centrado y sereno. Conocer el Hara de tu propio cuerpo, dicen los japoneses, te permite mantener una actitud relajada. En este centro, argumentan, reside la memoria del cordón umbilical, el recuerdo de aquel momento cuando no hacía falta procurarse abrigo ni alimento, porque todo estaba previsto para ti.

Los orientales, en fin, lo saben de siempre, pero aquí en occidente nos empeñamos en seguir instalados en el piso superior, en la cabeza, en lugar de buscar abrigo en las entrañas. Centrar la atención en el Hara, indica Hanson, “tiende a activar las redes neurales a ambos lados del cerebro que proporcionan apoyo al sentimiento de estar presente pacíficamente en el momento; también reduce la activación de la red por defecto que circula a lo largo del centro y la parte superior de tu cerebro y que promueve la dispersión y tomarte las cosas demasiado personalmente”. El mensaje que el cuerpo transmite es; “todo está bien ahora. Y ahora. Y ahora”, lo que resulta en el antídoto ideal contra la reacción que emana del miedo de atacar o salir por piernas.

“También puedes sintonizar con tus buenas intenciones”, dice Hanson, “con tu propia benevolencia, compasión y amabilidad”. Este conocimiento te ayuda a centrarte. “Sé consciente de los deseos que se disparan hacia el mundo, buscando esto, rechazando aquello”. En situaciones difíciles, Hanson recomienda buscar refugio –el centro, de nuevo– en las respuestas a preguntas como estas: ¿Qué es realmente verdad? ¿Qué es lo que más importa? ¿Cuáles son las cosas más importantes que hacer?

Existo_vidasencilla

Existo. Es algo tan dulce, tan dulce, tan lento. Y leve; como si se mantuviera solo en el aire. Se mueve. Por todas partes, roces que caen y se desvanecen. Muy suave, muy suave ~ Jean Paul Sartre

 
(Ilustración y texto vistos en Vidasencilla)
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Natalia Martín Cantero   10.mar.2014 10:19    

Pequeñas prácticas, grandes cambios

 Sólo una cosa es una propuesta de Richard Hanson, neuropsicólogo de la Universidad de Berkeley, para llevar a cabo cada semana una práctica sencilla que nos ayude a centrarnos y sentirnos más en paz, como tomar nota al final del día de tres cosas por las que te sientes agradecido, por citar uno de los ejercicios más populares (y efectivos) de esta corriente. Hanson, que basa estos ejercicios en una mezcla de neurociencia moderna, psicología positiva y prácticas contemplativas, asegura que, aunque parezcan modestas, esta y otras propuestas hacen maravillas a la hora de mejorar el humor, proteger contra el estrés e incluso elevar el sistema inmunológico. La premisa es que podemos transformar el cerebro usando conscientemente nuestra mente. Sí, amigos, lo que viene a decir este señor, miembro del Centro para el Bien Común de Berkeley (una de las ventajas de ser anglosajón es contar en tu país con centros como ese) es que uno puede cambiar su vida sin que le toquen loterías, herencias ni pelotazos.

Su propuesta es “acondicionar” el cerebro, por así decir, para que las experiencias de felicidad, fortaleza o amor ganen terreno dentro de la materia gris. El primer paso es recordar que la estructura neural se construye a partir de repeticiones de patrones de actividad mental. “El problema es que al cerebro se le da muy bien construir a partir de las experiencias negativas”, señala Hanson. Aprendemos inmediatamente del dolor –el gato escaldado del agua fría huye–, pero con las experiencias positivas ya es otro cantar. Así pues, hay que ser machacón. “Es la ley de las pequeñas cosas: una pequeña cosa repetida cada día va sumando y a lo largo del tiempo produce grandes resultados. Una pequeña cosa que está en tu mano hacer, en un mundo en el que tantas cosas no lo están”. Este asunto es íntimo. Es una promesa que haces contigo mismo y no hace falta anunciar a los cuatro vientos.

Hanson recopiló en un libro (Just One Thing: Developing a Buddha Brain One Simple Practice at a Time, solo en inglés) sus prácticas preferidas para aprender a apreciar la belleza, ser más paciente o relajarse ante la imperfección. Cada capítulo introduce una nueva práctica, explica por qué es importante, y enseña cómo hacerlo. Los ejercicios también están disponibles en la web, y puedes suscribirte para recibirlos gratuitamente.

Doy fe de que la práctica de tomar nota al final del día de tres cosas por las que estar agradecido da resultado: para empezar –me conformo con esto– duermes mejor, quizá porque  el cerebro queda sintonizado en esa emisora. Como tengo un bebé, una de las anotaciones suele llevar su nombre. Esto es muy previsible, pero también me he sorprendido escribiendo sobre asuntos como el olor a pan recién hecho al entrar en casa (merece la pena comprar una panificadora sólo por eso); ver a Osa, la perra de mi vecino, jugando en la nieve, o comentarios que han aparecido en este blog.

Más sobre Richard Hanson en El lado chungo de las cosas

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Natalia Martín Cantero    5.mar.2014 14:43    

La suerte y los huesos de Santo

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Entre los huesos de Santo que inundan las pastelerías –en particular las castellanoleonesas–, los buñuelos, las flores y el mejunje de símbolos, rituales y significados ocultos de Halloween me he topado con nuevo estudio publicado en el Journal of Experimental Psychology que se adentra en observar por qué elegimos determinados rituales, como tocar madera o arrojar sal por encima del hombro, para librarnos de la mala suerte. Parte de la hipótesis –y esto es, en sí mismo, lo que me parece más interesante– de que los rituales son efectivos porque nos hacen creer que estamos apartando la mala suerte: el hecho mismo de llevar a cabo una acción física  sirve para alejar –para quien se lo crea, por supuesto– los influjos perversos.

Las supersticiones y los rituales se definen culturalmente (acordémonos de la triste vida del número cuatro en China) pero los procesos sicológicos que los originan son, en esencia, los mismos en todas partes, apunta la investigación. Y el mecanismo para librarse de ellos también: se trata, repito, de emprender acciones concretas que ejercen fuerza fuera de la representación que tiene uno de sí mismo. Y esto de llevar la acción lejos de uno, argumentan los investigadores, simula la experiencia de llevar hacia fuera la mala suerte, aquí y en Honolulu. “En teoría, cualquier acción, comparado con no hacer nada, nos da una sensación de control”, señala el estudio. 

Tal día como hoy, pasemos a recordar que los símbolos de Halloween caen en tres categorías: de muerte (esqueletos, casas encantadas, cementerios, etc); de maldad y mala fortuna (brujas, gatos negros o espíritus) y, en tercer lugar, aquellos relacionados con la cosecha (calabazas, espantapájaros o mazorcas de maíz).

Las dos primeras categorías, que incluyen símbolos que ya estaban presentes en los restos arqueológicos tempranos de rituales humanos, apuntan a los dilemas irresolubles de la humanidad. Una de las formas tradicionales de enfrentarse a la realidad de la muerte es contemplarla como una transición, y dedicar un tiempo (como esta noche y añana) a relacionarnos con los muertos.

Los rituales, en fin (y los hay a toneladas en la liturgia Católica) nos dan esa sensación de estar en control de la que tan necesitados estamos. Creo que este cartel (que vi en Zamora el fin de semana pasado) describe a la perfección esta inquietud básica. 

Ahora bien, ¿me dará mala suerte colgarlo? 

Mi futuro está asegurado

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Natalia Martín Cantero   31.oct.2013 14:03    

Natalia Martín Cantero

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Este blog ha dado tanta vueltas como su autora. De Madrid a Pekín y vuelta. Hablo de bienestar integral: si lo consigues, me cuentas cómo.
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